abr 24 2012

El hijo: La esperanza de volver a empezar

El gran conflicto del ser humano es no saber qué hace, para qué está en un lugar o en otro, si ama a otro o lo detesta, si es él mismo o se perdió en algún meandro. Perder la referencia clara que marca el camino significa desaparecer para siempre. El ser humano dedica buena parte de su vida a buscar escapatorias, soluciones.
El hijo es una película dirigida por Jean-Pierre y Luc Dardenne. Claustrofóbica, oscura, áspera, alejada de cualquier alarde que busque el aplauso fácil. Una película tremenda que indaga en esos caminos buscados y no siempre encontrados.
Rodada en lugares muy cerrados, siempre cercanos a los close ups , presenta una imagen que llega a ser algo sucia. Se suma un movimiento de la cámara demoledor con el espectador. Va de los planos secuenciales a la cámara al hombro que termina reposando en el mismo personaje. Fatiga ese tipo de cine aunque el efecto es contundente.
Olivier (el actor protagonista es Olivier Gourmet y hace un trabajo formidable), enseña el oficio de carpintería en un taller para jóvenes con problemas de comportamiento. Un buen día llega un nuevo aprendiz y su vida convulsiona. Olivier deja de saber, de entender el sentido de las cosas o de sí mismo.
Nunca había visto una película así, filmada utilizando estas herramientas de forma tan exagerada. Fui al cine sin saber qué iba a ver; no conocía nada de la trama. En pocos minutos, me transmitió toda la angustia y nerviosismo que viven los personajes por su drama. La película transcurre prácticamente desde el cogote de los actores, detrás de ellos. Es tal el efecto, que mi acompañante confesó que, en un momento dado, tuvo que cerrar los ojos pues se estaba mareando. A mí en ningún momento me abandonó la tensión siguiendo, de un lado a otro, a los personajes. Sólo al final, cuando el conflicto se va a resolver, el encuadre se abre y permite ver a los personajes involucrados, la cámara se pone a disposición de la acción. Y el espectador respira algo mejor.
Un hecho duro marca la vida de los personajes y lo exponen de una manera dinámica, con movimientos, con imágenes del quehacer cotidiano. Los diálogos son escasos, parece cine mudo, no hay música, sólo el sonido del día a día. Pero, a pesar de la dureza, no es lacrimógena. Ni idealista, ni moralista, simplemente mostrando el quehacer diario; presenta las situaciones, las reacciones y las tristezas sin intentar una emotividad facilona en el espectador.
El hijo aborda sobre todo, el perdón, la soledad y la fuerza del ser humano por continuar y por empezar. Eso sí, cada uno con sus armas: recomenzar dando un nuevo sentido a la vida, con una pareja, con un oficio, cada uno a su manera. Me gustó cómo, para desgranar el sentir interno, te hace partícipe de lo fundamental en la vida del personaje central: su oficio, te lo enseña, trabajas con él.
Es extraordinario cómo los directores consiguen no dejarte conectar sentimentalmente con los personajes. No te dejan tomar partido por uno o por otro, sólo te expone con toda su crudeza la situación, estás con ellos pero no sabes cómo funcionan, nos sabes qué piensan, qué sienten, cómo van a reaccionar; te deja crearlos. No es esta una película previsible y eso permite que el interés sea continuo durante toda la proyección. Cada uno que saque la esperanza de donde esté si quiere, o no. El film acaba como empezó. Mostrando. Y no cierra la historia; la deja abierta.
A nivel emocional no es una película que marque con fuerza; simplemente, golpea, abofetea, dice mira lo que hay. Es por aquí por donde se vacía con rapidez.
Una experiencia diferente que hace odiar o amar este tipo de cine. Probar no es una mala opción para el fin de semana.
© Del Texto: Motty


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nov 6 2010

Robert Mitchum Is Dead: Sobre la ilusión y el desengaño

Franky Pastor (Pablo Nicomedes) es un actorucho en paro, tímido, solitario, y bastante feo; que tiene un manager (llamado Ársene e interpretado por Olivier Gourmet) que es poco menos que un sinvergüenza, un ladrón y un estafador que cree tener el papel idóneo para relanzar la carrera del pobre Franky, que vive sus días imitando los diálogos de las películas antiguas en la intimidad de su casa. Un día, Ársene roba un coche a punta de pistola, coge a Franky y le ilusiona con la idea de ir a ver a un gran productor y director de cine que está en un festival más allá del Polo Ártico. Un viaje que les hará plantearse si es tan importante el objetivo como ellos piensan o disfrutar del camino.
La película nos presenta un dúo de personajes muy bien diferenciados, Franky por un lado es un ser dependiente, de pocas palabras, enamoradizo, que vive bajo la ‘’tutela’’ de su manager, hace y dice todo lo que acata éste último, sabiendo siempre que Ársene lo hace por su propio bien. Por el otro lado, el representante es un ser contradictorio, vive sumido en su nube de que podrá conseguir el éxito de Franky con el guión que porta en su maletín, pero a su vez vive en la realidad, y no duda en chantajear, extorsionar y robar para conseguir su objetivo, un ser de carácter fuerte. En su recorrido se encontrarán con personajes variopintos como un músico que parece salido de una peli de vampiros, una femme fatale con buenas intenciones, entre otros.
Una cinta claramente pesimista sobre el mundo del cine, con un metadiscurso destinado a todas esas personas que trabajan o quieren trabajar del medio que por h o por b nunca llegan a conseguir el reconocimiento que deberían merecer, todo ello a través de un género loco como las road movies. Es una película sobre el desengaño, sobre la desilusión, un film que nos está contando que hay que tener los pies sobre la tierra, ser humilde (algo que hace falta mucho en el medio cinematográfico). Un guión muy bien estructurado, con un buen arco de transformación para los personajes, dejándose de efectismos. Una película honesta sobre la otra realidad que no queremos ver, y esa verdad es que cuesta llevar algo a la pantalla grande, de conseguir los medios necesarios, de que confíen en ti a la hora de presentar un proyecto y financiarlo. Una fotografía notable, y una música sublime, así como el vestuario a la hora de presentar a cada personaje como un todo; completan el aspecto técnico de esta obra. Una historia para dejarse llevar, como los protagonistas, en búsqueda de una gran verdad que todos sabemos que está ahí pero no nos atrevemos a verla. Y es entonces cuando surge la pregunta que ya dejaba caer al principio del texto: ¿Es más importante el objetivo o disfrutar el camino? Os lo dejo a vuestra decisión. Si tienen la oportunidad de verla, no se la pierdan.
© Del Texto: Gwynplaine Thor

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