may 24 2011

Midnight In Paris: El encanto de algunos tópicos

Y empezamos con el habitual recurso de Woody Allen de la voz en off en boca del protagonista de este bohemio cuento de hadas, Gil (Owen Wilson), evocando nostálgicamente al París de los años 20. Y con la prometida pija poniéndole los pies en la tierra, porque ni loca se mudaría de California a París. Y como colofón a la introducción de la película, una serie de postales de París en su mayor esplendor.
Cuando se empezó a comentar que Midnight In Paris, la nueva de Allen, era la mejor película desde Match Point, apenas esperé dos días para ir al cine a verla, expectante y con muchas ganas de comprobar que el director por fin había superado esa racha de medias tintas que últimamente le venía caracterizando; pero, eso sí, sin saber absolutamente nada del argumento, y de casualidad que había visto el póster en algunas marquesinas.
Con esta expectación e incertidumbre no me pareció que la película comenzara muy bien, pero poco a poco, y porque los tópicos Woodyalienses enganchan, va cogiendo ritmo: Nunca nos aburriremos de ver la historia de la familia adinerada obsesionada por las compras, cenas y demás eventos y actividades de la clase alta, cuya hija está prometida con el antagónico novio, exitoso guionista de Hollywood, pero a la vez bohemio y resignado a vivir en el siglo XXI, que ve París como posible inspiración para su primera novela, cuyo protagonista trabaja, curiosamente, en una tienda de nostalgias. El contraste es obvio, y no huele nada bien; la situación es cómica y se acentúa cuando la pareja se encuentra con un matrimonio amigo de Inez, también californiano, dispuestos a acelerar el ritmo de viaje propio de la alta sociedad, en la que Gil se convierte en el cuarto en discordia. Por eso, la noche en que su prometida Inez y la otra pareja se van a bailar, Gil decide regresar caminando al hotel para reflexionar sobre su libro y acaba perdido en las escaleras de una iglesia en la que las campanas comienzan a tocar la medianoche.
Es entonces cuando comienza el cuento de hadas para Gil, que es invitado a subir a un coche antiguo y transportado hasta sus añorados años 20. En su primera noche, y para su asombro conocerá al mismísimo Scott Fitzgerald y su mujer Zelda, y a Hemmingway entre otros, porque a esa mágica noche le seguirán otras varias donde conocerá a los diversos personajes que convertían en esa época a París en la capital mundial de la cultura. Y por las mañanas despertará en su hotel de cinco estrellas del siglo XXI tan desconcertado y sorprendido como el propio espectador, cuestionándose el presente, el pasado y el futuro, reafirmando su amor por la capital francesa del siglo pasado, deseando que vuelvan a tocar las campanadas. Y es que ésta no es una historia de príncipes y princesas: es una fábula en toda regla, con los enredos propios de cualquier época, en la que el arte y la literatura, el charlestone y las cortinas de humo, no son más que adornos (bien conseguidos) del eterno inconformismo que vive el hombre en el día de hoy, de la melancolía por el pasado, de cuestionarse la identidad de uno mismo en los momentos que le ha tocado vivir.
Esta vez, Allen se mantiene constante en el desarrollo, incluso acelerado, según transcurre la película – como la vida misma – y consigue conectar con el espectador a través de un Owen que inspira ternura y mucha mucha empatía, que se ve atrapado en dos mundos, en cada uno de los cuales una mujer ocupa su corazón. En los años 20, una espléndida Marion Cotillard en el papel de Adriana (amante de pintores y escritores), tampoco se conforma con su época, y tras un par de encuentros con Gil, acaban una noche en la Belle Époque, de donde Adriana decide no regresar. Es entonces cuando nos damos cuenta de que ni siquiera nosotros estamos cómodos sentados en la butaca del cine, sonriendo como si nada ante esta nueva obra de Woody Allen, disfrutándola, pero llenos de insatisfacción cuando el cuento acaba y se encienden las luces.
Bien podría ser este un cursi relato, pero es el reflejo de todos aquellos que sentimos estar en el lugar equivocado en el momento equivocado, de los que nos gustaría que los aires que corrieran fueran diferentes, pero al final no queda más que la resignación y la lucha personal e individual por alcanzar metas, lejos de los llamados sueños, y por encima de todo, de tomar decisiones propias cuyas consecuencias pueden ser determinantes y, quién sabe, si tener un alcance a largo plazo gratificante y sorprendente.
© Del Texto: Coletas


