nov 2 2013

Pacto de silencio: Abueletes dando saltos y cosas así

Robert Redford es un buen director, es un buen actor. Eso nadie lo puede discutir a estas alturas. Pero Robert Redford puede cometer equivocaciones como todos los demás. Un ejemplo claro es la película Pacto de silencio que dirige y protagoniza.
Pacto de silencio pretende hablar del pasado como losa; del pasado que marca, definitivamente, a las personas; del pasado que dibuja un presente incierto. La película cuenta con todo lo necesario para convertirse en un excelente producto. Sin embargo, la propuesta hace aguas allá por donde se mire.
El guión es flojo. Quiere soportar toda la tensión en un presente que dota a los personajes de cierta normalidad a pesar de tener un pasado oscuro y turbio. Activistas violentos que treinta años antes asesinaban y, ahora, viven integrados, fingiendo que nada pasó. Pero eso es poca cosa. Un guión debe contener momentos de interés, frases inteligentes y con chispa que hagan al espectador removerse en la butaca, giros argumentales eficaces. En la película de Redford no hay casi nada de eso. Todo es denso o insípido, nada hace que el interés aparezca, es plano y aburrido. Además, los personajes tienden a ser episódicos y se quedan sin dibujar con la intensidad necesaria, es decir, no son ni episódicos ni nada de nada. Y, por si fuera poco, Redford decide que él es el protagonista. Un personaje que tiene treinta años menos que él se desploma de inmediato, resulta increíble que un actor con la edad de Redford encarne a este personaje. Por más maquillaje que se le echa al asunto no hay manera de solucionarlo. Claro, para que la cosa no sea un cataclismo personal, lo que hace el director es rodearse de actores y actrices que dan vida a personajes de treinta años menos. No sólo no se arregla el problema sino que empeora terriblemente. En una de las escenas, vemos a Redford correr escapando, en otra suponemos que salta una valla de dos metros. No lo creemos, por supuesto. Lo que hace contener la respiración al espectador es la posibilidad de un infarto. De Redford, claro. ¿Cuántos actores y actrices podrían haber formado parte del reparto siendo más idóneos que los que están? El guión tampoco soporta bien las chapuzas que lo salpican. Muchos detalles están más que forzados y hacen poco verosímil la trama. Ni las incongruencias (no se puede ser activista, colocado enfrente del sistema, y tener yates, casas y fincas del tamaño de Jerez de la Frontera).
El reparto es impresionante: Shia LaBeouf, Stanley Tucci, Susan Sarandon, Nick Nolte, Chris Cooper, Julie Christie, Richard Jenkins, Terrence Howard, Anna Kendrick, Brendan Gleeson y Sam Elliot, acompañan a Robert Redford. No se puede pedir más. No se puede conseguir menos. Los recursos técnicos son notables aunque el uso que se hace de ellos es escasos. No hay nada nuevo en este trabajo. Y cuando digo nada quiero decir nada.
Redford juega a arriesgar, a ser ese director que todo político debería temer por su frescura y su desparpajo al contar historias comprometidas. Pero juega sin convicción, sin muchas ganas. Le puede más eso de parecer joven cuando ya no tiene edad para ello. Pacto de silencio queda lejos de una verdadera denuncia o de ser una película que haga reflexionar a nadie sobre cómo el pasado puede acabar con el presente, sobre si treinta años después se puede o se debe perdonar un crimen, sobre lo lícito de las convicciones ideológicas.
La fotografía se salva de lo anodino del conjunto. La música no.
Nada del otro mundo. Una película más. Personajes del montón de los que nos quedamos sin conocer sus motivaciones. Un guión excesivamente plano. Todo lo necesario para que, al salir de la sala de proyección, los espectadores (muchos, por cierto) hablen de lo caro que es el cine en lugar de hacerlo sobre las excelencias del trabajo que acaban de ver.
© Del Texto: Nirek Sabal.


