sep 10 2013

El séptimo sello: El ser humano sumido en la oscuridad

Edad media en Suecia. El texto del Apocalipsis resonando de forma intermitente. La peste negra avanzando sin encontrar obstáculos a lo largo de Europa. Una Iglesia que convierte cualquier mal en castigo divino. Teatro. Un matrimonio feliz. Una mujer acusada de ser bruja, a la que han roto las manos, a punto de ser quemada. Un bebé. Una mujer que no habla. La muerte. Infidelidad. Un matrimonio deshecho. Un escudero que habla con criterio, con ironía e inteligencia. Un caballero intentando encontrar el sentido de la vida, atormentado. La muerte. Y un tablero de ajedrez. Estos son los ingredientes que mezcla Ingmar Bergman en su película El séptimo sello. Película extraordinaria.
Dios y Bergman no terminaron de entenderse. Entre otras cosas, porque Bergman no podía escucharle (le acusaba de silencioso en exceso, cosa, por otra parte, muy normal). Denuncia recurrente en el cine del autor sueco. Bergman y las religiones no hicieron nunca pareja. La brutalidad, la torpeza y la ignorancia con la que se manejó la Iglesia durante el medievo llevando a la humanidad a su zona más oscura, es otro de los asuntos que Bergman airea. Y elige como vehículo fragmentos del Apocalipsis, un libro bíblico lleno de simbología, cerrado sobre sí mismo, pero que lanza un mensaje muy claro: el día del juicio final cada uno de nosotros recibirá lo que se merece, los pecados serán una lacra y la bondad un billete directo al cielo. Y en primera clase. Bergman sentía y expresaba una angustia ante la vida extraordinaria. El sentido de la vida es algo inalcanzable, algo que descubriremos tras nuestra muerte si es que existe algo más allá.
Todo ello sumado a la superstición, a la maternidad, al fanatismo, al teatro.  Luces y sombras. Ese es el universo planteado. Bergman ataca la existencia del hombre dibujando todas las dudas que podemos imaginar.
Un caballero regresa de hacer una cruzada. Se encuentra con la muerte y logra que alargue su vida hasta terminar la partida de ajedrez a la que le reta. El caballero busca un sentido a su existencia que no encuentra. Entre otras cosas por la superchería con la que carga; enrocado en la religión y en las creencias más ridículas se olvida de ser persona, de crecer como tal. Junto a su escudero intenta llegar a su castillo. Por el camino se encontrarán con un grupo de cómicos. Unos de ellos visionario, otra es su mujer, el que dice ser director del grupo y un bebé. La claridad en la mirada del matrimonio y el niño se contrapone con el resto del mundo. Irán encontrando gentes y lugares mientras la partida avanza. La importancia de la maternidad, de la infancia y del teatro se deja notar durante toda la película. Bergman utiliza símbolos que anuncian lo que ocurrirá, que dibujan el mundo. El vuelo estático de un águila que anuncia la muerte. Las fresas como representación de la juventud y el erotismo de la madre. Todo el cuidado, todo el mimo, en cada imagen, en cada frase. La fotografía expresionista y en blanco y negro de Gunnar Fischer explora distintos puntos de vista e investiga con la oscuridad. La música acompaña la imagen sin intromisiones. La partitura la firma Erik Nordgren y sólo toma prestado un fragmento del Dies Irae.

