jul 29 2013

Stoker: Un envoltorio precioso para un regalo modesto

Alguna vez, todos hemos recibido un regalo dentro de un fantástico envoltorio. Una caja estupenda, un papel envolviendo el obsequio que da pena estropear. El que no haya tenido una experiencia así ya la tendrá. Es cuestión de tiempo. El problema se presenta cuando el regalo es poca cosa o no gusta o es de mal gusto o es algo que ya fue usado y se sabe. Eso de que lo importante es tener un detalle pierde todo su valor. Entre otras cosas porque cuando se generan expectativas hay que satisfacerlas.
Stoker, del realizador Park Chan-wook, es eso, un magnífico envoltorio que esconde un disparate descomunal. Tanto es así que en el arranque de la película, hasta que lo fundamental de la trama se va descubriendo, lo que se ve perturba, inquieta, interesa enormemente. Pero el guión es tan flojo, llegado el momento importante, que todo se derrumba. Lo que inquietaba se ve ridículo, lo perturbador se hace estafa y el interés por lo que sucede en pantalla se evapora sin solución. El cine es lo que es y, desde luego, no creo que nadie pueda afirmar que sea una sucesión de fotogramas bonitos, una música envolvente y nada más. En una película, sea cual sea, lo fundamental, lo que hace de la experiencia algo único, es el sentido y lo que se quiere contar, eso que desde la ficción podemos integrar a nuestra vida como propio.
Stoker presenta una factura impecable,. La cámara de Park Chan-wook se mueve con elegancia, la fotografía es refinada y detallista, la música matiza lo que se ve, pero el guión de Wentworth Miller toma importancia y todo se acabó. Las preguntas asaltan y las respuestas se hacen imposibles. Es entonces cuando nada funciona. Ante estas cosas nadie se deja engañar.
Mia Wasikowska hace un papel que comienza resultando estupendo por lo misterioso del personaje y lo bien que la actriz transmite, aunque termina siendo aburrido y repetitivo porque ese personaje se desinfla. El de Matthew Goode no; ese resulta excesivo desde el principio. El actor hace lo que puede (mirar fijamente y tratar de poner cara de enfermo mental) aunque no es capaz de sacar adelante semejante despropósito. Un buen actor tampoco lo hubiera logrado. Y Nicole Kidman hace lo que puede con un personaje soso al que se le ve venir desde un millón de kilómetros.
La película no es original aunque trata de serlo. Este tipo de historias han sido contadas de forma similar miles de veces. Por ello, todo es previsible. Eso sí, estéticamente perfecto.
Una película está vacía aunque se introduzcan en la acción elementos que puedan causar cierto impacto. La violencia o el sadismo en sí mismos no son nada, necesitan de personajes que los pongan a funcionar, personajes que evolucionen. Y el espectador necesita comprender, entender el mundo que le presentan, saber qué está pasando sin que tenga que preguntarse cómo es posible eso o aquello sin posibilidad de dar con la solución.
Stoker es una película fallida, un trabajo dedicado al más puro onanismo en busca del aplauso fácil. Eso y poco más.
© Del Texto: Nirek Sabal


