dic 30 2011

El sol del membrillo: El arte en la pantalla

Hay películas que marcan un antes y un después para el espectador. Como en toda manifestación artística, el estallido de ideas en la cabeza del que mira la pantalla se produce cuando la onda expansiva de una explosión anterior (la que se produjo en la consciencia del artista) llega alterando el orden previo, colocando en lugares improbables lo que encuentra a su paso. Una obra de arte conmociona, pone patas arriba la estructura más poderosa. Y, cuando se integra, el sujeto cambia para siempre.
El sol del membrillo es una excelente película. Una obra de arte que habla, precisamente, de obras de arte. De artistas. De lo excepcional que es lo cotidiano para algunos seres humanos. El tiempo, el espacio, la realidad en su conjunto se transforma en la raíz de una colosal obra de arte ante los ojos del artista. Esto es lo que cuenta El sol del membrillo. Lo normal convertido en excepcional. La realidad contemplada por Antonio López. Esa mirada que es captada por una cámara colocada a la distancia precisa para no interferir en la creación artística.
Roza lo documental (alguna parte lo es) aunque el director, Víctor Erice, filma como si de una ficción se tratase. Es una película que engarza la realidad (eso que llamamos realidad y que, en verdad, es lo que creemos que nos puede pasar a cualquiera porque lo vivimos en primera persona; porque la realidad es otra; por ejemplo, la ficción del cine lo es) con una ficción que transforma toda la obra y permite que transite por territorios difíciles, arriesgados y, por otra parte, muy agradecidos con el resultado final.
La belleza de las imágenes llega de esa magia que aporta la naturalidad y la observación. Llega de permitir que todo fluya y el secreto se encuentre en la sala de montaje. Allí se modificará la historia para que la fisonomía sea una u otra. Los diálogos, apenas preparados, llegan con limpieza. Los que mantiene Antonio López con Enrique Gran son inolvidables. El pasado, el presente, la vitalidad que imprime la cortedad del tiempo, la entereza de un cuadro, una canción. Y el que mantiene el pintor protagonista con una pareja oriental sobre la técnica y algunos conceptos personales de Antonio López sobre cómo se debe entender la realidad para plasmarla en un lienzo o en un papel, son una verdadera maravilla.
Víctor Erice nos muestra el proceso de creación de un artista. Cuando decide pintar un membrillero que él mismo plantó en su jardín. Pero lo hace rodeándolo de lo cotidiano; de las noticias que el pintor escucha en la radio mientras trabaja, del perro que campa a sus anchas por el jardín sin respetar árboles y arbustos, de las visitas de amigos, extraños o familiares. Los ruidos, las claridades, la lluvia o el viento. Un mundo que se mueve en la normalidad, en el contraste entre chabolas y nuevos edificios. Pero que salta hecha añicos cuando esa contraposición se hace con un artista de primera categoría.
A muchos les parecerá que la película es lenta, que no cuenta nada o que resulta aburrida. Pocos entenderán ese punto de exorcismo que contiene el hecho de pintar un cuadro para el artista (el sueño que narra el pintor al final de la película es una clave excelente para hacer la lectura desde ahí); o lo extravagante que resulta el respeto que muestra López por el entorno cuando corren tiempos en los que no somos capaces de respetarnos a nosotros mismos. A muchos les parecerá que las imágenes metafóricas de la películas son exquisitas en exceso (esa puerta que se tapia cuando el autor da por finalizado el trabajo o la cuadrilla de trabajadores polacos representando la construcción y el derribo de una obra que nunca concluye son un ejemplo). Pero El sol del membrillo es una película que marca un antes y un después para el que se deja llevar. La sintonía entre pinceles y cámara es mágica y conviene dejarse seducir.
No se la pierdan.
© Del Texto: Nirek Sabal