jun 18 2013

Gangster Squad: Estereotipos a barullo

Salinger leyó a Chéjov; Carver a Salinger. Los autores son lo que han leído. En cine pasa lo mismo. Esto es algo normal e, incluso, bueno. No pasa nada por ser deudor de uno de los grandes salvo que seas muy pequeño y tu obra una burda imitación de lo anterior.
Gangster Squad es una película que debe lo que es a L. A. Confidential y a Los intocables de Elliott Ness. Seguramente a alguna de las películas de los años 40 ó 50. Y esto no sería mejor ni peor si no fuera porque la película de Ruben Fleischer es una fotocopia borrosa de esas otras. En cualquier escena de L. A. Confidential hay más cine que en la película entera de Fleischer. Cualquier escena de Gangster Squad acumula un número de estereotipos abrumador. Ni uno solo de los personajes logra alejarse del cliché o de la imitación ridícula. Una pena puesto que el reparto es estupendo, porque el talento que se derrocha es grande (derrocha en el sentido más peyorativo del término); porque un buen guión hubiera convertido el intento en algo más grande.
En Gangster Squad todo tiene un tufo extraño a conocido; un aroma a semiplagio que termina siendo molesto y desagradable. El villano de siempre, los policías corruptos de siempre, los que son honrados de siempre, la rubia tonta eterna, la guapa que termina en brazos del policía guapo y valiente. La gran diferencia con otros trabajos son las caras.
En el guión de Will Beall -del que sabemos todo desde el principio- escuchamos dos o tres frases bien construidas y con sentido. El resto forma parte de lo que se puede esperar de una película de gangsters. Chascarrillos, frases sobadas y, por tanto, nada nuevo. Diferencias que hagan especial el trabajo de Ruben Fleischer: ni una.
Entre tanto estereotipo, sobresale un personaje. Es la mujer del protagonista -John O’Mara, jefe de los policías honrados y encarnado por Josh Brolin-, un ama de casa que intenta, a toda costa, proteger a su marido. Es un personaje que ya se vio alguna vez, pero lo interpreta Mireille Enos estupendamente. Logra una gran credibilidad en sus escasas y cortas apariciones. El resto, arquetípico. Sean Penn es un villano con pinta de muñeca de cartón piedra, Ryan Gosling está correcto aunque su personaje está muy visto y resulta aburrido, Emma Stone (guapísima) hace de chica boom, Nick Nolte se deja ver un par de veces o tres y nadie se explica por qué (sin estar nada hubiera cambiado). Y etcétera.
Todos son buenos actores y actrices aunque no imprimen carácter particular a sus personajes; entre otras cosas porque no hay personajes que puedan desarrollarse mínimamente. Imposible con este guión.
La música de Steve Jablonsky se soporta sobre buen jazz aunque la partitura original es algo estridente a veces, algo exagerada en los matices. No obstante, es de lo poco que se puede salvar de la cinta.
Gangster Squad no es una película aburrida. Tampoco es una buena película. Un rato de entretenimiento si puede llegar a aportar. Eso sí, no se le ocurra pensar en ella. Un análisis de treinta segundos no lo soporta. Para pasar la tarde de un domingo en casa puede colar.
© Del Texto: Nirek Sabal


