jun 30 2011

Dos en la carretera: Nueve con veinte

Nos gustaba el Dry Martini y el sexo anal. Solíamos viajar con las ventanillas bajadas, la ropa interior en la guantera y la canción cinco de Tiny Yong con Henri Salvador. Nos gustaba visitar las casas de escritores célebres y dejar nuestras huellas en la pared. Alguna vez posamos para un reconocidísimo artista que terminó haciendo postales con nuestras fotos. Estas postales acabaron recorriendo todo el mundo, hasta los macizos de Altai. Hicimos todo el viaje con nueve con veinte céntimos debido a un error informático en nuestra oficina bancaria. Viajábamos a lugares remotos que no distaban más de 150 kilómetros. Una vez, un grupo de golfistas posaron para nosotros vestidos de azul y rojo en un flamante car robado de algún hotel de lujo de la zona. Hicimos con ellos un bonito travelling hasta verlos desaparecer en el césped verde y continuamos por un desolado camino hacia una playa sembrada de pinos.
Hacíamos sexo en Nueva York, de madrugada y sin ventanas. Nos alimentábamos de los carbohidratos que nos vendía un viejo italiano afincado en la ciudad. Quesos y mortadelas, tagliatelle con alcaparras, uvas típicas de Toscana…
Yo silbaba todo el viaje, todo tipo de canciones. Infantiles, antiguas, Mancini, horteras, Vangelis, tontas…
Incumplimos todas las promesas. Nunca hicimos dieta, ni ejercicio, ni dejamos de fumar. No conseguimos ahorrar nunca, ni siquiera guardar las alfombras en el trastero. Vivíamos como ajenos a un mundo que nos era indiferente, flemático. No es que nos molestase, sino que no colaboraba con la gran cosa que teníamos en el nuestro.
Las arrugas se multiplicaban con las risas. Ni las carcajadas ni los gritos bajaron nunca de volumen, por muchos kilómetros que recorriésemos. Pero, a la vez, nos íbamos haciendo más y más pequeños, casi imperceptibles.
Yo escribía con un camisón muy largo, casi victoriano. Hablaba en sueños idiomas de otras épocas y otros lugares. Quizá un idioma inexistente como emisora de mensajes secretos que calmaba mi hermetismo particular. Él era tan sensible al sueño que apenas se le podía rozar. Él era un hombre precioso.
Una vez tuvimos la tentativa de concluir el viaje, pero rompimos una docena de ventanas e hicimos un inventario con todos nuestros recuerdos, los suyos y los míos. Aprovechamos los suyos y los míos en una fogata en Palermo e hicimos con los nuestros un gran collage. Así que proseguimos, como si nada, la excursión.
Una vez, guardé un mensaje suyo que decía: “Funciona!”. Esa palabra la guardé en una carpeta especial dónde guardo todas las palabras importantes. Luego, se nos hizo de noche, y ya nos fue imposible encontrar el camino de vuelta. Imposible.
La imbecilidad transitoria, que según Ortega y Gasset nos caducaría a los cuatro meses, ya va por cuatro siglos. El frenesí original se dilató en el tiempo condenándonos a un estado imbécil perpetuo sin más citalopram que el deseo mayúsculo de seguir agotando estos nueve con veinte céntimos hasta el fin, porque no contamos con más.
Esta es la crónica matrimonial más íntima que se me ocurrió para opinar sobre Dos en la carretera.Esta es, más o menos, la idea que yo tengo sobre el matrimonio. Todo lo demás, incluida la maravillosa banda sonora de Henri Mancini, prefiero omitirlo porque ya resulta demasiado evidente.
Cada cual, en su matrimonio, tiene un tope y un sistema para gastar. Todo depende de lo que cada cual haga con sus nueve con veinte: si comprar un caserón en Saint Tropez y dos Bugattis del 23 con garantía o invertir en un viaje incierto sin final feliz garantizado. Y sin parar de silbar todo el viaje.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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mar 9 2011

