jun 29 2010

La vida secreta de las palabras: Una oca porque sí

No sé hasta qué punto uno puede ser objetivo cuando se encuentra frente a algo que hace alguien que te gusta, a quien admiras o incluso detestas. Las filias y las fobias son así. Uno se arrima mucho o se aleja otro tanto, en función de hacia donde bascula la balanza de las elecciones personales. Por eso, sé que el criterio para el análisis o la valoración de lo que tengo enfrente, en mi caso, se ve infinitamente mediatizado por esa tendencia a adorar lo que se corresponde a mis filias y a detestar lo que se arrima a mis fobias.
Pues eso es lo que me pasa con el cine de Isabel Coixet.
Me gusta Coixet, me gusta mucho. Por eso, a veces, cuando veo alguna de sus películas que no llenan las expectativas que de ella me había hecho, tiendo a buscar, en mil sitios, los rellenos para los “huecos” que creo la directora ha dejado abiertos.
Una vez más, recurre a sus actores talismán (Sara Polley, Leonor Watling, Javier Cámara) para sacar adelante, aunque a trompicones, una historia sobre personas. Lo de “historia sobre personas” puede parecer una obviedad, pero no lo es, porque no todas las películas cuentan historias de personas. Las de Coixet normalmente sí. Sin embargo, debo reconocer que ésta no es su mejor película. Pretende transmitirnos el dolor, el descoloque personal y el esperanzador encuentro de dos que sufren (por distintos motivos). Una historia que se resume en yo te cuido a ti, tu me salvas a mí.
Coixet aquí se pierde. La historia del dolor le queda coja.
El argumento: Un accidente en una planta petrolífera donde Joseph (Tim Robbins) sufre unas graves quemadura lleva a que Hanna (Sara Polley), una enfermera que trabaja en una fábrica de embalajes, a trasladarse a la plataforma para cuidar del quemado mientras éste no pueda ser evacuado (no sabemos el motivo, porque allí llegan todos en helicóptero, pero no se llevan al enfermo). En la instalación viven dos mecánicos que se consuelan de su soledad estableciendo una relación sentimental entre ellos, ajena a la vida de familia que tiene en tierra; un cocinero con mano magistral, Simón (Javier Cámara) que cocina platos de distintos países, acompañándolos de música de aquellos lugares, para no terminar loco; un oceanógrafo decidido a contar el número de olas que rompen contra la plataforma; un chico para todo; el jefe de la plataforma; el herido y su enfermera. Nadie más, junto a ellos, la inmensidad del mar del norte, y la presencia apuntada de Leonor Watling y una oca que recorre la plataforma, vaya ud. a saber porqué.

Pero Coixet, en esta película ha hecho trampas. Sí, y se le nota. Cuando no sabe como rellenar la historia del dolor íntimo y personal de sus protagonistas, se saca de la manga el conflicto de la guerra de los Balcanes y nos coloca una historia que, la verdad, queda rara, muy rara, en medio de la película y, para rematar, nos intenta dar una lección de moralina (la obligación de no olvidar el horror de la guerra. Como si eso no lo supiéramos). Y la mentira radica, en parte, no en que no existan historias como la que Hanna relata (que las hay), sino porque nos la cuela de matute, intentando salvar la película que se le hunde.
Creo que Coixet quería hacer una cosa y le salió otra. Superar Mi vida sin mí o Cosas que nunca te dije era difícil, complicado, y considero que Coixet, en esta ocasión, no pudo estar a su propia altura. La película le quedó lenta (los silencios no transmiten nada), el escenario (la plataforma petrolífera) es un elemento extraño que no se une a la historia para nada, los personajes de la película (los mecánicos, el oceanógrafo, el jefe de la plataforma), son todos prescindibles.
Podemos salvar la música, Antony and the Johnsons, pues ayuda a crear una atmosfera intimista que, por desgracia no se consigue ni con los diálogos ni con los silencios de los personajes. La fotografía, buena, sobre todo las imágenes del mar. Pero poquita cosita más.
Lo lamento, porque como digo, suele gustarme Coixet pero esta vez, no ha sido así. Ahora bien, que nadie se lleve a engaño, pese a la crítica, la dejo con mis filias.
© Del Texto: Anita Noire


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mar 26 2010

Dibujante de interiores. Mi vida sin mí.