Max Von Sydow aporta tranquilidad y un ritmo pausado con su actuación; Bibi Andersson, brillantez, una luminosidad necesaria; Bengt Ekerot, sobriedad. Todos están muy bien. Todos sin excepción.
El final de El séptimo cielo es fantástico (si no han visto la película deberían dejar de leer aquí). Antonius Block, nuestro caballero, pierde la partida. Pero antes permite que el matrimonio con su hijo se puedan alejar del campamento. La muerte irá a por él y a por todos los que le acompañen en ese momento. Sin embargo, arrastra tras de sí a todos los demás sin advertirles. Ya en el castillo espera la esposa del caballero. Y llega la muerte para llevarse a todos, agarrados unos a otros. Pero ¿por qué el caballero no intenta salvar a los otros? Si acudimos al simbolismo y a lo que representa cada uno de los personajes, veremos que cada uno se complementa con el siguiente. Sólo faltan allí las miradas claras y limpias del matrimonio y su pequeño. Porque a ellos no se les juzgará. Eso queda para el resto. Entre todos suman defectos, pecados, las causas por las que el ser humano merece rendir cuentas. Dejo al lector que sea el que busque esa simbología, muy evidente, por otra parte; que sume para comprobar que el resultado de sumar a todos ellos da como resultado al ser humano sumido en la oscuridad. ¿No será por eso que la muerte los lleva a todos y sin que se suelten unos de otros?
El séptimo cielo es magistral. Merece la pena echar un vistazo a la cinta. De verdad.
© Del Texto: Nirek Sabal


feb 8 2011

Insomnio: Rebelión del pasado

Estoy soñando. Sueño con una amiga de cabellos rojizos que sueña a su vez con un hámster rodando dentro de una bola de plástico de llamativos colores, que de repente se transforma en un panda parecido al de un personaje de un anime japonés llamado Ranma ½. Rodando y rodando… en el sueño acabé vomitando. Y como pasa en la realidad, me desperté sudando, con fatiga, agonizando.
Da la casualidad de que últimamente padezco cierta alteración del sueño. Simplemente, a veces, es puro desfase por los estudios que en plena época de exámenes consigue hacerte ver pequeñas alucinaciones, sobretodo si vives en un bajo en el que solo da la luz del sol durante 6 meses al año (y no es precisamente en la estación en la que estamos); o simplemente, otras veces, es puro y duro insomnio.
Da la casualidad de que en mi videoteca, a esas altas horas de la madrugada, sobresale una película del violento Dario Argento que se titula igual que mi enfermedad, por ponerle cierta connotación a dicho estado. Insomnio. Un término demasiado usado en estos días, en la llamada sociedad del hipócrita bienestar. ¿Qué bienestar hay cuando no puedo conciliar el sueño, rodeado de lujos (a eso le llamo un techo donde cobijarse, para mí lo es, para otros no es más que cemento)? ¿Son las malditas ondas de las que estoy rodeado a diario? ¿Es el ruido? ¿La contaminación? ¿La gente? ¿La estupidez? ¿O la ciudad entera? No lo sé.
Da la casualidad de que tampoco lo sabe el asesino de esta película.

El argumento es el de cualquier película de suspense con psycho killer o psicópata por medio que juega con los protagonistas, y como no, nunca falta la figura del típico policía investigador obsesivo (con un actor como Max Von Shydow no hace falta decir más, da igual el bodrio que haga, que su papel lo interpreta perfectamente). Hasta ahí, nada del otro mundo, de hecho, la película es un tópico tras otro del género, con la salvedad de que el buen hacer en la realización de Dario Argento se deja notar en cada secuencia, en cada plano, en sus muestras de pasión por la violencia y el gore, y ese estilo ochentero que impregna toda la cinta, desde la música, la fotografía y terminando por esos personajes sobreactuados, y eso que hablamos del año 2000. Pero lo que más me fascina es el mundo del asesino, siempre me han maravillado los psicópatas ya sea en la vida real o en el mundo del cine, esos toques característicos de cada uno, el por qué matan, las causas de sus traumas, sus patrones y las dimensiones de las consecuencias de sus actos. Como éste del que hablo aquí, llamado el El enano asesino. Guiado por una pequeña canción enfermiza, grotesca, enmascarada en un cierto infantilismo y en la falsa inocencia del ser humano. Una canción que, como cualquier otro hecho, a una edad temprana puede activar un mecanismo en nuestro cerebro, como si se tratase de un resorte que saltara, que da pie al animal que tenemos dentro, esa bestia inherente que nunca dejamos salir, ser libre. Una canción obsesiva como ésta:

‘’Ya es media noche y en mi cama doy vueltas y vueltas
Así fue como empezó mi guerra con las bestias de la tierra.

