abr 19 2011

Casandra’s Dream: El precio de morir o vivir en paz

¿Qué precio pondría usted a su decencia? ¿Ha de ocurrir algo extraordinario en su vida para que ese precio cambie? ¿Salir del paso es suficiente razón como para modificar la vida de forma radical?
No conozco a nadie que no crea tener claras estas cosas. Al menos eso afirman con gran seguridad. Yo, desde luego, dejé de saber contestar a esas preguntas hace muchos años.
¿Debe castigarse la actitud de una persona o sólo si esa forma de entender trae consecuencias a otros? ¿Dónde está la frontera entre el delito y la falta?
Respuestas para estas preguntas ya son más difíciles de encontrar. Aunque los hay que también afirman con rotundidad que esto lo saben. Yo, ya lo he dicho, hace muchos años que dejé de intentarlo. Aunque siempre tenemos el cine Woody Allen para centrarnos mínimamente. En Casandra’s Dream aborda, otra vez, el asunto del crimen y del castigo, de lo mal hecho o de lo irreparable y condenable. Ya lo había contado en Match Point o Delitos y Faltas, por ejemplo.
Esta vez nos presenta otro asesinato, pero (como novedad) con la justificación absolutamente materialista. Ian (Ewan McGregor) y Terry (Colin Farrell) necesitan dinero. Uno para pagar deudas de juego; el otro para cumplir con sus sueños especuladores. Ambos, además, quieren contentar a sus parejas (Hayley Atwell y Sally Hawkins). Aparece en escena el tío Howard (Tom Wilkinson), un cirujano adinerado que se ofrece a prestar ayuda aunque el precio a pagar es muy alto.
Woody Allen (guionista una vez más de la película que dirige) hace un despliegue de elegancia al narrar propio de un profesional con gran oficio (de lo que ha demostrado ser desde hace años y años).
Con una fotografía impecable aprovecha para enseñarnos la parte más amable de Londres. En este aspecto, recuerda ligeramente a su película (su excelente e inolvidable trabajo) Manhattan.
Logra mantener una tensión narrativa extraordinaria desde el primer momento. Esto que, dicho así, parece algo sencillo, es la zona más difícil de la narración en cualquier manifestación artística. Porque se debe armonizar la acción con el progreso de los personajes. No puede pasar algo sin que el personaje evolucione, no puede sufrir un cambio nadie si no pasa nada. Woody Allen consigue que eso llegue con naturalidad al espectador. Con naturalidad, credibilidad y solvencia.
La música acompaña la acción sin grandes alharacas, pero de forma exacta.
Como ya es habitual en el cine de Allen se hace presente una dirección de actores más que notable. Desde la primera secuencia en la que aparecen, los actores y actrices se instalan cómodos en la pantalla. No hace falta incidir sobre las excelentes interpretaciones de todo el elenco.
Arrepentimiento, miedo, los límites de la condición humana, los límites personales de cada sujeto, la culpa, la falta de ella, el no saber, el saber sin querer implicarse y consintiendo, la falta de conocimiento, la imposible marcha atrás y el fingir la personalidad de otro hasta que crees ser él; son asuntos que se mezclan en el guión para hablar de esa frontera que nunca sabemos situar y que puede cambiar nuestras vidas para siempre.
El orden de las cosas existe y si alguien las descoloca, algo o alguien, las dejará donde estaban. En su lugar exacto.
Ataca Allen todo esto desde lo implícito. Mucho de lo explícito parece ocultarse (a veces con movimientos subjetivos de la cámara de forma descarada) con el fin de cuidar esa estética tan distinguida que el director agarra y hace suya. No es necesario enseñar un cadáver para saber que alguien ha muerto.
Un nuevo ingrediente aparece en esta cinta respecto a las que ya trataban el mismo asunto. La ventana que queda abierta para siempre cuando alguien hace algo inusual y extraño. Cualquier repetición es posible a partir de ese momento. Y desde ese lugar, los personajes evolucionan a toda máquina hasta aparecer en plenitud. Como debe ser.
Allen logra un producto atractivo y convincente (tal vez se apresura algo llegado el momento del desenlace) y da una lección (otra más) sobre como se rueda una película de cine. Desde luego, no es la mejor de sus películas, pero si la firmara un desconocido estaríamos hablando del gran descubrimiento del siglo XXI.
Enretenida y una excusa perfecta para refexionar sobre eso que siempre negamos, sobre la posibilidad de traspasar la frontera entre el bien y el mal. Es una película de Allen, es buen cine. Merece la pena.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jul 23 2010

