sep 22 2013

La hora del lobo: Ante el artificio tenebroso

La hora del lobo es, sin duda, la película más terrorífica de Ingmar Bergman. Inquietante, llena de personajes malvados, de escenas escalofriantes, de sueños dolorosos. El trabajo de Sven Nykvist con la fotografía es excepcional. Siempre lo es aunque, en esta ocasión, la importancia sobrepasa cualquier límite anterior. Unida a una dirección magistral se convierte en una excelente película.
Comienza la cinta con los créditos habituales y el sonido de la preparación del rodaje. Bergman, como ya había hecho anteriormente en Persona, nos advierte del artificio ante el que estamos. Vamos a ver una película de cine y eso nos traslada a un territorio muy concreto; un lugar en el que todo es ficción aunque se arrastre la experiencia vital del autor, un lugar en el que los límites con la realidad nunca estarán claros, en el que todo puede pasar y en el que todo puede parecer cierto sin serlo.
Nos cuentan lo que le sucede al pintor Johan Borg (un magnífico Max Von Sydow) poco antes de desaparecer. Y nos lo cuentan a través de Alma, su mujer (Liv Ullmann; expresiva, contenida y creible), que conoce la historia por estar presente en algunos casos o porque lee el diario de su pareja. Incluso mezcla sus propios pensamientos y reflexiones sin que sepamos nunca con exactitud qué es lo que vemos. La pareja se encuentra en una isla; retirados, intentando buscar la calma necesaria para que el artista desarrolle su obra. Pero el escenario se comienza a llenar de gente y todo se modifica. Los seguidores del artista, los críticos, un amor nunca olvidado, el miedo a los fantasmas arrastrados desde años atrás, el vampirismo, la máscara que llevamos colocada para parecer lo que no somos, las relaciones matrimoniales. El miedo, la angustia, la duda. Todo se va encarnando en los personajes que se presentan.
En las películas de Bergman, todo tiene significado, un sentido profundo e imprescindible para entender el relato. Nada es gratuito. En La hora del lobo, la extrañeza que causan los esquemas narrativos hacen de la comprensión un reto difícil aunque apetecible. Por ejemplo, Verónica Vogler (Ingrid Thulin) es un antiguo amor de johan Borg. Pero el espectador termina sabiendo que Vogler lo que representa es la inspiración del artista. Su relación es la propia de cualquier pintor, escultor o novelista, con las musas. Viene, se va, se muere y renace, coquetea, se ofrece, escapa. Los habitantes del castillo son odiosos. Son seguidores del pintor, sus admiradores, sus críticos. Y entre todos acaban con él, le consumen. El artista no soporta la idiotez burguesa que se sostiene sobre lo material, el poco valor que se le atribuye a su trabajo, el parloteo absurdo que quiere parecer intelectual; la frivolidad vacía. Todos estos personajes son el fantasma de la fama, el fantasma del juicio constante, la falta de criterio de otros que lleva al artista hasta lugares que no debería pisar, hasta renunciar a su propio arte. Hacen dudar a Borg. Me denomino artista por no encontrar nada mejor, dice el pintor. Tenemos los colmillos afilados, dicen los habitantes del castillo.
Unas de las escenas más impactantes, mejor filmadas, es la que muestra al pintor peleando con el fantasma de su niñez; acabando con lo que arrastra desde que es niño y ha ido perdiendo por el camino. Por supuesto, la evolución de Borg es nefasta porque renuncia, entre otras cosas, a su parte más infantil, más detectivesca con la realidad, algo a lo que un artista no puede renunciar si quiere contemplar el universo en su totalidad y con la frescura e inocencia necesarias. Bergman nos deja una escena magnífica e inolvidable.
Otro de los ejes troncales de la película es la obsesión de Alma. Quiere saber si los que están juntos muchos años terminan siendo iguales. Durante la película, sabremos que sí (los espectadores, ella no parece descubrirlo). Nos devoramos unos a otros, tendremos que vencer fantasmas ajenos o ser derrotados por ellos. Pero, y es aquí donde Bergman aporta su propia forma de ver las cosas, sobre todo, nos pareceremos a nosotros mismos. Nos dice algo así como que somos con quien más tiempo pasamos. Eso sí, enmascarados de cara a la galería aunque creamos que ese es nuestro aspecto porque, en algún momento, olvidamos cómo somos en realidad. O lo ocultamos. Ser y no ser al mismo tiempo; condición ideal para una cita de amor.
El movimiento de la cámara de Bergman es delicado a pesar de buscar el impacto más violento en el espectador. Es especialmente reseñable cómo representa la relación de algunos personajes respecto a otros, con movimientos que van de un personaje a otro recorriendo un espacio vacío o muerto.
El reparto está a una altura sobresaliente sin excepciones. La puesta en escena es sobria y elegante. La música de Lars Johan Werle (adaptando una pieza de La flauta mágica de Mozart) es espléndida y nada intrusiva.
La hora del lobo es una película sombría, tenebrosa; una película en busca del subjetivismo más absoluto a la hora de mostrar la realidad (existencialismo puro); aunque es maravillosa y atractiva.
Si pueden no se la pierdan. Dejarían de ver una gran película.
© Del Texto: Nirek Sabal


