abr 8 2013

Caché: Haneke y el relato breve

Escribir sobre las películas de Michael Haneke me perturba casi tanto como verlas. Y eso me gusta. Cuando algo o alguien te hace reflexionar, aunque sea para decir barbaridades, me gusta. No lo puedo ocultar ni remediar.

Haneke sería, en literatura, escritor de relato breve. En sus películas lo que sucede modifica al personaje. Algo pasa y algo cambia, en un instante concreto. El mundo sigue su curso, pero el personaje modifica la senda que transita. Se centra en eso. Sólo se apoya en el pasado (mínimamente)  para dar verosimilitud o justificar la acción. Algo ocurre y el personaje estalla por los cuatro costados. El espectador, quizás, también. Por otra parte no intenta ni propone tramas completas sino que tiende a dejar abierto casi todo (esto irrita a muchos). Se podría tomar esto como tomadura de pelo cuando, en realidad, es algo que dota de cierta simbología al conjunto. Nunca entenderé porque la misma cosa convierte a unos en genios (por ejemplo a Carver o Salinger en literatura, y yo me uno al aplauso) y a otros en crucificados (Haneke). El director austriaco sabe (muy bien) que es eso y no otra cosa lo que organiza el universo personal de un personaje y le obliga a estar en constante movimiento. Como ven, el cine de este hombre tan polémico, se desliza hacía lo que conocemos en literatura como relato breve o cuento. Y su estructura, la del cine de Haneke y la del relato breve (abierto) es muy difícil de interpretar. Cuando el crítico, por ejemplo, mira y no entiende, suele decir que todo es un desastre y se limita a decir que siempre es la misma historia. Por ejemplo, abundan las críticas que dicen de Caché que trata de la maldad, de su ausencia y que es más de lo mismo y que es una mierda y que no hay derecho a jugar así con el espectador. Pues no. Igual que dije en su momento que Funny Games es absurda (esta es de las que cierran la acción, qué casualidad), tramposa y no recuerdo qué más cosas feas; de Caché no puedo decir lo mismo.

Caché es inquietante y no habla de la maldad. No. Lo siento mucho, pero no. Eso es sólo un vehículo narrativo que nos lleva hasta lo importante de la historia. La fragilidad. La del ser humano y sus relaciones, la de la familia tal y como se entiende en occidente, la de la amistad, la de las parejas que se quieren o no dependiendo de lo externo. De la fragilidad del sistema que nos planteamos como forma de vida. ¿Desde dónde lo hace? Desde el lugar en que se rompen siempre los cacharros, desde esa cocina que conocemos como normalidad (la que desaparece en cuanto ocurre lo imprevisto, claro).

Georges y Anne (Daniel Auteuil y Juliette Binoche) viven tranquilamente con su hijo. Comienzan a recibir cintas de vídeo en los que aparecen sus movimientos más normales y dibujos representando a un niño vomitando sangre y un gallo degollado. Todo muy evocador para Georges que oculta a su esposa las ideas que le rondan. Su niñez aparece, de pronto. La ruptura, gracias a esa falta de comunicación es rápida. Con su hijo adolescente la relación se deteriora mucho, también. El desencuentro con los amigos es, cada minuto que pasa, más profundo. En fin un desastre. No descubriré nada más de la trama. Sería una pena. Es inquietante, perturbadora y tremenda.

Auteuil interpreta su papel magníficamente. Muy creíble. Binoche está bien a secas. Como Caché es una película de Haneke me temo que me repito si digo que abundan planos fijos muy largos (esto les parece a muchos sofocante por aburrido. Sin embargo, el que escribe piensa que forma parte de una voz narrativa que puede acercarse más o menos a la acción dependiendo de su intención. Esa es la clave, la intención del narrador que es distinta a la del propio Haneke. Lo que sí es un desastre es elegir una voz y, luego, mover la cámara de aquí para allá sin respetar esa voz. Eso sí que es insultante y patético). Además de esos planos fijos, la música no suena. La tensión narrativa llega directamente desde la imagen y su ritmo. La carencia de música no deja de ser un contratiempo cuando lo narrado presenta zonas de mayor o menor tensión. O lo arreglas con expresión corporal de los actores, o con los diálogos, o una focalización exacta o estás perdido. En fin, cine de Haneke, un director que arrastra del odio a la admiración (hablo de mí mismo) aunque siempre desde la reflexión provocada por su obra. Ojalá hubiera media docena de estos por aquí sueltos.

Voy a poner una pega que sí me parece importante. Igual que el lenguaje que se utiliza en literatura para narrar un sueño ha de ser el adecuado y muy distinto al utilizado para, por ejemplo, describir un paisaje, el que se usa en cine debe modificarse para contar una cosa u otra. Haneke es un esfuerzo que no hace nunca. Es lineal en su discurso (me refiero a los registros narrativos que utiliza). Existe un registro más próximo a lo onírico. Le guste o no. Y no se puede contar todo de la misma manera.