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oct 25 2011

The ring: Lo terrorífico ya contado

A mí lo que me quita el sueño, en realidad, son las caras de los japoneses cuando pasan miedo. Sus películas (las de terror) me hacen pasar menos fatiga porque me suelen parecer obras que se apoyan en disparates absolutos y porque los actores sobreactúan más de la cuenta. Pero esas caras son terribles. Parece imposible torcer tanto el gesto.
The ring es una película que hizo mucho ruido en su momento. Pasó por Sitges en el año 1999 y, de allí, salió con los premios grandes pegados al cartel. Mejor director y mejor película. Casi nada. En Estepona también tuvo premio. Y en Bruselas. Francamente, me pareció mucho ruido para tan poca nuez. Hoy me sigue pareciendo lo mismo aunque hay que sumar un paso del tiempo muy lesivo con la película. Sé que esto que estoy diciendo es suficiente como para que los amantes del género de terror intenten liquidarme en breves momentos. Pero no puedo decir otra cosa.
El guión coquetea desde el primer momento con la leyenda urbana. ¿Cómo se alimenta esa leyenda? Del boca en boca. Cuantas más veces se cuenta la historieta más crece y más verdadera se hace para muchos. Eso ya estaba contado en, por ejemplo, Candyman. Así que de novedosa, en ese sentido, tenía poco The Ring.
El guión se agarra a una niña muerta (asesinada) que pide con bastante mala leche ser vengada desde la tumba. Es el vehículo que arrastra la trama hacia el desenlace. Esto ya estaba contado, por ejemplo, en Al final de la escalera. Novedades pocas.
El guionista introduce en el libreto aspectos que podrían sonar a novedosos. Una cinta de vídeo, la televisión y fotografías con rostros distorsionados. En La profecía ya vimos el asunto de las fotos, por ejemplo, desarrollado casi de la misma forma. Menos novedades todavía.
Y la película hizo mucho ruido, entre otras cosas, por la insólita imaginación que se desplegaba en ella. A mí lo que me daba miedo, pero miedo del grande, era ver al elenco poniendo caras. Y la falta de memoria de los críticos.
La factura de la película no está mal en conjunto. El clima que genera Hideo Nakata es meritorio. Mueve la cámara con cuidado y casi no se nota que hay alguien detrás. Va introduciendo despacio elementos que generan extrañeza en el espectador y cierta tensión. También incredulidad. Esa es la parte peor de la cosa porque no desaparece hasta que los créditos llenan la pantalla. Esos elementos se introducen en pantalla sin alardes ni grandes despliegues muy al estilo oriental. Técnicamente todo es normal y pasa desapercibido. Es una película más de trama que de otra cosa. Pero ya he dicho que esa trama estaba contaba y mejor que en The ring.
Acaba la película y uno no sabe qué pensar. Demasiadas lagunas. Se arreglan las cosas con un tal vez. El caso de la identidad del padre de la niña muerta se soluciona con un quizás, la procedencia de la cinta se arregla con otro mundo maligno (lo sueltan en una frase y se quedan tan anchos), el pasado se esboza con demasiados pocos puntos de referencia. No quiero desvelar nada importante del argumento. Ustedes lo comprobarán al ver la película. Y comprobarán lo feo que puede llegar a ser un oriental asustado.
¿Se pasa miedo con The ring? La carátula de la copia que tengo sobre la mesa dice que si no sientes escalofríos es que ya estás muerto. Debo estar en fase de descomposición avanzada porque en 1999 no me inquietó demasiado y hoy menos.
Como todo hay que decirlo, señalaré que The ring se aproxima al terror intentando una mezcla (esto sí que era novedoso) entre tradición y modernidad, lo que produjo un efecto patente en películas posteriores como The grudge. Y eso es un mérito que no se le puede hurtar a la película del director japonés. Y, también, me parece muy interesante como enfrenta la idea de maternidad. La protagonista parece incapaz de hacerse cargo de su hijo y eso sí genera una angustia importante en el espectador. Aún más cuando esa madre encuentra el cuerpo de la asesinada (que llora mocos verdes por las cuencas vacías de su cráneo) y despliega una actitud maternal muy poderosa. Curiosamente, es las escenas en las que se trabaja ese aspecto nadie pone caras.
Una película convertida en producto de culto que repite lo que otros contaron más que bien. Así son las cosas.
Ahora, les pido un favor. Plántense delante de un espejo. Intenten una mueca horrible. Si consiguen el efecto de un asiático sufriendo les invito a que acudan a todos los castings que conozcan. Tienen trabajo asegurado.
© Del Texto: Federico de Vargas y Expósito


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feb 21 2011

Fuego en el cuerpo: La asfixia del calor humano


Bajo los efectos de una inolvidable melodía de John Barry, Lawrence Kasdan nos cuenta la intensa historia de deseo entre Ned Racine, un abogado vividor y mujeriego de un pequeño pueblo de la costa y Matty Walker, una misteriosa y atractiva mujer casada con un rico empresario al que deciden asesinar para poder disfrutar libremente de su relación, y, de camino, quedarse con la suculenta herencia.
Una calculadora y ambiciosa Matty Walker logra embaucar al abogado Racine, al que arrastra hasta el asesinato, sin contar con que ella también acabaría loca por él. Aún así, Matty no renuncia a sus ambiciones y sigue adelante con su plan, dejando a su amante entre rejas y largándose ella con la fortuna a un país exótico como tenía planeado.
Si bien la trama no se diferencia mucho de otras historias del cine clásico negro, sí me gustaría destacar la agobiante atmósfera  que se recalca constantemente de ese verano tan anormal de exageradas temperaturas, dónde desde el principio aparece el fuego como protagonista cuando, en la primera escena, Racine contempla por la ventana como se quema su pasado, hasta el final, cuando es testigo de la explosión dónde supuestamente muere Matty. Este fuego que rodea a los personajes y que está presente en toda la historia, destacando la escena en que Racine y Matty se conocen durante un caluroso concierto de abanicos junto al mar, es lo que yo creo más significativo de este thriller. Este fuego es el verdadero protagonista de la película. Las distintas formas internas que toma un mismo calor físico, el motor que mueve a cada uno, ya sea sexual o económico. La fuerza de la codicia, de los sueños por cumplir, de las obsesiones.
Herencia, cigarrillos, falsa identidad, pasado oculto, sombrero, John Barry, despacho atestado de humo, descapotable, pueblo en la costa, sudor, campanillas en la terraza, ventiladores en el techo, bañera con hielo y una mujer que sueña con ser rica y vivir en un país exótico. Bonita película y bonito sueño.
© Del Texto: Sonia Hirsch

