feb 17 2011

Hierro: Mucho arroz para tan poco pollo

Conocer los aspectos técnicos que envuelven toda manifestación artística, para probar suerte intentando crear, no asegura que el producto final sea una maravilla. En el caso concreto del cine, la imagen (el uso de que se haga de todo lo que tenga que ver con ella) es fundamental. Pero el guión también lo es. Por supuesto, la interpretación por parte de los actores y actrices lo mismo. Por ejemplo, contar con el mejor director de fotografía del mundo para contar una memez no tiene mucho sentido ni mucho recorrido.
Hierro es una película firmada por Gabe Ibañez. Impecable desde un punto de vista técnico. Cuidadísima la fotografía y los efectos especiales y visuales. Un producto final del que, si sólo se valorase eso, podríamos decir de ella un buen número de cosas y todas estupendas. Elena Anaya es la actriz principal y, junto a la isla de Hierro, casi única. Defiende su papel con solvencia, sin fisuras. Toda la carga expresiva de la película recae como una losa sobre su espalda. Pero carga con el peso sin ningún problema. Le sobran fuerzas. El resto de actores y actrices están, pero como si no estuvieran puesto que sus papeles son muy periféricos y carecen de valor narrativo. Pero el guión es previsible, está lleno de saltos incomprensibles y casi histéricos en el desarrollo, es poco creíble y va de más a menos hasta rozar la nada.
Una madre viaja con su hijo para pasar unas vaciones. Durante el trayecto en barco, el niño desaparece. La mujer comienza una búsqueda larga, se enfrenta con los peores de sus temores. Si desvelo algo más alguien me lo reprochará. Pero da igual lo que pueda decir. Desde muy pronto, la capacidad para provocar una mínima sorpresa de esta película es nula.
Un par de cosas más. La música es espléndida. La partitura se tiñe de poderío en los momentos más inquietantes y pasa, con elegancia, a una tonalidad suave y envolvente (a veces esa música recuerda ligeramente a Satie). La otra cosa que quiero apuntar es el flaco favor que le ha hecho el director a un lugar como es la isla de Hierro. Ibañez llena de seres  esperpénticos su película. Y, con ello, espanta a los que quieran conocer esa auténtica maravilla que es la isla. Hijo pródigo del lugar no le harán. Para mí que no.
Impresionante en los aspectos técnicos. Floja en la zona narrativa. Interesante para algunos. Muy pesada para muchos. Por favor, que alguien le ofrezca guiones a este hombre. Con algo de verdadera importancia este hombre puede ser el futuro.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jun 20 2010

American Gangster: Tontos contra tontos. Todos culpables.

Podría parecer que American Gangster es una película de esas en las que los buenos ganan a los malos. Pues no. Aquí los malos ganan a los malos. No hay un solo personaje que destaque por su bondad ni nada de eso. Aquí lo que se ventila es otra cosa. ¿Quién es más tonto? Esa es la pregunta que se hace cualquiera que se acerque a la cinta de Ridley Scott. La fricción entre inteligencias es lo que va construyendo una trama trepidante, dura y muy bien rematada.
Los que se ponen hasta las trancas de caballo son dibujados como los más tontos del mundo. Les siguen, a una distancia muy reducida, los que ven un dólar y comienzan a presumir allá donde estén. Los primeros la palman y estos otros son cazados como conejos o pasan a engrosar las listas de camellos que pagan un dineral a los policías corruptos. Estos son los terceros del pelotón. La avaricia les convierte en blanco fácil para otros. Los mafiosos de siempre han aprendido a vivir, aparentemente, en el límite de la ley. Son gentuza que saben cómo manejar las cosas para sobrevivir. Pero sólo conocen esa forma de vida y si alguien (más listo) les mueve una pieza del puzzle la cosa se les complica. Son difíciles de cazar, pero a todo el mundo le llega su hora. Y, por fin, tenemos a los menos tontos del grupo. Por un lado, Richie Roberts (Russell Crowe), policía que es capaz de devolver casi un millón de dólares encontrado en el maletero de un vehículo mafioso, pero desordenado en su vida privada, acomplejado. Por otro, Frank Lucas (Denzel Washington), mafioso que nunca se deja ver, que es capaz de cargarse a los intermediarios y reventar el mercado de heroína de la ciudad de Nueva York (controlado por la Cosa Nostra). Uno representa una inteligencia que sostiene sus lagunas sobre la violencia (Frank Lucas). El otro, como contrapunto, encarna la evolución de esa inteligencia, que se adapta a lo que toque, sostenida sobre la observación y el aprendizaje (Richie Roberts).
American Gangster es un película violenta. Al que no le vuelan la tapa de los sesos le queman vivo o se la vuela él solito. Los yonquis se meten de todo y te lo muestran para que sepas qué es eso de drogarse. La violencia verbal impresiona a cualquiera. Cada frase eleva la tensión de la trama. Nada puede ir bien en esta película. Desde la primera secuencia sabemos que algo va a explotar y que nos arrastrará hasta el mismísimo infierno. La violencia de la fotografía es descomunal. De Harlem a Vietnam. De la belleza al asco más absoluto. El mundo también pelea consigo mismo.

American Gangster es una película que tira de la conciencia hasta la reflexión. Porque habla de la doble moral con la que nos manejamos en occidente y que utilizamos para perdonar todas nuestras miserias. Nos enseñan lo que hay y cómo miramos hacia otro sitio mientras no nos roce semejante desastre. Eso con lo que vivimos tan ricamente y ya nos es tan familiar que nos parece estupendo. El progreso para unos es el retroceso hasta lo más hondo para otros.

American Gangster es una muy buena película, pero habría que comprender que hubiera gente que la detestara. Por su verdad, por su violencia y por lo honesta que es al contar cómo somos, cómo son las inteligencias, cómo estamos colocados frente a tanta mierda, nos guste mucho o poco.

Si echan un vistazo a la película, presten atención especial a uno de los personajes. Al inspector Trupo (Josh Brolin, que está fantástico en su papel). Es uno de los que representa la falta de inteligencia y es de lo más interesante. Y, ya de paso, no pierdan detalle de la conversación que mantienen Frank Lucas y el mafioso italiano en casa de este último. La ironía y la maldad hacen una pareja muy atractiva.

Ah, y piensen sobre lo que representa el perdón. Hasta ahora les he ido hablando de la construcción narrativa, de los vehículos utilizados para conseguirla. Pero en toda narración hay un anclaje. En esta es el perdón. ¿Existe? ¿Somos capaces de lograrlo o de concederlo?

Bienvenidos al infierno, queridos.

© Del Texto: Nirek Sabal

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