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ene 22 2011

Delitos y Faltas / Match Point: Los genios entremezclados

Mientras un delito no puede confesarse, las faltas deben hacerse públicas (aunque sea a una sola persona), porque todo delito procede de faltas que se mantuvieron en secreto, por miedo o estupidez. Son el génesis de algo mayor.
Esto es de lo que trata la película Delitos y Faltas firmada por Woody Allen. Esto es de lo que trata (más o menos) la película Match Point firmada por Woody Allen. Todos los artistas terminan repitiendo lo que ya contaron aunque el maquillaje se modifique ligeramente. Y no está nada mal que eso pase. Los nuevos matices, la evolución de la mirada del creador, hace que los parecidos sean una anécdota si el producto final es bueno.
Delitos y Faltas o la insignificante frontera entre el hombre y el asesino.
Desde el comienzo todo se llena de contrastes. Amor frente a desamor; lo superficial ante lo trascendente; la percepción de la realidad del hombre frente a la de la mujer; la mirada clara de un niño frente a la ceguera del adulto; el arrepentimiento frente a la ausencia de sensación de culpa; el amor a Dios frente al miedo que genera la justicia divina; lo inevitable frente al libre albedrío; la comedia frente a la tragedia.
Tengo la sensación de que no es la más recordada de las películas de Allen. Y tengo la terrible certeza de que, con un cine ramplón y vacío, algunos están haciendo dinero fácil mientras este tipo de películas van quedando en el recuerdo de algunos y en el olvido de casi todos. Y se trata de una excelente película.
Como casi siempre nos encontramos con personajes a los que les ocurren cosas corrientes, las mismas que le podrían suceder a usted o a mí. Y se desesperan con y por la misma falta de fuerzas que cualquiera de nosotros. Pero los personajes de Allen tienen alma; piensan y sienten; viven y mueren; toman decisiones equivocadas y evolucionan. Como usted o como yo. Por eso las películas de Allen se convierten en ríos llenos de meandros que hay que transitar cuando se buscan respuestas o preguntas cada vez más difíciles de contestar. El sentido se encuentra en la desembocadura. No hay atajos posibles. Cualquier cosa que pudiera parecerlo (un atajo) lleva hasta la falta y, más tarde, al delito inconfesable que hará del equipaje de la persona una carga insoportable.
Las obsesiones de Woody Allen se encuentran recogidas en la película. Todas. En este blog ya se ha hablado mucho sobre ello (Annie Hall, Interiores, Manhattan, Hannah y sus Hermanas o Misterioso Asesinato en Manhattan, por ejemplo) y repetir lo mismo parece estéril.
Los actores y actrices del reparto defienden más que bien sus papeles y Allen realiza un trabajo de dirección con ellos notable. Él mismo forma parte del elenco interpretando al personaje que aporta ingenio y algo de buen humor en una trama oscura y profunda. Ese es uno de los aciertos de Allen. Sabe manejar diferentes registros dentro de una misma trama sin que se pierda intensidad narrativa y sin crear confusión en el espectador. Personalmente me quedo con el trabajo de Anjelica Huston. A pesar de que Martin Landau es el principal y el que soporta toda la carga dramática, Huston sobresale por su naturalidad y credibilidad. Esto no quiere decir que Landau no esté muy bien. Lo está.
Bueno, detrás de todo este lío encontramos al genio ruso de la literatura Fiodor Dostoyevski. Su obra se detecta en cada rincón de la película. Y no sólo Crimen y Castigo. Algo más: lo universal de toda su obra, la construcción de las consciencias, la fluidez en los discursos, todo Dostoyevski.
Match Point o la insignificante frontera entre el azar y el determinismo.
Lo mismo ocurre en Match Point. Aquí tenemos al ruso de principio a fin. Aquí tenemos Delitos y Faltas de principio a fin.
La gran diferencia que presenta Woody Allen en Match Point es que toda la realidad se enfrenta (o llega) a la tragedia. Además, indaga más que otras veces en ese territorio del deseo que el ser humano transita para convertir los caminos en difíciles o casi imposibles. Si el amor va por un lado, el deseo y la pasión van por otro distinto. Si la vida va por un lado, el deseo va por el suyo. Incluye buenas dosis de frivolidad, de dinero, aburrimiento burgués y vidas ajenas a la realidad por su duplicidad como ya hizo en Delitos y Faltas.
El guión, aunque forzado en algunas zonas, es una muestra clara de cómo se debe utilizar un recurso narrativo en cine. Por ejemplo, las elipsis (son abundantes) están traducidas con una maestría espectacular al lenguaje cinematográfico. No deja que el personaje evolucione para que sólo lo haga pasado ese tiempo enmarcado en el recurso y con la aparición de otro personaje que aporta sentido al relato (fundamental la relación del personaje para crecer y que tato se olvida). Del mismo modo, la focalización de la acción es la exacta. Un foco más restringido o más grueso desvirtuarían la intención de la voz. Por supuesto, la lección de elegancia en la puesta en escena y al elegir la música es descomunal (la ópera, piezas trágicas que expresan la sensibilidad del ser humano ante situaciones difíciles como no se puede hacer de otra forma, son protagonistas del trabajo. Donizetti, Bizet, Verdi. Impresionante). Este hombre se rodea de profesionales magníficos y eso se deja notar.
Allen nos dice que, una vez eliminado el problema, el mundo puede seguir adelante. Con todas sus miserias a cuestas. Eso nos dice. Y nos lo dice bien. Con oficio y rigor cinematográfico. Pero (ahora llegan un par de malas noticias) todo se empaña ligeramente por unas interpretaciones algo justas (Jonathan Rhys Meyers forzado, Scarlett Johansson forzada como siempre), un casting que no se entiende muy bien y un error de partida en la idea principal. El azar. Se enfoca mal, se resuelve peor y se confunden cosas que nada tienen que ver. Allen cree que entre el azar y el libre albedrío no hay distancia; y que entre esas y el determinismo no hay distancia. Aquí es donde hace aguas la película.
En cualquier caso, hablamos del cine de un genio. Y el aburrimiento es casi imposible.
© Del Texto: Nirek Sabal


