oct 16 2012

Lo imposible: Un tsunami lacrimógeno

La línea que separa lo emotivo de lo lacrimógeno es muy fina. Y dar un paso en falso entrando de lleno es lo prescindible, cuando se habla de esos asuntos, es un error garrafal.
Si dijera que Lo imposible es una mala película estaría exagerando sus defectos. Si dijera que es una obra excelente estaría siguiendo la estela de una campaña de marketing muy exagerada. Porque Lo imposible es una película más y no pasando mucho tiempo quedará por debajo de las obras maestras que es donde debe estar. Aunque arrase en taquilla durante las próximas semanas.
Desde el principio el director deja bien claro, por escrito y en pantalla, que la historia que va a contar es una historia verdadera. Lo cierto es que si este guión fuera producto de la imaginación de un autor cualquiera nadie la tomaría en serio, no sería creíble. Es un auténtico disparate. Pero lo cierto es que eso pasó y la actitud del espectador es asumir lo que le echen sin rechistar. De aquí llega el título. Y es al principio cuando la película tiene más fuerza. Narrativamente potente, con un ritmo que hace aumentar la tensión con rapidez hasta remover en el asiento a todos, parca en diálogos aunque suficiente. Pero a partir de las escenas del tsunami (muy bien rodadas y tratadas digitalmente con esmero) la cosa va derivando hacia el drama de una familia que podría contarse en otro ámbito, en otro momento, sin que se modificase nada de lo esencial. La emoción, la conmoción deja espacio a la lágrima fácil; los silencios de los personajes que se sustituyen con un sonido aterrador dejan paso a frases vacías y traídas por los pelos. Es la imagen, la zona visual la que mantiene algo elevado el nivel del conjunto. Todo esto se acompaña con una banda sonora fallida. No puede ser que un trabajo que aspira a ser algo grande utilice la música para que llores más, para que te fijes más, para que si no te emocionas con la historia te emociones por narices. Todo un arranque potente e inquietante se va diluyendo en nada.
Tom Holland es el joven actor que arrastra todo el peso interpretativo de la película. No lo hace nada mal. En este caso concreto, el director Juan Antonio Bayona, hace un trabajo sobresaliente con el actor. Naomi Watts y Ewan McGregor están más discretos. No es que parezcan aburridos, pero tampoco destacan de forma especial. Es verdad que el papel de Naomi Watts era difícil ya que estar metida en el agua para actuar es siempre desagradable y dificultoso. Eso es verdad aunque no puede servir de excusa para defender el papel de forma justita. Lo emocionante no viene de las interpretaciones. Llega desde un clima que el director logra muy bien en el primer tramo de película; cuando nada es exagerado ni buscado de forma artificial.
Los que sí tienen gran mérito son los técnicos de sonido, los técnicos de efectos especiales y visuales, los peluqueros y los maquilladores. Su trabajo es excelente sin paliativos y huele a lluvia de premios.
Lo imposible es una buena película. Muy entretenida. Pero con demasiados peros. Algún día, su director se arrepentirá de haber cedido ante las ganas de hacer taquilla. Tenía un diamante entre las manos y con tanta congoja lo ha dejado caer.
© Del Texto: Nirek Sabal


