may 29 2012

Memento: Recordando que somos mortales (Memento Mori)

La psicología del ser humano es fascinante y muy compleja. La películas que la abordan son fascinantes y muy complejas (las buenas) o un tostón inaguantable y estúpido (las malas). No suele haber término medio. Memento de Chistopher Nolan es de las buenas. De las muy buenas, muy fascinante y muy compleja.

Leonard Shelby (Guy Pearce) sufre una enfermedad que consiste en no poder generar recuerdos inmediatos (para los más curiosos apunto que se llama amnesia anterógrada, aunque me parece un detalle sin importancia puesto que si la enfermedad se denominase Putisteius Almodabile no cambiaría nada de nuestra percepción). Cada mañana despierta sin saber dónde está, pasados unos minutos no recuerda lo que ha ocurrido poco antes.

Teddy (Joe Pantoliano), Natalie (Carrie-Anne Moss), Sammy Jankis (Sthephen Tobolowsky), la señora Jankis (Harriet Sansom Harris), Catherine Shelby (Jorja Fox) y algún otro, son personajes que van construyendo a nuestro protagonista. Además de un perfil psicológico muy atractivo que yo no sé explicar (si tenemos por aquí algún especialista que deje un comentario por si nos enteramos de algo) la película es un ejemplo maravilloso de la ruptura lineal en la narración y una lección magistral de cómo el espectador se ve envuelto en la propia trama y en su diseño final.

La película narra tres cosas al mismo tiempo. Por un lado la historia de Sammy Jankis y su esposa. Leonard, el protagonista, va contando lo que le ocurrió a ese hombre (padeció la misma enfermedad que él ahora) y a su mujer. Las secuencias se presentan en blanco y negro, la narración es lineal, pero fragmentada ya que nos la presentan en distintos momentos de la película. Vale. Más secuencias en blanco y negro. Leonard intenta explicarse qué le pasa, qué ocurrió desde ese día que aparecen muertos en su vida y pierde la posibilidad de tener memoria inmediata. Leonard es Leonard. Narración lineal. Secuencias en color. Leonard cree seguir siendo él mismo aunque ya no lo es. El director nos lleva a ese momento en que él cambia fundiendo las dos historias. Porque, mientras las secuencias en blanco y negro van hacia delante en la trama, las que se presentan en color retroceden en el tiempo. Y se repiten para explicar lo anterior. Así hasta llegar a ese momento en que el Leonard en blanco y negro se convierte en el Leonard de colorines. Eso de contar al revés la historia y de repetir escenas hace que el espectador tenga que esforzarse por cuadrar las distintas partes de la acción. O se hace ese esfuerzo o no entiende nada de nada.

Leonard apunta todo para tener pistas sobre sí mismo, sobre lo que le pasa. En papeles. O tatuándose la piel. Son anotaciones difusas. El comportamiento de los personajes (de todos) también lo es. No sabemos qué pasa, qué creer, hasta bien avanzada la película.

Finalmente, lo que nos dicen es que el futuro de las personas se dibuja desde el pasado y que si ese pasado se distorsiona, el futuro cambia radicalmente. De hecho, la película intenta mostrar esto narrando desde las causas la historia de Leonard siendo Leonard (permitan esta licencia) y desde las consecuencias lo que nos presentan en color (Leonard ya no es el mismo).

La vida de cada uno de nosotros depende de nosotros mismos si queremos que así sea. Ese es el verdadero mensaje de la película. Es verdad que tenemos la venganza como vehículo para contar la historia, el tiempo es importante en la trama, la identidad personal o la memoria y su papel en la vida. Pero todo eso es un apoyo (sólo un apoyo) para desarrollar una tesis sobre la posibilidad de ser de un modo u otro.

Puede parecer (ya sé que sin ver la película no hay quien entienda una palabra de lo que he dicho) que la película es una especie de tortura para el que la ve. Nada más lejos de la realidad. Es interesantísima, divertida y mantiene un ritmo narrativo espectacular.

Echen un vistazo a Memento si no lo han hecho ya. Vuelvan a disfrutar de este peliculón si tienen ocasión. Y no olviden que ustedes no tienen ninguna obligación que no sea atender a lo que les cuentan, que no es su trabajo sacar conclusiones. Lleguen al final con tranquilidad, sin entrar en un juego que les proponen por si quieren ustedes meterse a detectives, un juego sin solución desde dentro. Sólo desde la butaca de casa la tiene. No se dejen embaucar.