Pues eso. Que le echen un vistazo. Merece la pena. Además, descubrirán a qué lado están. Odiadores o amantes. Anímense.


feb 24 2013

Cosí fan Tutte: Suma de genios

Mozart fue un genio. Haneke también lo es. Mozart no fue del todo comprendido mientras vivía. Haneke tampoco lo está siendo. Como todos los genios, arrastran grandes amores y grandes odios. Creo yo que si se conocieran hoy, si quisieran representar Cosí fan Tutte, el resultado final sería la producción que se puede disfrutar desde hoy en el Teatro Real de Madrid (¡qué temporada tan buena va a terminar siendo!).
Es sencillamente extraordinaria. La música de Mozart, su gracia única al componer. La puesta en escena de un Haneke que nunca deja de plantear preguntas incómodas sobre zonas oscuras del universo (como hace en sus películas).
Esta producción resulta divertida y agobiante. Lo que parecía ser es, ahora, lo contrario. Elegante y sobria, hace atemporal el universo Mozart-Haneke (el vestuario y la iluminación son un claro reflejo de esa búsqueda de lo universal). Un elenco muy joven y poco conocido que deja un aroma en el teatro lleno de frescura, futuro y pasado.
La puesta en escena es perfecta. Todos saben lo que hay que hacer, no hay peregrinajes inútiles y vacíos de los personajes por el escenario, todo está colocado en el lugar exacto. Lo simbólico de las cosas se enfrenta con lo evidente de las personas (por ejemplo, el mueble bar que vemos en el escenario como refugio de los personajes que se atormentan con sus problemas mientras el público se ríe de ellos y de sus cosas). El decorado dividido entre lo más público y lo más privado, entre la soledad y la multitud, entre lo evidente o patente y lo desconocido. El universo dividido por una cristalera enorme. Cierto atrevimiento en el escenario de lo clásico frente a la candidez y el descaro de la juventud. Risas entre el público aplacadas por una angustia insoportable que llega desde las preguntas que nadie quiere contestar. Una producción extraordinaria que maquilla un mundo duro con elegancia y carcajadas.
Las voces muy bien. Y si algún pero se les puede poner (alguno hay aunque no demasiado importante) se compensa con las interpretaciones de todo el reparto sin excepción alguna.
Pero, además, esto es una ópera firmada por Wolfgang Amadeus Mozart. Y, con eso, está todo dicho. El talento de este compositor es tan abrumador que, cuando suena la primera nota de la partitura, el que escucha comienza a sentir emociones que ningún otro músico puede llegar a hacer vivir. Los hay malos, los hay buenos, los hay extraordinarios. Y, luego, encontramos a Mozart.
Haneke-Mozart. Mozart-Haneke.
Cosí fan Tutte (Así hacen todas) es una ópera muy divertida. Enredo, amores, infidelidad, daños directos, daños colaterales, daños imprevistos. Todo un entramado del que es difícil escapar. Interesante, hilarante. Escribió el libreto de esta obra Lorenzo da Ponte siendo la tercera colaboración entre los autores. Parece ser que el estreno no fue del todo exitoso y no se entendió ni partitura ni libreto. Es una ópera simétrica dentro del canon establecido cuando se escribió.
La dirección musical de Sylvain Cambreling es cuidadosa aunque no carente de la energía suficiente como para dar entradas perfectas tras los recitatorios, como matizar el arco dramático de los personajes o marcar los momentos alocados con el ritmo adecuado.
Del reparto formado por Paola Gardina, Juan Francisco Gatell, Andreas Wolf, Kerstin Avemo, William Shimell y Anett Fritsch, destacan estos tres últimos en los papeles de Despina, Don Alfonso y Fiordiligi. Avemo (muy divertida, impecable en su actuación y muy bien de voz) junto a Shimell (ni un error) dan una profundidad dramática a la obra desconocida hasta ahora por los matices introducidos por el director de escena. Les convierte en torturadores, maltratadores, personajes entre las tinieblas. Anett Fritsch, estupenda en todos los sentidos. Una elección de Haneke muy sobresaliente. Si mejora técnicamente (no le falta calidad aunque le aguarda la madurez como cantante) estamos ante una artista que dará mucho juego.
Si son capaces de encontrar una entrada, no pierdan oportunidad de pasar por el Teatro Real. Ya saben que yo nunca les engaño.
© Del Texto Nirek Sabal


mar 3 2012

La cinta blanca: Pegado al sillón por lo que me da la gana

Los artistas se empeñan en que sus obras expresen lo que ellos tenían en la cabeza cuando escribieron, pintaron o rodaron una secuencia. Presentan la obra que toca y la explican para que nadie mire aquello desde una perspectiva equivocada. Insisten en ello una y otra vez. Su obra dice lo que ellos quieren que diga. Pero no. De eso nada. La contemplación de una obra de arte es todo menos eso. Es verdad que hay gente que antes de ir a ver una exposición, leer una novela o ver una película, echan un vistazo a críticas, manuales, biografías del autor o lo que tengan a mano, de modo que, cuando se enfrentan con la obra, ven lo que ya les han dicho que hay. Y tampoco. Esa no es la forma. Permite poder repetir lo que has leído al que tienes al lado mirando (si te toca uno que entiende un poquito haces el ridículo), permite creer que sabes de esto o aquello. Eso es verdad. Pero impide lo fundamental. Nadie puede recibir una obra de arte explicada. Eso es, sencillamente, imposible.

