ene 17 2014

Agosto: Catarsis familiar

Agosto es una obra de teatro que ha estado en cartelera en varias ciudades como Madrid y Buenos Aires, donde yo la vi. Su autor es Tracy Letts y las actrices que interpretaban a madre e hija protagonista de la historia en Buenos Aires eran nada más ni nada menos que Norma Aleandro y Mercedes Morán. Ahora se estrenó Agosto en los cines de Madrid y la veo una vez más, pero en esta ocasión en esta ciudad y a través de una pantalla, en dos dimensiones. El guionista es el mismo autor de la obra, Tracy Letts, y las mujeres protagonistas ahora son otras dos magníficas actrices: Meryl Streep, en el papel de la madre, y Julia Roberts, en el de la hija a la que me referí antes. El resto del elenco sigue pisando fuerte: Ewan McGregor, Chris Cooper y Juliette Lewis, entre otros.
Oklahoma, más de cuarenta grados centígrados de calor y un padre que se ausenta. Tres hijas que se movilizan para acompañar a su madre en esos momentos, las parejas de dos de las hijas y la hija adolescente de una de ellas; más una tía gorda, su marido y el hijo bobo. Por último, una chica que atiende las tareas de la casa, de raza india o native American. Todos alrededor de esta matriarca llamada Violet.
La película comienza con quien luego se ausenta: el padre y marido de Violet (Sam Shepard) contratando a la chica que cuidará de su esposa enferma de cáncer de boca. Y a los pocos minutos, esta Meryl Streep entra en escena, absolutamente demacrada, con una caracterización espectacular para una enferma de cáncer bajo los tratamientos de la quimio y los rayos. El padre, nostálgico, melancólico, como anunciándonos una despedida, cita a T.S. Eliot y ese plano inicial de la llanura seguido de su biblioteca se quiebra en la acidez, el cinismo y en el sarcasmo de Violet que irónica promete comportarse como una sweet sick.
Con el hombre ya ausente, los miembros de la familia se reunirán en torno a la mesa ovalada del comedor y se desatará la catarsis familiar esperable para este tipo de familias disfuncionales lideradas por una madre drogadependiente e hiriente y tres hijas con caracteres diferentes y situaciones amorosas particulares. El personaje interpretado por Julia Roberts es el de la hija de carácter fuerte, la que pone o intenta poner orden en la familia, la que acarrea con la culpa del dolor depresivo de su padre, pero también la loca, la abandonada y traicionada por su marido, la insoportable, la hostil, la que aleja a quienes más ama; la que se quedará sola, a pesar de todo y a pesar de nada. Las otras dos hermanas son, en cambio, más pasivas pero igual de independientes. Y ninguna de las tres querrá hacerse cargo de esa madre enferma y destructiva. El viaje, la mudanza a ciudades lejanas, es la alternativa de vida para cada una de ellas y ninguna renuncia a ello por la enfermedad de su madre, cosa que no nos hace pensar en ningún momento en egoísmo sino más bien en autoprotección, aunque la salvación al fin de cuentas no sea posible para nadie.
Como dice la narradora del libro La hora de la estrella de Clarice Lispector: Quién no se ha preguntado: ¿soy un monstruo o esto es ser una persona?, los personajes de Agosto también oscilan entre el lobo y el cordero, el odio y la compasión, la comprensión y la intolerancia, la honestidad y la traición, la solidaridad y el ego, la esencia y la materia. La escena en la que la madre y sus tres hijas están sentadas en el jardín, en una hamaca, escuchando un relato de la infancia de Violet narrado por ella misma, es desgarradora: la lágrima que no llega a rodar por la mejilla derecha de Meryl Streep, la mirada resentida en la interpretación de Julia Roberts, la salida de escena de Julianne Nicholson y la ingenuidad repugnante y algo patética del personaje de Juliette Lewis es una y solo una de las tantas, tantísimas escenas que hacen que salgamos de esta sala de cine devastados, agotados y compungidos. Algunas risas permiten calmarnos durante la película, respirar con más soltura, pero este es un drama, un dramón, y se siente en cada uno de los poros de la piel incluso cuando rítmicamente suena Eric Clapton.
© Del Texto: Flor Bea


oct 27 2012

El cazador: Promesas por cumplir

En 1.978, yo tenía catorce años. Parecía algo mayor y pude entrar en el cine con uno de mis hermanos. En aquella época pedían el carnet de identidad para comprobar si habías cumplido los dieciocho años, pero hubo suerte. El hombre de la entrada miró con la ceja levantada al cortar nuestras entradas. Sólo eso.