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abr 2 2012

Mulholland Drive: Sueñen, por favor

Desde que el hombre es hombre, desde que ha tenido que explicarse las cosas, los temas que se manejan en los relatos han sido los mismos. Se les han dado un millón de vueltas, tal vez más, pero son siempre los mismos. Esto significa que todo está contado. Leemos La Odisea y allí está todo. ¿Qué es lo que nos sigue llamando la atención? El punto de vista por un lado. Por otro, el poder conocer la psicología de un personaje. Si el punto de vista es el del personaje del que podemos conocer la consciencia, el interés crece. Porque lo demás, sea como sea que nos lo enseñen, ya lo sabemos.
Pues bien, David Lynch es uno de los autores que mejor manejan esos dos ingredientes al hacer sus películas. Desde luego, sus trabajos son difíciles de entender y no gustan a todo el mundo; entre otras cosas porque son muchos los no se enteran de nada. Más que nada porque las exigencias en las salas de cine funcionan mal. Todo lo que tiene que ver con el sueño del personaje, con la zona psicológica, hace que la comprensión sea un reto. Salvo que todo sea evidente (y esto es lo que se conoce por chapuza narrativa, guste o no guste a los que las realizan pensando que el espectador o el lector es imbécil) la mente del personaje es un puzzle muy difícil de componer encajando las piezas en su sitio y no en uno parecido al bueno.
Mulholland Drive habla del desamor y de sus consecuencias. Es una excelente película dirigida por Lynch. Es una excelente película interpretada por Naomi Watts, Laura Elena Harring y Justin Theroux entre otros. Es una excelente película que habla de un asunto más que tratado en otras obras utilizando una historia sencilla aunque relatada (casi en su totalidad) desde la zona onírica de uno de los personajes, desde las obsesiones ocultas. Y no es que Lynch se limite a dar una vuelta de tuerca a la trama, no, da muchas más y con gran acierto.
Antes de continuar, un aviso para todos aquellos que no conozcan esta película y tengan intención de verla: a partir de aquí se pueden desvelar zonas muy importantes de la trama y se intenta dar una explicación al relato. Dejen de leer si no quieren saber cosas que deberían averiguar ustedes frente a la pantalla.
En Mulholland Drive se cuenta la historia de una joven actriz (sin suerte, sin grandes dotes artísticas, sin casi nada que le pueda hacer triunfar) que acaba de dejar a su pareja (otra mujer) por estar locamente enamorada de una actriz con mucha más suerte, más dotes y un novio director de cine que la puede hacer triunfar. Para nuestra joven actriz esa nueva relación es seria, importante. Para la otra parte es un juego, una frivolidad más. Esta anuncia su próximo matrimonio con el director de cine. Y nuestra joven fracasada decide enviar a un asesino a sueldo para que la liquide. Así es y el arrepentimiento es tan fuerte que la muchacha se salta la tapa de los sesos cuando no puede resistir más. Ni más ni menos. El resto son detalles en los que se apoya un argumento que no tiene más. Pero todo esto lo sabemos al final de la película. Cuando un personaje vestido de vaquero le pide a nuestra chica que se despierte. Todo lo anterior es un sueño, forma parte de la zona onírica del personaje. Un sueño en que están todos los personajes que aparecen, finalmente, y forman parte de la realidad de la chica. Lógicamente, tres cuartos de la película lo configuran los deseos de la muchacha, una vida que debería ser de un modo idílico aunque no es así. Y es cuando despierta cuando todo toma sentido. cada escena, cada palabra, explotan dentro del espectador que comienza a colocar las piezas donde corresponde.
Desde el principio, Lynch avisa de lo que está sucediendo. Escenas en las que aparecen cosas que no encajan (la primera muestra un concurso de baile y a la protagonista que parece haber ganado algo, pero con un vestuario que no corresponde, junto a unos ancianos que aparecen un poco más adelante en actitud, al menos, extraña). Hay situaciones que son hilarantes y a la vez increíbles. Por ejemplo, la escena en la que el sicario comete tres crímenes seguidos metiendo la pata hasta el fondo (este es el deseo de nuestra protagonista; el asesino es el que ella ha enviado a matar a su amor y quisiera que todo fuera mal por puro arrepentimiento). Los mafiosos que llegan a la productora de cine y representan los intereses oscuros, resultan patéticos y hacen que comience una situación desastrosa del director de cine que se casará con el amor de la chica. Un casting en el que nuestra protagonista deja boquiabiertos a todos (claro reflejo de lo que ella quiere que ocurra alguna vez). En fin, un sueño que nunca se hará realidad porque la realidad es la que es. Sólo en el último tramo de la película, comenzamos a entender todo esto. El espectador, también, ha estado soñando con esa realidad ficticia dentro de la cabeza de la protagonista.
Todo es sencillo y, al mismo tiempo, tremendamente difícil de encajar. Podríamos seguir con más ejemplos, pero creo que ya sería excesivo.
Mulholland Drive es, sencillamente, magnífica. Porque el guión es inteligente. Pero, además, las actrices principales defienden sus papeles con gran credibilidad (especialmente Naomi Watts); el montaje es de una astucia poco común; los encuadres son los adecuados y la mano de Lynch se nota presente cada segundo (esto es como tener un cheque en blanco en la mano). De paso, para que todo sea perfecto, la banda sonora resulta de lo más agradable puesto que acompaña la acción sin estridencias, cumpliendo el papel que una banda sonora debe tener en buena parte de las películas: matizar la imagen.
No se la pierdan. Y dejen que la historia les arrastre. Sueñen.
© Del Texto: Nirek Sabal


