jul 28 2013

Stigmata: Lo inexplicable y los curas

Todo lo transcendente, lo sobrenatural, lo inexplicable; en definitiva, todo aquello que escapa a la razón, a la ciencia, ha dado mucho juego en el cine y en la literatura. Si además, añadimos sotanas, sangre, intrigas vaticanas, lenguas muertas, amores imposibles y rock, la cosa se hace más que interesante. Eso sí, hay que tener cuidado porque, casi todo, está contado y se puede caer en el terreno de lo sobado y del tópico.
Stigmata habla de un evangelio no reconocido por el Vaticano (declarado hereje, el evangelio, no el Vaticano) y de cómo alguien lo anuncia para tormento de la zona más radical de la Iglesia. Poco más. En este trabajo no se encuentra mucha sustancia aunque se busque con ahínco por parte de guionista y director. Y todo parece que se centra en lo espectacular de lo inexplicable y en lo odioso de una Iglesia que (por lo que se ve) no tiene razón de ser. Tendrá que ser el espectador el que decida sobre ello.
Patricia Arquette interpreta el papel protagonista. No le sobran facultades a esta chica, eso ya se lo digo yo; pero entre latigazos, estigmas, levitaciones y posesiones, las carencias se disimulan bastante. Su personaje, Frankie Paige, tiene poco de interesante. Evoluciona poco, sabemos poco de ella y nos interesa eso, poco. Gabriel Byrne comparte protagonismo con Arquette. Bastante soso haciendo de cura listo. De este personaje sabemos menos. Por fortuna, porque por más que se intenta escapar se convierte en un topicazo de primera. Jonathan Pryce también luce sotana. Su papel es muy corto y le pasa lo mismo que al resto.
No están mal los efectos especiales y sonoros. Bastante logrados. La partitura, firmada por Billy Corgan (Smashing Pumpkins) es muy buena. El resto correcto a secas.
El esquema narrativo utilizado en Stigmata está muy gastado y cualquier aficionado al cine lo reconocerá sin problema alguno. Lógicamente, esto resta mucho interés al trabajo. Lo que apesta a conocido suele funcionar mal. Aún así, la película se deja ver. Entre alborotos y situaciones extraordinarias se pasa el tiempo con rapidez. Pero que nadie espere algo tan extraordinario como lo que plantea el guionista. De eso no hay nada.
© Del Texto: Nirek Sabal


feb 11 2013

La sombra de la noche: Cuando el desenlace es eterno

Cuando una película es prescindible tenemos un problema. Si esa película trata de ser una narración que se mueve sobre el suspense, el problema es muy serio. Si, además, el desenlace (que intuimos a los diez minutos) se alarga y ocupa tres cuartos del metraje, sin justificación alguna, el cabreo del espectador puede llegar a ser morrocotudo. ¿Puede ser la cosa peor? Pues sí. Porque puede ser que la película sea una remake, casi exacto, de otra. Esto es La sombra de la noche.
El reparto de la película no está nada mal. Todos jovencitos que han terminado siendo famosos (Nick Nolte ya lo era y no tan jovencito). Ewan McGregor, Patricia Arquette, Josh Brolin, John C. Reilly y el mencionado Nolte. Estos son los principales actores. Correctos excepto Arquette que está horrible. Le ponen ganas y entusiasmo (Nolte algo más soso que los demás), pero con tan poca cosa entre manos que es difícil que la cosa funcione.
Ewan McGregor. Como ya pasaba en El vigilante nocturno, está dibujado desde el exceso. Puede ser una cosa u otra a la vez. Eso es algo que debería estar justificado absolutamente si queremos que sea creíble y, por supuesto, de justificación nada, ni rastro. Su amigo (el personaje de Brolin) es otro que puede ser sospechoso desde el principio, que puede ser un idiota o un héroe. Explicación para que esto sea posible: ninguna. El personaje de Nolte es un desastre absoluto. Se quiere disfrazar de incongruencia con un pasado que resulta más incongruente todavía. En fin, un desastre. El ritmo narrativo va de más a menos. Y las lagunas son inmensas. Además de una dilatación excesiva en el desenlace que aburre a las ovejas, hay cosas difíciles de explicar. Para ser más exactos, imposibles de explicar. Hay un momento en que Martin ve una serie de rastros de sangre, Los sigue y al final de esos rastros hay un cadáver. Avisa y, al poco tiempo (muy, muy poco) el cadáver está en su sitio (encima de una camilla que está lejos), todo está limpio como la patena y el que ha realizado todos los movimientos con el cadáver y la limpieza (luego lo sabemos) ha hecho todo esto quedando en perfecto estado de revista, como si saliera de la Pasarela Cibeles. Por otra perte, cuando el asesino (ya sabemos quién es) es descubierto en un piso durante una de sus faenas (matando meretrices y sacándoles los ojitos) deja que se escape el testigo y, como es normal en estos casos, se queda tranquilamente terminando el trabajito. De estas hay varias.
Prescindible. Mediocre. Pueden ahorrarse el esfuerzo. No perderán nada.
© Del Texto: Nirek Sabal