Digo todo esto porque he leído que Michael Haneke hace grandes esfuerzos en sus películas por encontrar razones que expliquen la aparición del fascismo en Europa después de la Gran Guerra. Y supongo que eso es lo que hace. Cosa que por otra parte me parece más que bien y no me importa en absoluto. Y digo todo esto porque La cinta blanca, última de sus películas, me ha dejado pegado al sillón por muchas razones entre las que no se encuentra esa búsqueda de explicaciones. Me hubiera encantado, pero nada de nada.

Vamos primero con las malas noticias. Haneke utiliza un narrador (voz en off de un maestro de escuela) que olvida con facilidad durante algunas secuencias (muchas). Si eliges un punto de vista no puedes modificarlo para contar algo en concreto. Por ejemplo, si el narrador no sabe no puede contar. Así de sencillo. Haneke juega a que el suyo habla, a veces, de oídas. Y podría servir si no hiciera, en efecto, un cambio en el punto de vista. Esta es una gran pega de la película. Por otra parte, un mundo terrorífico, en el que todo gira alrededor de la envidia y de la brutalidad, no permite cualquier cosa al construir un personaje. En La cinta blanca tenemos un médico que es amante de la matrona de pueblo. Decide dejarla. Pues bien, la conversación que mantienen cuando él le comunica a ella su deseo de dejar la relación, es inverosímil. Un personaje puede tender a un extremo, por ejemplo, al de la maldad. Vale. Pero lo que dice ese personaje es completamente delirante. En la ficción también hay límites. Muy bien marcados. Y Haneke pasa por encima de ellos con cierta facilidad. Por último (en el capítulo de malas noticias) me sorprende que el director no utilice música (no lo hace casi nunca en sus películas) y que diga (esto es lo grave) que en la vida real no suena la música si no conectamos la radio o tocamos la guitarra. Ya lo sabíamos. Pero alguien debería decir a este hombre que sus películas no son eso que conocemos como mundo real. Es ficción. Creo yo que no pasaría nada, no perdería ni un gramo de intensidad su cine, al introducir música. Ciento cuarenta y cinco minutos son muchos minutos. Ya sé que esto es una apreciación muy, muy, personal. Pero me la perdonan ustedes.

Vamos con las buenas. La fotografía de esta película es deliciosa. Creo que se rodó en color (al menos eso me han dicho), pero se presenta en un blanco y negro absolutamente maravilloso. El reparto, sin excepción, hace un trabajo impecable. Haneke logra sacar lo mejor de cada actor y, muchos de ellos, son niños (misión imposible). El clima que logra es terrible, horroroso, agobiante. Y lo hace sin empujones. Se toma su tiempo para hacerlo sin que apenas lo note el espectador. Excepto en el caso del médico, los personajes son totalmente creíbles. En fin, podría seguir hablando de cosas que hacen del conjunto algo bello, tenebroso, inquietante. Pero me centraré en lo que me parece fundamental para no extenderme más de la cuenta.

Le guste poco o mucho al señor Haneke, su película habla de la duda. Lo del fascismo me parece muy bien aunque no me parece que un espectador sin avisar lo vea con claridad. Muchos me podrán decir que no, que lo que hace es plantear preguntas y más preguntas sin dar solución a ninguna de ellas, que no habla de la duda sino que la plantea como vehículo para llevarnos hasta donde nos quiere tener. Podría parecerlo, si, pero no es así. Dejar una narración sin principio o final claro (Haneke deja su película sin ninguna de las dos cosas) no genera dudas, no desarrollar la trama en su totalidad no genera dudas. No. Y Haneke no plantea cuestiones y las deja sin resolver. Al menos, no todas se quedan sin una solución. Lo que exige con su cine es máxima atención para que podamos solucionar esa trama (no he dicho inventar, eso es otra cosa). Los que se quedan a dos velas son sus personajes, su narrador. Esos viven y conviven con la duda a cuestas y el mundo se dibuja desde ese lugar y las consecuencias que añade a la vida de los personajes. No saber significa no poder vivir. Y todos los habitantes de ese pueblo alemán son ignorantes de sí mismos y de lo de otros.

Son muchos a los que el cine de este director, y La cinta blanca en concreto, les parece un tostón. Lo puedo llegar a entender. Por ejemplo, no todo el mundo está dispuesto a mirar una pantalla que presenta una toma fija en la que la acción se desarrolla al otro lado de la pared durante más de tres o cuatro segundos. Haneke tiende a la exageración con frecuencia y quizás no aporte gran cosa a la intensidad narrativa o a la carga expresiva. No a todo el mundo le agrada que la narración deje abierto tantos frentes. Aquí el problema se hace enorme cuando el espectador intenta rellenar los huecos. Gran error. Eso es especular. Nada de echarle fantasía a la cosa. Lo que nos cuentan es lo que hemos visto. Nada más. Sin embargo, yo me apunto a los que se quedan pensando durante días sobre cómo han planteado una cuestión fundamental para el ser humano. Espero que ustedes disfruten con esta película. ¿Prometen que la verán? Luego me cuentan.