sep 10 2013

El séptimo sello: El ser humano sumido en la oscuridad

Edad media en Suecia. El texto del Apocalipsis resonando de forma intermitente. La peste negra avanzando sin encontrar obstáculos a lo largo de Europa. Una Iglesia que convierte cualquier mal en castigo divino. Teatro. Un matrimonio feliz. Una mujer acusada de ser bruja, a la que han roto las manos, a punto de ser quemada. Un bebé. Una mujer que no habla. La muerte. Infidelidad. Un matrimonio deshecho. Un escudero que habla con criterio, con ironía e inteligencia. Un caballero intentando encontrar el sentido de la vida, atormentado. La muerte. Y un tablero de ajedrez. Estos son los ingredientes que mezcla Ingmar Bergman en su película El séptimo sello. Película extraordinaria.
Dios y Bergman no terminaron de entenderse. Entre otras cosas, porque Bergman no podía escucharle (le acusaba de silencioso en exceso, cosa, por otra parte, muy normal). Denuncia recurrente en el cine del autor sueco. Bergman y las religiones no hicieron nunca pareja. La brutalidad, la torpeza y la ignorancia con la que se manejó la Iglesia durante el medievo llevando a la humanidad a su zona más oscura, es otro de los asuntos que Bergman airea. Y elige como vehículo fragmentos del Apocalipsis, un libro bíblico lleno de simbología, cerrado sobre sí mismo, pero que lanza un mensaje muy claro: el día del juicio final cada uno de nosotros recibirá lo que se merece, los pecados serán una lacra y la bondad un billete directo al cielo. Y en primera clase. Bergman sentía y expresaba una angustia ante la vida extraordinaria. El sentido de la vida es algo inalcanzable, algo que descubriremos tras nuestra muerte si es que existe algo más allá.
Todo ello sumado a la superstición, a la maternidad, al fanatismo, al teatro.  Luces y sombras. Ese es el universo planteado. Bergman ataca la existencia del hombre dibujando todas las dudas que podemos imaginar.
Un caballero regresa de hacer una cruzada. Se encuentra con la muerte y logra que alargue su vida hasta terminar la partida de ajedrez a la que le reta. El caballero busca un sentido a su existencia que no encuentra. Entre otras cosas por la superchería con la que carga; enrocado en la religión y en las creencias más ridículas se olvida de ser persona, de crecer como tal. Junto a su escudero intenta llegar a su castillo. Por el camino se encontrarán con un grupo de cómicos. Unos de ellos visionario, otra es su mujer, el que dice ser director del grupo y un bebé. La claridad en la mirada del matrimonio y el niño se contrapone con el resto del mundo. Irán encontrando gentes y lugares mientras la partida avanza. La importancia de la maternidad, de la infancia y del teatro se deja notar durante toda la película. Bergman utiliza símbolos que anuncian lo que ocurrirá, que dibujan el mundo. El vuelo estático de un águila que anuncia la muerte. Las fresas como representación de la juventud y el erotismo de la madre. Todo el cuidado, todo el mimo, en cada imagen, en cada frase. La fotografía expresionista y en blanco y negro de Gunnar Fischer explora distintos puntos de vista e investiga con la oscuridad. La música acompaña la imagen sin intromisiones. La partitura la firma Erik Nordgren y sólo toma prestado un fragmento del Dies Irae.