feb 15 2012

J. Edgar: La mitad de la nada

J. Edgar es una película que quiere contar una larga e imposible historia de amor. Y lo hace apoyándose en una maraña de movimientos políticos intrigantes, de complejos de Edipo, de misterios sin resolver. La mezcla se convierte en un tostón que ni cuenta amores ni indaga en las zonas más oscuras del personaje que interpreta Leonardo DiCaprio (J. Edgar Hoover). El resultado más descorazonador es que no vemos ni esa historia ni, por supuesto, al personaje. Todo queda reducido a un cúmulo de minutos carentes de la más mínima emoción. Sin personaje no hay nada que hacer. Parece mentira que un director de la talla de Clint Eastwood no sepa algo así.
No voy a poner en duda que la vida de este sujeto fuera fascinante, pero en la película no está nada de eso. Más que nada porque es imposible entender lo que le pasa. Falta información, posibles motivaciones para que veamos con claridad cada cosa y poderla colocar en el sitio justo. La película se vacía de sentido por los cuatro costados cuando lo único que le queda al espectador es esperar que una luz (que nunca llega) ilumine las más de dos horas de duración. Una madre omnipresente y omnipotente, un hombre al que ama el protagonista, una secretaria leal hasta el delirio y poco más. Más ensamblado todo. Insisto que lo más emocionante para el espectador puede llegar a ser saber que la película finaliza y puede salir de la sala deprisa y corriendo.
La interpretación de DiCaprio es bastante normalita. Él, que no es precisamente el mejor actor del mundo, defiende como puede un papel sin alma, sin rasgos que sean relevantes (aunque en la vida real del sujeto en cuestión los fueran. Esto es cine y las reglas son otras). Naomi Watts discreta. Armie Hammer más que discreto (parece una figura de cera cuando está sin maquillar. Maquillado lo es). La dirección actoral del señor Eastwood muy floja. Tanto como el movimiento de la cámara y alguno de los encuadres que, aunque correctos en general, se vuelven insoportables en escenas concretas. Donde se acumula la acción más trepidante no se ve con claridad nada; el operador de cámara se debió poner histérico.
La música pasa desapercibida. Esta es otra de las cosas que deja atónito a cualquier persona que siga de cerca la carrera como director de este hombre (la de Eastwood, no la del jefe del FBI). ¿Dónde ha dejado su exquisito gusto musical este señor?
Lo del maquillaje es algo inexplicable. Todo parece ser de gomaespuma. Rostros, labios, arrugas.
Todo se queda a medias. Y todo se convierte en nada. Además, la figura del personaje protagonista, francamente, no parece despertar mucho interés entre el gran público. Sin negar una vida interesante al máximo es como si quedase un poco lejos.
Muy decepcionante.
© Del Texto: Nirek Sabal