© Del Texto: Nirek Sabal

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ago 14 2011

La soledad: La huida del cine

El cine de Jaime Rosales puede gustar más o menos. Comprendería que a muchos no les gustase nada. Pero es un cine honesto, un cine que busca un camino claro y transita lugares muy difíciles para convertir una película en algo tan cercano como la realidad misma.
Próximo en su concepto de realización a Michael Haneke, Rosales parece obsesionado con algunas cosas que, tal vez, el gran público reciba como aburrido y cansino. Planos fijos eternos, una simetría con vocación de infinita rota por líneas que impiden su perfección, diálogos casi vacíos que dejan un hueco enorme a los gestos, los silencios o los ruidos de fondo que toman una relevancia enorme y trasladan las imágenes a otra dimensión expresiva. Imágenes presentadas sin movimiento de cámara alguno. Cada secuencia está planificada con cuidado, casi con exactitud. Todo parece calibrado, revisado, probado y realizado desde una mecánica expresiva parsimoniosa y delicada.
Y esto es lo que puede resultar aburrido, repetitivo. Si no se mira con cuidado la película, es posible que la sensación de lentitud se convierta en desesperante. El ritmo es tan igual durante el metraje (gracias a un montaje medido al milímetro) que la sensación puede resultar la de estar viendo siempre lo mismo, el no pasar nada, que el tiempo está parado. Aunque esto es injusto. Al menos en el caso de La Soledad. Una excelente película llena de sonidos, de gestos y de matices que elevan la construcción del personaje a la máxima expresión. Al principio de la película, esos personajes, son muy distintos que al terminar. Parece que no pasa nada y ninguno de ellos es el mismo después de concluir el relato. Nada ni nadie es igual.
Introduce Jaime Rosales un elemento técnico en la narración que ayuda a que la acción sea demoledora para quien quiere ver. Desde la expresividad. Ese elemento es la polivisión. La pantalla se divide en dos partes iguales. Podemos ver el mismo escenario desde ángulos distintos, ver lo que sucede de forma simultánea, una conversación en las que las miradas se distancian y dibujan una distancia tan brutal que asusta (los planos y contraplanos, en cada lado de la pantalla, de los personajes sentados, uno frente a otro, dialogando son impresionantes). Además, repite secuencias en las que modifica la simetría llevando al lado contrario lo que había mostrado anteriormente. Eso provoca un cambio radical en el universo que dibuja el director. Las cosas han cambiado. El mismo lugar, los mismos personajes, pero nada es igual. Un gran acierto introducir ese elemento.
La Soledad cuenta la historia de Adela y Antonia. Adela deja el pueblo para vivir en Madrid. En la ciudad algo cambiará su vida y dejará a la mujer indefensa y sola.Antonia procura ser el eje familiar para que sus hijos progresen, pero se hace imposible. Queda aislada del mismo modo que Adela. Por supuesto, el tema de la película es esa soledad que destroza a cualquiera. Lo único que escuchamos es el ruido de la ciudad, las conversaciones de los personajes o el vuelo de una abeja. Nada de música. La fotografía no es especialmente brillante aunque la sensación es que se trata de algo premeditado. Relatar el mundo sin adornos es el objetivo. Los actores y actrices (todos y todas) se ven contenidos, integrados y defendiendo sus papeles con uñas y dientes.
La Soledad es una espléndida muestra de un cine que está obligado a llegar para experimentar una huída de sí mismo. Una exquisita muestra de lo que puede representar, en cualquier forma de narración, huir (también) de lo explícito, de lo fácil y de concesiones a la galería que convierten las obras en productos de consumo masivo.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jun 26 2011