Hacia rutas salvajes: Buscando parcelita perdida en Alaska

Ayer alguien me recordaba esta película. Un gran “invento del demonio”, me dijo. Una, que es de natural entusiasta, se palmeó la frente y se dijo “Es verdad. ¿Cómo no he hablado aún de esta película?” Así que he hecho propósito de enmienda y de hoy no pasa. Aquí estoy, teclado en ristre, preparada para meterle mano a Into the Wild, traducida como Hacia rutas salvajes. Debo decir que, a pesar de que me gustó por los motivos que diré, no es más que una película agradable, pero que merece le entreguemos las dos horas y media que los tendrá clavados en una butaca.
Esta película, basada en la novela de  Jon Krakauer (en la que recoge su propia experiencia personal), cuenta con un guionista y director que cada día me sorprende más: Sean Penn ; con un director de fotografía excelente que es Eric Gautier (Diario de una motocicleta) y una banda sonora espectacular de Michael Brook. Dicen que Sean Penn se enamoró de Christopher McCandless (el protagonista) cuando leyó la novela y que tardó más de diez años en conseguir los derechos para rodarla.
Algunos críticos la han clasificado como una “Road movie”, pero eso, a mi entender, no califica nada, lo verdaderamente cierto es que estamos ante una película vistosa, bella y que invita a reflexionar.

Christopher McCandless (Emile Hirsch), estudiante universitario, con un futuro prometedor, que lee a los autores rusos Tolstoy, Dostoevsky, decide dejarlo todo (estudios, familia idílica, etc.), cambiar su nombre por el de Alexander Supertramp, entregando todos sus ahorros a la caridad y marchar a Alaska donde espera encontrarse a sí mismo, vivir en libertad, escapando de un mundo que no le gusta y del que siente no pertenecer. Marcia Gay Harden y John Hurt interpretan a unos padres destrozados por la pérdida de un hijo que decide dejar el mundo al que ellos pertenecen y que no terminan de comprender. Chris viajará sin un dólar en el bolsillo, se tendrá que ir buscando la vida paso a paso. Por el camino, encontrará a personas que, como él, no encajan en el mundo que les ha tocado vivir. Cris abandona un mundo confortable desde un punto de vista económico y familiar y se adentra a vivir en y de la naturaleza.

Un película sujetatada por la brillante actuación de un desconocido Emile Hirsch y un conjunto de actores secuendarios, encabezados por Vince Vaughn, Hal Holbrook y Catherine Keener que están sencillamente estupendos.

Alguien podría pensar que Sean Penn nos hace trampa y que como golpe efectista nos presenta a Alexander Supertram como un hijo de papa que se va a vivir al monte para que el contraste, entre lo que deja y a donde va, sea tan espectacular que el espectador no pueda quedar indiferente y sitúe al protagonista en el limbo de los buenos hombres. Sin embargo, pese a que la trampa existe (ahí está) lo cierto es que Penn nos la cuela bien y eso, muchos lo intentan, pero pocos lo consiguen.

Debo reconocer que cuando vi esta película pasaba por una crisis personal y que mi máxima aspiración, en aquel momento, era pegarle una patada a todo, salir corriendo y desaparecer del mapa durante mil años. Pero claro, yo no soy Chris, ni tengo vocación de Alexander Supertramp, así que me limité a removerme en la butaca en la que estaba sentada, a perderme por los bosques de Alaska, y volver a casa pensando que el mundo me había atrapado. La película también. Hoy, tiempo más tarde, sigo pensando que perderse no está tan mal, que el mundo no va a mejor sino todo lo contrario y que nunca viviré en Alaska. En estos momentos, cuando doblo en años los de Chris, ya tengo escogido el lugar al que marchar caso que me de un arranque como a Alexander Supertramp, la diferencia es que yo en lugar de entregar mis bienes a la caridad sólo podría dejarles deudas.

No se la pierdan, puede que no les guste en absoluto, que crean que es una estafa sobre un niño de papa, desagradecido y colgado, pero yo, quizá por aquello de las filias, me la miro desde el cariño de los que pertenecemos a la fraternidad de los que constantemente buscamos nuestro “yo” y esa parcelita de felicidad que creo nos toca.

Que ustedes la disfruten.

© Del texto: Anita Noire