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nov 24 2011

Detrás de las paredes: Allí siempre pasa lo mismo

Ir al cine y encontrarse con una película que ya has visto es una enorme decepción. Te dicen que es un estreno y a los treinta segundos, zas, es una que viste el año pasado, el otro, hace cinco años y un día. La han titulado de forma distinta, incluso han modificado el reparto, pero es la misma. Lo peor es que las copias o son perfectas o son desastrosas. Y suelen ser malas, malísimas copias.
Detrás de las paredes recuerda, sin duda, a la película de Alejandro Amenábar, Los otros. En su primera parte es casi idéntica. Se cuenta de forma ligeramente distinta, pero se cuenta lo mismo, exactamente lo mismo. Que se parezca tanto es una faena para todos. El espectador, por su parte, intuye desde muy pronto lo que va a ocurrir y tiene la certeza, o casi, de que está siendo estafado. En una película en la que la gracia se encuentra, precisamente, en eso, en que el espectador no sepa casi nada, esto que digo supone un desastre. Por otra parte, el guión se desinfla en la segunda escena y el director se queda sin película. Una faena. Todo el mundo perdiendo unos eurillos.
La segunda parte, cuando se resuelve el gran misterio por parte de los personajes (el espectador ya se aburre seriamente porque se lo sabe todo) la cosa cambia. A mucho peor. Los trompicones por querer llegar al final, las prisas descomunales, la falta de capacidad de fabulación del guionista, son o deberían ser causa de despido procedente. Y, claro, todo acaba con un último intento lacrimógeno. Fallido, por supuesto.
La fotografía no está mal. Alguna secuencia es notable (muy pocas). El resto es una ruina. El personaje principal es interpretado por Daniel Craig. Creo yo que, durante el rodaje, le tendrían que despertar entre toma y toma porque se le ve amodorrado y aburrido. Naomi Watts defiende un papel muy secundario. De apoyo a la trama (para que no se desmorone hasta el último ladrillo del edificio). Tampoco es muy entusiasta en su trabajo. La única que se libra es Rachel Weisz. Tal vez le echó ganas para acabar lo antes posible.
La música es aburrida. Todo es aburrido. Una copia nefasta de un millón de películas ya vistas. No se libran ni los efectos visuales. Eso le sale bien a todo el mundo con tanto ordenador suelto. Pero en Detrás de las paredes son escasos y normalitos.
La buena noticia es que pronto se proyectará en algún canal de televisión. Y eso es casi gratis.
© Del TExto: Nirek Sabal


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may 8 2011

Madres e hijas: Relaciones tácitas

Llevo varios días discutiendo con mi madre sin llegar a ningún acuerdo ni conclusión, solo espalda frente a espalda, alejándonos en direcciones opuestas. Creo que antes de hacer las paces entre nosotras, cada una tiene que reconciliarse consigo misma.
Sobre esta línea se construye la historia de Madres e Hijas, escrita y dirigida por Rodrigo García: un largometraje que tiene como protagonistas a varias mujeres para las que la maternidad ha sido, es o será un condicionante en su vida. Entre ellas tenemos a una demacrada Annete Bening, en el papel de Karen, que con 14 años y ante la insistencia de su madre dio en adopción a su hija, Naomi Watts, como Elizabeth, a quien la orfandad la convirtió en una abogada muy segura de sí misma, atrevida de carácter decidido, fuerte, independiente, pero sola. Además de ellas, Rodrigo García nos retrata varios perfiles de mujeres, cada una con una historia particular sobre el amor de madre.
Un mosaico de historias que se entremezclan entre sí con grandes saltos en el tiempo cuando es preciso porque no hay ni una sola imagen gratuita. Cada escena habla por sí sola y transcurre al ritmo que las madres y las hijas necesitan. Las palabras no se malgastan porque los sentimientos son tácitos.
Cada mujer de esta historia lleva una pequeña mochila a la espalda con su deseo de ser madre, o de no serlo, de ser hija o de no querer serlo. La vinculación. Una búsqueda de amor incondicional que afecta a la identidad y en la que los hombres son meros complementos circunstanciales.  Es el momento en que se acepta esa búsqueda cuando la rabia, el dolor, el arrepentimiento y la tristeza  transforman el rencor en humanidad y se abre el camino de la reconciliación. Cuando la escala de grises y negros por la dureza del principio del filme comienza a aclararse a la par que los personajes evolucionan, culminando en el rostro radiante de Karen, iluminado por el sol. Y acaba oliendo como a primavera amarga, a satisfacción y alegría resignadas. A tranquilidad, pero sin final  feliz, ni mucho menos, porque esta película es un gran reflejo de la realidad. Un drama positivo, de arriba abajo, que nos lanza preguntas sobre nuestra identidad, y quién ha tenido que ver en ella.
Por cierto que, a pesar de todo, la vi con mi madre, y dijo: Esta película puede hacer que muchas parejas se planteen tener hijos solo para arreglar sus problemas.
© Del Texto: Coletas


