ago 7 2011

Secretos del corazón: Dentro del laberinto

Una de las cosas que mejor hacemos los adultos es proteger a los niños. Al menos, eso creemos. Evitamos que los críos conozcan la realidad hasta que no alcanzan una edad que consideramos suficiente. Intentamos que todo parezca lo que no es, que todo sea una especie de nube de algodón azucarada. Lo que olvidamos con frecuencia es que los niños manejan una serie de parámetros al pensar que nunca casan con los nuestros; creemos que, ante un hecho determinado, reaccionarán de la misma forma que nosotros. Eso es, sencillamente, el gran error de los adultos cuando se enfrentan a los pequeños. Olvidamos con rapidez que sólo un niño puede percibir el mundo y cambiar esa percepción con facilidad para crecer, sin llenar la mochila de mierda, de rencor o venganzas inútiles. Les protegemos muy bien de nada, de nuestros problemas y de nuestras miserias, pero de nada que les haga ser más o menos felices. Cundo están listos para incorporarse al laberinto de la mentira, cuando se hacen mayores, nada puede parar un proceso natural contra el que los adultos luchamos sin el más mínimo sentido. El laberinto de la mentira ordena la vida de las personas. Mentiras para proteger a los niños, para proteger a los mayores o para no proteger nada.
Montxo Armendariz suele contar cosas corrientes en sus películas. No le hace falta inventar grandes tramas llenas de violencia, o de ruinas personales, o de catástrofes naturales, para hacer buen cine. Él sabe que la profundidad no se alcanza con lo espectacular, que la superficie es el vehículo más adecuado para llegar a lo profundo. Lo cotidiano se puede convertir en cine de calidad sin recurrir a grandes recursos que terminan por dejar sin relevancia a lo esencial. Es un magnífico director de cine que arriesga en la elección de sus actores y actrices, que escribe sus propios guiones y que imprime un carácter muy especial a todo lo que rueda. Tiene algo que muy pocos saben utilizar con acierto y, sobre todo, con valor: hay más por debajo de lo que se ve que lo que enseña. Algunos directores son tan cicateros con la información que convierten sus películas en acertijos imposibles; algunos se ponen tan extraordinariamente poéticos que todo se reduce a una imagen o un gesto que si pasa por alto convierte la película en otro acertijo imposible. Armendariz mezcla información y expresividad  con maestría. La dosis de una cosa y otra es justa. El resultado es buen cine, historias cotidianas que se elevan hasta convertirse en cosas universales. La planificación de las secuencias en el cine de este director son prodigio de sensatez al narrar.
Secretos del corazón es una película excelente. Todo encaja y funciona con perfección. La dirección de actores arrastra a todos al lugar justo. Andoni Erburu logra defender su papel de una forma insólita para tratarse de un niño, Vicky Peña se cree su papel y disfruta con él (lo que se traduce en una interpretación notable), Charo López (como de costumbre) parece que nació para hacer ese papel, Carmelo López más discreto (su papel tampoco da para más) no deja de estar más que correcto. En fin, todos bien. El vestuario y la peluquería son estupendos. Armendariz siempre se rodea de profesionales que más de uno quisiera al rodar películas carísimas y malísimas. Todo encaja bien en esta película. Todo.
La historia que cuenta Armendariz está salpicada de lo que sucede cada día en una casa cualquiera. No en todas pasa lo mismo, pero tomando de aquí y de allá retrata ese viaje de cualquier niño hacia su juventud. Todo lo que ese niño ve es una caricatura de la realidad. El crío no entiende nada y es incapaz de avanzar. Sólo cuando aparece la verdad el camino se hace recto y claro. Por si alguien aún no ha visto esta película, no entraré en detalles sobre la trama.
Es posible que los guiones de Armendariz no sean los mejores de la historia del cine, pero son los que llevan a poder estructurar una película con una tensión narrativa impecable, los que permiten montajes en los que sobra lo justo porque, en realidad, lo importante reside en un gesto, en una frase que dice más que cien de las otras por su carga expresiva.
Si no han visto la película corran y háganlo. Si ya la vieron, corran y repitan. Y traten de relacionar la función de los escolares con lo que va pasando. Traten de descubrir cada guiño al espectador para que este vaya descubriendo. Disfruten de la película.
© Del Texto: Nirek Sabal