mar 28 2013

Hotel Rwanda: las consecuencias de amar y odiar

De 1990 a 2002, una guerra civil desoló Ruanda. Las imágenes de asesinatos, de violaciones, de destrucción sin límite, llegaban a través de la televisión ante la pasividad del mundo occidental. Allí no hay petróleo, ni intereses económicos relevantes para Europa o Estados Unidos. Fue una condena a muerte para cientos de miles de personas.
Eso es lo que cuenta Hotel Rwanda aunque la cinta se centra en lo que ocurrió durante 1994 (un asunto que puede llevar a confusiones puesto que la película dibuja buenos y malos y resultó que los buenos fueron, poco después, tan malos como los anteriores). El realizador Terry George trata de ir más allá de lo puramente histórico (sin mucho éxito). Hace un intento de proponer una película que indague en la dualidad amor-odio. El odio y sus consecuencias. Las heridas mal curadas que llevan hasta el odio. El ansia de poder y de dinero que lo mueven todo. El amor y sus consecuencias. La medicina que supone amar para cualquier herida por profunda que sea. El ansia de amor que lo mueve todo. La misma cosa tratada desde un extremo o desde otro. Amor y odio. Vida y muerte. Y una denuncia social. Occidente mirando hacia otro lado aunque el conflicto fuera de magnitud extraordinaria.
Hotel Rwanda es una buena película aunque con cierta estética de telefilm domingero de la televisión. Algo exagerada en su metraje (duración excesiva motivada, sin duda, por ser una historia real la que sirvió para escribir el guión; suele ocurrir que son muchas las cosas que contar y pocas las ganas de elegir entre ellas para eliminar algunas). Es una buena película, pero no es gran cine. Impresiona más el recuerdo de esa barbarie que la propia cinta. Terry George lo sabe y abusa algo de ese recuerdo. No está mal realizada aunque no enseña nada nuevo; nada conmociona como debería al ser cine.
Don Cheadle es el actor protagonista. Está muy bien. Este actor es una inversión segura porque, aunque austero, no suele fallar. Nada de grandes cosas, pero el trabajo suele ser correctísimo. Nick Nolte y Joaquín Phoenix defienden papeles muy secundarios. Correctos los dos. Sophie Okonendo algo histriónica. La puesta en escena está muy cuidada y es detallista al máximo aunque, al final, el esfuerzo sirve más para colocar personajes secundarios y figurantes que para otra cosa. La fotografía es digna y la música notable.
Pero falta algo. Como siempre, el guión es el problema. Que lo que se cuenta sea un hecho histórico no hace verosímil el trabajo. Esto no es un documental. Hay que buscar con lupa frases que contengan algo de sentido profundo (se trataba de denunciar y de hablar de asuntos muy serios como lo son el amor y el odio; para hacer eso es necesario una reflexión seria y convertirlo en un libreto de calidad). Todo se coloca en lugares que permiten que avance la acción aunque se olvida lo fundamental. El tema que se trata. Por eso decía que Terry George trataba de ir más allá sin mucho éxito. Trató de hacerlo aunque se quedó en la línea de salida o casi.
La película se deja ver y resulta entretenida. Los momentos más crueles, los que podrían estropear la tarde a los espectadores más sensibles, no se muestran de forma explícita salvo una docena de golpes. Lo más interesante, a la vez que doloroso, llega desde la insinuación. Cuando la cámara se centra en algo que se intuye y se vuelve hacia otro lugar es cuando la imaginación se dispara y viaja a zonas terribles. Esos momentos, a decir verdad, son escasos y es una pena.
No vean la película con niños. En pantalla encontrarán a niños como ellos pasando las de Caín y les afectará. Eso es seguro.
© Del Texto: Nirek Sabal


