feb 15 2011

La semilla del diablo: Las cloacas del alma

El edificio Dakota en Nueva York data de 1.880 y está situado al oeste del Central Park en el número 1 de la calle 72. Originalmente, tenía 65 apartamentos, de 4 a 20 habitaciones cada uno. En el edificio hay ascensores y escaleras para el servicio doméstico. Las habitaciones principales están conectadas unas con otras a la manera tradicional, pero también había un pasillo que permitía el paso desde una habitación a otra. El edificio tiene un gran comedor, algunos de 15 metros de largo con techos de 4 metros de altura. La comida podía ser enviada a los apartamentos por ascensores principales. La electricidad era generada por una pequeña estación eléctrica y en la buhardilla había una zona de juegos y un gimnasio. También había jardín, campo de croquet privado y una pista de tenis.
Allí residió Lauren Bacall, Leonard Bernstein, Judy Garland, Boris Karloff, John Lennon o Sharon Tate, asesinados ambos en el propio edificio.
A día de hoy, sus apartamentos están valorados en millones de dólares, pero su curiosa comunidad de vecinos no deja cerrar una venta sin el consentimiento de cada uno de ellos.
Este es el escenario maldito dónde Roman Polanski rodó La semilla del diablo, un paradigma modélico del cine de suspense y terror. Una película dónde, el terror no radica en escenas violentas ni efectos especiales, sino en una creación atmosférica perfecta de obsesión y paranoia dónde una angustiada Rosemary Woodhouse es víctima de una conspiración satánica por sus vecinos.
Me llaman la atención varios detalles al documentarme sobre la película: que el demonio fue interpretado por Anton La Vey, el fundador de la iglesia de Satán; que el apartamento dónde fue rodada la cinta era el domicilio de John Lennon; que Charles Manson odió tanto la película por divulgar el mensaje demoníaco, que intentó asesinar a Polanski, y al encontrarse éste de viaje, terminó asesinando a su mujer, Sharon Tate y que, parece ser, que Polanski afirmó que no creía en dios ni en el diablo.
Muchos detalles de la película dan a entender la muerte de dios quedando el mundo dominado por los instintos perversos del hombre. La venta de almas al diablo está a la orden del día, la inmoralidad y la chapucería prevalecen sobre todos los principios y fundamentos, y eso, y no los lunáticos armados de hachas, es lo que nos da miedo. El mundo desconocido y secreto del alma humana.
Yo no sé ustedes, pero yo no dejaré de pasarme por el número 1 de la calle 72 cuando me acerque por Nueva York. Ya les cuento.
© Del Texto: Sonia Hirsch