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may 3 2011

No tengas miedo: Agarrados por el estómago

Tal y como está el panorama, ir al cine se está convirtiendo en una actividad que entraña cierto riesgo. Crees que pagas una localidad en la sala de proyección para ver una película de cine y te puedes encontrar con cualquier cosa menos con eso. Hombres y mujeres haciendo muecas en lugar de actuar; tramas sin pies ni cabeza; errores narrativos que convierten en catástrofe cualquier intento de agradar o despropósitos técnicos maquillados con el 3D (parece que utilizar esa técnica permite meter la pata en todo lo demás).
Pero una de esas tardes que entras en la sala te encuentras ante una buena película de cine. Apenas das crédito a lo que ves. Desde el primer minuto lo que vas viendo te ancla a la butaca, la cámara se mueve con acierto y elegancia, los diálogos son precisos (ahora se confunde lo simple con lo preciso), los actores y las actrices disfrutan haciendo su trabajo (eso se palpa), todo fluye en la pantalla porque el punto de vista está perfectamente elegido. Estás viendo una película de las de verdad y los noventa minutos de proyección se pasan volando aunque dejan un poso inconfundible. El del buen cien, el de verdad. El que está realizado por alguien con vocación rodeado de un equipo ilusionado con lo que hace.
No tengas miedo de Montxo Armendariz es una excelente película. Entre otras cosas porque el director arriesga al máximo. No hablo de dinero o de cuestiones técnicas. Arriesga todo lo que es él. Lo que sabe y lo que no. Su forma de ver un aspecto de la realidad. Eso, cuando se trata de crear, es fundamental para que funcione el producto final. Es verdad que también arriesga al indagar un territorio extravagantemente delicado; una zona de la realidad llena de tópicos, de tabúes, de miedos y de silencios que hacen inexplicable razonar para entender. Pero esto lo salva bien Armendariz con sensibilidad y dejando lo evidente en el terreno de lo implícito. Se sabe más por lo que sugiere que por lo que muestra. Este director parece saber bien que una forma magnífica de narrar es guardar silencio, no decir para que quede por debajo de la propia narración la esencia de lo que se quiere contar. Y en ese juego de riesgo, el espectador no tiene más remedio que tomar partido. No con la película sino consigo mismo. Cuando uno entra en el cine no tiene otra obligación más que mirar y dejar que le digan. Pero las consciencias no saben de estas cosas y según van recibiendo información comienzan a girar como centrifugadoras. Ese es el gran acierto del director. Arriesga al máximo y pone a funcionar maquinarias. Nada nuevo para un narrador, pero olvidado por muchos.
El asunto que se trata en No tengas miedo es delicado. El abuso de menores por parte de sujetos que convierten a esas criaturas en personas sin rumbo, gentes con actitudes compulsivas, niños y niñas sin futuro cierto y que no saben llegar a su edad adulta aplastados por una culpa terrible. Un asunto que agarra por el estómago a todo aquel que conserve una pizca de cordura y de humanidad. Trata este asunto Armendariz apoyándose en el punto de vista de Silvia (papel que defienden varias niñas y que termina en manos de una Michelle Jenner estupenda) e intercalando testimonios de personas que sufrieron abusos (no sé si acierto al decir que esos testimonios son reales o casi; por supuesto en pantalla lo que apareen son actores) durante una terapia de grupo. Esta zona expositiva acerca la película hasta el documental para darle una credibilidad a la narración mucho más consistente. El cambio de registro se hace con solvencia, sin trompicones. La sensación de conjunto no se pierde en ningún momento.
Silvia es una niña de la que abusa su padre desde muy pequeña. El padre (Lluis Homar) parece un tipo normal, casi encantador. La madre (Belén Rueda) no quiere saber nada del asunto desde el primer momento. Silvia crece y el mundo es una tortura continua porque no hay hueco para ella. Además, nada para. Por más que haga, nada para.
La tensión narrativa se mantiene desde el principio hasta el final. La sensación de angustia se apodera del espectador sin grandes obligaciones, pero con terquedad. Para ello Armendariz mueve la cámara con acierto sin dejar de mostrar un solo detalle que aporte significado a la narración. Sobre todo en esos momentos de silencio en los que lo explícito desaparece del mapa y deja hueco a lo que merodea la acción y le da sentido. O esos planos en los que la cámara va de un personaje a otro mostrándonos lo que hay entre ambos para que sepamos el universo que les separa.
Fermín Galán en la peluquería y Carlos Hernández con el maquillaje hacen un trabajo francamente bueno. Ya veremos si se acuerdan de ellos en los próximos premios Goya.
El guión es del propio director y María Laura Gargarella. Aquí sí tengo que poner un pero. Es posible que al escribirlo, ambos tuvieran la sensación de tener que decir una serie de cosas sí o sí. Y eso se deja ver a lo largo de la película. Es decir, una persona que ha pasado por este calvario no tiene que acumular todo lo que les ha pasado a todos. Silvia, el personaje principal, acumula todo. Yo no sé si esto es así o no en la realidad. Pero sí sé que esto es ficción y las reglas son otras. Da la sensación de acumular un inventario con todo lo posible que va sumando a medida que pasan los minutos. Pero no crean que es una gran cosa. El conjunto sale más que airoso del intento.
Una excelente película. Lenta en su desarrollo aunque no exenta de un fuerte ritmo narrativo que le llega de la zona expresiva. Desde luego, el que escribe estaba deseando encontrarse sentado en la butaca de un cine para ver eso, cine. No dejen de echar un vistazo a No tengas miedo. No se arrepentirán. Seguro.
© Del Texto: Nirek Sabal