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feb 9 2011

Eva al desnudo: La normalidad de lo extraño

El último recuerdo que conservo de Eva al desnudo fue un fugaz viaje de quinientos kilómetros que recorrí con la película en mi bolso y con mucho dinero escondido dentro de ella. Ni la película ni el dinero volvieron conmigo. Pero yo me había propuesto esta mañana perder la memoria por un buen rato. No quiero quebrarme la cabeza, lo que quiero es un trago.
Los interesantísimos perfiles psicológicos de Eva Harrington y Margo Channing se ajustan, sin desperdicio, a la ingeniosa película que hizo J.L.Mankiewicz basada en la historia real vivida por la actriz  Elisabeth Bergner cuando contrató como asistente personal a una joven admiradora que más tarde intentó destruir su carrera.
El guión, que según Bette Davis, fue uno de los mejores que había leído nunca, muestra, de forma elegante, sarcástica y profundamente perspicaz, la ambición personal más despiadada y el ansia por la influencia y poder desde la postura más ruin y despreciable tras la máscara de una joven Eva Harrington, muchacha de falsa identidad que logra colarse en el camerino de la inefable Margo Channing y convertirse en su máxima confidente hasta arrebatarle el puesto de actriz principal en la obra de su vida.
Con una sutileza extraordinaria digna de seis oscars, la muchacha del corazón de alcachofa, se saltó a toda prisa los peldaños de la escalera del éxito dejándose en ellos todo lo que luego necesitó estando arriba, llevándose por delante a la obsoleta Margo Channing, obsesionada por los años y el paso del tiempo, que acaba desmelenada como una energúmena y gritando hasta el límite de su voz. Retrato este del mundo del teatro como una raza aparte de la humanidad, de personalidad desplazada e ilusoria, dónde los premios se los colocaban dónde debían tener el corazón.
Dos mujeres de perfiles psicológicos inverosímiles, con tres anormalidades en común: un desprecio infinito por la humanidad, una incapacidad desesperada por amar y ser amadas y una insaciable ambición y talento. Y yo las adoro por las tres.
Del resto de mi viaje ya ni me acuerdo.
© Del texto: Sonia Hirsch

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sep 5 2010

Predators: El fin del entretenimiento

Ya no tengo esperanzas en el cine palomitero, ni de entrenimiento o de masas (elijan cualquiera de las tres concepciones, me da igual). O el mundo ha cambiado mucho, o cada día vamos a peor. Y es que este tipo de cine, aparte de que ya no es original (lejos quedan los magníficos 80, lo sé), está tocando a su fin, o eso pienso. Porque viendo las carteleras me siento insultado intelectualmente con propuestas que bien podrían pasar por alguien de la edad de un niño que ve los Teletubbies.
Para ser claro y directo, ahórrense lo que vale la entrada de cine para ver esta película. Todavía no sé cómo semejante despropósito de historia ha llegado a ver la luz. La Twenty Century Fox cada día se supera más, ya lo hizo cargándose el mito de Alien y Predator con sus versus, y encima dos películas… y no contento con eso, querían hacer resurgir una tercera entrega de la saga Predator. El proyecto en un principio se perfiló como algo a tener en cuenta ya que una de las cabezas visibles era Robert Rodriguez (esta vez como productor ejecutivo), aunque la dirección de Nimrod Antal, y el guión de unos desconocidos Alex Litvak y Michael Finch daba que pensar. Conforme fue pasando el tiempo, y desvelándose la lista de intérpretes y demás parafernalia, se fue desinflando la idea de un renacimiento de la saga, acabando en lo que ya se sabe: una completa bazofia que no hay por donde cogerla.
El argumento: Una serie de mercenarios son secuestrados para llevarlos a un planeta lejano que en realidad es un coto de caza para los Predators. Ya sabéis, muchos tiros, sangre, gritos, carreras y poco diálogo. Todo esto estaría muy bien si el guión tuviera algo de original, pero la trampa reside en que para los que nos gustó la primera Predator con Arnold Schwarzenegger y sus camaradas con músculos en las cejas y humor macarra, esta secuela se intenta adueñar de la nostalgia del espectador para crear situaciones que son prácticamente un plagio, pero un plagio malo, horrible, basura, mal dirigido y escrito. Y es que Nimrod Antal intenta copiar la dirección de John McTiernan y no le llega ni a la suela de los zapatos. Lamentable. Como lamentable también es el reparto…¿quién se cree que los protagonistas, salvo Danny Trejo, son mercenarios?