© Del texto: Nirek Sabal


sep 18 2011

Women Without Men: La belleza del símbolo

Algunas películas resultan aburridas para el gran público porque no se entienden bien. Son propuestas muy exigentes que tienen un hueco concreto y fuera de él no funcionan. Son películas que no manejan lo evidente para contar sino que recurren al símbolo provocando en unos (los que son capaces de ir más allá de lo superficial) una fascinación desbordante y en otros un aburrimiento insoportable. Esto no hace que un espectador sea bueno y otro malo. No. Lo que demuestra es que existen diferentes tipos de espectadores para diferentes tipos de cine. Unos buscan la exquisitez, otros pasar un rato agradable frente a la pantalla. Por eso, encuentro injusto tachar de intelectualoides a unos y patanes a los otros. Es querer convertir el cine en una mofa de sí mismo o en coto privado para los menos.
Alguien que se atreve con el símbolo como herramienta narrativa debe saber a lo que se expone, el riesgo que corre. Porque el ser humano hace mucho tiempo que renunció a buena parte de sí mismo dando la espalda a lo simbólico y apostando por lo material, por lo superficial. Es lo que hay.
Women without men es una película excelente. Pero no a todo el mundo le gustará. La propuesta de Shirin Neshat está construida desde lo que representa cada cosa y no sobre lo que se ve de ellas, desde un tiempo histórico y narrativo difuso, desde un punto de vista muy complejo que nos arrastra hasta lo onírico sin dejar claro qué es real y que forma parte de la imaginación del narrador, desde una acción pasada que busca despertar sensaciones profundas en el espectador; desde una mezcla de religión, violencia, injusticia, incomprensión y espacios físicos cargados de un significado difícil de captar y comprender. Su película habla de las mujeres, de su papel durante un momento muy concreto de la historia iraní, de cómo el mundo puede ser dibujado con trazo diverso por cada una de ellas para que todo termine siendo la misma cosa. Envuelta en injusticia, en un poder atroz de los hombres que reducen a, casi, la nada. Es una película que exige del espectador (occidental) una atención y una comprensión nada habitual. No ya sólo por el contenido del metraje (en sí mismo es complejo, bello, profundo, enigmático) sino por la distancia cultural que hay entre oriente y occidente. Por ejemplo, buena parte de la acción se desarrolla en una casa de campo rodeada por un inmenso jardín. Una de las protagonistas, Zarin (papel que interpreta una escuálida Orsi Toth), ha llegado hasta allí huyendo de su destino. Parece recuperarse y, al mismo tiempo, el jardín florece apareciendo como un lugar bello y agradable. Más adelante, esa casa se llenará de gente. Intelectuales que repiten frases de otros para explicar las cosas, militares que recitan poemas para engatusar a las damas, miembros de la aristocracia iraní que se muestran vacíos e interesados por un poder protector con ellos. Zarin enferma antes de que lleguen, Zarin empeora mucho cuando ya están allí. Todo esto se explica teniendo presente lo que representa el jardín en el mundo islámico. Es un lugar de ostentación de prestigio en el que se puede tener paz, contacto con lo espiritual, Es un lugar en el que corre el agua purificadora y causante de la vida; agua en la que se refleja la luz que es, también, belleza y vida. El jardín representa un orden cósmico. Es el mundo que debería ser. Y conocer esto no es cosa habitual. El que no alcanza a saberlo puede perderse lo mejor e, incluso, aburrirse.
La fotografía de la película (Martin Shahrnush) está cuidadísima y es de una belleza que quita la respiración. Hacía mucho tiempo que el que escribe no disfrutaba tanto frente a una pantalla de cine. Fotografía que se acompaña de una música exquisita. La partitura de la película la firma Ryuichi Sakamoto. Y de un guión consistente, profundo y lleno de significado. Las interpretaciones son todas estupendas. Pegah Ferydoni, Arita Shahrzad, Shabnam Tolouei y Orsi Toth, no son famosas, pero da gusto ver cómo hacen su trabajo. Los diálogos, aunque sobrios, son suficientes para sugerir en el espectador esa forma de entender de la directora. A través de la palabra nos vemos inmersos en una imagen poderosa, de belleza descomunal.
La película habla no sólo de las mujeres sino desde las mujeres. También se habla de los hombres aunque estos forman parte del escenario sin apenas intervenir salvo que la violencia o la injusticia sean protagonistas. La película habla de la importancia de una mujer que está siempre expuesta a ser reducida en soledad. Muestra el lado femenino del cosmos, lo contrapone al masculino y nos ofrece como resultado el mundo en su dimensión más conocida.
Women without men comienza con una mujer, Munis, lanzándose al vacío desde la azotea de su casa. Durante la caída tendremos tiempo de saber por qué hace eso, qué hubiera hecho ella si hubiera podido vivir en libertad, qué piensa de la muerte propia y de la ajena, cómo estructura todo un cosmos. Un suicidio que funciona a modo de metáfora: cualquier camino para las mujeres lleva al mismo lugar salvo retiradas de un machismo estúpido, salvo retiradas en la belleza que salva cualquier vida humana. Antes y después de la muerte, del eterno silencio.
© Del Texto: Nirek Sabal