El Castillo: El texto por encima de cualquier otra cosa

Michael Haneke es un director de cine que tiene mucho que decir. Frank Kafka es uno de los escritores más grandes de todos los tiempos. El castillo es una novela que les ha unido para siempre. Es posible que esto suene algo pomposo, pero no se trata de ninguna exageración.
La adaptación que hace Haneke de la novela de Kafka se ajusta al texto de forma casi exacta. Para ello, el director elimina algunas imágenes descritas en el texto original con detalle. Escapa de la contaminación visual que provocaría algo así en una lectura posterior del texto. Por ejemplo, el castillo que el escritor dibuja en la novela con detalle no aparece en la película. La subjetividad de la cámara se elimina, también. Haneke quiere limitarse a mostrar lo que Kafka dijo. Ni más ni menos. Con ello alcanza un notable parecido al espíritu de la obra; logra un escenario opresivo, imposible de entender; unos personajes muy pegados a los que Kafka quiso crear.
El Castillo es una adaptación para la televisión. Esto explica el ánimo del director al enfrentar el proyecto. Para Haneke, la televisión imposibilita totalmente la creación artística; es imposible hacer cine en ese medio. Esta afirmación es del todo dudosa (actualmente, una vez que los complejos han desaparecido, se ha demostrado todo lo contrario), pero marca de principio a fin el trabajo.
Sin música (esto es habitual en el cine que realiza este autor), sin ningún intento artístico, El Castillo presenta la llegada de un forastero a una aldea que pertenece a un castillo próximo. Todo está prohibido y se acepta al mismo tiempo por los silencios o los errores de un aparato administrativo descomunal. El amor aparece de forma absurda (¿no es el amor eso que aparece o desaparece de forma inesperada y ridícula?) y desaparece o es escondido a causa de razones diversas. Las relaciones personales son confusas y rozan el patetismo. A cualquier avance del personaje principal, K., hacia ese castillo se enfrenta una imposibilidad manifiesta por llegar hasta él, un alejamiento inesperado y desesperante. La integración en el sistema convierte al recién llegado en preso para siempre de la mecánica. Del mismo modo que la novela quedó inconclusa la película acaba de modo que el futuro es incierto. Se suma a esto un gran número de fundidos que sirven como elipsis que eliminan todo lo superficial, tal vez lo que nos resultaría más familiar a los espectadores.
La dirección de actores es estupenda. Todo podría convertirse en un disparate sin sentido, pero Haneke logra controlar cada gesto para que eso no ocurra.  Ulrich Mühe defiende su papel con maestría. Pero también están a la altura Susanne Lothar (el papel de esta actriz es especialmente difícil y, fácilmente, el histrionismo tendría cabida) o Paulus Manker. El resto es discreto y reflejo de la actitud del director.
Es posible que, de las adaptaciones de novelas al cine, esta sea una de las mejores muestras de fidelidad al texto original. Es posible que la unión entre Kafka y un director de cine no se vuelva a repetir con tanta claridad y con un resultado tan grande.
Echen un vistazo a la película si quieren descubrir a un director de primera línea. O si quieren ir conociendo a Kafka. Los que conozcan a los dos, prepárense para disfrutar de dos horas intensas y perturbadoras.
© Del Texto: Nirek Sabal


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mar 30 2011

Caché

Uno se coloca en un ángulo perfecto. Se reclina en el sillón voltaire en la posición más confortable y bajo una mezcla perfecta de luz natural y artificial justo a las 20:30 de la tarde. Una banda sonora grandiosa. Un tipo precioso clasifica viejos catálogos de arte sobre una alfombra impecable. Ni rastro de otros tiempos. La sombra gigante que proyecta su flequillo en la pared forma una montaña perfecta.
Desde fuera, en la calle, el plano secuencia de esta portada resulta delicioso, envidiable. Infinitos videoclips caseros así lo evidencian.
A uno le ha llevado años perfeccionar este plano encantador, hacerlo lo más profesional, dilatado y cinematográfico posible. Nos hemos mudado de casa, de pareja, de perro. Lo hemos descompuesto todo para volver a recomponerlo desde la perspectiva más acertada. Hemos colgado el cuadro exactamente dónde antes estaban las marcas de otros tiempos. Hemos centrifugado diariamente las sábanas; agotado los compuestos químicos en las paredes. Del beige, hemos pasado al azul turquesa, luego al verde pop y luego hemos terminado por forrarlo todo con un bonito papel de dibujos art decó.
Todo está bien así. Todos los fracasos están cumplidos. Nada nuevo que nos perturbe ya.
Una preciosa colección de sombreros clasificados por estación; un bronceado estupendo; una brisa en la terraza; un perfume caro; la edad más adecuada; la dieta más mediterránea, ningún sueño pendiente…

Todo está bien así, y, sin embargo, no dejamos de intuir la presencia de un malo en esta película. Y nadie más malo que el pasado invisible empeñado en cambiarnos, de repente, la iluminación perfecta de las 20:30.
Algo de ceniza ha caído en la alfombra. El chico maravilloso ha terminado su clasificación de catálogos antiguos. Una mancha de humedad acaba de atravesar la ciudad geométrica de papel en la pared. De repente las sábanas encogen, la pintura se cuartea, el bronceado se apaga… El pasado necesita de un portazo de verdad y uno ya no sabe exactamente dónde quedó la puerta.
Esta, más o menos, es mi reflexión sobre la cinta de Haneke en esta tarde perfecta. El pasado. Nada más melancólico y trágico que el destino de esta palabra.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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mar 27 2011

