oct 12 2011

F FOR FAKE (Fraude): Los mecanismos de la fascinación

Reme, una intima amiga de mi madre, tiene una hermana, la Antoñita, que se fue a Ibiza en los 70 y allí se quedó.
Cuando Antoñita venía a Sevilla, mi madre siempre quedaba con ella y yo siempre quería acompañarla a verla.
Antoñita era lo más cool que te podías echar a la cara: vestía ad-lib, fumaba en boquilla y bebía gin-tonics en las terrazas de las cafeterías.
Sublime.
Me he acordado de ella porque esta tarde su imagen se me esfuma y aparece, en su lugar, la de Oja Kodar.
Decía Baudrillard que “el mundo entero ya no es real, sino que pertenece a la categoría de lo hiperreal y de la simulación. No se trata ya de interpretar falsamente la realidad sino de ocultar que la realidad ya no es necesaria.”
Así que tenemos que Baudrillard, el filósofo y crítico de la postmodernidad y el postestructuralismo, decía esto y lo hacía en 1978.
Más.
Decía Truffaut que siempre había preferido el reflejo de la vida a la vida misma.
Picasso decía que el también podía pintar falsos Picassos, como todo el mundo.
Decía Satie que él se llamaba Erik Satie, como todo el mundo.
Oscar Wilde decía que la mentira, es decir, el relato de las bellas cosas falsas, constituye el fin mismo del arte.
Esta mañana le he hecho una foto a mi madre con un broche que pone quiero ser Duchamp. Mi madre ha posado impertérrita y ha dicho que el broche era muy bonito.
Clifford Irving, aquel escritor que se inventó enterita la biografía de Howard Hugues, (pasando por ello una temporada a la sombra) y que escribió la biografía de Elmyr de Hory, el mayor falsificador de obras de arte de nuestro tiempo, señalaba que lo primero que se ha de distinguir cuando se habla de la calidad genuina de un cuadro, no es si éste es auténtico o una falsificación, sino si es una buena o mala falsificación.
Hace unos días impartía una mesa de trabajo en la Universidad de Sevilla sobre el fraude como actitud artística válida, incluso como disciplina.
Deambulando por la ciudad con el equipo de dicha mesa, nos encontramos con la boda de la Duquesa de Alba (en Sevilla, a poco que salgas, pasan estas cosas). Allí nos reímos mucho con unas amigas que, vestidas con un estilo goyesco-punk, vendían unos preciosos alfileres con la cara de dicha señora.
Un asunto apasionante –el fraude, y también apasionante la que estaban liando mis amigas en un acontecimiento fake pero de otro estilo- del que no se puede sino decir que pertenece a aquellos mecanismos de la fascinación con los que Resnais definía El verano pasado en Marienbad.
Más exactamente lo definía como un documental sobre estos mecanismos.
Orson Welles hizo de Fake una película que no es una película que es un documental, que a la vez es un falso documental haciendo varias películas documentales en una, con un material en su mayoría proveniente de otro (Reichenbach, que lo había filmado años antes, en el 68) sobre tres falsificadores (Elmyr de Hory, Clifford Irving y Orson Welles) y una sobrina falsa de Picasso que en realidad fue su mujer (Oja Kodar) que para mí se encarna ahora en la hermana de la amiga de mi madre.
A poco que se le de la vuelta, la historia del arte se transforma en la historia de un fraude. Una apología del simulacro de la que tenemos que dar gracias ya que si no todo esto sería un estúpido aburrimiento
¿Sería concebible imaginar un original y no recordar su copia, sea física, metafísica o perteneciente al terreno de los sueños? Absolutamente no. Todas las obras son una deliberada manipulación de lo visto y recordado.
La copia es la materia natural de la creación.
La copia. La simulación. Lo falso. El simulacro o la vida como una maravillosa y necesaria mentira. La vida como un falso documental de la vida.
Cuando era pequeño vivía en una casa construida en 1876. Debajo de la casa estaban las Bodegas Sandeman, un establecimiento igualmente de finales del XIX, con un reservado en el que Lola Flores formaba la marimorena cuando venía de algún sarao en el contiguo palacio de los Duques de Medinaceli. A las Bodegas Sandeman nadie las conocía como tales sino como las de el tío de la capa, pues su logo era el de un señor con capa española y sombrero. Igualito a Orson Welles.
Dentro del indispensable funcionamiento del Cuerpo del Misterio, sin el que la vida no tendría más sentido que las de los personajes autistas de Fahrenheit 451 (¿verdad, Linda?) los mecanismos de la fascinación son el engranaje de la magia. Welles, al comienzo de F for Fake, hace aparecer y desaparecer una llave (la que abre siempre el Misterio) a un niño.
No hay posibilidad de arte sin la aparición y desaparición de llaves.
Do you believe in magic?
Pues eso. Si hay algo más ruego me lo digan porque yo, con esto, vivo feliz desde 1876. Un siglo antes que Elmyr de Hory, el mayor falsificador de obras de arte de su tiempo, se suicidara en Ibiza, en 1976.
A question mark. F for Fake (Fraude), Orson Welles, 1975
© Del Texto: Ruben Barroso