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nov 2 2010

Adivina quién viene esta noche: Padres atrapados en sí mismos

Un día. Un solo día en la casa de San Francisco de los Drayton en la América de 1967. Adivina quién viene a cenar (Guess Who’s Coming to Dinner) o la enajenación de unos padres al comprobar, que a la hora de la verdad no son capaces de aceptar con facilidad que su hija lleve a cabo las ideas de libertad e igualdad que ellos mismos le han inculcado.
Adivina quién viene a cenar o qué hemos hecho mal, (o qué he hecho yo para merecer esto, lo mismo da). Es fácil ser progresista cuando se vive en una burbuja que pueda parecer intocable, en un chalé estupendo con césped y una valla blanca, hasta que la burbuja, o sea tu casa, es invadida por un negro, -ahora diríamos afroamericano-, que viene a pedir la mano de tu hija, o mejor dicho, cuando tu hija viene a casa para darle su mano a un negro a la hora de cenar. ¿Y ahora qué cara ponemos?
Pues eso es exactamente lo que les pasa a los Drayton. Spencer TraceyKatharine Hepburn en su última actuación juntos en la gran pantalla. (Él moriría 17 días después del finalizar el rodaje). Una actuación soberbia por sí misma y por ser la última cuando Spencer estaba enfermo con enfisema, diabetes, y un corazón en las últimas. Dicen que las lágrimas de Hepburn eran reales cuando Spencer Tracey, en su discurso final le hace una increíble declaración de amor.
Una película valiente que pone el dedo en la llaga de una sociedad americana en una época en la que todavía había estados donde blancos y negros bebían agua en lavabos diferentes. Una película que pone de manifiesto que los negros también eran racistas, y es que a los padres del afroamericano Dr. Prentice tampoco les hace ninguna gracia que su hijo se case con una blanca, y mucho menos a la criada negra de los Drayton, a quien el flamante y encantador Dr. Prentice, interpretado por Sidney Poitier le parece poco menos que un sinvergüenza y un jeta, casarse con una niña bien, blanca de toda la vida, dónde se ha visto esto.
La coherencia es una actitud en la vida que traza una línea definitiva entre las personas que la practican y las que no. Se puede creer casi en cualquier cosa siempre y cuando se viva en cohesión a esas convicciones, con respeto por las de los demás y sin aspavientos, sin presunciones. Para mí, el quid de la película, el monumental cabreo del Sr. Drayton consigo mismo cuando comprende que cuando le tocan a su niña, no es capaz de ser coherente con toda una línea pensamiento que estimaba bien enraizada e inamovible.
Por suerte, el cabreo sólo le dura hasta la hora de cenar. Entonces los reúne a todos: su mujer, los novios, los consuegros afroamericanos, la criada negra, el Padre Ryan, y les impone un discurso incontestable, cuyo clímax se alcanza en el momento en que clavando sus ojos en los de Hepburn afirma: Lo único que importa es lo que sienten, y cuánto sienten el uno por el otro. Y si es la mitad de lo que sentíamos nosotros, será suficiente. En cuanto a vosotros (y ahora ya el discurso se relaja porque lo más importante ya está dicho), los problemas que vais a tener que enfrentar son casi incontables, pero no tendréis un problema conmigo.
Y después, se sirve la cena. El amor ha triunfado, la coherencia también.
© Del Texto: pyyk