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mar 6 2011

Encontrarás al hombre de tus sueños: Tarde o temprano

Siempre se me ha tachado de ser demasiado realista y racional, pero con el paso del tiempo y con películas como la última de Woody Allen, he llegado a la conclusión de que vivir con ilusiones, y en ocasiones, creerlas, puede aliviar el sufrimiento de la vida. Y además, es gratis. Otra cosa es que me aplique el cuento, porque, será por impaciencia, también he llegado a la conclusión de que, tarde o temprano y por regla general, no llegamos ni a rozarlas. Por tanto, estamos como al principio.
Igual que después de ver Encontrarás al hombre de tus sueños. No siempre los grandes maestros del cine hacen obras maestras. Y menos cuando su filmografía alcanza casi la media centena. Hay que darles un voto de confianza cuando alguno de sus nuevos títulos no nos sorprenden como lo hicieron los precedentes, siempre y cuando, eso sí, no rayen en la mediocridad y nos hayamos sentido cómodos y entretenidos con la película y nos haya hecho pensar mínimamente. Así es Encontrarás al hombre de tus sueños, un enredo de amor, sexo, traiciones, ilusiones y el característico toque de humor de Woody Allen, en el que se entrelazan las historias de Helena, asidua a la bebida y fiel creyente en su adivina Cristal; Alfie, quien se divorcia de ella en un ataque de necesidad por conservar su juventud y que más tarde se compromete con una simpática prostituta llamada Charmaine; Sally, hija de Helena y Alfie, quien se plantea una relación con su nuevo jefe al ver que su matrimonio no marcha muy bien, y Roy, marido de Sally, escritor de un solo libro de éxito, que se vuelve loco por Dia, la vecina de la ventana de enfrente.
Caras conocidas como Naomi Watts (Sally), Anthony Hopkins (Alfie) y Antonio Banderas (Greg, jefe de Sally) forman parte del reparto: personajes bien perfilados, cada uno con su particular ilusión que en ningún caso depende directamente de ellos y puede acabar convirtiéndose en frustración, pero que, de cualquier manera, durante hora y media nos ayudan a creer que todo aquello que se nos pase por la cabeza sembrando una ilusión puede ser posible (aunque no llegue a realizarse): ser madre, encontrar un nuevo amor, mantenerse joven aun en los 60, convertirse en un autor de éxito…  Pero no sin que intervenga la verdadera naturaleza del ser humano. De lo contrario no sería una historia de Woody Allen. La expresión de las emociones, de los sentimientos, en forma de acciones que pueden repercutir en los demás, aparte de en uno mismo, de herir, de causar decepciones…, es la característica de las historias cruzadas de este consolidado director. En esta ocasión, no se observa una homogeneidad en el desarrollo de las historias ya que la de Alfie, a la que no se dedica tanta pantalla como al resto, se descuelga un tanto de las demás, pareciendo incluso forzada, en algunos momentos, por ser la única que aporta el toque de humor. Por su parte, Helena, Sally y Roy, interactúan siguiendo un hilo lógico y natural, sin que falte ese entorno bohemio que tanto le gusta a Allen: literatura, arte, ópera y lo místico de la reencarnación y el más allá. En definitiva, una película agradable, sin mucha chicha teniendo en cuenta quién se halla detrás, que nos da algo de esperanza para nuestros sueños futuros poniéndonos a la vez los pies en la tierra.
© Del Texto: Coletas