Una de la mañana.
El granjero, como un niño ilusionado se prepara.

Al cerdo de un golpe el cuello secciona,
y victorioso la batalla abandona.

Y dieron las dos, el gallo cantó su canción.
El instrumento que su dulce canto entona,
prolongado placer proporciona.

Las tres son ya,
el granjero al pollito va a estrangular.

Dice que no le deja dormir,
ahora en su cama ni pío va a oír.

Cuatro de la mañana,
la gatita a la puerta llama.
En agua helada doy un baño al bicho.
Y lo ahogo por puro capricho.

Y al dar las cinco,
aplastado vivo queda el conejito.
Con sus dientes de conejo mordió y peleó,
pero al final nada le sirvió.

Y a las seis de la mañana,
el largo cuello del cisne arranca.

Cuando su misión haya cumplido,
habrá muerto su último enemigo.

Llega el alba, el granjero cansado,
se acuesta en su cama.
Todas sus armas ha recogido,
y podrá irse a dormir tranquilo.’’

Es una historia de consecuencias, que evoca al pasado, a los recuerdos, ese círculo sin fin que subyace en nuestra mente de alguna forma y que podemos omitir pero no olvidar. Todos los personajes viven constantemente en un mundo que ya no existe, incluido el asesino, son entes que se guían por sensaciones y recuerdos, y no siempre lo que fue era lo que pareció ser. SIEMPRE hay cabos sueltos, retazos inconexos en el cerebro, falta de información de momentos importantes, lapsus de memoria que vienen y van sin pedir permiso…, y nunca puede uno decir El pasado ya se fue. No. El pasado SIEMPRE vuelve, de una forma desvirtuada o no. Pero lo que si que queda claro es que NUNCA se va, se queda ahí, durmiendo plácidamente o atormentándonos en las peores pesadillas, en cada acción que realizamos, en cada hecho que vivimos.
Asi que ya sabéis, dormid insensatos o acabaréis como yo: psicópata perdido.
© Del Texto: Gwynplaine Thor


