jun 12 2011

Pequeñas mentiras sin importancia

Todos para uno y uno para todos
Muchas son las películas que tienen como protagonistas a un grupo de amigos y sus aventuras o circunstancias, o lo que sea que les suceda durante la duración del filme. Y normalmente suelen ser comedias superficiales o vacías, un trozo arrancado de la vida de algunos sin principio o final definido, algunas más fantásticas que otras, que durante noventa minutos te hacen reír mientras zampas unas palomitas, pero en el noventa y uno vuelves a estar como antes de entrar a la sala. Además dicen que las francesas son las peores, que nuestros vecinos del otro lado de los Pirineos no saben hacer comedias buenas y que siempre se quedan a medias. Con excepciones, claro.
Pequeñas mentiras sin importancia es una de ellas. No solo porque es una comedia, sino una comedia dramática, que rompe con este esquema ya descrito. Aunque no deja de ser un trozo de la vida de algunos, encontramos en dos horas y media de película algún trozo de la nuestra. De título original Les petits mouchoirs (pañuelos pequeños según la traducción literal), es un cofre de emociones que hace reír a carcajada limpia o derramar alguna lagrimilla, porque dos horas y media de emociones dan para mucho.
Un grupo de amigos desde la adolescencia decide irse de vacaciones a la playa, como tienen por costumbre todos los años, a pesar de que ese año uno de ellos se queda ingresado en el hospital tras sufrir un accidente. Aún así toman la decisión de hacer el viaje, pero acortarlo unos días para volver antes. Los integrantes de este grupo son todos de su madre y de su padre: algunos ya casados y con hijos, el vive la vida en plenos treinta y cinco, el inseguro que ha perdido a su novia, la chica dura que está para y por todos menos para sí misma, la esposa comprensiva pero dominante, su obsesivo marido, el deportista zen, el viejo lobo marino que a todos tiene algo que enseñar… La construcción de personajes es más sólida sólo en algunos, pero todos y cada uno de ellos representa algo y tiene un mensaje para el espectador, al igual que para ellos mismos.
Y es que 15 años de amistad entre 10 personas no pasan en balde. El tiempo pasa, las personas evolucionamos, y con ello arrastramos pequeños pedazos de nuestra vida que no pueden quedarse atrás por los motivos que sean, pero se hacen más llevaderos cuando sabemos que tenemos a alguien a nuestro lado en quien confiar. Aunque todos tenemos nuestros pequeños secretos, nuestras dos caras, nuestras ganas de fingir en determinados momentos para escapar del dolor porque compartirlo es a veces más doloroso todavía. Sin embargo no es más que una mera contención de sentimientos que, tarde o temprano, tienen que salir a la luz. Para desahogarse, para hacer un lavado de conciencia, para dar las explicaciones que nunca se dieron… llamémoslo X, acaba doliendo igual.
Sin embargo, podemos reírnos de ello y si eso, después lloramos un poquito. Así nos lo enseña Guillaume Canet, conocido más como actor que como director, pues Pequeñas mentiras sin importancia es su tercer largometraje, y con él ha conseguido nada menos que alcanzar los cuatro millones y medio de espectadores en Francia. Una cifra totalmente justificada puesto que esta película es un acercamiento a la vida real de todos aquellos que vivimos la vida sintiéndola en cada paso que damos. Y si la acompañamos de una buena banda sonora es más llevadero. Con temas de músicos como Damien Rice, Ben Harper, David Bowie, Janis Joplin, y la emocionante adaptación de Nina Simone del My way de Frank Sinatra, Pequeñas mentiras sin importancia es una máquina de carcajadas atronadoras y lágrimas con significado, sin pretensiones, sin caer en el tópico, capaz de mantener un ritmo constante de empáticas emociones y de cobrar más fuerza al final, cuando parece que hay una bomba haciendo tic-tac, a punto de estallar. La bomba de la vida.
© Del Texto: Coletas


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sep 8 2010

Repo men: ¿Pero qué?

Lo admito, esta película la he visto porque siempre me ha caído bien Jude Law, aunque sea un maldito cabrón fuera de la pantalla, y en parte porque su alopecia me está recordando a cómo me voy a quedar cuando llegue a su edad, cosa que me asusta cuando me miro al espejo y veo unas entradas como túneles. No sabía nada de este film y la he visto de milagro, ya que creo que ni se ha estrenado en España o simplemente ha ido directa al mercado del DVD. A lo que voy. ¿Es buena o no la película?
Sí y no. Es un quiero y no puedo en toda regla. Empieza cojonudamente bien, con un humor negro que a más de uno/a espantaría, con unos primeros veinte minutos impecables hasta el primer giro de guión, donde inexplicablemente la historia se la toman tan en serio que roza lo pedante y decae en un aburrimiento supino para llegar a un final cogido por los pelos.
La historia trata sobre un Repo Man (un recuperador de órganos) que trabaja para una empresa llamada The Union, especializada en el reemplazo de órganos por unos mejores y mecanizados y así alargar la vida del sujeto. La trampa está en que el paciente que firma un contrato con la empresa tiene que pagar una ingente cantidad de dinero, casi siempre a plazos y cuando el sujeto se convierte en moroso, mandan a los recuperadores de órganos para quitárselos, sea donde sea y dando igual si uno muere o no. Remy (Jude Law) es un Repo Man que trabaja junto a su amigo de la infancia, Jake (Forest Whitaker). Remy llega a un punto en que empieza a replantearse su trabajo debido a la situación en su hogar (una mujer disgustada por el trabajo al que se dedica, y un hijo que lo quiere mucho), y en su último trabajo recibirá una descarga eléctrica que le hará tener un transplante de corazón. Dicho corazón es de la empresa para la que trabaja. Viendo que pasan los días y no puede trabajar como antes y que tampoco puede hacer efectivo los pagos, de la noche a la mañana el cazador se convierte en presa. Y es en este punto cuando el film decae soberanamente hasta llegar a la mediocridad.
Por lo demás, decir que alguien vio mucho Blade Runner, y en los primeros minutos nos encontraremos con planos de la ciudad parecidos a los de la película de Ridley Scott, eso si, sin la trascendencia que tenía la primera. La música original de Marco Beltrami no destaca en ningún momento pero acompaña perfectamente a las imágenes, y la selección de algunos temas como Feeling good de Nina Simone, o temas de The Mamas and the papas, Moloko, Dave Stewart, etc., le dan un toque especial a algunas partes del conjunto. Muy pocas partes.
La idea, como ya he mencionado, podría haber seguido con ese humor negro e irreverente durante toda la película, pero no sé si alguien de los estudios, o los mismos guionistas desvariaron, que se tomaron la propuesta demasiado en serio, cayendo en la mera sucesión de escenas carentes de emoción, con una falsa profundidad, girando hacia el dramón más estúpido. Y es que… ¿quién se toma en serio lo de recuperador de órganos?
Y a todo esto… ¿Qué pinta Alice Braga en toda la película? ¿Y Liev Schreiber?
No pierdan el tiempo con esta película, y si lo hacen, solo vean los primeros minutos.
© Del Texto: Gwynplaine Thor

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