mar 4 2012

Amor a quemarropa:

Un guión de Quentin Tarantino arrastra, sea cual sea, la marca propia de un tipo que entiende el cine de una forma muy particular. Están garantizados el sarcasmo, la violencia, un lenguaje soez y un mundo completamente disparatado en el que todo se arregla gracias a un azar que se suele arrimar a los menos malos. Amor a quemarropa está escrita por Tarantino. Cuando escribió el guión trabajaba donde podía y no tenía un dólar en bolsillo. Hasta que no rodó Reservoir Dogs nadie le hizo mucho caso. Pero logró filmar esa película y los guiones que andaban sueltos con su firma se convirtieron en películas. Tony Scott fue el encargado de convertir el libreto en película consiguiendo una obra que marcó los años noventa aunque mucho menos de lo que debería. En manos de Tarantino hubiera sido otra cosa. Eso seguro. Y hubiera sido una cosa mucho mejor. Creo yo que no hubiera montado el trabajo de forma tan lineal. Creo yo que hubiera sido mucho más tremendo en las escenas violentas. Creo yo que nos hubiera hecho reír más con el desastre de mundo que presentaba en su guión. Y creo que hubiera elegido otro reparto.
Tony Scott no es un gran director. Mueve la cámara con cierta gracia cuando se trata de escenas de acción trepidante. Pero poco más. Y dirigiendo a los actores no es nada del otro mundo. En Amor a quemarropa aparecen muchos que más tarde serían grandes estrellas y lo hacen sin pena ni gloria. Porque convierte los personajes episódicos en menos que secundarios. Se libran (no por la dirección sino porque son muy buenos) Dennis Hopper y Christopher Walker en una escena inolvidable en la que el diálogo alcanza el mejor nivel de la película. El resto del reparto, incluidos Christian Slater y Patricia Arquette están discretos. La película, es verdad, resulta muy entretenida y casi desquiciante en su desarrollo (por la rapidez y cantidad de cosas que ocurren), pero es cosa del guión. La puesta en escena es normalita, la fotografía también, la partitura desajustada (buena música de Hans Zimmer que iría como anillo al dedo a cualquier otra película); todo es más normal de lo que parece.
La evolución de los personajes es escasa (de eso sí tiene la culpa el guionista). Terminan como empiezan. Y el final es algo previsible. Eso es algo que lima el interés del espectador aunque no se puede considerar una falta grave. La historia (siendo de Tarantino es normal) no busca grandes profundidades ideológicas ni nada por el estilo. Quiere mostrar un mundo rebosante de violencia; un mundo en el que todos somos malos y en el que sólo necesitamos una oportunidad para demostrarlo; un mundo del que hay que reírse, un mundo que no puede tomarse en serio porque el destino juega con todo sin una norma que se pueda tomar como segura. Amor a quemarropa es una película entretenida. Nada de obra maestra ni peliculón. Pero se deja ver. Sin niños alrededor. Sólo adultos dispuestos a bucear en la zona más mugrienta del mundo. Un mundo en el que el amor (la parte reluciente para muchos) resulta ser tan asqueroso como todo lo demás.
© Del Texto: Nirek Sabal


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