Max Von Sydow aporta tranquilidad y un ritmo pausado con su actuación; Bibi Andersson, brillantez, una luminosidad necesaria; Bengt Ekerot, sobriedad. Todos están muy bien. Todos sin excepción.
El final de El séptimo cielo es fantástico (si no han visto la película deberían dejar de leer aquí). Antonius Block, nuestro caballero, pierde la partida. Pero antes permite que el matrimonio con su hijo se puedan alejar del campamento. La muerte irá a por él y a por todos los que le acompañen en ese momento. Sin embargo, arrastra tras de sí a todos los demás sin advertirles. Ya en el castillo espera la esposa del caballero. Y llega la muerte para llevarse a todos, agarrados unos a otros. Pero ¿por qué el caballero no intenta salvar a los otros? Si acudimos al simbolismo y a lo que representa cada uno de los personajes, veremos que cada uno se complementa con el siguiente. Sólo faltan allí las miradas claras y limpias del matrimonio y su pequeño. Porque a ellos no se les juzgará. Eso queda para el resto. Entre todos suman defectos, pecados, las causas por las que el ser humano merece rendir cuentas. Dejo al lector que sea el que busque esa simbología, muy evidente, por otra parte; que sume para comprobar que el resultado de sumar a todos ellos da como resultado al ser humano sumido en la oscuridad. ¿No será por eso que la muerte los lleva a todos y sin que se suelten unos de otros?
El séptimo cielo es magistral. Merece la pena echar un vistazo a la cinta. De verdad.
© Del Texto: Nirek Sabal


sep 9 2013

El manantial de la doncella: El silencio de Dios y otras obsesiones

Magnífica película. En ella queda patente, con bastante claridad, lo que Ingmar Bergman buscaba al realizar películas de cine. Y, por eso, en ella se puede encontrar el universo del director casi al completo. Desde luego, lo fundamental está.
El cine de autor se caracteriza, entre otras cosas, porque las obsesiones del director se repiten sin filtro; porque los esquemas creativos conservan lo fundamental aunque integren las novedades que llegan con la madurez de sus trabajos. En El manantial de la doncella encontramos la obsesión de Bergman con dioses y religiones; la contraposición de lo nuevo y lo ancestral; la angustia existencial; la maldad luchando con la inocencia bondadosa; la muerte; la mujer como centro de atención y eje fundamental en la construcción del mundo.
En el cine del sueco los dioses aparecen silenciosos, imperfectos y equivocados cuando deciden crear al ser humano. Cualquier dios es así aunque el cristiano es el que nunca habla, el que deja a su suerte a la persona. Nunca cambia su actitud. En esta película es Odín, un viejo dios pagano, el que se hace eco de los deseos de una de sus fieles seguidoras. La malvada Ingeri (una estupenda Gunnel Lindblom) pide y su deseo es concedido. Parece que Odín es mucho más fiable que el nuevo dios llegado a la Suecia medieval y se ajusta a las necesidades de los que creen en él. El dios cristiano es posible que no pueda llegar a perdonar.
Lo que hace Bergman en este trabajo es actualizar una leyenda (Törens dotter i Vänge) que dice que donde muere una doncella aparecerá un manantial. La Suecia medieval, marco de desarrollo del relato y en la que la religión ordena el momento más oscuro de la humanidad, se dibuja como un paisaje idílico destrozado por un ser humano brutal, rebosante de prejuicios y supersticiones; es un marco del que no se puede disfrutar a causa del yugo clerical.
Bergman consigue un clima terrible, casi tenebroso en esta película. A medida que avanza la trama, ese clima se hace irrespirable. Esto lo logra gracias a una puesta en escena elegantísima y sobria, por un trabajo en la dirección actoral muy preciso (alguna escena resulta teatral en exceso aunque se compensa con la elegancia de los encuadres y del magnífico movimiento de la cámara), por la excelente fotografía en blanco y negro de Sven Nykvist (realista y tendente al expresionismo jugando primorosamente con los claro-oscuros) y por el uso de una banda sonora sencillísima que resalta el carácter bondadoso y cándido de la doncella frente al resto de personajes (matiz perfecto para las contraposiciones que busca el realizador).
No faltan los símbolos en la película. Por ejemplo, un sapo negro que anuncia la muerte violenta que, desde el principio, deja claras las intenciones del Bergman. Intenciones que se enroscan en sus preocupaciones. El director conoce bien el lenguaje visual, el iconográfico y el de los objetos. Todo se revela como iluminador de los personajes, como cimientos del relato.
Tal vez, el guión de Ulla Isaksson sea lo más flojo del conjunto. Aunque está a muy buen nivel. Los diálogos son escasos con lo que se minimiza el problema al ocultarse las lagunas tras la potencia visual. Los personajes podrían haber crecido más y mejor, pero, no obstante, se elevan lo suficiente como para cumplir con las expectativas.
Max Von Sydow es Herr Töre, el padre de la doncella, un hombre instalado en la tranquilidad y el amor a Dios hasta que se topa con la crueldad y sufre una conmoción que le lleva a conocer su parte más primitiva y salvaje. La escena en la que sale a buscar ramas de abedul es inolvidable. Von Sydow aporta credibilidad en su trabajo. Birgitta Valberg es fru Märeta. Sobria y elegante; convincente. Birgitta Valberg interpreta a la doncella estupendamente y es, con seguridad, la mejor fotografiada y con la que más trabaja Bergman intentando conseguir el efecto buscado.
Bergman se plantea cuestiones existenciales que, por supuesto, deja sin resolver. Este director tenía la buena costumbre de plantear preguntas que llevasen al espectador a otras más profundas; nunca a una respuesta aportada por él. Deja que la angustia vital se encarame a la pantalla de principio a fin, que la violencia destroce las consciencias de personajes y espectadores, que se sienta el dolor de las personas ante su finitud o ante la falta. El manantial de la doncella es una película soberbia. Al fin y al cabo, Bergman fue un genio.
© Del Texto: Nirek Sabal


