ene 12 2013

Layer Cake (Crimen organizado): Los bajos fondos desde la elegancia

El año 2004, Matthew Vaughn se estrenaba como director con el thriller Layer Cake. Mafia, droga, asesinatos, malos elegantes, malos bobos y malos muy malos.
El arranque de la película es muy prometedor, pero en el desarrollo presenta algunos problemas argumentales que empañan algo lo que podría haber sido un auténtico peliculón. La cosa se queda en un debut más que interesante.
Lo verdaderamente bueno de la película es esa mirada a las estructuras actuales de los bajos fondos. El cine negro nos mostró en sus orígenes un mundo organizado y compacto. Si conocíamos la base llegábamos a lo alto de la pirámide. Pero la realidad, ahora, es otra. Para poder operar con eficacia, una especie de caos estructural es el que abunda en el hampa. Todo está estratificado. Son tantas capas, situadas a diferentes niveles, las que forman el negocio que podríamos desmontar una de ellas y no pasaría nada de nada. Esto nos lo muestra el realizador con acierto. El otro ingrediente es el personaje principal. No conocemos su nombre aunque sabemos que es culto, educado, elegante, prudente, seductor y quiere abandonar el negocio porque sabe que ese mundo le es ajeno. Eso sí, no duda en ser un ser violento cuando se ve en peligro. Es el narrador de la trama y, por tanto, todo nos llega filtrado desde su punto de vista, desde su forma de enfrentar el mundo. El actor que encarna el papel es Daniel Craig. Muy contenido y disfrutando de su trabajo. Las mejores escenas de la película son para él (hay que pensar, por ejemplo, en la que se arrepiente y dedica todos sus esfuerzos en ahogar su penitencia con alcohol y drogas); bien rodada y un trabajo de montaje excelente. Durante toda la película se alternan planos que buscan la vivacidad narrativa y visual (cenitales y contrapicados fundamentalmente aunque los descuadres, también, son frecuentes).
Las interpretaciones son notables y se deja notar una dirección actoral cuidadosa y firme. Sienna Miller, Colm Meaney, Michael Gambon, Kenneth Cranham y Dexter Fletcher, son algunos de los actores más relevantes además de Daniel Craig.
Y hasta aquí las buenas noticias.
El gran problema es (como siempre ocurre en cine) el guión. La idea del guionista, J. J. Connolly, se queda corta y recurre a giros argumentales bruscos y carentes de un sentido y justificación suficientes. Esto hace que se complique mucho la comprensión por parte del espectador. Demasiadas vueltas de tuerca que hacen inverosímil el argumento en su zona final. Si añadimos que lo que se dice no es nada del otro mundo, la cosa se complica y termina siendo algo decepcionante.
La banda sonora no es la mejor. Al menos no está bien distribuida a lo largo del metraje. No molesta, pero ni aclara, ni matiza, ni aporta tonos a la imagen.
En cualquier caso, Layer Cake, es original, muy entretenida y podemos encontrar en ella cosas interesantes. Esos intentos que hace Vaughn rompiendo la linealidad espacio-temporal no dejan de ser atractivos aunque algo confusos en algunos tramos. La fotografía buscando las tonalidades mínimas, casi monocromáticas, aportan cierto brillo visual. Tal vez, al ser una primera película, el realizador se sintió inseguro y acudió a refugiarse en espacios comunes que empañan algo los logros. Lo peligroso de arrimarse a esos espacios tan sobados es que la cercanía con el tópico en grande (¿qué pinta la chica en todo esto? ¿Está porque en el cine negro siempre debe estar o hay otra justificación que se nos escapa?). Pero para ser justo, diré que sería muy bueno quedarse con lo mejor y perdonar lo menos bueno. Ya habrá tiempo de exigir más al autor.
© Del Texto: Nirek Sabal


