feb 17 2013

8 ½: La libertad de crear el universo

La libertad del artista es endeble cuando se propone crear. Sólo algunos hacen lo que creen que tienen que hacer, sin pensar en los que tienen alrededor, sin pensar en sí mismos (aspecto importantísimo por la dimensión que puede alcanzar). Y, da la casualidad, de que para crear es necesario ser libre. Completamente libre. O, al menos, creer serlo.
Este es el núcleo expositivo de 8 ½, película de Federico Fellini, al que no se le ha prestado toda la atención que hubiera sido necesaria. Es verdad que la película ataca el proceso creativo en su totalidad, pero es esa libertad al crear lo que arropa el conjunto.
8 ½ es una obra maestra. Desde luego, si el que escribe tuviera que elegir cinco títulos de entre todos los existentes, este no faltaría. Se ha tachado de inconexa, de incomprensible, de oscura, aunque me temo que el problema no se encuentra en la propia película sino en el espectador. Suele ocurrir que cuando lo onírico aparece y lo hace desde el uso del registro correcto, son muchos los que tuercen el gesto. Si a eso le añadimos la aparición del recuerdo, el gesto lo tuercen muchos más. Fellini sabía que sueño y recuerdo ocupan lugares muy próximos e incluso iguales. Al fin y al cabo es una ordenación de la realidad, más o menos consciente, que la desliza hasta lo deseado, lo odiado, lo que marca definitivamente el curso de una existencia. 8 ½ es una obra maestra narrada desde el sueño, el recuerdo y la realidad. Una película exigente.
Comienza la película con un sueño. Toda una declaración de intenciones. Del mismo modo que los grandes literatos dejan claro con un primer párrafo lo que viene a continuación, Fellini pone las cartas sobre la mesa desde el primer momento. Vemos a Guido Anselmi (interpretado por un inmenso Marcello Mastroianni) atrapado en su vehículo y, a la vez, en un enorme atasco. Todos le observan. Quiere escapar y lo hace volando por encima de todo y de todos. Pero llegado a la playa se ve amarrado por una cuerda y alguien tira de él hasta que cae. Despierta. Por tanto, nuestro protagonista se ve acosado y sin libertad para hacer o deshacer a su antojo. Siempre hay algo que le hace regresar a ese lugar en el que depende de algo externo. Porque es necesario, vital, escapar para poder crear. De ahí viene esa sequía creativa de la que tanto se ha hablado. Guido bien podría ser el propio Fellini. Él lo negó a veces, otras lo dejó sin aclarar. Es lo mismo. Podría ser cualquier artista y Fellini lo era. Me parece estéril dar vueltas a este asunto.
A partir de esta primera escena, se irán encadenando imágenes que presentan los recuerdos de niñez, la realidad, más sueños y todo eso que no se podría contar de las ningunas de las maneras porque sería motivo de ruptura con el entorno. La sexualidad que encuentra el niño, cómo su educación (los que le educan) impide que lo encuentre sin tener problemas y crear prejuicios; los amores pasados que forman un todo (todas las mujeres componen un conjunto en el que cada una ocupa su puesto. El amor o lo que lo fue es uno solo); el mundo, visto por el artista, en el que todos somos personajes (incluido él mismo), en el que todos tenemos el aspecto impuesto por la mirada ajena; la presión a la que se somete al creador que es incapaz de hacer nada que tenga que ver con la motivación propia para que sea algo importante; el movimiento del mundo al son de una música que lo hace distinto y que nadie podría entender. Y todo esto se presenta de forma fragmentada; no existe lo lineal. La vida tampoco lo es si tenemos en cuenta el deseo, la fantasía o lo onírico. Eso distorsiona lo cotidiano y lo va decorando de un modo u otro, lo va descolocando todo.
Pues bien, nada de esto lo puede contar un artista sabiendo que forma parte de su realidad. ¿A quién puede interesar la vida privada de otro? A eso se le llama cotilleo, pero una obra artística está muy alejada de semejante cosa. Un artista transforma esa realidad consiguiendo convertir una verdad en una gran mentira que se recibe (por parte del espectador) como una realidad compartida desde la ficción. Dicho de otro modo, el artista crea desde su propia experiencia sin que esta aparezca de forma explícita. No hay otro camino. Y es aquí donde aparece la libertad. Fellini lo sabía perfectamente. Otra cosa es que, inevitablemente, muchos se vean reflejados en la obra. Pero eso es otro problema que atañe al que mira y no al que crea.
8 ½ está plagada de escenas inolvidables. Mi preferida es la que nos enseña a todas las mujeres que el protagonista ha conocido y que han tenido alguna importancia para él. Desde Saraghina que encarna su experiencia más lejana con la sexualidad, hasta Claudia que representa su amor más puro y verdadero por percibirlo como perfecto, pasando por Luisa (su esposa atormentada por la infidelidad, pero que en esta secuencia aparece como sumisa y encantada con lo que le toca vivir) o por su propia madre (a la que besa en un sueño anterior manifestándose un claro complejo de Edipo). Durante toda la película, vamos comprobando que Guido es incapaz de amar, no sabe cómo hacerlo. Ahora sabemos que lo único que quiere es que le entiendan, que comprendan que ellas, que todos, forman parte de un relato que acabará cuando él muera. Presten, también, atención a la escena del baile en el balneario. Se asemeja mucho al de Pulp Fiction (Travolta y Thurman).
Por cierto, no recuerdo una película que uniese y mostrase tanta belleza femenina. Anouk Aimée, Sandra Milo, Claudia Cardinale, o Rossella Falk son un ejemplo.
La película está filmada en blanco y negro. El resultado es grandioso. La gama de matices entre ambos colores es extraordinaria. La música de Nino Rota magistral (se puede escuchar a Wagner o la partitura del propio Rota arropando cada momento de carga expresiva como si fuera un guante). El montaje es de una inteligencia maravillosa. Y el guión hace que los personajes crezcan cada vez que abren la boca, que entendamos lo que supone el proceso creativo, de ese caos que se ordena milagrosamente para mostrar un cosmos completo.
Los artistas tienen una ventaja sobre el resto de las personas. Son capaces de crear un mundo en el que se pueden modificar todas aquellas cosas que no terminan de encajar. Miran y ven lo que otros son incapaces. Esa es la libertad. Crear un mundo a medida. Y si no está presente no hay nada que hacer.
Grandiosa película.
© Del texto: Nirek Sabal