Imagen de previsualización de YouTube


dic 11 2010

El gran Gatsby: Un desastre lleva a otro mayor

Una mala lectura de una novela provoca que el lector no se entere de nada. Si da la casualidad de que ese lector se dedica a la adaptación de novelas para hacer películas de cine, el efecto se multiplica considerablemente, puesto que nadie se entera de nada. Desde luego, Jack Clayton hizo su película sin tener en cuenta lo que quiso decir F. Scott Fitzgerald en su novela (El gran Gatsby es una obra maestra convertida por muchos y muchas veces en una novelucha). Se parecen poco relato y película. Pero poquito, poquito. Alguien podría decir que eso es cosa normal, que cada cosa es independiente de la otra. Y es verdad. Pero la cosa cambia cuando te venden la cosa como la adaptación definitiva, cuando existe una clara vocación  (en esa película) de plegarse al original. Lo intentan, pero todo sale mal.
Hay que resaltar un par de aspectos (por ser económico, ya que podría estar escribiendo sobre esto durante horas) que hacen de la narración de F. Scott Fitzgerald un desastre si no se manejan con solvencia.
Por un lado, el narrador (Nick). El punto de vista es fundamental en la literatura. La intención de la voz es lo que orienta el conjunto. Desde la primera línea, el rumbo de la narración queda marcado si elegimos un narrador personaje, que sea objetivo o cualquier otro aspecto. En esta novela, Nick ofrece un discurso que esconde mucho detrás de lo que dice. Es tan importante lo que no enseña que resulta absurdo no tenerlo presente. Por ejemplo, el campo semántico que se encuentra junto a lo que tiene que ver con la condición sexual propia y de otros personajes se omite. Ni una sola palabra en toda la narración puede darnos pistas de forma explícita sobre este aspecto. Pero un buen lector, alguien que quiere llegar más allá de las palabras, descubre muy pronto que eso obedece a una intención clarísima. El momento en que podemos estar seguros de lo que sucede es durante la fiesta en el apartamento de Tom. Se nos presenta eso de lo que Nick no quiere hablar como un hallazgo que hace deslizarse al relato hacia territorios de gran excelencia literaria. Y eso que descubrimos es la homosexualidad del narrador. Más adelante comprobamos que esa intención le sirve para proteger su intimidad y la de otros personajes (no desvelo más). Esto en la película no aparece ni por asomo, claro. Y las consecuencias son enormes. Las historias no se parecen en nada.
El otro aspecto al que quiero referirme y que vacía la película de todo el contenido con el que Scott Fitzgerald había armado su relato es el famosísimo cartel que vemos en la carretera frente al negocio de Wilson. Ya saben, ese cartelón semidestruido que anunciaba los servicios de un dentista. Un gran dibujo representando unas gafas, unos ojos y anunciando el nombre del doctor. Aparece en novela y película. Una lectura errónea y moralista puede llevarnos a pensar que eso representa la mirada de un Dios que todo lo ve. Pero eso es, sencillamente, un disparate. En la novela representa la voz narrativa; si quieren suavizar algo esta afirmación, representa la labor del escritor. Ver a Dios en ese cartel es convertir el trabajo de Scott Fitzgerald en algo pequeño y sin importancia. Pero claro, estamos hablando de los norteamericanos. Suelen hacer estas cosas dado el nivel de estupidez moral que han desarrollado desde hace mucho tiempo. Por supuesto, en la película nos encontramos con esta lectura.
En fin, cualquier parecido entre la película y la novela es fruto de la casualidad. En este sentido, el desastre es absoluto. Pero alguien podría decir que soy injusto al fijar la atención en esto y no en otra cosa porque, al fin y al cabo, la película en sí misma es una realidad independiente, autónoma, respecto de la novela. Como eso es cierto, vamos con la película.
Jack Clayton nos enseña lo que era la sociedad burguesa que residía en Nueva York de los años posteriores a la Gran Guerra. No hay otra cosa. Es cierto que lo hace apoyándose en una historia de amor entre sus protagonistas: un gángster hortera podrido de dinero y una imbécil de tomo y lomo que pertenece a una familia adinerada (él es Gatsby (Robert Redford) y ella Daisy (Mia Farrow)). Todo está contado desde el punto de vista de Nick Carraway (vecino de Gatsby y que interpreta Sam Waterson), aunque el director lo modifica porque no tiene más remedio cuando quiere centrar el objetivo en hechos puntuales (el asesinato de Gatsby, por ejemplo, que, posiblemente, es de las pocas cosas que pueden salvarse de la película). Desde el principio, todo es brillante (el uso excesivo de filtros hace que hasta los dientes de los personajes tengan un brillo insólito). Esa luminosidad va desapareciendo a medida que la tragedia se acerca. La gente baila, bebe y, sobre todo, se aburre con los bolsillos repletos de billetes. Mucho dinero, poca inteligencia, poca reflexión. Fiestas, infidelidades, traición, estupidez, muertes casi obligadas (ya saben, la moral y esas cosas). Poco más.
Las interpretaciones son correctas. Mia Farrow haciendo de imbécil queda de lo más creíble. Robert Redford haciendo de imbécil con pistola queda de lo más soso. La puesta en escena que logra Francis Ford Coppola es lo mejor de la película junto al vestuario. De hecho es lo único que tiene bueno en su conjunto. El resto hay que buscarlo aquí y allí. Porque la banda sonora es muy floja. Las piezas que se toman prestadas están gastadas y se convierten en una partitura que hace juego con Gatsby. El guión va de lo excesivamente literario (la voz en off que corresponde a la narración de Nick es literal de la novela) a lo excesivamente idiota (esto hace juego con Daisy). Si los personajes evolucionan algo es gracias al clima que se genera con esa puesta en escena a la que me refería. Desde luego, los diálogos no les hacen avanzar. Es lo malo de hacer trozos una novela y colocarlos entre ojos brillantes y gilipollez.
La novela de Scott Fitzgerald mal leída se convierte en un tostón. Eso se lo garantizo a cualquiera. La película de Jack Clayton es una lectura horrible de esa novela. Garantía de por vida. El uso elegante y preciso de una cámara no convierte en algo bueno un auténtico disparate.
© Del Texto: Nirek Sabal


Imagen de previsualización de YouTube