Un médico psicópata, una francotiradora, un yakuza, un simple mercenario, otro de Sierra Leona, un presidiario, etc…forman un elenco que podría haber dado más de sí si por lo menos este engendro tuviera un guión medianamente decente. Diálogos estúpidos, situaciones absurdas hasta rozar lo patético, actuaciones bochornosas…No, esto no es un resurgir, esto es un enterramiento en toda regla. A esto hay que añadirle una fotografía horrible, y una dirección artística que deja que desear, por no hablar de la música de John Debney, que en un alarde de originalidad, copia descaradamente la partitura que hizo Alan Silvestri para la primera película y que es uno de esos scores que pasados 20 años no se te olvida.
En definitiva, una película aburrida en toda regla, que no llega a sorprender como la original en ningún momento. ¿Esto es cine de entretenimiento?
Un aviso a los incautos, viendo el trailer… no se crean que a Adrian Brody lo apuntan miles de Predators, no, porque en la película solo lo apunta uno y dad gracias. Otro de los trucos para llenar las salas… un tocomocho en toda regla.
© Del Texto: Gwynplaine Thor

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jul 24 2010

Los Falsificadores: El disfraz de la mona

Las películas sobre el holocausto judío durante la II Guerra Mundial siempre cuentan lo mismo. Lo disfrazan o lo hacen sin esconderse, pero, finalmente, lo importante es el sufrimiento del pueblo judío. Todo esto de airear esa tragedia está muy bien y no pondré en duda que sea necesario. Sin embargo en este blog se habla de cine y de lo que significa una película u otra, de sus sistemas narrativos, de cómo son las interpretaciones o de si la fotografía merece la pena. Es decir, si una película es aburrida por estar contada ya, si una película es innecesaria o es fotocopia de otra aunque traída de los pelos para aprovechar y contar lo mismo por debajo, si esto pasa, se dice.

Los Falsificadores está dirigida por Stefan Ruzowitzky que adorna con la estafa que se produjo cuando se introdujeron en los mercados varios millones de libras esterlinas falsificadas por los presos judíos en un campo de concentración. Poco antes de finalizar la guerra, el dólar estaba preparado en aquel barracón, pero no hubo tiempo para finalizar la operación. Entre otras cosas porque esos presos hicieron todo lo posible por retrasar el trabajo. Cuenta la película cómo se hizo y quienes fueron los protagonistas. Y lo hace pasteleando con la realidad, justificando la actitud de los elegidos que logran una calidad de vida decente gracias a sus habilidades (como si los que estaban en el campo pasando calamidades o caminando hacia la cámara de gas no tuvieran las suyas propias), que aceptan lo que ocurre porque no tienen más remedio y ayudan al régimen de Hitler porque (esto lo dicen en la película) finalmente morirán del mismo modo. Se dibuja en esta película el perfil de algún personaje que produce cierto desconcierto. El falsificador de moneda y vividor interpretado por Karl Markovics (que está muy bien en su papel, todo hay que decirlo) tiene reacciones que no parecen creíbles. Dependiendo del guión se modifican actitudes que no deberían cambiar con tanta facilidad. Y todo para convertir a un individuo indeseable en héroe de la trama. No cuela.

Con todo esto no quiero decir que la película sea un tostón. No lo es. Lo que ocurre es que una historia convencional (un timo) introduce elementos tan terribles para pasar mejor por la mirada del espectador (es lo que se cuenta con más potencia narrativa). Tiene buen ritmo secuencial, algunos movimientos de la cámara muy utilizados en el cine y televisión actual (la película se centra en los años cuarenta) que funcionan más que bien y los actores protagonistas hacen su trabajo con solvencia. Pero a mí me aburre. Y aunque obtuvo el óscar a la mejor película extranjera del año 2.008 (sin serlo) me hace bostezar porque me la sé.

Se libra la música con todos los honores. La partitura se escribe desde ese tango que baila el protagonista al comienzo de la proyección. Va tomando matices distintos dependiendo de cómo la trama se desarrolla y, francamente, funciona muy bien.

En fin, que se deja ver. Que el óscar fue exagerado. Y que por mucho que la mona se vista de seda, mona se queda. Otra de campos de concentración disfrazada.

© Del Texto: Nirek Sabal


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