feb 8 2011

Insomnio: Rebelión del pasado

Estoy soñando. Sueño con una amiga de cabellos rojizos que sueña a su vez con un hámster rodando dentro de una bola de plástico de llamativos colores, que de repente se transforma en un panda parecido al de un personaje de un anime japonés llamado Ranma ½. Rodando y rodando… en el sueño acabé vomitando. Y como pasa en la realidad, me desperté sudando, con fatiga, agonizando.
Da la casualidad de que últimamente padezco cierta alteración del sueño. Simplemente, a veces, es puro desfase por los estudios que en plena época de exámenes consigue hacerte ver pequeñas alucinaciones, sobretodo si vives en un bajo en el que solo da la luz del sol durante 6 meses al año (y no es precisamente en la estación en la que estamos); o simplemente, otras veces, es puro y duro insomnio.
Da la casualidad de que en mi videoteca, a esas altas horas de la madrugada, sobresale una película del violento Dario Argento que se titula igual que mi enfermedad, por ponerle cierta connotación a dicho estado. Insomnio. Un término demasiado usado en estos días, en la llamada sociedad del hipócrita bienestar. ¿Qué bienestar hay cuando no puedo conciliar el sueño, rodeado de lujos (a eso le llamo un techo donde cobijarse, para mí lo es, para otros no es más que cemento)? ¿Son las malditas ondas de las que estoy rodeado a diario? ¿Es el ruido? ¿La contaminación? ¿La gente? ¿La estupidez? ¿O la ciudad entera? No lo sé.
Da la casualidad de que tampoco lo sabe el asesino de esta película.

El argumento es el de cualquier película de suspense con psycho killer o psicópata por medio que juega con los protagonistas, y como no, nunca falta la figura del típico policía investigador obsesivo (con un actor como Max Von Shydow no hace falta decir más, da igual el bodrio que haga, que su papel lo interpreta perfectamente). Hasta ahí, nada del otro mundo, de hecho, la película es un tópico tras otro del género, con la salvedad de que el buen hacer en la realización de Dario Argento se deja notar en cada secuencia, en cada plano, en sus muestras de pasión por la violencia y el gore, y ese estilo ochentero que impregna toda la cinta, desde la música, la fotografía y terminando por esos personajes sobreactuados, y eso que hablamos del año 2000. Pero lo que más me fascina es el mundo del asesino, siempre me han maravillado los psicópatas ya sea en la vida real o en el mundo del cine, esos toques característicos de cada uno, el por qué matan, las causas de sus traumas, sus patrones y las dimensiones de las consecuencias de sus actos. Como éste del que hablo aquí, llamado el El enano asesino. Guiado por una pequeña canción enfermiza, grotesca, enmascarada en un cierto infantilismo y en la falsa inocencia del ser humano. Una canción que, como cualquier otro hecho, a una edad temprana puede activar un mecanismo en nuestro cerebro, como si se tratase de un resorte que saltara, que da pie al animal que tenemos dentro, esa bestia inherente que nunca dejamos salir, ser libre. Una canción obsesiva como ésta:

