feb 1 2012

En el séptimo cielo: Vejez corriente

El cine está lleno de películas que hablan de enamoramientos fatales, de las grandes dudas que surgen frente a la aparición de terceras personas en relaciones consolidadas. Hay mucho metraje que muestra las grandes dosis de culpabilidad que siente el que se enamora a destiempo, de las consecuencias fatales del amor.
En el séptimo cielo nos encontramos frente un triángulo amoroso. Sí, un triángulo amoroso, en el que además del apasionamiento de dos que se encuentran, surge la culpa, la angustia y la soledad. Pero lo novedoso de esta película es el tiempo en el que el director, Andreas Dresen (Verano de Berlín, Encuentros nocturnos), sitúa esta historia.
En su vejez una mujer Inge (Ursula Werner), de vida corriente, se enamora de un hombre, Karl (Horts Rehberg) tan corriente como ella, y junto a ellos, Werner (Horst Westphal), el compañero de Inge durante los últimos 30 años. Una vida de rutinas, familia y barrio suburbano. Una historia de amor, pasión, que surge en la última etapa de la vida de dos seres que, sin quererlo, sin buscarlo, se encuentran en medio del camino y, una vez ahí, optan por llevar hasta las últimas consecuencias el reencontrado amor.
Son muy pocas las ocasiones en la que alguien nos muestra el enamoramiento de los ancianos, como viven su sexualidad. Sin embargo, en este caso, Dresen, con una ambientación carente de artificio nos muestra como el sexo sigue siendo sexo, se tenga la edad que se tenga, como el deseo se produce mientras uno siga vivo y como, las historias de amor, los apasionamientos, no tienen edad, ni encuentran límites más allá de los que uno se imponga.
La ambientación es absolutamente sobria, sin ningún acompañamiento musical, sin apenas diálogos, es de un realismo impactante.  La elección de los actores es soberbia. Si esta película es capaz de ofrecer grandes dosis de sensibilidad, de realismo y angustia, es precisamente por los actores que la interpretan. Estoy segura de que esta película no valdría nada si, en lugar de la elección de unos ancianos, con sus cuerpos gastados, con las huellas del paso del tiempo, que muestran sin pudor alguno (porque sienten la naturalidad de lo que viven), no sería lo mismo. Unos ancianos modélicos no habrían servido para transmitir que esta historia podría ser la de cualquiera de nosotros, porque le pasa a gente corriente, con familias corrientes, con ocupaciones igual de corrientes y en vidas totalmente cercanas a las nuestras.
En esta película el director nos muestra las dos caras  de la historia, la de los que vuelven a encontrar el amor cuando pensaban que su tiempo ya había terminado y, pese a ello, no se sienten felices, y la del que queda fuera, sin escogerlo. Andreas Dersen, una vez más, nos sirve en bandeja una historia sobre gente corriente.
Algo está pasando desde hace algún tiempo con el cine alemán. Conviene  no perderlo de vista. Cine, como he dicho otras veces, del bueno.
© Del Texto: Anita Noire


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jul 17 2011

Starship Troopers: Fascismo de pacotilla

Imaginen un mundo amenazado por la raza extraterrestre más violenta y destructiva que jamás ha conocido el ser humano. Qué susto ¿verdad? Lo que esperaría cualquiera es que el hombre luchara sin descanso para no desaparecer. Algo así.
Esto ya ha pasado. Hitler inventó esa raza violenta y destructiva. El mundo en peligro, puesto que el pueblo judío era más poderoso cada día. Puso su maquinaria de propaganda a funcionar para que esa idea calara en todo estrato social. Antes, Nietzsche llamó gusanos a unos y aristócratas a otros. Hitler recogió la idea, la hizo suya y estructuró un partido fascista que salvaría a la raza de esos gusanos que eran los judíos. Pero, de paso, arrasó con todo lo que no simpatizaba claramente con sus ideas. Y, por fin, hizo que estallase una guerra mundial para extender sus ideas y su poder.
Pues de algo parecido a esto habla Starship Troopers, película firmada por Paul Verhoeven que construye un escenario futurista inundado de estética fascista, de ideas fascistas. Uniformes de corte nazi, publicidad manipuladora y exagerada (todo se vende como maravilloso incluida la guerra y, por tanto, la muerte), unos bichos terribles que amenazan y con los que hay que acabar inmediatamente; la violencia justificada por una cosa u otra, pero justificada siempre; fanatismo, ignorancia que aprovecha el poder. Un mundo mentiroso sostenido por una inmensa mentira. Todo esto lo presenta Verhoeven envuelto en historias de amor convencionales, lenguaje militar convencional y relaciones entre padres e hijos convencionales. Es un gran topicazo.
El guión de la película es espantoso, los diálogos rozan siepre el ridículo y desesperan a cualquier espectador mínimamente inteligente. Por supuesto, son tópicos y están vacíos de sentido.
Las interpretaciones de Casper Van Dien, Dina Meyer o Denise Richards (entre otros) son la muestra clara de lo que no hay que hacer frente a una cámara. Histriónicos, alocados y aburridos.
Lo que se salva son los efectos especiales y visuales que, para el momento en que se rodó la película, no están nada mal.
Ordenar un mundo alrededor de la violencia y de una educación parcial y fanática se puede (se debe) hacer desde la inteligencia y no desde lo sabido. Un verdadero desastre.
Ahora bien, si quieren batallitas en el espacio, seres terribles, héroes, villanos y heroínas, parejas de jóvenes enamorados, naves espaciales, cuerpos mutilados y cosas así, no se pierdan esta película. Incluso podrán ver cómo un chico que mete la pata se lleva puestos una docenita de latigazos. Lo clásico nunca muere.
Si por el contrario prefieren entender el fascismo, cómo manipular a un pueblo entero desde la propaganda, cómo demonizar a un pueblo entero o cómo el hombre puede justificar la violencia más atroz; lean a Nietzsche, encuchen a Wagner, lean a Leví y luego echen un vistazo a cualquier película que trate el asunto con más solvencia.
Esta es aburridísima. No merece el más mínimo esfuerzo.
© Del Texto: Nirek Sabal