feb 11 2013

La sombra de la noche: Cuando el desenlace es eterno

Cuando una película es prescindible tenemos un problema. Si esa película trata de ser una narración que se mueve sobre el suspense, el problema es muy serio. Si, además, el desenlace (que intuimos a los diez minutos) se alarga y ocupa tres cuartos del metraje, sin justificación alguna, el cabreo del espectador puede llegar a ser morrocotudo. ¿Puede ser la cosa peor? Pues sí. Porque puede ser que la película sea una remake, casi exacto, de otra. Esto es La sombra de la noche.
El reparto de la película no está nada mal. Todos jovencitos que han terminado siendo famosos (Nick Nolte ya lo era y no tan jovencito). Ewan McGregor, Patricia Arquette, Josh Brolin, John C. Reilly y el mencionado Nolte. Estos son los principales actores. Correctos excepto Arquette que está horrible. Le ponen ganas y entusiasmo (Nolte algo más soso que los demás), pero con tan poca cosa entre manos que es difícil que la cosa funcione.
Ewan McGregor. Como ya pasaba en El vigilante nocturno, está dibujado desde el exceso. Puede ser una cosa u otra a la vez. Eso es algo que debería estar justificado absolutamente si queremos que sea creíble y, por supuesto, de justificación nada, ni rastro. Su amigo (el personaje de Brolin) es otro que puede ser sospechoso desde el principio, que puede ser un idiota o un héroe. Explicación para que esto sea posible: ninguna. El personaje de Nolte es un desastre absoluto. Se quiere disfrazar de incongruencia con un pasado que resulta más incongruente todavía. En fin, un desastre. El ritmo narrativo va de más a menos. Y las lagunas son inmensas. Además de una dilatación excesiva en el desenlace que aburre a las ovejas, hay cosas difíciles de explicar. Para ser más exactos, imposibles de explicar. Hay un momento en que Martin ve una serie de rastros de sangre, Los sigue y al final de esos rastros hay un cadáver. Avisa y, al poco tiempo (muy, muy poco) el cadáver está en su sitio (encima de una camilla que está lejos), todo está limpio como la patena y el que ha realizado todos los movimientos con el cadáver y la limpieza (luego lo sabemos) ha hecho todo esto quedando en perfecto estado de revista, como si saliera de la Pasarela Cibeles. Por otra perte, cuando el asesino (ya sabemos quién es) es descubierto en un piso durante una de sus faenas (matando meretrices y sacándoles los ojitos) deja que se escape el testigo y, como es normal en estos casos, se queda tranquilamente terminando el trabajito. De estas hay varias.
Prescindible. Mediocre. Pueden ahorrarse el esfuerzo. No perderán nada.
© Del Texto: Nirek Sabal


nov 13 2010

Un lugar maravilloso: Lejos de nuestro ombligo

Una de las últimas películas del noruego Hans Petter Moland es Un lugar maravilloso, una coproducción americana y noruega que nos muestra la vida de Binh (Damien Nguyen). Un Bui doi, esta expresión vietnamita significa menos que el polvo y se utiliza para insultar a aquellos niños que nacieron en Vietnam hijos de los soldados americanos que fueron a luchar a aquel país, hijos de unos padres que no existieron jamás porque desaparecieron en cuanto regresaron a su país o cuando se levantaron del camastro en el que se acostaban con las mujeres vietnamitas. Ser hijo de un estadounidense y una vietnamita te convierte en menos que cero. La historia de Bihn, es esa que tan magistralmente escribió Sabina Murray . Una película con una verdadera intensidad dramática. En el año 1990, Bihn después de soportar una vida de esclavitud, maltrato e insultos permanentes decide marchar de la casa en la que vive recogido e ir en busca de su verdadera familia. Binh no tiene nada más que una fotografía que le ancla a la esperanza de una vida distinta a la sufrida hasta ese momento. Su huida del campo le llevará hasta Ho-Chi-min, la antigua Saigón donde encontrará a la madre y un hermano. Pasará a vivir a un campo de refugiados y allí conocerá a Ling (Bai Ling), una chica de origen chino. Una relación de amor en la desgracia que les llevará a depositar sus esperanzas en una vida distinta, donde todo cobre sentido. Para ello emprenderán viaje a los EEUU donde esperan poder cerrar el círculo de los orígenes de Bihn y comenzar una vida distinta a la vivida hasta el momento. Un viaje por el que atravesarán el mundo en una feroz travesía oceánica. Escalas en medio mundo, desde Ho-chi-min, a Malasia, Nueva York para, finalmente, llegar a Texas, donde vive Steve (Nick Nolte) el padre de Bihn.
La elección de esta película fue pura casualidad; paseaba por la sección de cine de una librería sin más propósito que matar la media hora que faltaba hasta encontrarme con la persona con la que debía encontrarme. Por qué esta y no otra película, la explicación es peregrina. Hace algún tiempo conocí a una persona llamada Ling, Vietnamita, de origen chino y eso, junto a una carátula que mostraba una fotografía que bien podría ser una imagen de la bahía de Halong. Me hizo llevármela a casa. Ha dormido durante meses sobre la mesa de mi estudio pero inexplicablemente, durante días pensé en que debía verla y así lo hice. Una noche, de esas en las que crees que el mundo se va parando poco a poco, me senté y me dejé arrastrar por una de las películas que más me han gustado en los últimos tiempos, tanto que me hice con una segunda copia con intención de regalarla. Ahora mismo, no sé por dónde vagará el DVD después de que lo abandonara a su suerte metido en un sobre a la espera que su destinatario lo recogiera. Espero que esté en buenas manos y que quien lo haya encontrado tenga la oportunidad de disfrutar de una cinta que nos muestra las consecuencias personales que tienen nuestros propios actos. Sobre el futuro que espera a los hijos de la guerra. Un lugar maravilloso es la historia de los cientos de miles de refugiados de la guerra, de las perdidas brutales, de la difícil vida que espera a quienes, sin quererlo, pasan a ocupar tierra de nadie porque no pertenecen ni a un lado, ni al otro.
La intensidad de la película es tal que dudo que durante algún tiempo encuentre otra que me golpee el interior de la misma manera. La fotografía espectacular de Stuart Dryburgh , las escenas de la travesía por el mar, rodadas íntegramente en el océano, sin apenas medios económicos, las convierte en unas de las más espectaculares que se puedan glosar en este momento. Los actores, sobre todo Damien Nguyen está espectacular, creo que fue una la primera película que protagonizaba. Sin embargo, borda su papel. Quizá porque interpretaba con la ventaja (no me entiendan mal) de haber vivido en su infancia una experiencia parecida, los campos de refugiados en los que se mueve en la filmación le son cercanos, conocidos, forman parte de su vida, quizá por eso, consigue transmitir tanto.
Una película que nos muestra, una vez más, que sin grandes despilfarros económicos, con medios limitados pero con una buena historia, con buenos mimbres, se pueden realizar producciones maravillosas. La recomiendo vivamente porque, pese a ser una película desconocida para la mayoría de personas, puedo afirmar que es de lo mejorcito que he visto en los últimos tiempos. Un drama que no deja de ser un canto a la esperanza y que, si me permiten, hace que; cuando pensemos en mirarnos el ombligo,lo duro que es nuestra vida; nos sintamos terriblemente estúpidos.
© Del Texto: Anita Noire