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sep 19 2010

Madres e hijas: Preguntas sobre la ausencia

Rodrigo García Barcha, director de cine, no para de sorprenderme. Tengo aún presente Cosas que diría con sólo mirarla, me quedé colgada de Nueve vidas y, debo reconocer que en mi cabeza aún vaga Madre e hijas. Ando sorprendida, de verdad. Quisiera poder decirles muchas cosas de esta película y no sé si podré hacerlo o si llegaré a transmitir todas las sensaciones, ideas, y majaderías que por mi cabeza cruzaron mientras veía, gozaba y después pensaba en esta película. Quizá porque muchas de ellas son demasiado personales y poco tienen que ver con la cuestión cinematográfica, quizá porque jamás consigo transmitir lo que quiero cuando me pongo a escribir, pero voy a intentarlo.
¿Qué pasaría si mañana descubrieran que no saben nada de su pasado? ¿Si los que creían sus padres no lo fueran? ¿Si su madre les hubiera entregado en adopción cuando nacieron? ¿Cómo le explicarían a su hij@ adoptad@ que no sabe nada de su vida anterior y que eso no importa? ¿Podrían acompañarle en ese sufrimiento sin ser un estorbo para él/ella? ¿Entendería, esa persona, que no importa la biología sino que lo que importa son otras cosas muy distintas, como, por ejemplo, crecer siendo y sabiéndose querido? ¿Podrían vivir sabiendo que entregaron a su hij@ en adopción y que puede estar preguntándose mil cosas que nunca le podrán contar? ¿Qué pasa cuando uno toma una decisión equivocada y ya no cabe el retorno? ¿Qué pasa cuando las cosas no se dicen a tiempo? ¿Se puede querer sin ver, sin tocar, sin nada más que una idea que flota en la cabeza y que se va construyendo a golpe de sensaciones difusas? ¿Se puede parar una bola de nieve que ha empezado a rodar por una pendiente sin fin? ¿Podemos reponernos de los adioses no dichos?
Pues de todo eso es de lo que trata la historia que nos entrega, envuelta de una realidad brutal, alejada de la lágrima fácil, Rodrigo García. He disfrutado esta película. Me emocioné hasta las trancas y salí repitiéndome en la cabeza las preguntas que mencionaba. Preguntas hechas sin que nadie preguntara nada.
Creo que está claro que me pareció una película maravillosa, con mucha miga.
No pienso hablar de cuestiones técnicas, ni de mis cositas personales en relación a las preguntas latentes. Las primeras no me interesan esta vez, y las otras, dudo que a nadie de por aquí le importen. Sólo puede decirles que es una gran película, en la misma línea que las anteriormente realizadas por este director.
Las películas de Rodrigo García siempre están protagonizadas por un elenco importante de mujeres. Repite actrices, una y otra vez, película tras película y las exprime hasta sacarles lo mejor de cada una de ellas. El ritual se repite con Madres e hijas: una película coral. Un grupo de mujeres inmersas en su propio universo en el que los hombres son meros acompañantes sin apenas relevancia; mujeres antes cuestiones y momentos fundamentales de sus vidas, pendientes de resolver; mujeres a las que el azar de un destino trazado de antemano las pone a prueba continuamente. Mujeres que sufren amando y siendo amadas, a veces mucho, a veces poco, incluso nada.
Debo aplaudir la elección de las actrices porque cada una en su papel bordan su personaje. Están todas impresionantes, espectaculares. Tan reales que parece que se las va a encontrar en cuanto salga a la calle.
Elisabeth (Naomi Watts), una mujer de 37 años, adoptada en el momento de su nacimiento por unos padres con los que en ese momento ya no mantiene relación alguna. Es extraordinariamente bella desde su frialdad, tiene la vida montada a su aire, sin compromiso, así no hay expectativas que puedan verse truncadas. Pero la vida, que es tozuda, le da la vuelta a su mundo como si fuera un calcetín. Todo lo que era prescindible se le vuelve fundamental al quedar embarazada a pesar de tener una ligadura de trompas realizada a los 17 años. Karen (Annette Bening, es la personificación del encanto y la belleza de las arrugas que la vida dibuja en el rostro de una mujer madura), una mujer que vive, día a día, la ausencia de una hija que dio en adopción cuando tenía 14 años, siguiendo los consejos de su madre. Día tras día escribe notas con todo aquello que quisiera contar a esa hija que no sabe ni quien es, ni donde está y ni tan siquiera si vive. Sofía (Elpidia Carrillo), la madre que no ha podido perdonarse el haber destrozado la vida de su hija y arrastrará hasta el final de la suya el peso de una decisión que tal vez no le correspondía. Lucy (Kerry Washington), una mujer decidida a tener un hijo, de esos que nacen del corazón porque el vientre está seco. Una decisión tomada en compañía y asumida en la soledad del que pierde a su compañero por el camino por aquello de que la sangre es la sangre. El sufrimiento de la incomprensión y del desengaño.
Una película de ausencias, que se entrecruzan y que, como en la vida misma, te deja sin respiración cuando uno comprende el alcance de lo que le falta.
Una historia para perderse en ella, para pensarla, para pensarnos y para no olvidar que las cosas debemos hacerlas, decirlas, cuando las sentimos porque quizá mañana sea tarde, demasiado tarde.
© Del Texto: Anita Noire