El tiempo del lobo: Mitología para entender el mundo

Según la mitología nórdica serán los lobos los que devorarán el sol y la luna justo antes del fin del mundo. Michael Haneke, muy en la línea de Thomas Hobbes, nos enseña a un hombre que no es más que un lobo para el hombre. Y lo hace desde una narración abierta de principio a fin. Lo que sucede no hay que comprenderlo como parte de un colapso total de la humanidad sino como desastres personales que suman convirtiendo el resultado en inexplicable, contradictorio e inevitable. La humanidad ha fracasado (el espectador no sabe porqué). Cada persona se enfrenta a su propia desgracia. Los hijos no encuentran refugio en los padres que tratan de sobrevivir como pueden y se distancian sin remedio (con Haneke siempre encontramos el terror en lo jóvenes); se convive con el horror porque es un ingrediente más de la vida (la escena de la violación en la estación del tren es, sencillamente, espeluznante); la muerte se instala con naturalidad junto a cada persona; el mundo es un infierno y los hombres han devorado el sol y la luna a base de acumular maldad y desinterés por todo lo que no sea él mismo. Ahora bien, Haneke deja la puerta abierta (casi siempre lo hace). Bien sabe este director que la fuerza de las personas puede ir mucho más allá y prende una luz de esperanza al final de la película. Lo que ocurre es que alimenta esa esperanza desde un lugar extraño, desde la propia maldad, codicia y brutalidad del ser humano. Podrá salir adelante por su condición y esa condición es la suma de todo lo que es.
Michael Haneke se apoya en Isabelle Huppert para ofrecer su propuesta. Espléndida, la actriz; espléndida la propuesta; no tanto el producto final. Escenas como la que abre la película es maravillosa aunque a medida que avanza la trama, la película va perdiendo fuerza de forma inevitable (es lo que tienen los grandes retos). La fotografía magnífica. La dirección de actores notable. Pero el guión se pierde en exceso en el drama individual perdiendo perspectiva sobre la totalidad de forma excesiva. Puede colar como guión aunque las expectativas que deja abiertas sobre filosofía y mitología no se ven cumplidas.  En cualquier caso buena y exigente película. Enfrentar al espectador con un sacrificio ritual que un crío decide realizar para engrosar el número de justos que han de morir para salvar la humanidad o la toma final (traveling lateral) desde el tren no es fácil. Ni es sencillo enseñar al hombre lo más sucio que lleva dentro para que lo valore. Ni son del gusto general los planos fijos eternos a los que nos tiene acostumbrados este director. Haneke se acerca peligrosamente a la zona más oscura, pero lo hace moviendo la cámara de forma magistral, guste más o menos. Lo bueno es, a veces, doloroso.
© Del Texto: Nirek Sabal

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nov 22 2010

Marchando otra de castañas

Wasteland

Un tal Lucy Walker firma un documental que retrata la vida de un artista brasileño llamado Vik Muniz, cuyas obras se realizan reciclando materiales, y esta vez ha decidido irse al mayor vertedero del mundo, el cual es un islote por el que solo se puede llegar a través de un puente y que está en Río de Janeiro. Todo muy bonito, los ecologistas están de enhorabuena, pueden sacar el champán. Los snobs y cantamañanas también. Pero yo no soy tonto, tal y como rezaba la promoción de una importante franquicia de hipermercados tecnológicos. Es un documental tramposo, hipócrita, falso, y todos los sinónimos que queráis encontrar del mismo estilo. Vale, lo admito, me salí a los 50 minutos, pensé en algún momento si aquello era de verdad una campaña ecologista, incluso tuve esperanza. Pero no, esta obra no es más que un despropósito egocentrista para hacer lucir y promocionar al llamado artista Vik, haciéndose pasar por mártir, creyendo que va a cambiar la vida de la gente que vive hacinada entre montañas de basura, posando para cámara mientras sus congéneres le hablan como si lo hicieran a una pared, un tal Vik que me la suda si es bueno haciendo su trabajo, porque lo único que quise en los 50 minutos que aguanté en la sala fue darle una buena paliza a ese hombre de sonrisa fría, falsa, estúpida. Lo dicho, ecologistas y snobs, seguid premiando este despropósito en festivales como Sundance, pero para mí, esto no es la realidad, es una publicidad de casi dos horas.
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The Temptation Of St. Tony

El argumento nos sitúa en la vida de un hombre que poco a poco lo va perdiendo todo, pero que a pesar de ello, intenta no perder su dignidad, un viaje hacia el infierno donde lo intentarán seducir pecados como la gula o  la lujuria. Una obra basada y estructurada en el Infierno de Dante (La Divina Comedia) llena de metáforas y paradojas sobre nuestra sociedad, una película que nos habla sobre la crueldad del ser humano, de cómo sucumbimos rápidamente a los distintos placeres, una crítica a la falta de moral, todo visto a través de nuestro protagonista que poco a poco se va derrumbando y sumiendo en una locura sin fin, donde las personas que lo rodean están aún peor y lo pondrán entre la espada y la pared. Una historia sobre la pérdida del amor, la frialdad de los sentimientos, pero también de la falta de la lógica, de la razón. La de un mundo sin valores y principios. Ciertamente, tengo sentimientos contradictorios con esta película ya que tiene momentos realmente buenos si vemos las escenas por separado (incluso brillantes, gracias a la música, muy grande ese tema musical y que podéis escuchar en el trailer, y la excelentísima fotografía), pero que en conjunto acaba resultando espesa al espectador menos avispado; y por otro lado, es claramente un ejercicio de rollo yo solo me lo guiso y yo mismo me lo como que encantará a bohemios y demás estamentos sociales pseudoculturetas que parece que solo han visto cine de Haneke y Lynch, y que le van estas películas checoslovakas como digo sarcásticamente a este tipo de películas que no conoce ni Dios. Ni Buda. Ni siquiera Espinete, joder.
© Del texto: Gwynplaine Thor
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nov 17 2010