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oct 12 2010

La delgada línea roja: Miles de guerras en cada batalla

La única forma posible de conocer las motivaciones, el estado de ánimo o cómo interpreta lo visto un ser humano, es tener acceso a su conciencia. Cualquier filtro (incluido el lenguaje) que aparezca, entre él y quien quiere saber, hace que la información pierda su pureza y obligue (no ya a creer) a una interpretación más o menos inexacta.
En cine o en literatura, el registro que nos lleva a ese pensamiento ordenado es el monólogo interior. Si escuchamos o leemos lo que un personaje se cuenta a sí mismo, podemos saber de él lo que ve, cómo lo ve, qué significado tiene, la razón por lo que hace una cosa u otra. Y lo más importante de todo, sabremos interpretar eso que dice en un diálogo poco después, un gesto que sin esa información sería uno más y, sin embargo, ahora es relevante.
El monólogo interior es lo que dibuja de forma definitiva al personaje, es lo que nos permite conocer el mundo de otro sin tener que trazar líneas que no nos corresponden.
Terrence Malick, después de una largas vacaciones que duraron veinte años, dirigió una película bélica a finales de los años noventa que sorprendió a todos por su calidad narrativa, por los registros utilizados, por el nivel técnico a todos los niveles y por la forma de presentar algo tan terrible como es una batalla. Cuando pensamos en la guerra pensamos, inevitablemente, en los ejércitos, en las armas, en las estrategias estudiadas y perfectas, en las tácticas militares de combate. Pensamos en algo ajeno y lejano a lo que el hombre es en sí (al menos debería). Sin embargo, nos olvidamos de las personas, las motivaciones que les llevaron a un campo de batalla o a no abandonarlo, sus sentimientos (sólo hablamos de valentía o coraje o miedo atroz. Sólo nos compadecemos de los soldados). Y olvidamos, también, un entorno que siempre está para dar o quitar con brutalidad. Con guerra o sin ella.