Photomatons: Un enjambre de avispas

Photomatons es una reflexión en blanco y negro y súper 8 sobre los habitantes de la ciudad, la identidad del individuo y la masa despersonalizada y anónima contada mediante tiras fotográficas de fotos de carnet.
El montaje de ritmo violento y agresivo junto al inquietante sonido de enjambre de avispas y los miles de rostros alineados y siniestros transmite una angustia y turbación intencionada de lo más caótica con el único respiro de alguna imagen subliminal del entorno urbano y algún fotograma con las palabras pasaporte, identidad, escolar y 20 de noviembre.
De Photomatons existen varias versiones, una de ellas integrada en el largometraje En la ciudad…, en el que Bonet contó para su realización con 100 artistas de diferentes ámbitos, improvisándose el montaje según el orden de llegada del material de cada uno de ellos. Posteriormente, se realizó otro nuevo montaje dónde se incluían sugerencias de los propios espectadores de esa primera proyección. Entre todas las proyecciones, recalco la genial idea de hacerlo en la misma calle sobre la fachada de un edificio. Hablo de 1.976, claro.
Esta reflexión de Eugeni Bonet muestra la masa humana indiferenciada, caótica y sin arquitectura anatómica alguna de Ortega y Gasset en La rebelión de las masas que divide a la humanidad en dos tipos de hombre: el hombre-masa y el hombre selecto, y declara como falsa cualquier igualdad entre los dos grupos.
Pienso que la falta de identidad y la masificación es tan necesaria para la humanidad como lo es el cine comercial y de masas para que existan las vanguardias cinematográficas. Sin una mayoría ordinaria no existirían minorías selectas y sin cine comercial no habría apartado posible dónde clasificar cine de vanguardia alguno.
Gracias a la existencia de estos dos grupos antagónicos, disfruto yo esta noche de este bonito enjambre de avispas.
© Del Texto: Sonia Hirsch


feb 25 2011

127 Horas: Del egoísmo al existencialismo

Cuando era pequeño, en una de esas típicas excursiones del colegio donde los más gamberros hacíamos de las nuestras perdidos por el monte, me dio por alejarme de mis amigos, mis compañeros y antes de todo eso, de los profesores. Y sin avisar. Mi afán por descubrir en soledad lo que la naturaleza me deparaba me hacía tanta ilusión que dejaba incluso mi mochila con lo necesario y me largaba a investigar por los bosques montañosos en busca de sitios con los que maravillarme. Huir del ruido y encontrarme el silencio, para muchos un silencio aterrador, pero para mí tenía un cierto encanto. Creía ser parte de un todo. Hasta que caí rodando por un barranco de tierra húmeda y resbaladiza. Y no había otro camino para volver que escalar aquello de nuevo. El mundo se me venía encima y antes de las cinco de la tarde tenía que llegar al campamento antes de que los profesores empezaran a reunir a los alumnos, contarlos e irse en el bus. Tenía muy pocas horas. Y no lo pensé ni un momento. Tenía unos siete u ocho años. Tuve que arrastrarme hasta arriba a través de raíces y tierra mojada, dejándome en el intento las manos ensangrentadas. Vi mi corta vida pasar, y cada vez que miraba abajo rezaba para no caer y partirme la crisma. Al final lo logré. Diez minutos antes de la cinco. Oculté como pude mis heridas, y nadie, ni siquiera mis amigos o mi familia lo supieron. Ni lo saben, y si leen esto, bueno, nadie es perfecto, quiero que sepan que no quería preocuparlos. Solo sé que después de aquello me alegré por estar vivo y ver a mi gente.
Algo parecido (y mucho más duro) le pasaría a un tal Aron Ralston allá por 2003, un hombre como otro cualquiera que un buen día decidió largarse de casa e irse por los cañones de Utah a vivir un poco, eso si, le gustaba la escalada y los deportes de riesgo. En una de su incursiones por una grieta en la tierra, acabó cayendo y siendo atrapado por una roca. Bueno, más bien su brazo. 127 horas estuvo el hombre atrapado, a punto de morir hasta que se lo amputó. Su error, no haber avisado a nadie de dónde iba antes de salir. Nuevo film de Danny Boyle donde nos relata un acontecimiento real desde su punto de vista, un autor que a lo largo de sus obras (Trainspotting, Millones o Sunshine) critica los tiempos modernos en los que vivimos, la sobresaturación de información, las masas sin sentido ni objetivo, la rutina del día a día, estrés y en definitiva, el egoísmo que todo ello genera. Y de ahí sobresale nuestro protagonista, alguien completamente egoísta sin darse cuenta de ello, que huye de una realidad asfixiante, que escapa del núcleo urbano a la naturaleza, al silencio más absoluto. Es un relato que aboga por un sentido optimista de la vida, una corriente existencialista (bebedor de las filosofías de Sartre o Schopenhauer) basada en que el ser humano está aquí para algo importante por muy nimio que sea el objetivo, disfrutar de lo que se nos ha concedido, y en libertad, crear y darle un significado a todo lo que nos rodea, sabiendo en todo momento que el individuo es el único responsable de sus actos, y aquí aludo al tan manido Yo soy yo y mis circunstancias de Ortega y Gasset que todo pseudointelectual utiliza para dárselas de interesante. Por eso en este film asistiremos tan solo al momento en que un hombre tuvo que luchar contra la naturaleza, pero sobre todo, contra sí mismo. La historia de Aron es la búsqueda de lo que de verdad tiene importancia, que no son más que las personas que nos rodean, los amigos, la familia, y todo aquello que no queremos ver, pero que nos acompaña cada día, una gota de agua, el roce de tu gato contra la pierna, una caricia de la mujer amada, un amanecer. Los buenos momentos que hemos vivido y no le vimos ni supimos darle ninguna trascendencia. Sólo se la vemos cuando estamos en un límite entre la vida y la muerte. Eso es el egoísmo del hoy. No saber apreciar lo que de verdad es bueno. Nuestro héroe a lo largo de su periplo y mediante recuerdos y ensoñaciones se dará cuenta de lo que es y de lo que fue, y de lo que necesita cambiar para ser alguien mejor, alguien de provecho, alguien importante.
Hablando más técnicamente de la película, James Franco como el sufrido Aron Ralston simplemente está magnífico y se erige como un grandísimo actor que tiene delante de sí un muy buen futuro. El film es impactante a nivel visual, como todo lo que realiza Danny Boyle, siempre con tonos cálidos, movimientos de cámara imposibles, sus  típicos planos aberrados, y no falta (como de costumbre) un montaje de estilo videoclipero para transmitir ciertas ideas al espectador. Así como una cuidada utilización de la música en todas sus producciones, esta vez a cargo del compositor A.R. Rahman, con quien ya trabajó en su anterior film, Slumdog Millionaire, y que en ésta lo borda. Y ya para terminar, si al final de todo, cuando escuchen el tema de Sigur Ros, Festival, no sueltan una lagrimilla, me da a mí que el pesimismo y la indiferencia es más grave de lo que pensaba. Eso es que están definitivamente enfermos.
© Del Texto: Gwynplaine Thor