La pianista: La extravagancia del mundo real no se toca

Que la vida nos lleva hasta lugares extraños y nos convierte, muchas veces, en eso que nunca hubiéramos imaginado, es una realidad. Las personas funcionan, se mueven por el mundo, como buenamente pueden. Cualquier cosa que suceda a nuestro alrededor nos parece posible (tal vez anormal, pero posible). Porque pasa y eso o hace posible. Es así de sencillo. Pasa y es. Todo es posible. Cualquier suceso, cualquier perversión en las personas, cualquier muestra de amor o de odio. El mundo es un lugar extravagantemente original e inopinado.
Pero todo esto forma parte del mundo, de la realidad. La literatura, el cine, la pintura o la música, tienen sus propios códigos, sus propios sistemas internos por los que evolucionan y sobreviven. Lo que puede ser verosímil en el universo no tiene porque ser creíble en una manifestación artística cualquiera. Esto que es tan sencillo de enunciar, que se ha dicho un millón de veces, parece que es desconocido para una serie de autores que, cegados por el afán de provocar y sonar en los foros como transgresores, cometen errores inexplicables, imperdonables y lamentables.
Ya he dicho alguna vez que Michael Haneke es capaz de lo mejor y de lo peor al hacer cine. Encuentra la tensión narrativa exacta para que sus personajes  aparezcan como auténticos y solventes o convierte su película en un encadenamiento de escenas absurdas, vacías, por las que los personajes se mueven incapaces de progresar, de establecer la más mínima relación entre ellos, sin que signifiquen nada. En algunas ocasiones (cuando el desastre marca Haneke aparece arrollador) las interpretaciones de los actores y actrices ocultan un poco el problema. En La pianista, el papel que defiende Isabelle Huppert es imposible aunque ella está sobresaliente. Hace cosas maravillosas con un personaje que se queda en el esperpento.
Dicen que Haneke intenta enfrentar al espectador consigo mismo a través de su cine; que desea provocar con escenas, sin artificios, reacciones ante el mal, ante los límites. Cosas así. Eso está muy bien aunque hay que empezar por conseguir que el espectador crea lo que ve. En La pianista lo que consigue es poco, más bien poco. Y el problema es la falta absoluta de una relación entre los personajes principales que sea mínimamente reconocible por el que mira. En un intento de forzar la máquina, Haneke, lleva a un extremo absurdo tanto a sus personajes como al espectador. Construir personajes con un perfil determinado para que sufran una modificación profunda justificada por algo absurdo no tiene sentido.
Para ser justo, diré que la película tiene cosas muy buenas. Por ejemplo, la presentación de la personaje principal (justo al iniciarse la la película) es original y deja una carga expresiva imponente. Erika Kohut (Isabelle Huppert) es profesora de piano en el conservatorio. Su mundo se presenta alternando las imágenes de manos interpretando piezas en un piano con las de los créditos. Vemos las manos y suena música exquisita. Leemos los créditos en silencio absoluto. Así es ella. O escucha música o se sume en un silencio total. Su mundo está fragmentado, destruido. Ya he dicho que la interpretación de Huppert es magnífica y la de Annie Girardot (es la madre de Erika) más que notable. La dirección actores de Haneke siempre tiende a ser sobresaliente. También resulta interesante la relación de la profesora con una de sus alumnas puesto que es el reflejo de la que ella vive con su madre. Pero eso es todo. El resto es otra cosa.
La profesora de piano vive con su madre. Es una tortura por el carácter posesivo e impertinente de una madre que ve a su hija del mismo modo que vería a una chiquilla. El carácter de Erika es frío, tosco, distante; no es capaz de expresar ningún sentimiento ni mostrar compasión con sus alumnos. Cuando no imparte clases, Erika, dedica su tiempo a visitar establecimientos dedicados a la venta de objetos sexuales para, por ejemplo, ver una película porno (busca en la papelera de la cabina y coge una servilleta usada por el usuario anterior para ir oliendo mientras la película pasa); para pasear entre los vehículos parados -en uno de esos cines en los que se ve la película desde el coche- buscando parejas que mantengan relaciones sexuales, mirar y, llegado el momento, orinar porque le pone la cosa; para cortarse con una cuchilla en algún lugar de la entrepierna (también le pone). En un concierto privado conoce a Walter Klemmer (Benoît Magimel), un joven apuesto que, de inmediato, se siente atraído por la mujer. El jovencito logra un puesto en el conservatorio para poder estar junto a ella. Erika, que es depravada, muestra una postura dura y dominante con el muchacho. Y llega el momento en que entablan una relación de pareja (digo esto por calificar esa relación de alguna forma aunque la relación no existe salvo desde el discurso de los personajes). Intenta que el joven se líe a guantazos con ella, que utilice objetos sado masoquistas y cosas parecidas. Al muchacho le parece que eso es una locura y no consiente algo parecido. Pero, poco después, se presenta en la casa de la pianista, maltrata a la madre, se lía a guantazos con la profesora, la viola y la insulta. Inexplicable. Bueno no, Haneke, aporta una solución. Como la profesora le ha indicado el camino el joven investiga para ver que pasa.
Todo esto lo cuenta el director con planos fijos eternos que no terminan de funcionar y con una sobriedad que termina siendo cargante. Intenta despertar en el espectador esa zona en la que el límite está cerca para que decida si sigue mirando o hasta dónde está dispuesto a llegar; pero, a mí, lo que me despierta es un instinto asesino innato ante la majaderías. Y un bostezo detrás de otro.
En fin, sé que de esta películas se han dicho muchas cosas. Muy buenas. Sin embargo, esta vez no me convence en absoluto. ¿Esta historia es posible? Pues claro. ¿Las propuestas que hace tienen una justificación dentro de la teoría psicológica? Pues seguramente. Pero ¿el cine es lo mismo que la vida real o es una representación de ella? No tengan dudas. Me parece un película de la que se salvan tres cosas. Nada más.
© Del Texto: Nirek Sabal