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jul 5 2010

Avatar: Sigourney Weaver y su pelo rojo

Una historia contada un millón de veces. Disfrazada de película de vaqueros, disfrazada de película de conquistadores, disfrazada de película de piratas o disfrazada del tipo de película que pongamos. Eso es lo que nos presenta James Cameron en Avatar. No cuenta nada nuevo. Y cuando digo nada quiero decir nada.

Pocas personitas y mucha informática. Tampoco eso es nuevo. Eso sí, el espectáculo es grandioso. Creo que no exagero cuando afirmo que es lo más asombroso que se ha rodado hasta hoy.

Imaginación poca. Poquita, poquita. Mucho colorín para disimularlo.

Un dineral invertido. Un dineral (más mucho) recibido de vuelta. Tela, mucha. En eso no han escatimado. Ni los espectadores al pagar el precio de sus entradas, la compra de películas y todo tipo de objetos representando avatares.

Dicho así, usted estará pensando que la película me pareció una lástima al verla. Pues no. Me pareció fascinante. Y me lo pareció precisamente por todo lo que he dicho. El que firma (yo) es varón. Y, aunque parezca mentira, a los hombres los asuntos del amor nos interesan. Nos ponen (no sé cómo decirlo sin traicionar mi condición), tiernos. Sí, tiernos. Si a eso le añadimos una buena dosis de tiros, golpes, militares violentos e indecentes, batallas aéreas o terrestres, animales horribles y fieros y a Sigourney Weaver repartiendo candela, pues la cosa se pone de lo más atractiva. Es decir, eso de enamorarse con un revolver en la cartuchera nos pone.

Contar lo de Pocahontas no tiene mucho mérito. Y creo que es eso lo que cuenta con algún matiz y todo lo impresionante que aporta la técnica. Cameron puede contar en las revistas lo que quiera sobre biodiversidad, sobre imperialismo o sobre lo que quiera, pero en la película lo que se narra es una historia de amor rodeada de invasiones violentas. De ciencia ficción tiene (la película) los escenarios y el color de los personajes. Esto mismo contado en Badajoz con los paisanos de allí durante la invasión francesa sería lo mismo. Es decir, esto es un desastre de película y un despilfarro de dinero. Pero mola, porque las cositas del amor molan cuando se cuentan desde los lanzamientos masivos de misiles. Vamos, yo me he enamorado de la personaje na’vi, tan azulita y tan grandota.

Bueno, por dar alguna pista al que no haya tenido la oportunidad de ver la película, hago un resumen del argumento.

Pandora es una luna enorme de un planeta gigantesco. Todo allí es muy bonito. Pisas y se enciende lo que pisas, tocas y la reacción es una maravilla (las cosas se esconden, las cosas vuelan, las cosas hacen mil y una cabriolas). Los hombres han llegado allí para expoliar todo lo que pueden. Pero los habitantes de Pandora no terminar de ver claro aquello y pasan del asunto. Los hombres, superlistos, crean seres con aspecto na’vi que mezclan elementos genéticos de ambas razas. Lo hacen para camelarse a los paisanos de Pandora, pero nada, que ni así. El caso es que uno de esos híbridos (un avatar) termina enamorándose de la na’vi que mola más. La gracia es que tras cada avatar hay un humano que mueve a su personaje mientras duerme a distancia. Es decir, humano conoce extraterrestre y se enamora. Extraterrestre conoce humano y se enamora. Bien, el caso es que la cosa termina a guantazos, el humano pasando de serlo, la princesa azul colaba hasta las trancas del humano, el coronel violento muerto, las naves destruidas, todos felices o de vuelta a casa y esas cositas. ¿A que mola?