Ese día descubrí a Robert De Niro, a Christopher Walken, a una jovencísima y bella  Meryl Streep, a John Savage con el que repetiría en Hair poco después. Descubrí el cine de un tal Michael Cimino y la música de un tal Stanley Myers. Descubrí la guerra de Vietnam, lo que supone entrar en combate, las consecuencias de hacerlo, cómo el mundo cambia para todos (los que van al frente y los que no). Pero no terminé de entender bien la película. Aquellas situaciones tan extraordinarias me cegaron lo suficiente como para que no me enterara bien de lo que me contaban. Las escenas en la selva mientras los tres amigos están detenidos y obligados a jugar a la ruleta rusa son demoledoras, la caída desde el helicóptero de Michael y Steven (esas piernas destrozadas de Steven) es espeluznante, la última parte de la película en una ciudad destrozada de la que todo el mundo quiere huir y a la que llega Michael para rescatar a su amigo es angustiosa y una de las más emotivas y tristes de la historia del cine. El horror. El verdadero horror. Salí del cine pensando que había visto una película bélica con una introducción muy larga, que lo importante eran los helicópteros, los vietnamitas acribillados a balazos, la amistad entre jóvenes, una historia de amor. Y no. Pero con catorce años creo que es normal ver así las cosas.

El Cazador narra una historia muy sencilla. Sólo puede cumplir una promesa el que conserva sus principios intactos, el que no renuncia a sí mismo ni por amor, ni por dinero, ni por su propia vida. El Cazador es la historia de una promesa por cumplir. Cuando Michael (ya de regreso a casa) comprueba que lo que dejó atrás al marchar a la guerra seguirá siendo absurdo si no viaja para hacer que vuelva su amigo, que sólo siendo ese cazador que siente ser puede librar de la muerte a Nick, cuando siente eso, no se lo piensa dos veces. Regresa a Vietnam para cumplir la promesa que le hizo a su amigo. Pero Nick, drogadicto y completamente tarado, se levanta la tapa de los sesos recordando a su amigo que morir bien es morir de un solo disparo en la cabeza. Y el mundo se queda sin esperanza. Michael pierde a su amigo, a la que podría haber sido su esposa, a sus amigos. Nada queda intacto. Ni siquiera él pensando en si está bien lo que hizo o no.

Ya sé que debería hablar de cine, pero de esta película ya han hablado (con más o menos suerte) cientos de personas. Se pueden encontrar en la red miles de páginas sobre ella. Así que prefiero hablar de mí. Ustedes me lo van a saber perdonar.

Cada vez que me acerco a la estantería y elijo esta película para ver, siento un escalofrío. Sé que voy a sufrir, que voy a ver en la pantalla muchas cosas que ya me han pasado a mí (sin guerra de por medio), que las escenas se me van a quedar dando vueltas por la cabeza los días siguientes. Novias que no pudieron ser, amigos que no pudieron ser, actos de valor que no podrán ser nunca, mil promesas sin cumplir por esto o por aquello (siempre excusas idiotas), la muerte y lo que arrastra con ella, la vida y lo que embalsa de bueno o de malo. El Cazador somos muchos, pero no podríamos hacer esa película porque nos quedaríamos a medio camino (hasta que llega lo malo, lo difícil). Llegado el momento, nos convertiríamos en lo que realmente hemos querido ser. En todo menos en protagonistas de bellas historias envueltas en terror.

Siempre me ha gustado verme reflejado en los héroes de las películas (como a todo hijo de vecino). Casi siempre lo he conseguido aunque fuera inventando una vida lejana. En este caso no he sido capaz nunca salvo cuando tuve catorce años. Cuando creía ver otra cosa que no estaba. Por eso debe ser que esta película es una de mis tres preferidas.

Si quieren saber algo sobre la película busquen en libros o en la red. Esta vez, aquí sólo me encontrarán a mí. Una pérdida de tiempo total.