‘’Ya es media noche y en mi cama doy vueltas y vueltas
Así fue como empezó mi guerra con las bestias de la tierra.

Una de la mañana.
El granjero, como un niño ilusionado se prepara.

Al cerdo de un golpe el cuello secciona,
y victorioso la batalla abandona.

Y dieron las dos, el gallo cantó su canción.
El instrumento que su dulce canto entona,
prolongado placer proporciona.

Las tres son ya,
el granjero al pollito va a estrangular.

Dice que no le deja dormir,
ahora en su cama ni pío va a oír.

Cuatro de la mañana,
la gatita a la puerta llama.
En agua helada doy un baño al bicho.
Y lo ahogo por puro capricho.

Y al dar las cinco,
aplastado vivo queda el conejito.
Con sus dientes de conejo mordió y peleó,
pero al final nada le sirvió.

Y a las seis de la mañana,
el largo cuello del cisne arranca.

Cuando su misión haya cumplido,
habrá muerto su último enemigo.

Llega el alba, el granjero cansado,
se acuesta en su cama.
Todas sus armas ha recogido,
y podrá irse a dormir tranquilo.’’

Es una historia de consecuencias, que evoca al pasado, a los recuerdos, ese círculo sin fin que subyace en nuestra mente de alguna forma y que podemos omitir pero no olvidar. Todos los personajes viven constantemente en un mundo que ya no existe, incluido el asesino, son entes que se guían por sensaciones y recuerdos, y no siempre lo que fue era lo que pareció ser. SIEMPRE hay cabos sueltos, retazos inconexos en el cerebro, falta de información de momentos importantes, lapsus de memoria que vienen y van sin pedir permiso…, y nunca puede uno decir El pasado ya se fue. No. El pasado SIEMPRE vuelve, de una forma desvirtuada o no. Pero lo que si que queda claro es que NUNCA se va, se queda ahí, durmiendo plácidamente o atormentándonos en las peores pesadillas, en cada acción que realizamos, en cada hecho que vivimos.
Asi que ya sabéis, dormid insensatos o acabaréis como yo: psicópata perdido.
© Del Texto: Gwynplaine Thor