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sep 19 2010

Madres e hijas: Preguntas sobre la ausencia

Rodrigo García Barcha, director de cine, no para de sorprenderme. Tengo aún presente Cosas que diría con sólo mirarla, me quedé colgada de Nueve vidas y, debo reconocer que en mi cabeza aún vaga Madre e hijas. Ando sorprendida, de verdad. Quisiera poder decirles muchas cosas de esta película y no sé si podré hacerlo o si llegaré a transmitir todas las sensaciones, ideas, y majaderías que por mi cabeza cruzaron mientras veía, gozaba y después pensaba en esta película. Quizá porque muchas de ellas son demasiado personales y poco tienen que ver con la cuestión cinematográfica, quizá porque jamás consigo transmitir lo que quiero cuando me pongo a escribir, pero voy a intentarlo.
¿Qué pasaría si mañana descubrieran que no saben nada de su pasado? ¿Si los que creían sus padres no lo fueran? ¿Si su madre les hubiera entregado en adopción cuando nacieron? ¿Cómo le explicarían a su hij@ adoptad@ que no sabe nada de su vida anterior y que eso no importa? ¿Podrían acompañarle en ese sufrimiento sin ser un estorbo para él/ella? ¿Entendería, esa persona, que no importa la biología sino que lo que importa son otras cosas muy distintas, como, por ejemplo, crecer siendo y sabiéndose querido? ¿Podrían vivir sabiendo que entregaron a su hij@ en adopción y que puede estar preguntándose mil cosas que nunca le podrán contar? ¿Qué pasa cuando uno toma una decisión equivocada y ya no cabe el retorno? ¿Qué pasa cuando las cosas no se dicen a tiempo? ¿Se puede querer sin ver, sin tocar, sin nada más que una idea que flota en la cabeza y que se va construyendo a golpe de sensaciones difusas? ¿Se puede parar una bola de nieve que ha empezado a rodar por una pendiente sin fin? ¿Podemos reponernos de los adioses no dichos?
Pues de todo eso es de lo que trata la historia que nos entrega, envuelta de una realidad brutal, alejada de la lágrima fácil, Rodrigo García. He disfrutado esta película. Me emocioné hasta las trancas y salí repitiéndome en la cabeza las preguntas que mencionaba. Preguntas hechas sin que nadie preguntara nada.
Creo que está claro que me pareció una película maravillosa, con mucha miga.
No pienso hablar de cuestiones técnicas, ni de mis cositas personales en relación a las preguntas latentes. Las primeras no me interesan esta vez, y las otras, dudo que a nadie de por aquí le importen. Sólo puede decirles que es una gran película, en la misma línea que las anteriormente realizadas por este director.
Las películas de Rodrigo García siempre están protagonizadas por un elenco importante de mujeres. Repite actrices, una y otra vez, película tras película y las exprime hasta sacarles lo mejor de cada una de ellas. El ritual se repite con Madres e hijas: una película coral. Un grupo de mujeres inmersas en su propio universo en el que los hombres son meros acompañantes sin apenas relevancia; mujeres antes cuestiones y momentos fundamentales de sus vidas, pendientes de resolver; mujeres a las que el azar de un destino trazado de antemano las pone a prueba continuamente. Mujeres que sufren amando y siendo amadas, a veces mucho, a veces poco, incluso nada.
Debo aplaudir la elección de las actrices porque cada una en su papel bordan su personaje. Están todas impresionantes, espectaculares. Tan reales que parece que se las va a encontrar en cuanto salga a la calle.
Elisabeth (Naomi Watts), una mujer de 37 años, adoptada en el momento de su nacimiento por unos padres con los que en ese momento ya no mantiene relación alguna. Es extraordinariamente bella desde su frialdad, tiene la vida montada a su aire, sin compromiso, así no hay expectativas que puedan verse truncadas. Pero la vida, que es tozuda, le da la vuelta a su mundo como si fuera un calcetín. Todo lo que era prescindible se le vuelve fundamental al quedar embarazada a pesar de tener una ligadura de trompas realizada a los 17 años. Karen (Annette Bening, es la personificación del encanto y la belleza de las arrugas que la vida dibuja en el rostro de una mujer madura), una mujer que vive, día a día, la ausencia de una hija que dio en adopción cuando tenía 14 años, siguiendo los consejos de su madre. Día tras día escribe notas con todo aquello que quisiera contar a esa hija que no sabe ni quien es, ni donde está y ni tan siquiera si vive. Sofía (Elpidia Carrillo), la madre que no ha podido perdonarse el haber destrozado la vida de su hija y arrastrará hasta el final de la suya el peso de una decisión que tal vez no le correspondía. Lucy (Kerry Washington), una mujer decidida a tener un hijo, de esos que nacen del corazón porque el vientre está seco. Una decisión tomada en compañía y asumida en la soledad del que pierde a su compañero por el camino por aquello de que la sangre es la sangre. El sufrimiento de la incomprensión y del desengaño.
Una película de ausencias, que se entrecruzan y que, como en la vida misma, te deja sin respiración cuando uno comprende el alcance de lo que le falta.
Una historia para perderse en ella, para pensarla, para pensarnos y para no olvidar que las cosas debemos hacerlas, decirlas, cuando las sentimos porque quizá mañana sea tarde, demasiado tarde.
© Del Texto: Anita Noire