© Del texto: Nirek Sabal
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jul 4 2012

La dama de hierro: La mujer de mis sueños

Francamente, la vida de Margaret Thatcher no me interesa nada de nada. Ni lo que hizo, ni lo que dejó de hacer, ni si ha perdido la cabeza en los últimos años. Es lo que se viene llamando indiferencia absoluta. Lo que sí me fascina es ver películas en las que Meryl Streep interpreta sea lo que sea. Incluso en las que interpreta el papel de Margaret Thatcher. Es lo que se viene conociendo como fanatismo o enamoramiento perpetuo.
La dama de hierro es una película que relata la vida de esta señora británica. Pero termina siendo una clase magistral de interpretación a cargo de la señora Streep. A eso se reduce el trabajo de Phyllida Lloyd que elige a la actriz (de forma astuta) sabiendo que no tiene nada más que ofrecer. Si alguien quiere encontrar algo en el fondo de esta película que ni lo intente. Si alguien quiere encontrar elementos técnicos que sobresalgan haciéndose importantes que dedique sus esfuerzos a otra cosa. Esto va de Meryl Streep y su maquilladora.
El guión es una castaña. Pero Meryl (¡te queremos Meryl!) salva todo actuando. La propuesta no se conoce ni se conocerá porque bien podría haber sido un Informe semanal y hubiera sido lo mismo. Pero Meryl (¡eres la mujer de mis sueños Meryl aunque te caractericen de Thatcher!) llena la pantalla y convierte la nada en ella misma (algo maravilloso, por cierto). Nada es emocionante en esta película salvo ver a una de las mejores actrices de todos los tiempos.
Bueno, la cosa va de la vida de una señora que se dedicó a repartir estopa en medio mundo. Ya se lo saben ustedes, así que no les canso con resúmenes de tramas. Hacia el final, la directora hace un intento desesperado por encontrar la lágrima fácil del espectador aunque no lo consigue. Porque todos están pendientes de otra cosa. De la señora Streep. Es decir, la película no vale la pena. De principio a fin. Es una pena que un trabajo tan extraordinario de la actriz principal se quede sepultado entre tanta mediocridad y debajo de una historia que no le interesa a nadie. Al menos, nuestra querida Meryl fue premiada con un Óscar. Algo es algo. Desde luego que te premien cuando la película es tan floja es difícil.
En fin, que si quieren disfrutar de una actuación prodigiosa ya saben lo que tienen que ver. Pero del resto ya he avisado. A mí, plim.
© Del Texto: Federico de Vargas y Expósito