dic 12 2010

Las noches de Cabiria: Poética exquisita

El mundo es rotundamente injusto con los inocentes, con los que rozando la ingenuidad pretenden hacer la vida de los demás un poco más dulce. De nada sirve la bondad, ni la preocupación por el prójimo. La vida es una selva y los habitantes de este mundo un compendio de sujetos que se mueven por puro egoísmo, donde no importa nada que no sea uno mismo. Te uso pero no me uses; Te uso pero no me molestes; Te uso pero no invadas mis espacios; Te uso y, cuando me canso, te tiro. Esa realidad, vigente hasta el mismísimo día de hoy, la reflejó como nadie Federico Fellini en su película Las noches de Cabiria.
María Ceccarelli es Cabiria (Giulietta Masina), una prostituta de los arrabales de Roma. Una mujer que, pese a la vida que lleva, es pura inocencia y sensibilidad. En sus andanzas por la ciudad, tropezará con distintos hombres, tres en concreto (aunque los relevantes son dos de ellos), que nos mostrarán las fatalidades con las que uno se puede topar. El primero de ellos, el actor Alberto Lázaro, que encarna la frivolidad, el lujo inalcanzable y el trato humillante; el segundo Óscar (François Périer) la compasión y la posible felicidad como engaño. Un paseo por el desastre personal. Pero Cabiria es capaz de sobreponerse a todo eso, pasar por encima de las humillaciones de los que se creen mejor que ella para seguir su camino. Un drama exquisito, poético.
Podría extenderme en los cientos de momentos que la película encierra, todos ellos de una profunda intensidad, pero creo, sinceramente lo digo, que nada de lo que escriba, puede llegar a ponerles en situación de lo que realmente son las escenas de una de las películas más bellas del cine. Giulietta Massina, esposa de director, está espectacular, una interpretación sobrecogedora como pocas. El contraste de un físico menudo, encantador, una cara que es capaz de decirlo todo y que contrasta con la angustiosa vida que le proporciona el director. Pasión y compasión, eso es Cabiria. El contraste constante entre la noche y el día, la vida disoluta de la prostituta y la vida deseada de orden y familia.
La fotografía, pese a ser una película en blanco y negro, tiene una luminosidad especial. Es capaz de trasladarnos desde lo sórdido y decadente a lo más puro y limpio. La música de Nino Rota es espectacular y consigue que cada uno de los momentos en que aparece, precisamente durante las noches, se conviertan en momentos especiales de la cinta.
Una de las mejores escenas, la noche final, la que finalmente cierra la película, la del desengaño, donde la realidad más tozuda se impone de nuevo pese a la sonrisa y a la mirada de María, unos ojos que, sin rendirse, me llevan a pensar que la dulce e inocente vuelve a situarse en la casilla de salida para que la vida la patee de nuevo. Un triste y poco esperanzador Game Over.
Se la recomiendo altamente, olvídense de pensar en neorrealismos, en si Fellini se rodeaba de actrices con físicos espectaculares para terminar casado con la mujer más menuda que encontró, olvídense de si el contenido narrativo de Las noches de Cabiria prima por encima de la psicología de los personajes, olvídense de todo ello y siéntense a gozar de una de las mejores maravillas del cine. Y es que, ya lo he dicho en otras ocasiones, Fellini me puede.
© Del Texto: Anita Noire


