ago 5 2012

Elefante Blanco: Una tarde de verano en el cine

Esta misma semana fui al cine, a última hora de la tarde de un modo inesperado porque me temía que pasara lo que ha pasado. Me explico, hace apenas unos diez días, en una sala de cine cercana a casa proyectaron como estreno Elefante blanco. El reclamo por el plantel de actores, Ricardo Darín y Jérémie Renier, vaticinaban un medio lleno de sala (medio, porque estamos en agosto y, como todo el mundo sabe, en verano son pocos los que escogen pasar la tarde metidos en un sitio cerrado y a oscuras). Nada más comenzar la película, de la que había leído muy poco (prefería ir completamente virgen a verla) supe que ese medio lleno de esa minúscula sala, no soportaría, lamentablemente, mantener en cartel aquella película. La historia que relata marginación; enfrentamiento a los propios miedos, al cansancio y la desesperación, en una época de calor, de terracitas y despreocupación veraniega (pese a la crisis); no iba a aguantar más de quince días. Y efectivamente, ayer, volviendo a casa pude comprobar cómo mis presagios no fueron equivocados, en cartelera reza una comedia ligera que alegrará a todo el mundo durante todo lo que resta del mes de agosto.
La película de Pablo Trapero nos pone frente al drama social de los barrios marginales de Buenos Aires, las Villas, en los que convive con la miseria, la droga, la más exacerbada de las violencias, la sin razón y la desesperanza, junto con la labor de los que desde el convencimiento personal trabajan, aún a costa de lo propio, del enfrentamiento personal, contra un sistema demoledor que tiende a olvidar a lo más denostado de la sociedad, apartándolo y arrinconándolos donde no molesten, tras la maquinaria de un Estado que los abandona.
El elefante blanco, un edificio faraónico, que ninguno de los sucesivos gobiernos argentinos terminaron, convirtiendo el proyecto de lo que tenía que ser el hospital más grande de toda Sudamérica, en una mole abandonada a medio construir, donde viven, entre la mugre y la miseria, los que no tienen nada, es una auténtica metáfora del sistema.
La película, pese a ser a una narrativa brillante, una puesta en escena brutal, una música excepcional de Michael Nyman, no va a tener el éxito cinematográfico que merece. Una verdadera pena. Puede que la falta de éxito radique en que la gente está saturada de miseria, de problemas y damas, puede que algunos no comprendan que lo de menos sea que sus protagonistas sean dos sacerdotes católicos Nicolás (Jeremie Renier) y Julián (Ricardo Darín) y una trabajadora social (Martina Gusman), pero existe mucho sectarismo aún y todo lo que huele a iglesia, en estos tiempos que corren, repele, en ocasiones, como ésta, injustamente. Porque lo que realmente importa de los personajes que nos muestra Trapero, su acierto, es la manera en que los coloca a ambos frente al gran drama social; unos personajes que arrastran sus propios demonios, con sus culpas y desvelos personales (como los que puede arrastrar cualquier ser humano), que batallan como David contra Goliat, chocando constantemente contra una pared, contra un sistema que oprime y abandona a los más desfavorecidos.
Una película dura en extremo, en la que la desolación no abandona ni un segundo al espectador. La desesperanza, la inutilidad del esfuerzo, el riesgo de la propia vida. El contrasentido de vivir en el puro lodazal de la inmundicia humana en busca de una brizna de esperanza que cuando empieza a crecer muere aplastada todo eso transmitido a través de desgarradoras imágenes que necesitan de muy pocas palabras.
Una película fantástica de las de verdad, arriesgada, pero buena. Por eso no triunfará, seguro.
© Del Texto: Anita Noire


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ago 10 2011

Carancho: Desastre argentino

Debe ser que como me gusta mucho el cine argentino siempre espero grandes cosas de él. Y debe ser que como me gusta mucho el cine argentino si no recibo mucho cuando veo películas, realizadas allí y por gente de allí, me irrito facilmente. Aunque en el caso de Carancho tengo razones suficientes para estar enojado me guste mucho o poco el cine argentino. Si no sintiera debilidad por ese tipo de películas estaría igual de decepcionado.
Carancho es una película muy gris. En todos los sentidos. Lo que cuenta es gris (esto no es malo), la iluminación y el revelado hacen que todo lo parezca (esto no es malo), y el resultado es muy gris en su conjunto (esto es malo puesto que la traducción podría ser que la película es mediocre, por ejemplo).
¿Dónde está el problema? Por un lado el guión es muy justito. Parece mentira porque es una de las cosas que mejor trabajan allí. Este, el de Carancho, da muchas cosas por sabidas. Y eso, como siempre pasa, provoca que el espectador no entienda bien lo que pasa porque no entiende a los personajes. Se quedan a medio dibujar, carecen de pasado y de justificación en la narración. Todo es irrelevante, ellos son irrelevantes. Sus motivaciones están siempre agarradas por los pelos. En definitiva, no hay personajes. Además, es un guión que va desde la lentitud absurda a unas prisas por resolver el asunto que no tiene justificación. Un ritmo tan desigual es muy difícil de digerir por parte del espectador.
Por otro lado, la falta de química entre Ricardo Darín (parece aburrido y, desde luego, está muy mal dirigido en su trabajo) y Martina Gusman, es alarmante. Deberían parecer enamorados y apasionados cuando lo que aparecen es distantes, intentando resolver todo a base de besuqueos. Esto es el producto del aburrimiento de uno y de la apatía de la otra. Desde luego, el casting lo debieron realizar una mañana de resaca o estuvo condicionado por el capricho de alguien.
Pablo Trapero, que es el director y guionista (junto a otros tres), no atina con el reparto, ni con el guión, ni con el montaje (también interviene de forma directa). A pesar de lo simple de la trama, a veces, la secuencias paecen no venir a cuento y sacan al espectador que necesita otro esfuerzo más para intentar tragarse la película.
Pero el auténtico desastre viene por otro lado. La película es previsible de principio a fin. Absolutamente previsible. Es decir, se convierte en una castaña desde el minuto dos. Más o menos. Además (y esto si que es lamentable) la película carece de cualquier fondo temático o ideológico. El tema es nada. Cualquier narración que carezca de tema es un desastre.
Carancho cuenta que en el mundo hay muchos malos; que si quieren ser buenas el camino de retorno es casi imposible; que los malos abusan de los buenos. Cosas así. ¿Les suena? Claro, porque Carancho es una película que cuenta lo mismo que seis millones de malas películas lo hicieron ya.
Ricardo Darín es mucho actor y, a pesar de todo (de tanto desastre), es lo mejor de la película, lo que se puede rescatar. Esto es todo lo que puedo decir a favor de Carancho.
Una gran desilusión. Un gran cabreo. Una gran castaña.
© Del Texto: Nirek Sabal


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