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ene 15 2012

Las Horas: Contar la vida y la muerte

La importancia de cualquier narración (de calidad) llega desde su utilidad para el sujeto. Algo no comunicado es algo muerto. Y algo que se narra (de calidad) conmociona, remueve la conciencia (da igual cómo o su intensidad) y modifica algo del cosmos personal de los que han escuchado, leído o mirado. Porque lo hacen suyo. El universo tiene, a partir de esa reacción un nuevo elemento más. Por eso, las grandes alharacas no siempre sirven. Pueden hacer que alguien pierda un par de horas entretenido, pero poco más.
Michael Cunningham escribió una novela (consiguió el premio Pulitzer el año 1999); David Hare adaptó ese texto creando un guión de cine; y Stephen Daldry dirigió la película. Las Horas. Espléndida conmovedora, profunda, emotiva, bella en su factura. Daldry buscó y encontró a Nicole Kidman (irreconocible y maravillosa en su papel); a Julianne Moore (verosímil, tan frágil como pedía el papel); a Meryl Streep (elegante, sin fisuras en su interpretación); a Ed Harris (perfecto en lo breve de su papel) y a John C. Reilly (en un papel muy secundario, pero con el que consigue una de las escenas más emotivas de toda la película). Y Daldry debió pensar que ya puestos a hacer buen cine, necesitaba una partitura sobresaliente. Contrató a Philip Glass y lo consiguió. El resto del despliegue técnico ayudó, sin duda, a que la película terminara siendo una excelente muestra de lo que es el buen cine.
Contar la vida es complicado. Contar la muerte también lo es. Y hacerlo por separado un error de principiante. El mundo es dual. La pregunta no debe formularse como ¿vida o muerte? La cuestión es tener claro que la vida es muerte y la muerte vida. Vida y muerte. Siempre van unidas. Y esto es de lo que trata esta película. La vida. La muerte. Y las diferentes formas con las que determinados personajes son capaces de enfrentarse a ello.
La novela de Virginia WoolfMrs. Dalloway, sirve de nexo entre tres mujeres, tres tiempos, tres vidas distintas con tres muertes añadidas. Un poeta enfermo será el conductor necesario para que el nexo funcione. La locura, la homosexualidad, el fracaso y el éxito, serán elementos que ayudarán a comprender lo que sucede. Toda una hermosa tragedia rodeada de belleza corporal y espiritual.
El guionista plantea cuestiones dolorosas e inevitables para el que mira desde la butaca. Por ejemplo, ¿hay opciones en la vida cuando un sujeto se plantea ser feliz?; ¿existe el perdón cuando no aparece el arrepentimiento? Y lo hace desde la crudeza que impone la realidad que asusta con su terquedad y que ordena nuestra libertad.
Los diálogos de la película son fascinantes. No dan tregua, cada secuencia encierra frases importantes. Las reflexiones de Virginia Woolf (personaje que interpreta Nicole Kidman) son enormes; los silencios (sí, los silencios) de Laura Brown (personaje que defiende Julianne Moore) son conmovedores; las prisas por decir sabiendo que el tiempo se acaba de Clarisa Vaugham (personaje de Meryl Streep) son descorazonadoras. Todo lo que dice Richard Brown (Ed Harris) tiene importancia. Él es la vida y la muerte. Aunque todos lo somos, ese personaje concentra la esencia de esa conjunción entre un lado de la realidad y el otro.
Pero si los diálogos son importantes las interpretaciones y el trabajo de dirección con los artistas lo son del mismo modo. Todo parece exacto, ajustado, pertinente.
Buena fotografía, una puesta en escena elegante; el vestuario, maquillaje y peluquería, impecables. Todo es su sitio. Todo es lo que tiene que ser. Ni más ni menos.
Las Horas es una película que se presenta con un ritmo pausado, algo lento, aunque es lo que requiere un guión de estas características. Las buenas reflexiones apresuradas suelen terminar en desastre. Y con este ritmo narrativo, el espectador está obligado a ceder ante la propuesta o abandonar. El que cede se garantiza una experiencia estupenda entre personajes difíciles de entender, en épocas diferentes, entre vidas y muertes diversas que terminan siendo la misma cosa. Siempre fue así.
Desde luego merece la pena ver la película, dejarse seducir por ella sabiendo que pisamos la zona gris de la existencia. Pero sabiendo, del mismo modo, que nuestro universo será otro distinto.
© Del Texto: Nirek Sabal


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nov 12 2010

Manhattan: Una hermosa caja llena de problemas

¿Hasta qué punto podemos confiar en las personas? ¿Un hombre o una mujer enamorados son fiables? ¿Son los adolescentes una banda de desequilibrados contestones o lo son los adultos que cumplen más de cuarenta años? ¿Se puede amar a alguien mientras se ama a un tercero? ¿Puede cambiarse un amor por otro sin que ocurra una hecatombe emocional?
Estas son preguntas que asaltan al espectador cuando echa un vistazo al cine de Woody Allen. Incluso en su primera época ya dejaba algunos apuntes sobre estos asuntos cuando hacía comedias desenfadadas, frescas y críticas con los sistemas. Y estas preguntas nos hacen colocarnos ante una situación incómoda. Depende de la edad del espectador, eso es verdad. Me refiero a ese tener que elegir entre la sensibilidad y la intuición por un lado o la inteligencia por otro. Parece que, según vamos cumpliendo años, estamos obligados a utilizar más esa inteligencia. Es cosa de jóvenes lo de permitir que sensibilidad e intuición arrasen con todo. Y digo que lo parece porque es la única forma de que no se organice un desastre a tu alrededor. Un jovencito cerebral que calcula todo o un hombre maduro que se deja llevar por sus primeras sensaciones en cuanto se le cruza una mujer nos parece un loco. En el caso de las mujeres ocurre lo mismo, claro.
Sensibilidad, intuición, inteligencia. Woody Allen, en 1.979, vuelve a meter los ingredientes en la centrifugadora y ¡voilà! Otro peliculón. Y, encima, mostrando un escenario completamente grandioso. La ciudad de Nueva York. Pero no cualquier Nueva York. Nos muestra esa ciudad que ama y lo hace con sumo cuidado, con una fotografía excelente (Gordon Willis), en un blanco y negro lleno de matices que convierte cada plano de la ciudad en una postal que todos quisiéramos enviar un día. Así, el propio escenario termina siendo un personaje más, un personaje que aparece sin descanso para que los otros (los de carne y hueso) puedan ir evolucionando interiormente y en sus relaciones con los demás. El actante perfecto es lo que construye Allen en Manhattan y con Manhattan. De paso, el director deja bien clarito que una cosa en la costa oeste y otra, bien distinta, la costa este. No hace falta que diga quien sale mejor parado de esta comparación.
Otro de los ingredientes que convierten la contemplación de la película en un momento inolvidable es la música de George Gershwin. Delicada, exquisita; mezcla de sinfónica y buen jazz. Temas como Rhapsody in Blue (en el inicio); He Loves, and She Loves o Oh, Lady be Good ayudan a convertir el metraje (ya en sí mismo fantástico) en una delicia. En la película, los temas están interpretados por la filarmónica de Nueva york. Pilotando Zubin Mehta. No se puede pedir más.