Imagen de previsualización de YouTube


nov 24 2010

La Dolce Vita: Viaje a los infiernos

Existen todo tipo de ensayos que analizan tendencias cinematográficas, carreras profesionales de directores y películas. En ellos se encuentran todo tipo de tesis, toda clase de análisis sobre el movimiento de las cámaras, anécdotas sobre el asunto que se trata y un buen montón de palabras que enmarcan cada cosa en un lugar que parece exacto. También, todo hay que decirlo, se encuentran inmensas idioteces, teorías absurdas, razonamientos mastodónticos que se apoyan en una opinión personal y carente de toda credibilidad y que, por alguna extraña razón, toman forma e importancia. Por supuesto, con internet todo se ha multiplicado de forma tan vertiginosa como peligrosa.
Sin embargo, es muy raro encontrar artículos en los que, además de encuadrar las películas en la corriente expresionista o neorrealista, a los directores en un grupo o en otro o aportar un millón de fechas, se encuentre información útil para el que se quiere acercar a la película y disfrutar de ella. Ponerse estupendo o solemne al escribir sirve de poco a quien lee.
Hay una pregunta que hace temblar a los alumnos en las escuelas de escritura creativa o de cine. ¿De que habla esta novela o esta película? Parece fácil contestar ¿verdad? Pues no lo es. Tal vez sea la cuestión más oscura de cualquier obra. Generalmente, se tiende a contestar con el argumento y eso es otra cosa. El tema se resume en una palabra. Avaricia, apariencias, celos. Intenten dar con el tema de tres o cuatro películas, ya verán qué complicado es. Pues esto es de gran ayuda para el que quiere saber. Si alguien es capaz de aislar el tema del que se habla en una película sí puede ayudar, y mucho, al que se acerca por primera vez. Los grandes estudios están muy bien, pero para otra cosa. Ah, y no vale contestar con cosas como esto habla de la vida, porque de la vida hablan todas las películas y novelas de la historia.
Pues bien, de Fellini se pueden encontrar opiniones para todos los gustos, estudios de cómo los planos picados y contrapicados causan un efecto en tal o cual película, o un sinfín de anécdotas sobre su vida privada. Pero el que escribe piensa que una película, igual que una novela, debe ser autónoma y en sí misma independiente. Por supuesto que cada trabajo de un autor es resultado de su evolución, por supuesto que si el padre de Fellini murió antes de rodar La Dolce Vita algo influyo en el director. Claro que sí. Pero el producto final hay que mirarlo como lo que es, como una narración con su principio y su final. Si tuviéramos que saber de cada director su vida y milagros para entender lo que hacen, esto se convertiría en una misión imposible. Les diré que esto no deja de ser (a veces) una excusa formidable para justificar errores monumentales y fracasos estrepitosos. La película no ha funcionado porque no la han sabido ver. Si hubieran pensado en que en mi tercer film aparecía… Cosas así son muy habituales. ¿Qué pasa, que si un espectador no sabe qué es el neorrealismo no puede ver cine, disfrutar y sacar sus propias conclusiones? En fin, el mundo de la cultura (ya lo he dicho un millón de veces) siempre quisieron convertirlo en un coto privado inaccesible.
La Dolce Vita. Federico Fellini. Efectivamente una película que marca el principio de una nueva concepción del cine. Lo que antes era representación de una realidad ahora es búsqueda de caminos en el mundo propio que se construye dentro de la película; la realidad desde la realidad, el mundo desde dentro. Un auténtico genio, su director.
¿De qué habla La Dolce Vita? ¿Qué tema intenta ventilar Fellini? Son muchos los que defienden que es la incomunicación. Francamente, creo que no. Sí es un vehículo para hablar de lo fundamental, pero no es el tema principal. Se pone de ejemplo la primera escena de la película para defender que la falta de comunicación es lo grueso en esta película. Dos helicópteros transportan una imagen de Cristo. Cuelga de una de las aeronaves. Unas señoritas toman el sol en una terraza. Los helicópteros hacen una pausa en su viaje deteniéndose sobre las mujeres. El ruido de los motores impide que el joven que vuela como copiloto en uno de los aparatos se haga escuchar por las chicas. Pero, finalmente, tanto ellas como los espectadores saben que está filtreando con ellas y quiere saber su número de teléfono. Ellas se lo niegan y continúa el viaje hasta el Vaticano para dejar la imagen. Es decir, se comunican la mar de bien. Nada de comunicación imposible. Creo yo que la lectura se debe ajustar a lo que se ve, a lo que sucede y encontrar así significados. Los helicópteros llegan de la periferia, de