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sep 6 2010

Conocerás al hombre de tus sueños: Todo elegante y distinguido

Woody Allen siempre hace lo mismo. Ese suele ser el comentario. No es del todo cierto porque sabemos que puede meter la pata como todo el mundo (¡No me recuerden el promocional de Barcelona!), es capaz de internarse en el lado oscuro, como en Match Point, de ser infiel a la ciudad de sus sueños después de muchos años sin que la echemos de menos, o de utilizar una ocurrencia demencial como pretexto, como símbolo y como farsa para terminar con Un final made in Hollywood. Pero todos entendemos lo que se quiere decir y muchos lo agradecemos. Es lo que sabe hacer y lo borda. No soy yo nadie para afirmar lo incontestable: Es un guionista hábil, un estupendo director de actores y un maestro componiendo equipos. Además, sus seguidores hemos podido ver cómo ha ido perfeccionándose a lo largo de los años.
En Conocerás al hombre de tus sueños vuelve a la fórmula clásica, comedia romántica que arranca con una crisis inesperada en la vida de un personaje, amorosa, por supuesto, a partir de la cual podemos comprobar lo que suele ocurrir en la realidad, que debajo de las apariencias, cada uno tiene sus pequeñas, o grandes, frustraciones, angustias y aspiraciones. A lo largo de la película ese mundo se descoloca y se recompone y mientras lo vemos estamos entretenidos, reconociéndonos, quizás, en el guiño de alguna caricatura. La misma voz en off, eso sí, que cuando era la de Allen tenía mucha más fuerza y la misma música -da esa impresión- de siempre. (Menos mal. No me recuerden el promocional de Barcelona) ¿Hubiéramos esperado que terminara así?
Hay un par de vueltas de tuerca geniales.
Eso sí, como a mí me gusta, todo elegante y distinguido, hasta los que pasan problemas económicos viven como bobos, que es como llaman los franceses a los bohemios burgueses, (porque les recuerdo que, en francés, burgués, también empieza por bo). Todo muy british y muy trendy (galerista de arte, agente literario, escritor en ciernes, vidente perspicaz y actriz que se queda en el camino) lofts, Burlington Arcade y jardines opulentos, el Londres de toda la vida, vamos, sin cutreríos.
Los actores están impecables, especialmente Lucy Punch (Chermaine), exacta, veraz, inteligente, sexy, sooooberbia, en un papel que hubiera sido muy fácil que la devorara y que sin embargo ha exprimido hasta la última gota. Se come los planos, se come a Anthony Hopkins (Alfie), bueno, en realidad, se lo come todo. Los demás bien, Naomi Watts (Sally) también, Banderas (Greg) le pone la cara al capital español (no me recuerden el promocional de Barcelona) y cómo ha hecho un pacto con el diablo o con Pitanguy, está atractivo y correcto, tampoco se podía hacer más. A Gemma Jones (Helena) le va en el físico y solo con verla nos basta. Me apetece nombrar a Juliete Taylor, directora de reparto, que ha trabajado en casi todos los films de Allen y que algo debe de tener que ver en el asunto, aunque solo sea el acierto de contratar a Freida Pinto (Dia) (Slumdog Millionaire, ¿recuerdan?), elegante, morena y guapísima. Josh Broslin (Roy) no me gusta nada, deben de ser cosas mías. Por cierto, fíjense en la mujer que preside la mesa espiritista, ¿no se parece a Mia Farrow? ¡Qué fuerta!
Una película bien hecha, divertida y correcta.
Me gusta Woody Allen y pasé un buen rato. ¡No me recuerden…!

© Del Texto: Ivor Quelch

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