El guión fue cosa del propio Allen y de Marshall Brickman (viejo conocido del director). Como de costumbre nos presenta unos diálogos llenos de ingenio, originales, muy bien armados para que los personajes puedan evolucionar al ritmo que requiere la narración. Nada de lo que se dice, nada, aparece porque sí. Todo tiene sentido. El justo.
La dirección de actores es más que notable. Diane Keaton está como casi siempre, soberbia. Meryl Streep, aunque en un papel secundario, consigue una gran solvencia y credibilidad en su interpretación. Una jovencísima, Mariel Hemingway, da una lección de contención y de expresividad en cada uno de sus gestos. Y el propio Woody Allen llena la pantalla desde el principio al final de la película (entre otras cosas por el personaje que interpreta que es grandioso). Michael Murphy aparece en con papel menor, pero también está muy correcto.
Lo que cuenta Allen en esta película está rodeado, como es habitual, por los asuntos que le preocupan. La religión hebrea, las relaciones de pareja, el psicoanálisis, la crítica al mundo de la cultura, etc. Lo habitual. Un enorme montón de problemas. Y no pienso decir una sola palabra sobre la trama. Es una pena desvelar una sola cosa por pequeña que sea. Sólo un mínimo apunte sobre la escena final de película. Después de una carrera de Isaac Davis (Allen) por las calles de la ciudad (magníficas tomas), le vemos junto a Tracy (Mariel Hemingway). La conversación es un colofón estupendo y resume muy bien lo narrado. Ese aplomo de la joven (que durante toda la película parece ser la única sensata), esa otra forma de ver las cosas del hombre maduro, nos dejan claras las cosas. La referencia a la posibilidad de confiar en las personas cierra un peliculón. El resto de lo que cuentan mejor que lo vean y lo disfruten. De verdad que merece la pena. No se me ocurre mejor idea para un domingo lluvioso, por ejemplo. Ni para una tarde de sábado ventoso. O para un día cualquiera a la hora que sea y donde sea.
© Del Texto: Nirek Sabal