abr 17 2011

Los chicos están bien: Daños colaterales mínimos o inventados

Puede que me precipite y equivoque al decir esto, pero creo que los daños colaterales tras los tropiezos de una pareja con hijos no son tan tremendos como los padres piensan. Y ese es el primer error a la hora de empezar a poner soluciones: desviar la mirada hacia ellos, por pura protección, por supuesto (y como es debido), pero también para huir de su propios miedos.
Como en todos los matrimonios los tropiezos también llegan a la perfecta familia de Jules (Julianne Moore) y Nic (Annete Bening), dos madres homosexuales orgullosas de sus hijos adolescentes Joni y Laser, engendrados cada uno por una de ellas utilizando la inseminación artificial y el mismo donante de esperma. Un donante por el que Laser siempre ha sentido curiosidad y, cuando su hermana mayor cumple 18, le pide que descubra su identidad. Paul, que así resulta llamarse el padre biológico, es un hombre atractivo, independiente, vividor, y capaz de seducir a cualquier mujer; que pronto empieza a entablar una estrecha relación con sus hijos (con reticencia por parte de las madres) y a involucrarse en la perfecta familia de lesbianas. Hasta traspasar el límite. Y entonces, el mito del padre biológico perfecto, enrollado y además guapo, en armonía por fin con mis madres se desmorona.
Los chicos están bien (The Kids Are All Right) bien podría ser otro culebrón americano sobre el nuevo prototipo de familia que el hombre moderno ha inventado por necesidad. Sin embargo, Lisa Cholodenko ha sabido adecuar a la perfección el punto de vista. Sería imposible hacer de esta historia una novela y provocar la misma sensación en el lector que en el espectador: Todo es expresividad en esta película en la que no hay una sola escena gratuita, en la que los primeros planos predominan para que el espectador pueda recoger de las caras de cada personaje una pista sobre los valores familiares: un ceño fruncido, unos ojos en blanco, una melena sobre el rostro, una media sonrisa de casanova, unos brazos cruzados; un no parar lleno de señales indicadoras de cómo somos los seres humanos en familia y el modo inconsciente en el que engañamos y nos engañamos a nosotros mismos. Para que al final acabemos haciendo daño a los que más queremos.
Papelones los de Julianne Moore y Annete Bening. Muy bien también Mia Wasikowska (Joni, la hija) y  Josh Hutcherson (Laser, el hijo). Un conjunto muy creíble (incluso para los escépticos) haciendo cierta la posibilidad de que existan familias de madres lesbianas con hijos estupendamente educados y sin más problemas que los normales en cada fase de crecimiento. Una pareja homosexual con un reparto de lujo que se ve desestabilizada por Mark Ruffalo, Paul, el buenorro del donante, también a destacar por su actuación con la que seguro deja a todo el público femenino de la sala sonriendo pícaramente. Si Paul no hubiera irrumpido en la vida de esta perfecta familia, otra circunstancia hubiera sido el detonante porque el matrimonio es difícil, jodidamente difícil, son dos personas caminando a través de la mierda, año tras año, envejeciendo, cambiando, es un maldito maratón, y, a veces, llevan tanto tiempo juntas que dejan de ver a la otra persona; ven extrañas proyecciones de su propia basura. En vez de hablarse la una a la otra, dejan de ser racionales, juegan sucio y hacen elecciones estúpidas.
¿Hay algo más que decir? Ah, sí, que después (suele) llega el arrepentimiento, y el amor vuelve ser lo más importante, o ya es demasiado tarde para plantearse una ruptura si se pueden evitar los daños colaterales. Pero sea lo que sea, no hay que olvidarse de que detrás viene otra generación que, además de tener sus propios problemas, ha tomado buena nota de lo que debe o no debe hacerse, y de las consecuencias que ello puede traer. Y que también tiene voz y voto.
Y seguiremos inventando nuevos prototipos de familia, porque los tiempos cambian, y por necesidad, pero en esencia los valores familiares siempre seguirán siendo los mismos.
Por cierto, merecidísimo Globo de Oro 2011 a mejor película comedia o musical, y a mejor actriz (Annete Bening), además de las cuatro candidaturas a los Oscar y los numerosos comentarios de éxito que ha cosechado. Y eso que la presentación de este largometraje tuvo lugar en el festival Sundance, festival de cine independiente por excelencia. Sin duda, recomendabilísima. (Y no he llegado a comentar la banda sonora y los pequeños detalles y guiños dedicados a esos espectadores excesivamente observadores que buscamos el significado a un simple plano que nos muestra un póster en una habitación de una adolescente, o una marca de ropa en unos pantalones de jardinero).
© Del texto: Coletas


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