nov 12 2011

Conociendo a Julia

Las emociones humanas, las inquietudes y los anhelos, casi  siempre son los mismos en todo el mundo. ¿Puede una vida, aparentemente ideal, emponzoñarse con un incomprensible sentimiento de hastío cuando un cree haber tocado techo? ¿Qué es lo que necesitamos las personas para romper la rutina, el tedio de la vida diaria; la aparente docilidad de la realidad, incluida la de pareja, que hace mucho que se transformó? Pues sentirnos especiales, sentirnos admirados.
Pero ese sentirse importante para otro, otro que no sea el que está esperando en casa (da igual que lo haga; en bata o zapatillas; ataviado con la mejor de la galas), no tiene nada que ver con la locura del amor (que sí con la del enamoramiento), nada que ver con querer lanzar algo por la ventana; sino que tiene que ver con la propia vanidad, con la autosatisfacción, con la necesidad de uno mismo de sentirse vivo. Nada más. Por eso, incluso ese objeto-sujeto de vanidad, casi nunca es importante, no es más que un medio de satisfacción íntima y personal, casi siempre muy prescindible aunque no lo parezca.
Y todo eso, todo lo anterior, es lo que precisamente le ocurre a  Julia Lambert (Annette Bening), actriz de éxito, brillante, inteligente, guapísima, divertida, chispeante, que a sus cuarenta y cinco años se encuentra de frente con el feroz aburrimiento de una vida plácida junto a un marido excepcional  Michael Gosselyn (Jeremy Irons). Un compañero perfecto al que ama aunque pueda parecer que no es así. Una mujer que se busca a sí misma y en esa búsqueda tropieza con el joven Tom (Shau Evans), un prodigio del arribismo que tras un romance fraguado en busca de un éxito futuro, devolverá a Julia a su verdadera realidad.
La película, dirigida por Istvan Szabo,  basada en la novela Theatre (1937), del británico W. Somerset Maugham,  es una auténtica delicia de película  que uno no sabría si clasificar como un drama o como una comedía, pero es la historia de una mujer que llegando a la madurez se debate entre enormes vaivenes interiores. Un conflicto que se sostiene y equilibra a través de la inexistente presencia del fallecido Jimmy (Michael Gambón), el director teatral que descubrió a Julia en sus comienzos y que se convierte en la voz de su conciencia a través de ese camino de reencuentro interior.
La película, que como ya he dicho es deliciosa, transcurre en el Londres de los años 40 y está perfectamente ambientada. Pero no sólo desde un punto de vista visual (donde se ha cuidado hasta el más mínimo detalle) sino que nos muestra, con un absoluto rigor, cómo transcurren las jornada de ensayos en el teatro de altura. El vestuario, las localizaciones son perfectas y delicadas, un lujo. La música exquisitamente escogida entre los grandes éxitos del momento, hacen de la película una auténtica gozada para los que adoran la estética de aquellos años inmediatos al inicio de la segunda guerra mundial.
Les recomiendo vivamente esta película, no sólo porque la interpretación que Annette Bening hizo de Julia es soberbia, espectacular y se come la pantalla a dentelladas, sino porque  muchos, llegados a esa edad en la que uno cree haber alcanzado el zénit, se verán reflejados. Porque Julia no es más que la exposición de la insatisfacción personal aún cuando se tiene todo. Es la búsqueda de la chispa perdida y la conclusión de que la chispa está en nosotros mismos. Pero los años son un equipaje valioso. Por eso la recuperación de la chispa, la recuperación del yo, escatimará el uso de la venganza.
Una película divertida, deliciosa y tremendamente fiel a la crisis de los cuarenta.
© Del Texto: Anita Noire