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oct 22 2010

La duda (Doubt): Lo implícito mal entendido

El lenguaje es un arma muy poderosa. La contaminación de eso mismo es letal. La imaginación no tiene límites. El miedo puede llegar a destrozar cualquier cosa que se encuentre por delante. Ya sé que el lenguaje, su contaminación, la imaginación o el miedo no adquieren importancia si no hay personas que los usen o ejerzan. Y es en ese momento cuando aparecen nuevos ingredientes que complican mucho cualquier asunto que se trate con o desde esos elementos.
Eso es lo que trata de abordar la película del guionista y director John Patrick Shanley. Y lo hace de una manera muy eficaz, intentando que sea el espectador el que se involucre en la acción para dar sentido a lo narrado. Pero esto resulta ser muy eficaz por tramposo. Alguien con un criterio claro (el que sea) al valorar el cine, alguien que no se deje llevar por cualquier propuesta en la que tenga que asumir tareas que no le corresponden e, incluso, el que demande una dosis de información que aclare lo que está pasando, saldrá irritado de la sala (de cine o de casa) después de ver la película.
Está muy bien sugerir al narrar, esta muy bien expresar para que el espectador crea lo que pasa sin tener que asumir como cierto lo que la voz narrativa dice (podría tener intenciones que nos llevaran a sacar conclusiones erróneas) y está muy bien buscar la forma de contar que no sea exclusivamente informativa. Todo eso está muy bien. Pero el problema es no dar con las dosis adecuadas de cada ingrediente. Recortar la información no puede convertirse en una actitud cicatera con ella. Eso es un error monumental. La propuesta de John Patrick Shanley es esa y la hace apoyándose en algo completamente absurdo. Hablo de la duda y la genero en el espectador para que la experimente. Resultado: todo queda difuso, no pasa nada, los diálogos (que podrían ser brillantes sin esta carga tan pesada) se convierten en palabras huecas. Eso por un lado, pero, por otro, me parece que esa experiencia ofrecida al espectador sobra. No es algo inalcanzable. Con despertarse por las mañanas es suficiente para tenerla sentada a la derecha. Busca el director una salida airosa introduciendo asuntos religiosos, trascendentes, niños (muy impresionantes en estos casos); asuntos prohibidos por las promesas pasadas; asuntos dudosos porque el pasado existe. Cosmética, puro adorno. La película se vacía desde muy pronto. La secuencia en la que el sacerdote abre una taquilla, deja algo dentro y de va ya indica, claramente, que la cámara se moverá al ritmo que demande una trampa enorme, que irá como gallina sin cabeza detrás de la voz que más convenga para llevar al espectador a un territorio lleno de lodos.
Puede colar esta película por otras razones. Como ya he dicho, algunos de los diálogos son estupendos (aunque luego no sirvan de nada al topar con la torpeza de un mago sin chistera); las interpretaciones son notables (Meryl Streep, soberbia; Philip Seymour Hoffman, notable; Amy Adams defendiendo un papel bastante soso con nota alta); la banda sonora se acopla al ritmo narrativo sin estruendo, pero con acierto. En fin, todo en su sitio. Por esto puede colar.
Por no ser injusto, diré que algunos detalles están tratados con acierto. Por ejemplo las apariencias. El sacerdote luce las uñas de las manos algo más largas de lo habitual. Y se las muestra a los niños del colegio para que comprueben que aún así pueden estar limpias, para que les sirva de ejemplo. La directora del colegio, la hermana Beauvier, cuando mira las manos del sacerdote ve las de un hombre con tendencias peligrosas para un colegio de niños. Me vino a la cabeza, cuando veía esta escena, la historia que me contó mi padre en una ocasión. Yo miraba a un muchacho con pendientes (era la primera vez en mi vida que veía algo así, eran otros tiempos), miraba, y cuando iba a decir algo, mi padre levantó la mano para que no lo hiciera. ¿Sabes quiénes son Daoiz y Velarde? Pues son héroes de la guerra de independencia española. Al morir llevaban sus aros colocados en las orejas. Como esos que ves. Era la forma de distinguirse frente a los otros porque habían estado en Filipinas. Así que antes de decir algo te lo piensas. Pero no todas las propuestas que aparecen a lo largo del metraje están bien resueltas. La tacañería en la información y ese afán por generar sensaciones no terminan de funcionar bien. Al cine se va a muchas cosas, pero una de las fundamentales es que vamos a que nos enseñen un cosmos, a que nos lo cuenten desde un lugar privilegiado. Incluso a tener sensaciones y experimentar cosas nuevas. Pero a lo que no vamos es a inventarnos las cosas. Eso lo podemos hacer en casa y gratis.
©Del Texto: Nirek Sabal