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nov 28 2010

Hannah y sus hermanas: lo más normal del mundo en una película

Uno de los errores que cometen con más frecuencia los nuevos autores es creer que necesitan poner su capacidad creativa en funcionamiento para lograr personajes grandiosos por su extrañeza, tramas que toquen de cerca lo extraordinario o escenarios que sólo alguien como ellos podría llegar a imaginar. Y digo que es un error porque , tal vez, tengan a su lado algo que contar sin tanta búsqueda en territorios extraños. Dedicar más tiempo de lo necesario en una búsqueda estéril cuando, por ello, se deja de trabajar, es una forma, como otra cualquiera, de convertirse en un autor sin obra, con mucha obsesión y poco más.
A Woody Allen le han podido pasar muchas cosas, ha podido cometer grandes errores durante su carrera, pero eso no; eso de andar buscando la excelencia lejos de sí mismo (incluso de su propia imaginación) no parece ir con él. Si tuviera que nombrar a un director por su honestidad al trabajar y su claridad de ideas, es posible que le nombrase a él como ejemplo de lo que ha de hacer un profesional.
Imaginen una familia corriente. Alguien me podría decir que la familia que se dibuja en Hannah y sus hermanas está llena de neuróticos, fracasados, engañados, mentirosos, ex drogadictos, ex alcohólicos, hipocondriacos, matrimonios destrozados, matrimonios en la cuerda floja y de problemas. Me lo podrían decir; es cierto. Pero es que en todas las familias encontramos lo mismo que en esa. Otra cosa es que  queremos reconocerlo o no, que podamos hacerlo o no. Bueno, imaginen una familia así, normalita, sin grandes rarezas. Visten con ropa normal, resuelven los problemas normales de una familia, tienen los secretos corrientes de una familia corriente. Imaginen una familia así, en lo que les pasa. Y, voilà, pueden rodar una gran película si tienen el talento, la pasta y las mismas ganas que Woody Allen.
Este director puede gustar o no, pero la inteligencia que desarrolla en cada una de sus películas es asombrosa. Incluso cuando alguna de ellas ha sido una propuesta fallida, la inteligencia no ha faltado (inteligencia digo y no ingenio, que también esta siempre, pero no es la misma cosa).
La capacidad de Allen para desarrollar narrativamente sus ideas es sobresaliente. Siempre encuentra un registro adecuado para hacerlo, con el que matiza y llena de coherencia lo que quiere decir. Puede contar la misma cosa en cuatro o cinco películas distintas y te lo tragas como si fuera la primera vez. Eso es lo que ha hecho desde hace años. Todo hay que decirlo.
En Hannah y sus hermanas apuesta por el cambio del punto de vista para que los personajes vayan apareciendo con la fuerza necesaria y haciendo que las historias de cada uno de ellos se vayan mezclando con coherencia. Para ello integra en el guión monólogos interiores puesto que este es el recurso que nos lleva sin peaje alguno a esa zona de la consciencia del personaje que Allen busca en su película. Si vemos al personaje, si conocemos su evolución, si el director es capaz de presentarnos un mundo en el que nos podamos reconocer a través de él (personaje), todo encaja sin que tengan que obligarnos con artificios narrativos ramplones o haciendo trampa. Apuesta por el cambio del punto de vista alternando cuadros que van modificándose entre ellos y haciéndolos comprensibles. Y apuesta por ventilar un asunto muy concreto, un pasado que aparece como el equipaje obligado y definitivo de cualquier ser humano.
Aparece en la película el psicoanálisis, la religión como alternativa absurda para encontrar el sentido de la vida, la relación entre adultos que forman y deforman parejas, la inmadurez que descubrimos en personas que deberían ser lo más maduro del universo, la muerte, la traición y el remordimiento. En fin, lo que casi siempre está presente en el cine de Allen. Pero esta vez desde lugares diferentes, marcando esa novedad los monólogos a los que me refería y buscando un vínculo de todo lo que pasa con un pasado convertido en carga imposible de abandonar, en el peso de lo irrealizable. Somos lo que fuimos. Peleamos contra ello aunque nada puede cambiar. Esto es Hannah y sus hermanas. Si una zona de la película resume esto, es el momento en que una de las hermanas de Hannah decide convertirse en escritora. En el guión que escribe aparecen unos y otros aunque con nombres diversos. Y se convierte en un auténtico conflicto. Nadie quiere que su pasado se ventile, nadie quiere ser lo que fue, sin entender que es eso y no otra cosa lo que tienen. Su propia realidad.
El guión es inteligente, divertido y, a ratos, delirante por la carga de ingenio. No se pierde intensidad narrativa en ninguna fase de la película. Comienza con el mismo buen tono con el que acaba.
Las interpretaciones (todas) son excelentes gracias a la dirección que Allen realiza con los actores. Michael Caine, Mia Farrow, Dianne Wiest, Barbara Hershey, Max Von Sydow y el propio Allen, llenan la pantalla defendiendo sus papeles con entusiasmo, sin apatías ni exageraciones.
También, como de costumbre cuando se trata de este director, la música es un ingrediente que convierte en fabuloso lo corriente. Fragmentos de la música de Bach (2º Movimiento del concierto en Fa menor) o de Pucinni (Madame Butterfly), por ejemplo, acompañan a los personajes matizando la acción maravillosamente. Y, por supuesto, Nueva York. Siempre la ciudad de Nueva York convertida en un marco único e insustituible.
Woody Allen es un genio. Woody Allen ha logrado películas impresionantes. Hannah y sus hermanas es una de ellas. Si ya la vieron no hagan pereza y vuelvan a ella. Si no es así, sepan que corren el peligro de perderse una excelente película. Corran, corran.
© Del Texto: Nirek Sabal


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