El cine de Coixet tiene acérrimos seguidores y tiene detractores feroces. Yo siento una especial predilección por los filmes de esta mujer y en concreto por “Mi vida sin mí”.
Siempre he pensado que Isabel Coixet, además de una gran directora de cine y una genial publicista, es una buenísima contadora de historias. Es muy difícil contar cosas y contarlas bien a mí ya me parece una proeza. Por eso me gusta Isabel Coixet, porque sabe explicar las cosas, sobre todo la vida, pero no una vida cualquiera, no lo accesorio de vivir, sino la vida íntima, los sentimientos, las sensaciones de las personas.
Corría el año 2003 cuando se estrenó “Mi vida sin mí”, en ella se narra la historia de Anna (Sarah Polley) , una chica de veintitrés años, madre de dos niñas pequeñas, la primera de las cuales nació cuando ella tenía 17 años. Anna se gana la vida fregando suelos en una universidad a la que nunca accederá. Está casada con Don (Scott Speedman), el único hombre con el que ha estado en su vida y que pasa la mayor parte de su tiempo en el paro. Ambos viven en una caravana en el jardín de casa de la madre de Anna (Deborah Harry), una mujer derrotada por la vida con su marido en prisión desde hace once años. Anna empieza a encontrarse mal y descubre que le quedan pocos meses de vida. Frente a esa realidad, decide no someterse a ningún tratamiento que le impida poder estar con sus hijas hasta el final y opta por no compartir con nadie la proximidad de su muerte. Ahora, en su pensamiento y el motor de sus próximos días, todo aquello que sabe que no va a hacer ni tener jamás, pero que de pronto pierde importancia frente al inminente final y la relevancia que de pronto adquieren cosas en apariencia tan simples, pero tan definitivas e importantes, como decir a sus hijas, cada día, lo mucho que las quiere, buscar para Don una buena chica que les guste a sus niñas, grabarles mensajes de cumpleaños para que sus hijas los reciban hasta que cumplan 18 años; celebrar un gran pic-nic en Walebay con los suyos; fumar y beber todo lo que quiera, decir lo que realmente piensa, hacer el amor con otros hombres que no sean su marido para saber cómo es; hacer que alguien se enamore de ella, cambiar su lacio pelo e ir a ver a su padre a prisión.
Podrán parecer cosas estúpidas, pero no lo son. Son las cosas que cobran significado cuando uno se vacía de todo lo externo y se queda desnudo ante si mismo.
Debo reconocer que soy incapaz de transmitir las muchas sensaciones que en mi produjo esta película. Como he dicho, corría el año 2003, por aquel entonces, con motivo de situación complicada, mientras estaba en una sala de espera, en mi agenda escribí lo siguiente:

“Recibir un diagnostico fatal es algo que nadie quisiera tener que digerir y para lo que nadie nos prepara. Pero la vida es así, las cosas no siempre las podemos hacer a nuestra medida, ni siquiera podemos evitar lo que no quisiéramos que llegara. Las cosas pasan, aunque no hablemos de ellas. Necesitamos tiempo para encajar noticias fatales que sabemos tendrán un desenlace letal. No estamos preparados para saber que, en un tiempo más corto que largo, la vida va a dar un giro mortal. Recibir una noticia del estilo, se recibe siempre en solitario por mucha compañía que uno tenga sentado a su costado, por muy fuerte que le aprieten la mano y por mucho que, como si fuera un eco, resuene aquello de “esto lo superaremos”. Cuando se recibe una noticia de tal calibre, el día se vuelve noche y la vida se acorta, no en las milésimas de minutos que transcurren desde que uno se sentó en aquel butacón y comprendió lo que estaba pasando, sino en la infinidad de momentos y tiempos que estaban por llegar y que ahora ya sabes no lo harán. Y aparece Láquesis sosteniendo en el aire la pluma que pondrá el punto final a tu vida y eso ya no tiene remedio. Y todo se vuelve relativo. Se minimiza lo que hasta ayer era de una magnitud escandalosa y aquellas poquitas cosas, que por corrientes y normales han pasado desapercibidas, toman de pronto una relevancia vital. Por eso y porque en cualquier momento Clotos y Átropos vendrán a reunirse con Láquesis para entregarnos la Sentencia definitiva que ya ha devenido firme, es por lo que tenemos obligación de vivir nuestra vida. Pero esto sólo se aprende a golpe de grandes sustos y disgustos. Tenemos la obligación de vivir la vida que tenemos de la mejor manera posible, intentado no pasar sin pena ni gloria, sino viviendo intensamente aunque en ocasiones nos duela y sobre todo, para no tener que arrepentirnos nunca de lo que al final no hicimos.”
Creo que en esencia eso mismo es lo que la película nos quiere decir y yo me veo incapaz de escribir nada más porque creo que es una película que hay que ver, que hay que sentir. Véanla, y si ustedes no adoran a Coixet, como yo, quizás sí descubran a una buena contadora de historias.
© Del Texto: Anita Noire


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