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oct 4 2010

A propósito de Henry o la bola enorme

Supongo que Jeffrey Abrams (guionista se la película A propósito de Henry) una mañana sintió la necesidad de gritar al mundo entero que la inocencia es la única forma de vivir decentemente, que hablar de los seres humanos es una cosa muy seria; que lo material nos ata al mundo aunque es lo espiritual lo que suma finalmente; que la verdadera ruina es perder a un ser querido o que el mundo es un lugar hostil para aquel que lo maneja desde la pureza del alma. Vamos, digo yo que le pasó algo así. Y supongo que una vez que sintió esa incontrolable necesidad agarro la pluma y se puso a escribir páginas y páginas de diálogos pastelosos y lacrimógenos pensando que esa es la única forma de contar algo así. Claro, el resultado fue un mal guión lleno de frases cursis que no llevan a ninguna parte salvo que te pesque con el muelle de llorar flojo.
Supongo que Mike Nichols (director de esta cosa blandengue de la que hablo) recibió el encargo de rodar una película bonita y entretenida. Y aceptó. Tal vez por falta de dinero, tal vez bajo los efectos de sustancias estupefacientes. No lo sé, pero debió ser algo muy grave. Aceptó hacer lo que un buen director de cine jamás debería plantearse. Entretener, hacer llorar a toda costa o explorar los sentimientos humanos desde el lado facilón. A propósito de Henry reúne todo. Es una maravilla de condensación. De verdad.
Supongo que Harrison Ford, hasta los huevos de que le llamasen Han Solo cuando paseaba por la calle, decidió aceptar el papel de Henry Turner que, como su propio nombre indica es el personaje principal, estaba llamado a dejar huella en los sentimientos humanos de cualquier persona con un mínimo de sensibilidad. Lo que pasa es que no le salió demasiado bien. En realidad, ni demasiado ni nada bien.
Supongo que Annette Bening quería pasar unos días de vacaciones y si eran pagadas mejor. Recibió una llamada de su representante (supongo) y ella dijo ¡Oh, miel sobre hojuelas!, hizo el petate sin pensarlo y rodó un pestiño del tamaño del Empire State Building.
Puestos a suponer, supongo que Hans Zimmer descolgó una mañana el teléfono y dijo que sí, que sí, que tenía una partitura mugrienta por allí que no se la iba a a colocar ni a Dios. Que seguro que con un par de arreglillos quedaba de puta madre.
Y, entonces, se reunieron y decidieron hacer las cosas así, como a la remanguillé. Poco después se estrenó A propósito de Henry. Una película llena de interpretaciones flojas, de sonidos que quieren parecer una banda sonora, de una fotografía muy justita y de todo lo que quieran que sea flojito.
Lo único que se libra de la quema es la sonrisa de la señora Bening. Porque si hablamos de las pistas que deja el director para que todo cuadre en el gran dramón y lloremos mucho, podemos llegar a vomitar (me refiero, por ejemplo, al asunto de las cartas y de las miradas de la abogada guapa a nuestro Henry). Querían una película redondita y les salió una enorme bola de caca. Pobrecitos.
© Del Texto: Nirek Sabal

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