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feb 19 2011

La Soga: La negación del crimen perfecto

Mi reflexión sobre La soga es una mezcla entre la teoría del superhombre de Nietzsche y libros como Crimen y castigo y La rebelión de las masas.
El asesinato de un hombre por el mero hecho de parecerle inferior a otros, el dilema de Dostoievski sobre lo conveniente de la muerte cuando uno, parece, no es de utilidad y provecho para la humanidad y la división que hace Ortega y Gasset entre el hombre-masa, hombre ordinario que proclama la vulgaridad, y el hombre selecto, intelectualmente superior, se asemeja mucho a la premisa de Hitchcock en esta película, cuando una pareja de brillantes universitarios asesinan a un compañero sólo por demostrar su valía intelectual trazando un crimen perfecto. Y como si de un juego de competición se tratase, los dos amigos se la juegan dando una cena a familiares y amigos de la víctima sirviendo la mesa sobre el viejo arcón dónde está escondido el cadáver.
Ésta, que fue la primera película en color de Hitchcock, pero que yo recomiendo ver en blanco y negro, es todo un experimento técnico grabado en tiempo real, en un principio pensada para filmarse en un sólo plano secuencia, pero ante la imposibilidad de las cámaras, que sólo podían grabar 10 minutos seguidos, fue rodada con varios planos secuencias fundidos en las chaquetas de los personajes.
La genialidad para grabar en una sola localización interior, manteniéndonos durante toda la película en el mismo apartamento, como hizo en La ventana indiscreta o en Crimen perfecto es una de las, para mí, especialidades de Hitchcock, dónde nos convierte en vouyeurs y cómplices de todos sus crímenes. El resultado es un film de acción continua de apariencia teatral brillante.
El desenlace final, no sólo demuestra, otra vez, que no existe el crimen perfecto, sino que desarma cualquier teoría basada en la superioridad de un superhombre y la inferioridad de un mediocre. A mí, al menos, siempre me ha convencido más la filosofía del perspectivismo, que es la que se encarga de relativizarlo todo. Y en el caso de aparecer un superhombre en esta película, ese hombre se llama Alfred Hitchcock, sin ninguna duda.
© Del Texto: Sonia Hirsch

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