oct 21 2010

Julia, el ensimismamiento por un recuerdo

Julia, (1977), de Fred Zinemann, interpretada por Jane Fonda, Vanessa Redgrave y Jason Robards. Como anécdota, un pequeño papel para una jovencísima Meryl Streep en su debut en la gran pantalla. Nominada a 11 Oscars de la Academia de Hollywood de los que finalmente consiguió 3, Julia está basada en un capítulo de Pentimento, la novela que relata una parte de las memorias de la escritora y dramaturga progresista Lillian Hellman, (Nueva Orleans, 1905 – Martha’s Vineyard, 1984).
Narra la historia de la extraordinaria amistad entre dos mujeres, Julia, (Vanessa Redgrave) perteneciente a una excéntrica, aristocrática y multimillonaria familia escocesa, y la propia Lilly, (Jane Fonda) desde su infancia, adolescencia y primera juventud, hasta que Julia se marcha a estudiar Medicina en Oxford y más tarde Psicología en la Universidad de Viena con Sigmund Freud. Lilly se queda en Estados Unidos y se convierte en una escritora de éxito. Cuando Julia se involucra en la batalla contra el fascismo y la causa judía en los oscuros años 30 que preceden a la barbarie nazi, le pide a su amiga Lilly que haga un largo viaje desde París a Berlín para llevar a cabo una peligrosa misión, más aún para una intelectual de izquierdas de origen judío.
Es Lilly, temperamental, insegura y reflexiva, quien inicia el relato en su vejez narrando en un tono intimista y objetivo su relación de amistad con tintes de atracción entre ambas mujeres, sus duros principios como escritora con el apoyo de su amante y mentor, el escritor de novela negra Dahsiell Hammet (El Halcón Maltés), el intrigante y comprometido viaje en tren para volver a ver a su amiga y demostrarle su amor incondicional, y el trágico desenlace de la muerte de Julia y la búsqueda por toda la región de Alsacia de la hija que ésta había tenido.

Me gusta esta película por el ritmo pausado, la banda sonora de Georges Delerue, los escenarios naturales, -esa casa en la arena frente a la playa de Nueva Inglaterra-, la excelente interpretación de los tres actores principales, los continuos flashbacks, los ojos inquietos de Lilly, la personalidad y el amor desinteresado de Hammet en esa relación increíble con su discípula, la lucha por las libertades y la igualdad de las clases sociales con las que los tres personajes se sienten comprometidos, y sobre todo, por la pulcritud y elegancia con que se narra la fuerte y peculiar relación entre las dos mujeres.
Cuenta Angel S. Harguindey que cuando Fred Zinneman elaboraba el guión de Julia, albergó dudas sobre si ambas habían o no mantenido una relación sexual. El propio Zinemann se lo preguntó a la escritora, y ésta, tras permanecer un buen rato ensimismada, le contestó que no se acordaba de ese detalle, pero que en cualquier caso, eso no cambiaba los sentimientos hacia su amiga.
¿No es una respuesta extraordinaria?
© Del Texto: pyyk
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may 26 2010

Julie y Julia: Lo que nos llena


Hay días que uno sólo necesita ver la cara amable de las cosas. Hay días que hasta lo más aciago deja de tener peso si encuentras un puntito dulce en el que recrearte y eres capaz de relamerte buscando la dulzura que, a veces, no tiene el día a día.
Las películas de Nora Ephron tienen eso, pueden parecer comedias dulzonas, a veces incluso empalagosas, pero no se dejen engañar. Una fotografía amable, un final feliz, es un bonito disfraz; la noñería puede enmascarar muchas más cosas de las que parecen mostrarnos a priori.
Metan el dedo en la tarta, rebusquen entre la nata y encontraran, como ocurre con el roscón de reyes, una sorpresa. Es el caso de Julie y Julia, una historia de desconcierto, hastío y necesidad de búsqueda de cosas propias que llenen la individualidad, el mundo particular de cada uno. Nuestra intimidad, la necesidad de hacer cosas por nosotros mismos, para deleite o disfrute única y exclusivamente nuestro.
Una mujer Julie Powell (Amy Adams), con vocación literaria y una novela guardada en el cajón de su casa, trabaja para la administración del Estado de Nueva York, escuchando a las víctimas del 11S, y recogiendo las quejas, sugerencias y lamentos de las victimas de aquel suceso. Un trabajo que no la satisface y que la tienen al teléfono, todas las horas del día, escuchado reproches e historias inmensamente tristes. Junto a su marido, cambian de barrio, alejándose del espectacular Brooklyn para instalarse en Queen. Sus amigas, unas obsesionadas con sus puestos directivos y su aspecto físico, le producen una enorme insatisfacción y la sensación de estar fuera del mundo.