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feb 27 2011

El discurso del rey: Inseguridades

¿Quién no ha temido hablarle a una muchedumbre alguna vez? ¿Quién no se ha quedado en blanco por culpa de eso que llamamos pánico escénico? ¿Quién no la ha cagado a la hora de lanzar un discurso?  Creo que nadie. Todos hemos pasado por esos momentos desde que íbamos a la escuela, era puro miedo el tener que exponer unas ideas, un tema específico o el mero hecho de que estuvieran pendientes de ti cerca de 40 compañeros en un mismo aula, y un profesor también. Terror a caer en el ridículo, o en todo caso, aburrir a los demás. Lo cierto es que muchas veces esos miedos no se van ni siquiera en la madurez, como nos demuestra la historia de esta película basada en una pequeña (y casi desconocida) parte de la vida del monarca Jorge VI de Inglaterra, un hombre que padecía de un tartamudeo feroz y un miedo ininteligible a expresarse en público, o incluso hablar abiertamente de sus sentimientos. Un rey que fue coronado tras la muerte de su padre, Jorge V, y la abdicación de su hermano, Eduardo VIII. Todo ello a marchas forzadas y sin quererlo. Una persona que arrastró gran parte de su vida un absoluto complejo de inferioridad y que logró superar gracias a otras personas, su amada Isabel II (que sería la futura reina madre), y sobretodo, un hombre en la sombra: Lionel Logue, logopeda de profesión. Gracias a estas dos últimas figuras, el monarca inició un viaje en búsqueda de una seguridad y autoridad que necesitaba para hacer frente al poder nazi que se extendía en la década de los treinta y ya con la guerra en los 40; un viaje hacia sus frustraciones más profundas, aquello por lo que se quedaba paralizado y que Lionel libera de manera asombrosa en esta minúscula aunque importante parte de su vida; un viaje de aceptación de lo que realmente es, un hombre más en el mundo.
Es destacable la crítica que, en parte, se hace durante gran parte del film a la aristocracia inglesa, a todo aquello que viene de lo que llamamos sangre azul, ya que todos los personajes de esta clase social se retratan de una manera prácticamente burlesca, con grandes complejos y manías, con demasiados miedos a todo aquello que le rodea y que no responde a su autoridad, de cómo unos hombres con muchísimo poder son, en el fondo, seres inferiores. Para quien la haya visto, le recomendaría que volviera a ver la escena donde Jorge VI y Lionel se ven por primera vez (en la consulta del mismo logopeda), que viene a dar muestra de lo que resumo en líneas anteriores. Cambiando de tercio, lo que el director Tom Hooper nos propone es una película para dejarnos llevar por la ambientación de los años treinta londinenses, de preciosa factura, con unos decorados cuidados al detalle, con una recreación histórica envidiable (trajes, peinados, caracterizaciones), adornado con una planificación compositiva casi perfecta (algunas veces parecerá que estemos viendo lienzos), una música de corte clásico donde primará el piano como instrumento central creada por Alexandre Desplat, y sobretodo, una obra sustentada en todo momento por las magníficas interpretaciones de Colin Firth como el monarca tartamudo y Geoffrey Rush como su asesor y logopeda, dos actores en estado de gracia que hacen que no decaiga una historia con un guión que en manos de otros actores podría llegar al tedio, ya que éste discurso no da para más. Michael Gambon, Helena Bonham Carter o Guy Pearce vienen a completar el reparto.
En definitiva, estamos ante una cinta que podríamos definir como cuento bonito, que no daña la vista ni el cerebro, pero que no viene a contar nada nuevo, es el biopic que toca tragarse todos los años, con un duelo interpretativo soberbio que se llevará muchos premios y que será olvidada este mismo año o en los siguientes. Una pena. Bueno no, no es una pena. Yo me he divertido de lo lindo viendo actuar a Geoffrey Rush, porque ya salga en un castañazo o en una peli de puro entretenimiento, lo borda con su carisma. Otro apunte más: queda terminantemente prohibido verla doblada al castellano, bueno, eso y todas las películas que no sean de habla hispana, las obras hay que verlas tal y como se conciben. Y ya solo me queda decir una última cosa: God save the quee….the King.
© Del Texto: Gwynplaine Thor

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