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nov 28 2010

Tasio: El cosmos pequeño y universal

El mundo es pequeño. Mucho. Y es algo de una belleza aplastante. Insólito. Porque nosotros somos el mundo.
El mundo es un mundo lleno de problemas. Es un espacio hostil, difícil. Pero es, también, el lugar en el que se encuentran todas las soluciones posibles. Porque nosotros somos el mundo.
El mundo es nuestra casa y no tenemos otra.
Hace muchos años, (andaba yo soltero e intentando encontrar un hueco que no aparecía), tuve la suerte de ver una película que, por aquel entonces, me ayudó a comprender la importancia que puede llegar a tener el conjunto que formamos personas y entorno natural. Importancia que llega de la interpretación que hacen las partes, una de otra. Con una sensibilidad inmensa, Montxo Armendariz logra construir un clima (sin duda lo mejor de la película) que envuelve todo lo que va sucediendo para que el espectador pueda, sin violencias narrativas, integrarse y comprender. La naturaleza conoce al hombre y este a ella. Tienen una relación en la que habrá amores, odios, peligros y reencuentros. Pero una relación para siempre. Sólo la fusión entre hombre y entorno permite que la vida siga adelante.
Armendariz elige con máximo acierto los ingredientes necesarios y coloca cada cosa en el lugar adecuado.
El guión es, especialmente, inteligente. Se construye sobre un buen número de elipsis y así desaparece todo lo superfluo. Armendariz no malgasta ni un minuto en contar lo que el espectador ya sabe. Los personajes se construyen desde la sugerencia de un gesto o una insinuación desde la mirada que arrastran hasta las zonas expositivas en las que aparecen, con coherencia y credibilidad. Y los diálogos, aunque escasos, son concisos para que el discurso no termine colocado por encima de un escenario que se convierte en uno de los protagonistas desde la primera secuencia teniendo como epicentro la carbonera que Tasio trabaja y que representa el final de un mundo feliz. Es curioso, por ejemplo, que sólo cuando aparecen el dinero, el poder o la religión, ese escenario se difumina peligrosamente para los personajes; todo lo que se interpone en esa relación hace que la personalidad de los personajes se tambalee y el entorno se convierta en un lugar mucho más incómodo.
Para mostrar esa fusión entre el ser humano y su habitat, Armendariz maneja unos vehículos que podrían parecer poco originales o estereotipados. Pero logra que se conviertan en algo más allá de lo que realmente son al integrarlos, también, en la propuesta, no como simples herramientas, sino como el resultado de lo que propone la película. Por ejemplo, amor y amistad. La historia que nos cuentan entre Tasio (Patxi Bisquert) y Paulina (Amaia Lasa) representa un amor puro, lejos de cualquier interferencia que no sean ellos mismos. La amistad que entrega Tasio a otros lo es del mismo modo. Nada está por encima de ella porque todo, absolutamente todo, está colocado en un único plano: el que forma Tasio y su mundo. Todo se tiñe de eternidad. Incluso la muerte pasa desapercibida. Una persona queda en otra, se hace eterna porque todo lo es. Es por esto por lo que los personajes perciben la vida como un valor relativo. Muere un niño y todo sigue donde estaba, si muere un adulto pasa igual. Nada muere, en realidad.
A todo esto le acompaña una música suave que aparece como si no quisiera invadir lo que no le corresponde. El espectador podrá matizar al escuchar cómo interpretan la partitura, pero lo que ve es algo invariable. La música se convierte en otro aspecto del entorno. Ángel Illarramendi firma un trabajo sin grandes alardes, pero muy ajustado a lo que necesitaba la película.
Un mundo sencillo es lo que nos ofrecen con esta propuesta. Sencillo, pero en el que todo es posible. Sin tecnología en cada rincón, sin necesidades inventadas; un lugar en el que las dificultades pueden superarse sin tener que recurrir a la violencia o las armas. Un buen mundo que todos quisiéramos. Armendariz nos hace sentir nostalgia por algo que no somos capaces de construir, que dejamos escapar ya hace mucho tiempo.
Una muy buena película que hace poco cumplió sus primeros veinticinco años. Una película ya vieja (tal y como corren las agujas del reloj hoy en día), pero que ha logrado envejecer la mar de bien. A mí me ha vuelto a dejar pegado al sillón.
© Del Texto: Nirek Sabal


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