ene 23 2012

Amanecer de un sueño: el olvido del futuro

El olvido de los mayores se convierte en la memoria de los jóvenes si participan de la experiencia de la vejez, del alzheimer. La historia de una persona, que ya no sabe ni cómo se llama, se mezcla con la realidad futura. Porque el pasado ajeno del viejo quiebra el presente de uno mismo, dibuja el futuro con trazos menos hermosos. El joven está condenado a olvidar parte de sí mismo. Son las reglas del juego.
Amanecer de un sueño es una película de Freddy Mas Franqueza. Es una película que indaga en el mundo del mayor, de la enfermedad del olvido; pero, también, del abandono, de los callejones sin salida que nos presenta la vida, de lo imposible o de lo posible que se convierte en una tortura cuando se aleja. Emotiva, muy bien contada y resuelta con valentía, sin hacer concesiones innecesarias al público. Cuando la cosa es fea nadie debe empeñarse en que se convierta en bonita. Eso no lleva a ningún sitio.
El director presenta una familia destrozada. Cada uno de los que la integran tienen razones para pisar el freno aunque ninguno lo hace. Todos tratan de avanzar por la senda que tienen a mano. Y sólo la enfermedad y muerte de uno de ellos marca un punto de inflexión que lleva, otra vez, a ninguna parte que los personajes desean. Triste, dura, profunda.
Hector Alterio (uno de los protagonistas, el que defiende el papel de Pascual; abuelo, padre y viudo) está estupendo (sólo se le ve algo descompensado en un par de escenas que invitan al histrionismo y que cualquier otro hubiera convertido en un desastre interpretativo). El resto (Alberto Ferreiro, Sergio Padilla o Mónica López) defienden lo suyo y pasan la prueba. Pero Alterio llena la pantalla y salva los muebles en ese aspecto. Y el movimiento de la cámara es preciso, la iluminación notable, la peluquería estupenda, los encuadres muy acertados y el guión sobresaliente. El resultado es una muy buena película que conmociona si se mira con calma y atención.
¿Qué es el olvido? ¿Se trata de no recordar, de no poder hacerlo, de hacerlo de forma desordenada? ¿No saber es una forma de olvido? ¿No reconocer la realidad teniendo las capacidades mentales intactas es otra forma de olvido? Son preguntas que el espectador se plantea a medida que la trama avanza en dirección a un desastre que salpica a todos los personajes de la película. Todo tipo de olvido lleva al sufrimiento si lo que se deja en el camino es parte de uno mismo. Ya sea por enfermedad, ya sea porque la vida obliga a tomar decisiones tremendas.
El cine debe ser espectáculo. Siempre. Es uno de sus ingredientes principales. Pero nadie dijo nunca que un espectáculo es luz, sonido y color; alegría y diversión. Un espectáculo es eso que alguien piensa y convierte en algo tangible (desde un prisma físico o intelectual) para que el que mira, el que lee o el que escucha entienda lo que pasa a su alrededor. Sea bonito o feo, sea doloroso o un oasis de placer. Amanecer de un sueño es cine y, por tanto, espectáculo. Doloroso, triste y descorazonador. Pero espectáculo al fin y al cabo. Y, además, Héctor Alterio llena la pantalla. Por eso merece la pena aunque se sufra durante cien minutos. O quizás durante toda una vida si el espectador dedica su tiempo a observar el entorno. Porque, a veces, el cine de ficción tiene más de documental de lo que creemos.
© Del Texto: Nirek Sabal


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mar 15 2010

La vida de los adultos al descubierto. En la ciudad.


¿Quién, siendo niño o adolescente, no se ha encontrado fantaseando con los personajes que aparecen en una película, con las historias que viven? Posiblemente sean muy pocos los que digan que no lo han hecho nunca y a esos, a esos pocos, les compadezco.
Cuando nos hacemos mayores dejamos de fantasear y vemos las películas como puro entretenimiento. Entramos en una sala de cine, nos sentamos y durante una hora y media, dos a los sumo, nos olvidamos de quienes somos, de lo que nos preocupa, y dejamos pasar el tiempo sumergidos en lo que pasa en la pantalla, pero no la traspasamos jamás, nos quedamos como meros espectadores de lo que allí ocurre, pero nunca somos personajes de aquello que estamos viendo.
Esto no ocurre con “En la ciudad”. Quienes me conocen saben que he desarrollado un auténtico gusto por los films de Cesc Gay. Y eso, no ha sido porque sí, sino porque los guiones de este director, son tan cercanos que bien podrían ser extractos, ligeramente modificados, de mi vida. Pero no sólo de la mía, sino de la tuya, de la suya, de la nuestra, de la vuestra.

Esta vez no podía ser menos. En esta película, Gay vuelve a colocarnos en el universo de lo cotidiano, en el centro de nuestras propias vidas. Estamos ante la historia de un grupo de amigos que viven en Barcelona, unos urbanitas prototípicos que mantienen oculta a los demás parte de su vida.
Un grupo de personas, con sus vidas organizadas, cada uno a su manera y como puede, andan buscándose en sus universos personales, porque todos ellos andan terriblemente perdidos en el universo de lo oculto. Y es que, no hay pérdida más grande que sentirse extraviado en el universo particular.
Lo que les ocurre a los personajes de “En la ciudad” es que andan perdidos, lo mismo que nos ocurre, en determinados momentos, a todos nosotros, que nos perdemos, no nos encontramos. Vivir en una gran ciudad, con cantidades ingentes de personas rodeándote no te garantiza el sentirte acompañado. Precisamente, eso es lo que nos trasmite esta película, que el aislamiento y la soledad interior está presente en la vida de los adultos por muy rodeados de personas y de cosas que estemos.
Se nos narran las historias de varios personajes en permanente conflicto interior. El mantenimiento de las apariencias para sentir que se pertenece al grupo y así continuar con una existencia absolutamente patética y triste.
Irene (Mònica López), una lesbiana, casada con un hombre al que no quiere, Manu (Chisco Amado) viviendo un auténtico tormento interior para ocultar a su marido su condición sexual. Sofía, (María Pujalte), la dependiente de una librería, con una desastrosa vida sentimental, que fantasea con las conquistas que va realizando a la espera de encontrar al “hombre de su vida”. Un arquitecto, Mario, (Eduard Fernández), que asiste en silencio a la infidelidad de su mujer, Sara (Vicenta Ndongo), y que sucumbe ante los encantos de una joven camarera, Cristina (Leonor Watling). Un profesor, Tomas (Alex Brendemühl), que inicia una relación con una alumna, menor de edad, Ana (Miranda Makaroff), a la que termina convirtiendo en su amante.
Historias que podemos encontrar en cualquier momento, a nuestro alrededor y que no queremos ver, no queremos conocer, porque nos muestran y nos colocan frente a nuestro propio espejo, porque nosotros mismos somos personajes de nuestra propia película.
Y por último, si no quiere sentirse parte de esta “Ciudad”, si no quiere pararse a pensar sobre qué es lo que está ocurriendo con su vida, no vea esta película, déjela para otro momento. Pero, si finalmente decide sentarse frente al televisor, no dejen de reparar en la banda sonora que, como siempre, con Gay es un gustazo.
© Del Texto: Anita Noire

Jamie Cullum – I Think I Love