Malick intentó proponer una nueva poética (si es que existe) de la guerra; una nueva estética de la guerra (esa sí que existe). Eso es algo al alcance de muy pocos. Sólo lo consiguen los que saben que cualquier manifestación artística debe añadir al mundo una nueva forma de mirarlo. El resto repite, una y mil veces, un mundo ya conocido, sin aportar gran cosa o nada.
Hombres que se mueven gracias a su ambición personal, sin dudar un instante al enviar a cientos de personas hacia una sepultura llena de metralla que soporta la ambición personal. Hombres capaces de ver más allá del terror descubriendo que el mundo (desde que suena el primer disparo) mantiene una zona original que se separa del que vivimos guerreando y a la que pertenecemos aunque la abandonemos una y otra vez. Hombres convertidos en bestias salvajes. Hombres aturdidos, miedosos, enloquecidos. Hombres que viven agarrados a un mundo idealizado (el que dejaron al marchar) tan destructivo como el campo de batalla, tan cruel como el estallido de un obús. Hombres moviéndose por un escenario poderoso, hostil, invencible.
Un gran todo formado por cosas pequeñas, casi insignificantes.
¿Cómo consigue Malick que la percepción del espectador no sea la misma de siempre, cómo consigue que sobresalgan las cosas pequeñas? El hecho de poder escuchar unos versos de Walt Whitman no es suficiente. No deja de ser un detalle. Son los monólogos interiores, las voces construidas desde el pensamiento de cada personaje, y los constantes cambios en el punto de vista a medida que se desarrolla la trama. Eso es lo fundamental. Durante todo el metraje iremos viendo la guerra desde uno u otro personaje; aparecerán matices que convertirán la misma cosa en un cataclismo personal y colectivo o en el milagro de la vida de las plantas; la guerra podrá reducirse a un error personal que lleve a la muerte o al sufrimiento que produce ver morir un pájaro.

Malick acompaña todo esto con un guión (firmado por él mismo) magnífico. Cada frase hace que el personaje crezca. Lo acompaña con la partitura de Hans Zimmer acompasada con la acción desde la distancia precisa para no perder comba o sobresalir en exceso, sin alterar la imagen, sin perderse en tierra de nadie. Acompaña la fotografía de John Toll. Inmensa, majestuosa, elegante, profunda (de lo mejor de la película). Y, por su puesto, acompaña la dirección de actores (un grupo extraordinario) con la que logra resultados más que buenos. Adrien Brody es el que consigue una interpretación más discreta; Sean Penn está solvente y creíble; Ben Chaplin muy correcto; Nick nolte da una lección de contención a pesar de la histeria de su personaje; Elias Koteas interpreta el personaje más difícil de todos por estar alejado del cliché militar y lo hace muy bien; y Jim Caviezel se apoya bien en una interpretación tranquila, apoyada en los diálogos y la voz en off del monólogo. Además de estos, aparece John Travolta con un papel de poca importancia (está más para que crezca el de Nolte que para otra cosa). Y aparece George Clooney. En una sola escena, lo que le llevó a pedir que anulasen todo el material en el que aparecía y quitasen su nombre de los créditos. Había rodado mucho más material que en el montaje pago el pato de lo que fuera (ese pato es desconocido para mí). Por supuesto, no hicieron caso al bueno de George.
Creo que es de especial importancia el vestuario de la película. Generalmente, cuando pensamos en un film bélico pensamos en la sencillez del vestuario. Todos visten igual. Y puede ser verdad, no lo discuto. Pero en esta la cosa cambia. Es justo al revés. Todos parecen distintos. No porque los uniformes sean distintos sino porque la personalidad al vestirlo lo hace diferente.
Los personajes desembarcan en Guadalcanal, quieren ganar la batalla. Pero sobre todo quieren entender qué es lo que pasa a su alrededor. Malick les hace recorrer un camino terrible arrastrando el bien y el mal; el miedo, la locura, la idea de Dios. Les hace transitar un camino oscuro que les lleva hasta ellos mismos. Terminan sabiendo más de ellos. Terminamos sabiendo más del hombre y de nosotros mismos.
Una obra maestra.
© Del Texto: Nirek Sabal