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sep 6 2010

Conocerás al hombre de tus sueños: Todo elegante y distinguido

Woody Allen siempre hace lo mismo. Ese suele ser el comentario. No es del todo cierto porque sabemos que puede meter la pata como todo el mundo (¡No me recuerden el promocional de Barcelona!), es capaz de internarse en el lado oscuro, como en Match Point, de ser infiel a la ciudad de sus sueños después de muchos años sin que la echemos de menos, o de utilizar una ocurrencia demencial como pretexto, como símbolo y como farsa para terminar con Un final made in Hollywood. Pero todos entendemos lo que se quiere decir y muchos lo agradecemos. Es lo que sabe hacer y lo borda. No soy yo nadie para afirmar lo incontestable: Es un guionista hábil, un estupendo director de actores y un maestro componiendo equipos. Además, sus seguidores hemos podido ver cómo ha ido perfeccionándose a lo largo de los años.
En Conocerás al hombre de tus sueños vuelve a la fórmula clásica, comedia romántica que arranca con una crisis inesperada en la vida de un personaje, amorosa, por supuesto, a partir de la cual podemos comprobar lo que suele ocurrir en la realidad, que debajo de las apariencias, cada uno tiene sus pequeñas, o grandes, frustraciones, angustias y aspiraciones. A lo largo de la película ese mundo se descoloca y se recompone y mientras lo vemos estamos entretenidos, reconociéndonos, quizás, en el guiño de alguna caricatura. La misma voz en off, eso sí, que cuando era la de Allen tenía mucha más fuerza y la misma música -da esa impresión- de siempre. (Menos mal. No me recuerden el promocional de Barcelona) ¿Hubiéramos esperado que terminara así?
Hay un par de vueltas de tuerca geniales.
Eso sí, como a mí me gusta, todo elegante y distinguido, hasta los que pasan problemas económicos viven como bobos, que es como llaman los franceses a los bohemios burgueses, (porque les recuerdo que, en francés, burgués, también empieza por bo). Todo muy british y muy trendy (galerista de arte, agente literario, escritor en ciernes, vidente perspicaz y actriz que se queda en el camino) lofts, Burlington Arcade y jardines opulentos, el Londres de toda la vida, vamos, sin cutreríos.
Los actores están impecables, especialmente Lucy Punch (Chermaine), exacta, veraz, inteligente, sexy, sooooberbia, en un papel que hubiera sido muy fácil que la devorara y que sin embargo ha exprimido hasta la última gota. Se come los planos, se come a Anthony Hopkins (Alfie), bueno, en realidad, se lo come todo. Los demás bien, Naomi Watts (Sally) también, Banderas (Greg) le pone la cara al capital español (no me recuerden el promocional de Barcelona) y cómo ha hecho un pacto con el diablo o con Pitanguy, está atractivo y correcto, tampoco se podía hacer más. A Gemma Jones (Helena) le va en el físico y solo con verla nos basta. Me apetece nombrar a Juliete Taylor, directora de reparto, que ha trabajado en casi todos los films de Allen y que algo debe de tener que ver en el asunto, aunque solo sea el acierto de contratar a Freida Pinto (Dia) (Slumdog Millionaire, ¿recuerdan?), elegante, morena y guapísima. Josh Broslin (Roy) no me gusta nada, deben de ser cosas mías. Por cierto, fíjense en la mujer que preside la mesa espiritista, ¿no se parece a Mia Farrow? ¡Qué fuerta!
Una película bien hecha, divertida y correcta.
Me gusta Woody Allen y pasé un buen rato. ¡No me recuerden…!

© Del Texto: Ivor Quelch

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