Se siente profundamente insatisfecha, sin nada que le permita desconectar de un mundo y conectarse con ella misma. Una afición: la cocina. Una idea: aprender la verdadera cocina francesa. Un objeto: el libro “Dominando el Arte de la Cocina Francesa” (Mastering the art of french cooking), clásico libro de cocina de la célebre cocinera Julia Child (Meryl Streep). Un objetivo: Cocinar todas las recetas del libro en 365 días mientras explica en un blog personal lo que va experimentando, a diario, con su nueva afición. Una consecuencia: el reconocimiento de su capacidad y su vocación como escritora, el relleno del vacío que su vida privada, íntima y personal tenía.
A lo largo de la película, la vida de Julie, el presente, y la de Julia, el pasado, se irán reencontrando, una y otra vez, mostrándonos los continuos paralelismos entre ellas. No en sus vidas del día a día, sino en sus sensaciones, inquietudes y necesidad de lugares propios y únicos.
Me gusta la película. Me gusta mucho. No se dejen engañar, la vida a veces es una mierda, pero cuando encuentras aquello que te llena, a ti (sin intervención de tercero, sin necesidad de complacencias), y puedes dedicarle algún tiempo, por poco que sea, nuestra existencia se convierte en una maravilla. Pónganse un objetivo a corto plazo, hagan una cosa al día que realmente les guste. El mundo cambiará de color. Yo ya he empezado a hacerlo.
© Del Texto: Anita Noire


mar 12 2010

Sobre la trascendencia de una decisión. La decisión de Sophie.

¿Qué es lo que somos? ¿Somos el presente que vivimos? ¿Somos los recuerdos que arrastramos? ¿Somos el resultado de las decisiones que a lo largo de nuestra vida vamos tomando? De esto último, estoy convencida, somos la consecuencia de lo que vamos decidiendo a cada paso que damos y cargaremos por el resto de nuestros días con ello. En el peor de los casos, esos recuerdos, los nuestros, pueden llegar a dominar nuestra existencia hasta el punto de convertirse en lo que acabará por destruirnos, por transformarnos en seres atormentados por el dolor y la impotencia
La decisión de Sophie es la adaptación cinematográfica de la novela de William Styron,, que encumbró en los años ochenta, a la actriz Meryl Streep, por su interpretación del personaje de Sophie. Esta película lo que nos cuenta es precisamente lo destructivos que pueden llegar a ser los recuerdos, esos que, incluso sin quererlo, se nos clavan en el alma y no sabemos o no podemos encerrar en el fondo de algún sitio y tirar la llave al fondo del mar.
El narrador es Stingo (Peter MacNicol), un joven escritor que se muda a vivir desde el sur de los EEUU a Brooklyn. En el bloque de apartamentos en el que se instalará conoce a Sophie (Meryl Streep), una mujer intrigante; y a Nathan (Kevin Kline), su pareja, sumido en unos profundos y violentos cambios de carácter y sufriendo unos celos patológicos. Sophie y Stingo empiezan a tratarse y, mientras se enamoran, el joven escritor irá conociendo, mediante constantes vueltas al pasado, el drástico y terrible pasado de Sophie. Y en el trasfondo de todo el drama humano, el drama personal de Sophie, el Holocausto y la incidencia en su vida. La elección entre que sobreviva uno u otro de sus hijos, el terror que ello conlleva, la impotencia que por siempre quedará clavada en su vida. Sophie es un personaje complicado que no puede con la culpa de haber sobrevivido a los campos de exterminio nazi. Su única manera de seguir adelante es la creación de un mundo imaginario alrededor de Nathan, como única vía para poder huir del horror en que se ha convertido su vida.


Un pasado que resuena constantemente en el presente y que seguirá haciéndolo en el futuro. Porque a veces, sin quererlo, las circunstancias de la vida se escapan a nuestro control, provocándonos unos sentimientos que, en ocasiones, somos incapaces de gobernar llevándonos por derroteros que pueden hacernos rozar la locura o la excelencia, pero que no podemos gobernar. Y lo único que puede redimir la más grande de las tragedias es el amor, el sentirse amado y el amar apasionadamente.
Una película sobre los sobrevivientes al Holocausto Nazi y las terribles consecuencias personales, emocionales e íntimas que sobre ellos tuvieron. Sobre la trascendencia de las elecciones, sobre lo relevante de las decisiones, sobre lo imposible que es sobreponerse a determinados hechos. Una película desgarradora que creo no debe dejar de verse.
© Del Texto: Anita Noire