las alturas, del lugar en el que todo es brillante. Transportan una imagen divina, de Cristo, que según la tradición cristiana vino al mundo para hacer un anuncio que prometía un mundo nuevo. Se dirigen al centro de la ciudad, a la tierra, en el que un brillo siempre falso es el que se puede ver. ¿Qué anuncia? Un cine nuevo. Todo se pega a la realidad. Eso será lo importante (y así fue en realidad). La imagen de Cristo al centro de la religión cristiana donde ya no brilla nada. El cine periférico, el hombre periférico, el brillo periférico y un Cristo convertido en periférico de camino a la realidad para convertirla en lo fundamental. Como en todos los grandes relatos el comienzo contiene lo que vendrá después. En la película veremos que es una constante todo esto que apunto.
A partir de aquí iremos pasando de una pequeña historia a otra sin que apenas nos demos cuenta; historias que tienen en común al personaje principal (interpretado de forma magistral por Marcello Mastroianni) y que se conectan más en el terreno onírico que en cualquier otro. Son, en cierto modo, cuadros inconexos que se solapan sumando a la mirada ingredientes fundamentales. Y, en cada una de esas estampas, la nostalgia desde diferentes perspectivas. Siempre desde el punto de vista del protagonista que va iluminándose con la aparición de los secundarios. Siempre convirtiendo en un circo el mundo entero.
A pesar de que La Dolce Vita se recuerda más por la famosísima escena en la que Anita Ekberg se baña en la Fontana de Trevi, la zona de exposición narrativa más potente en todos los sentidos es la que presenta al intelectual Steiner (Alain Curry). Son tres escenas repartidas por el metraje. Steiner es un hombre con una vida familiar ordenada, con una posición acomodada en la sociedad, conoce a un buen número de intelectuales, conoce bien el entramado artístico. Steiner le dice a nuestro protagonista (al que todo lo que conoce del intelectual le parece cercano a la perfección) que la salvación no está en el hogar, que es necesario vivir de forma anárquica, en lugares que se conviertan en ficticios al ir tomando distancia, que la paz le da miedo y que esa paz oculta el infierno. Siente nostalgia por lo que debería ser su vida y el mismo. Poco después se pega un tiro en la sien habiendo matado antes a sus dos hijos. El artista no resiste estar pegado al mundo con calma, no quiere ese mundo para sus hijos, ni estar arrimado a una realidad que sin ser entendida no aporta nada más que una forma de sobrevivir. Pues bien, ¿no es esto lo que supone dedicar la vida a crear arte? ¿No es esto lo que un artista debería perseguir para poder seguir adelante? ¿Tiene sentido no poseer y sentir una nostalgia perpetua por ello? Desde luego, la historia de Steiner es una metáfora de una belleza arrasadora. Una maravillosa forma de explicar una parcela del mundo.
Otra de las escenas que dejan al espectador pegado al asiento es en la que aparece el padre de Marcelo. Viaja a Roma para ver a su hijo. Roma es una ciudad moderna. Pero llega el padre y todo se convierte en lo que fue unos años antes. Visitan un cabaret en el que todo continúa siendo igual. El lenguaje es otro aunque se refiere a lo mismo; la decadencia de antes es la de ahora; el mundo es el mismo circo de siempre aunque los payasos vayan en coche y no en bicicleta. Cambian los tiempos, pero no el mundo. Las personas aparecen y desaparecen, evolucionan, y el padre siente nostalgia por lo que fue, por todo aquello a lo que renunció. Magnífica escena.
En un blanco y negro magnífico, veremos como Marcelo va haciendo un viaje de fiesta en fiesta, de cama en cama (cada mujer es una estación en ese viaje; sofisticadas, posesivas, superficiales; tal vez cada una representa lo mismo que las películas rodadas por Fellini en su carrera profesional. Algo dejó dicho él mismo sobre este asunto cuando hablaba de traseros). Marcelo hace un viaje que le lleva a los infiernos en el que se descubre como un actor más del espectáculo circense.
La partitura de Nino Rota va acompañando cada historia de forma tan divertida como acertada. Y el guión presenta zonas verdaderamente brillantes aunque, todo hay que decirlo, en algunas zonas se desliza hacia lo literario por abundar un contenido reflexivo desmesurado en su estructura.
Si deciden echar un vistazo a la película observen como cada escena se convierte en algo grande, como lo pequeño adquiere una relevancia descomunal. Todo en Fellini es grande, hermoso.
Me temo que ya he desvelado mucho más de lo que este tipo de artículos admite. Así que lo dejo aquí. Disfruten tanto como sea posible con la película.
© Del Texto: Nirek Sabal


Imagen de previsualización de YouTube