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nov 28 2010

Hannah y sus hermanas: lo más normal del mundo en una película

Uno de los errores que cometen con más frecuencia los nuevos autores es creer que necesitan poner su capacidad creativa en funcionamiento para lograr personajes grandiosos por su extrañeza, tramas que toquen de cerca lo extraordinario o escenarios que sólo alguien como ellos podría llegar a imaginar. Y digo que es un error porque , tal vez, tengan a su lado algo que contar sin tanta búsqueda en territorios extraños. Dedicar más tiempo de lo necesario en una búsqueda estéril cuando, por ello, se deja de trabajar, es una forma, como otra cualquiera, de convertirse en un autor sin obra, con mucha obsesión y poco más.
A Woody Allen le han podido pasar muchas cosas, ha podido cometer grandes errores durante su carrera, pero eso no; eso de andar buscando la excelencia lejos de sí mismo (incluso de su propia imaginación) no parece ir con él. Si tuviera que nombrar a un director por su honestidad al trabajar y su claridad de ideas, es posible que le nombrase a él como ejemplo de lo que ha de hacer un profesional.
Imaginen una familia corriente. Alguien me podría decir que la familia que se dibuja en Hannah y sus hermanas está llena de neuróticos, fracasados, engañados, mentirosos, ex drogadictos, ex alcohólicos, hipocondriacos, matrimonios destrozados, matrimonios en la cuerda floja y de problemas. Me lo podrían decir; es cierto. Pero es que en todas las familias encontramos lo mismo que en esa. Otra cosa es que  queremos reconocerlo o no, que podamos hacerlo o no. Bueno, imaginen una familia así, normalita, sin grandes rarezas. Visten con ropa normal, resuelven los problemas normales de una familia, tienen los secretos corrientes de una familia corriente. Imaginen una familia así, en lo que les pasa. Y, voilà, pueden rodar una gran película si tienen el talento, la pasta y las mismas ganas que Woody Allen.
Este director puede gustar o no, pero la inteligencia que desarrolla en cada una de sus películas es asombrosa. Incluso cuando alguna de ellas ha sido una propuesta fallida, la inteligencia no ha faltado (inteligencia digo y no ingenio, que también esta siempre, pero no es la misma cosa).
La capacidad de Allen para desarrollar narrativamente sus ideas es sobresaliente. Siempre encuentra un registro adecuado para hacerlo, con el que matiza y llena de coherencia lo que quiere decir. Puede contar la misma cosa en cuatro o cinco películas distintas y te lo tragas como si fuera la primera vez. Eso es lo que ha hecho desde hace años. Todo hay que decirlo.
En Hannah y sus hermanas apuesta por el cambio del punto de vista para que los personajes vayan apareciendo con la fuerza necesaria y haciendo que las historias de cada uno de ellos se vayan mezclando con coherencia. Para ello integra en el guión monólogos interiores puesto que este es el recurso que nos lleva sin peaje alguno a esa zona de la consciencia del personaje que Allen busca en su película. Si vemos al personaje, si conocemos su evolución, si el director es capaz de presentarnos un mundo en el que nos podamos reconocer a través de él (personaje), todo encaja sin que tengan que obligarnos con artificios narrativos ramplones o haciendo trampa. Apuesta por el cambio del punto de vista alternando cuadros que van modificándose entre ellos y haciéndolos comprensibles. Y apuesta por ventilar un asunto muy concreto, un pasado que aparece como el equipaje obligado y definitivo de cualquier ser humano.
Aparece en la película el psicoanálisis, la religión como alternativa absurda para encontrar el sentido de la vida, la relación entre adultos que forman y deforman parejas, la inmadurez que descubrimos en personas que deberían ser lo más maduro del universo, la muerte, la traición y el remordimiento. En fin, lo que casi siempre está presente en el cine de Allen. Pero esta vez desde lugares diferentes, marcando esa novedad los monólogos a los que me refería y buscando un vínculo de todo lo que pasa con un pasado convertido en carga imposible de abandonar, en el peso de lo irrealizable. Somos lo que fuimos. Peleamos contra ello aunque nada puede cambiar. Esto es Hannah y sus hermanas. Si una zona de la película resume esto, es el momento en que una de las hermanas de Hannah decide convertirse en escritora. En el guión que escribe aparecen unos y otros aunque con nombres diversos. Y se convierte en un auténtico conflicto. Nadie quiere que su pasado se ventile, nadie quiere ser lo que fue, sin entender que es eso y no otra cosa lo que tienen. Su propia realidad.
El guión es inteligente, divertido y, a ratos, delirante por la carga de ingenio. No se pierde intensidad narrativa en ninguna fase de la película. Comienza con el mismo buen tono con el que acaba.
Las interpretaciones (todas) son excelentes gracias a la dirección que Allen realiza con los actores. Michael Caine, Mia Farrow, Dianne Wiest, Barbara Hershey, Max Von Sydow y el propio Allen, llenan la pantalla defendiendo sus papeles con entusiasmo, sin apatías ni exageraciones.
También, como de costumbre cuando se trata de este director, la música es un ingrediente que convierte en fabuloso lo corriente. Fragmentos de la música de Bach (2º Movimiento del concierto en Fa menor) o de Pucinni (Madame Butterfly), por ejemplo, acompañan a los personajes matizando la acción maravillosamente. Y, por supuesto, Nueva York. Siempre la ciudad de Nueva York convertida en un marco único e insustituible.
Woody Allen es un genio. Woody Allen ha logrado películas impresionantes. Hannah y sus hermanas es una de ellas. Si ya la vieron no hagan pereza y vuelvan a ella. Si no es así, sepan que corren el peligro de perderse una excelente película. Corran, corran.
© Del Texto: Nirek Sabal


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