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oct 10 2011

Mad Detective: La genialidad de lo contado un millón de veces

Hay directores de cine a los que se les hace la ola aunque estrenen una película desastrosa. Los hay que no se les aplaude ni una obra maestra. La gente pierde el culo para ver tostones realizados por un tipo que se ha convertido en autor de culto con cuatro imágenes potentes dentro de otro tostón y que arrastra un grupo de fans atormentados por no llegar a ser como el ídolo de marras. La verdad es que no deja de ser curioso.
Johnnie To no es que sea un mal director, pero, me parece a mí, que tampoco es ningún genio. Eso lo son un par de personas cada mucho tiempo y este To no está llamado a serlo. Tampoco se puede decir de él nada especialmente malo.
Mad Detective es una de sus películas y ha sido aclamadísima, aplaudidísima y premiadísima. Desconozco la razón por la que esto ha pasado. Porque la trama de esta película es justita, justita, justita. Si lo que se valora es que el movimiento de cámara es preciso y cuidado o que dentro de la película podemos ver algún guiño al cine negro francés o a alguna película de Orson Welles (la escena final nos lleva derechos hasta La Dama de Shangai), pues vale. Pero una película es un todo. El guión es enrevesado (me temo que de forma consciente para aparentar una hondura en la propuesta que no existe) y el fondo está muy vacío dada la envergadura de lo que se cuenta. Están bien, por originales, algunas cosas. Por ejemplo esas siete personalidades de unos de los personajes van llenando la pantalla de forma original. Pero que no es para tanto. Hagan caso de lo que digo.
Andy On y Ching Wan Lau son los actores que defienden los papeles principales. Y, miren ustedes, a mí los chinos siempre me parecen muy exagerados al actuar. Dicen que lo hacen divinamente. A mí lo que me parecen son muñequitos animados que se mueven por la pantalla de forma forzada y con cara extraña (extrañeza que parece no cambiar de principio a fin). Además, si no soy capaz de distinguir entre un chino y otro, ¿cómo voy a distinguir el gesto que hacen para fabricar al personaje?
La cosa va de un tipo que es policía y deja de serlo porque, además de estar como un cencerro, se corta la oreja para regalársela a su jefe el día de su jubilación. Se llama Bun. Pasado un tiempo, otro policía más joven le pide ayuda para investigar la desaparición de un compañero y su pistola. Bun puede ver las personalidades ocultas de las personas. Llueve y Bun dice que Dios le da señales (esto lo digo porque no sé a qué venía en el guión). Hay personalidades por aquí y por allá de unos y otros. Un montón de disparos. Un montón de pistolas que cambian de mano. Cosas, más o menos, como estas.
Cuando escucho decir que la potencia visual y el grado máximo de originalidad del cine de Johnnie To es abrumadora me da un poco la risa. Esa potencia visual es bastante corriente entre muchos autores y de original tiene lo que yo de dromedario. Esta película, en concreto, va de más a menos y se convierte en algo mil veces contado y aburrido.
Lo siento por los fans de este To.
© Del Texto: Federido de Vargas y Expósito

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oct 14 2010

F for FAKE (Fraude): ¿Todo es ilusión?

Orson Welles se lanzó a escribir y dirigir este documental (falso documental) que no deja títere con cabeza. El planteamiento es sencillo: ¿Hasta dónde el arte es arte? ¿Quién sabe de algo en este mundo? ¿Es objetivo algo que no sean las matemáticas? ¿Es la ficción una realidad que engatusa por ser un disfraz más real que la propia realidad?
Este documental de Welles es tramposo y propone sentarse a mirar sin inocencia alguna. El mundo es un enorme truco de magia en el que se puede creer o no. Toma relevancia el montaje del material como maquinaria que permite hacer real lo imaginado o difuminar el mundo hasta que parece un decorado sin importancia en el que ocurren cosas que, creídas, se convierten en nuestro entorno más cercano. Un espectador no avisado o alguien que decide creerse lo que cuentan porque sí no entenderá nada de esta cinta.

Y, por esta razón, nos encontramos ante un trabajo exigente para el que observa y, a veces, excesivamente confuso. Hay zonas brillantes que se mezclan con otras que dilatan en exceso un tempo narrativo ya endeble desde el principio; Welles, contenido en exceso pasa a tener un protagonismo demoledor que impide centrarse al espectador; todo va y viene de un extremo a otro evitando los tránsitos más agradables.
Se plantea muy pronto el asunto y se soluciona con mucha demora, van apareciendo propuestas demoledoras que deberían estar desde el principio y desaparecen como por arte de magia. Un documental incómodo y fallido aunque se arrastre una idea excelente.
Además de Welles, Oja Kodar aparece con una belleza brutal para plantarse en la última fase de la obra (tal vez la más brillante) y recrear junto al director el falso encuentro de Pablo Picasso con su abuelo; la música de Michel Legrand pasa desapercibida y François de Reichenbach acompaña durante todo el documental al director.
Mitos que se vienen abajo por su falsedad. Y, de paso, arrastran al documental a tierra de nadie.
© Del Texto: Nirek Sabal

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