Pues me ha gustado. Puede parecer que estoy siendo irónico y que gasto mucha mala leche. Puede parecerlo. Pero no, me ha gustado mucho la película. Sobre todo Sigourney Weaver teñida de pelirroja.
A ver si saco un rato y les cuento lo que pensé cuando vi
Titanic de este mismo director. También me encantó. Pero ya se lo cuento otro día.

© Del Texto: Nirek Sabal

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jun 23 2010

Cuando Harry encontró a Sally: Ding, dong, un “pero” llama a su puerta

La guerra de sexos. Un hombre y una mujer. ¿Pueden ser amigos? ¿Qué pasa con la maldita tensión sexual? ¿Hay vuelta atrás una vez que se cruza la línea de la intimidad sexual? ¿Qué pasa cuando dos amigos se enamoran?

Harry Burns (Billy Cristal) y Sally Albright (Meg Ryan) se conocen cuando ambos están en la universidad. Sally se ha comprometido a llevar a Harry hasta Nueva York en su coche. Durante las 18 horas que dura el viaje iniciarán una conversación sobre la amistad entre un hombre y una mujer. Acabarán discutiendo, pero a partir de ese momento surgirá, entre ellos, una relación que se mantendrá durante años. En la vida de ambos aparecerán matrimonios y relaciones frustradas, intentos de emparejar a sus amigos. Y, al lado, uno del otro, apoyándose en lo bueno y en lo malo, Harry y Sally.

Los dos llevan años intentando descubrir que es lo que hace que, pese a los años, sean amigos. Harry cree que dos personas de distinto sexo jamás pueden ser verdaderos amigos, pues esa relación terminará indefectiblemente en la cama o contrayendo matrimonio, con lo que la relación de amistad estará finiquitada. Sin embargo Sally, cree que un hombre y una mujer siempre pueden ser amigos.

Desde luego, quien tiene un amigo tiene un tesoro. Los que tenemos esa suerte y tenemos ese amigo, podemos afirmarlo con toda rotundidad. Es maravilloso tener a alguien a quien poder llamar a las tres de la madrugada para llorarle porque has descubierto que el amor de tu vida se ha fugado con la más odiosa de las mujeres.  Es maravilloso tener a quien llamar para decirle que sólo tienes ganas de llorar y que tienes la cara como un loro de tanto moquear a solas. Es maravilloso tener a alguien a quien contrarle hasta las más peregrina de las tonterías y poder reirte de eso mismo o enfadarte hasta los infiernos sin tener que guardar  las formas porque sabes que mañana nada de eso pesará. Y es maravilloso que ese a quien llames pueda ser un tipo estupendo con el que nunca querrías ni irte a la cama ni contraer matrimonio. Pero siempre surgen los peros ¿Qué ocurre cuando uno de los dos se da cuenta de que lo que quiere es precisamente levantarse cada día al lado de ese que, hasta ayer, no habría entrado jamás en esa parcela en la que sólo debe entrar ese a quien se supone que amas? Pues que el desastre está servido, porque o bien uno acaba descubriendo que ese era el hombre/mujer de su vida, o acaba perdiendo un amigo. Así son las cosas.

Cuando Harry encontró a Sally, la comedia de Nora Ephron (su guionista) ponía sobre la mesa el tan debatido tema de si es posible una relación de amistad entre un hombre y una mujer. A finales de los años 80, los reyes de la comedia americana fueron Billy Cristal y Meg Ryan. Esta película la bordaron. Creo que nadie ha superado la química que había entre estos dos actores. Los diálogos buenos y acertadísimos, sin artificios raros, donde todo se pone sobre la mesa (no tiene desperdicio la escena en que Sally muestra a Harry la capacidad de  las mujeres para fingir un orgasmo y echar por tierra su ilusión de ser un seductor). Se acompañó de una banda sonora extraordinaria y de la espectacular ciudad de Nueva York de fondo (los paseos por la ciudad, son indescriptibles). Todo ello hace que ésta sea una de las mejores comedias románticas de todos los tiempos.

No tengo ninguna duda. Esta es una de mis favoritas. Los años la han convertido en un clásico de esta casa, una película que, pese al tiempo transcurrido desde que fue estrenada, no ha perdido ni un ápice de su frescura, de su buen humor y de la realidad que a veces toca a la puerta de esos dos amigos que se convierten en especiales por el juego de la vida.

No se la pierdan. Una joya de las comedias románticas del siglo XX.

© Del Texto: Anita Noire


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