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ago 1 2010

Cine en la playa o cerca de ella

En verano tendemos a perder el tiempo. De lo lindo. Una forma de fingir que se pierde sin que sea verdad (así no tendremos que dar explicaciones a los que lo pierden a conciencia y nos pueden tachar de raros) es ver películas con un reproductor portátil que podemos llevar incluso a la playa. En el apartamento por el que nos han cobrado una pasta corremos el riesgo de dormirnos y pasar a engrosar las filas de perdedores de tiempo incontrolados.
Hay muchas películas que ver. Pero yo voy a recomendar unas cuantas que no son especialmente conocidas o están algo olvidadas por si alguien quiere echarles un vistazo durante las vacaciones. Escribiré sobre ellas durante el verano aunque (como ya habrán podido observar) mi opinión no les será de gran ayuda.
Si quieren dejarse llevar por un plató y llegar a intuir como funciona esto del cine, no tienen más remedio que ver la película que Cesc Gay dirigió y tituló V.O.S. Pasarán un rato muy agradable. Muy divertida.
¿Les gusta Woody Allen? Pues busquen una copia de La comedia sexual de una noche de verano. Si ya les gustaba su humor se lo pasarán en grande. Si nunca terminó de convencerles su cine, esta vez, caerán rendidos a sus pies.
Recomendar algo de Billy Wilder es algo que puede hacer cualquiera. Da igual la película que sea. Siempre se acierta. Supongo que ya han visto un millón de veces Con faldas y a lo loco o El apartamento. No estoy tan seguro de que hayan tenido ocasión de disfrutar con una película deliciosa que incluye un tema musical inolvidable (Senza Fine de Gino Paoli). Se titula ¿Qué ocurrió entre mi padre y tu madre? (lamentable traducción del original Avanti). Exquisita y divertida.
En verano nos podemos poner exquisitos como si fuera invierno. Parece que es obligatorio liarse a beber cervezas y comer bocatas olvidando lo que nos gusta. Si tienen tiempo y ganas agarren la copia de Solaris. La que firmó Andrei Tarkovsky. Inolvidable. Una buena alternativa podría ser Sacrifio del mismo autor. Si les pescan viendo esto puede que les tomen por loco. No pega nada con la arena de playa este tipo de cine.
Si quieren probar cosas nuevas y no conocen el cine de Michael Haneke pueden hacerlo con Caché. El concepto que maneja este director no deja indiferente a nadie. Se enamoran de él, le quieren asesinar por estafador o le hacen un monumento que cuando se inaugura es derribado por otros que echan espuma por la boca. Una tarde de calor que no quieran salir a sudar pueden aprovechar. No les confesaré en qué bando estoy hasta que pasen unas horas.
Y una última recomendación. ¿Recuerdan aquella película con estética de cómic en la que trabajaba Leonardo DiCaprio, Cameron Diaz y Daniel Day-Lewis? Sí, esa en la comienzan peleándose y terminan peleándose, esa en la que todo se resuelve a guantazos, esa que nos trataba de enseñar los orígenes de Nueva York. Gangs of New York. No es una mala opción. A mí me pareció fascinante. Ya les contaré el porqué.
Pues con estos títulos tienen suficiente para pasar los primeros días del mes de agosto. Prometo comentar cada una de ellas a lo largo de la semana. Mientras, disfruten de la arena, del mar y del cine. Sean buenos.

© Del Texto: Nirek Sabal