jul 11 2013

Apocalypse Now Redux: Todo es un infierno

En 1979, Francis Ford Coppola entregó el espectáculo más abrumador, espeluznante y, si se quiere, extravagante, jamás filmado. El director echó el resto en este trabajo. Todo su trabajo, todo su talento y su prestigio se puso en juego durante un rodaje en Filipinas lleno de baches, falta de presupuesto y problemas diversos por doquier. Y el resultado fue una excelente película que, sin duda, está entre las mejores de toda la historia.
Francis Ford Coppola y John Milius escribieron el guión adaptando (muy libremente) El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad. Otra época, otra trama, pero manteniendo buena parte de la esencia del relato. ¿Cuál es esa esencia? Fundamentalmente, el regreso del hombre a su estado más primitivo puesto que todos somos lo mismo desde que el ser humano lo es, aunque disfracemos nuestra existencia de una forma u otra. Coppola traslada la historia de Conrad a la guerra de Vietnam, una guerra terrible en la que todo lo que sucede se confunde y termina siendo una misma cosa. La diferencia es el maquillaje, ese disfraz que justifica una crueldad o lo convierte en un acto atroz y punible.
Pero, también, del mismo modo que ocurre en El corazón de las tinieblas, el entorno es un personaje más, con su propia vida, con su coherencia, con su propio latido. Esto es algo que no puede olvidar el espectador.
El guión es espléndido. Alterna momentos de acción con otros de cierta tranquilidad, pero sin perder la tensión en ningún instante. Porque el personaje del coronel Kurtz (Marlon Brando) se va desarrollando sin aparecer hasta el final. Porque la evolución del resto de personajes va desarrollándose a la par. No se puede entender al coronel sin entender y atender a todos los que van apareciendo en pantalla. A todo lo que se enseña.
Desde el principio, Coppola hace una declaración de intenciones. El capitán Willard está siempre en el mismo lugar. Bien porque lo desea, bien porque lo sueña, bien porque, efectivamente, se encuentra allí. Replegado sobre sí mismo, ardiendo en su propio infierno. En él. Un hombre que se asoma al abismo de lo que es -Willard lo ha hecho- jamás regresa. Un abismo en el que todos tenemos parte o la totalidad. Lo sepamos o no.
Una fotografía impecable, una banda sonora convertida en símbolo y un despliegue de medios descomunal y bien gestionado son las señas de identidad de la película. La partitura de Carmine Coppola es inquietante, profunda; se salpica con temas de The Doors, Flash Cadillac, Richard Wagner y de The Rolling Stones, entre otros. La fotografía de Vittorio Storaro logra una conjunción perfecta entre luces, sombras y nieblas, que resaltan los estados de ánimo de los personajes a la perfección. Por otra parte el montaje de Richard Marks, Walter Murch y Gerald B. Greenberg (esta versión Redux la montó Murch) es una clase magistral. Por ejemplo, cómo presenta las escenas que van del ataque al barco en el que muere uno de los personajes hasta la salida de la plantación francesa, es extraordinario.
En Apocalypse Now Redux encontramos escenas inolvidables que ya están colocadas entre las más importantes de la historia del cine. También otras que no parecen ser entendidas del todo y son criticadas por romper el ritmo del conjunto sin aportar nada. Un ejemplo de las primeras es el ataque del regimiento de caballería. Helicópteros, música de Wagner y, sobre todo, el coronel Kilgore al frente de sus hombres. Robert Duvall interpreta el papel aportando una credibilidad impresionante. Y su personaje es el que aclara a Willard (encarnado por un Martin Sheen extraordinario) y al espectador algo fundamental: Si Kilgore está al frente de un regimiento nadie puede acusar a otro de estar loco o de ser un asesino (cosa que ocurre con Kurtz). Kilgore es capaz de arrasar una aldea para que sus hombres puedan practicar surf, no permite que un combatiente sea dejado a su suerte salvo que su propio interés aparezca y todo se reduzca a sí mismo. Es un ser cruel y terrible. Todos en Vietnam son así. Esta escena de la carga con helicópteros está rodada con maestría. Pocas películas bélicas han llegado a este nivel de claridad expositiva y de sentido en las escenas violentas.
El ejemplo de zona expositiva no entendida y criticada con dureza lo encontramos en la que va desde la llegada a la plantación francesa hasta que Willard y sus hombres la dejan atrás. Son muchos los que han dicho que es prescindible y que funciona como una explicación política de la trama. Nada más lejos de la realidad. Tras el ataque que sufre la lancha (la muerte de un compañero; las cartas que habían recibido todos excepto Willard que tiene, a cambio, un informe secreto de sus mandos; la cinta de la madre que escuchamos por encima del resto de sonidos, la pérdida del cachorro de Lance), los soldados descubren un reducto de lo que fue y ya casi no tiene relevancia, poemas recitados por niños, una mesa ordenada y limpia, el discurso vacío del que quiere repetir la historia y está condenado a ello con los matices imponderables. Descubren una buena parte de la realidad olvidada entre tanta locura, pero que sirve a Willard para ver otra parte de su universo (la iluminación es perfecta cuando nos lo enseñan deslumbrado, atónito), otra parte de la verdad. Todo se repite, todo es lo mismo. Una mujer viuda interpretada por Aurore Clément (misteriosa y envuelta por un aura brillante entre lo sucio) representa esa zona del ser humano sensible, conocedor de lo que es, de lo que fue y de lo que será. Es la normalidad narrada. Preparar la pipa (seguramente de opio) a Williard, como siempre hizo con su marido difunto, es el colofón. Y se presenta como casi irreal, tras la mosquitera, como un fantasma del recuerdo. Destaca, también Christian Marquand interpretando a Hubert de Marais. Desde aquí, queda claro que el enemigo no es el ejército de enfrente. Es la propia esencia del ser humano y el entorno, la naturaleza. La selva se muestra silenciosa, amenazante. Los ataques llegan desde ella aunque no vemos al enemigo que esperamos. Se va cerrando sobre el barco, sobre sí misma. A partir de aquí, todo alcanza profundidad, desesperanza. Un sentido que se forma desde la falta de él. Por tanto, de escenas flojas o innecesarias no podemos hablar.
Apocalypse Now Redux es una película perfectamente dirigida desde el punto de vista actoral. Ni uno solo de los que aparecen en pantalla está fuera de un nivel extraordinario. Incluido Marlon Brando al que algunos acusaron de imitarse a sí mismo.
Un espectáculo impresionante salpicado de momentos que deben contemplarse. El paso por el puente Do-Lung; el campamento en el que se encuentran las chicas Playboy, la ya mencionada carga de los helicópteros, el poblado de Kurtz. Todo en Apocalypse Now tiene importancia, todo es fantástico y hace mella en el espectador.
La versión Redux es muy larga aunque creo que, lejos de restar como se ha criticado tantas veces, añade interés al conjunto. Desde luego, si tienen la oportunidad de ver la película en pantalla grande, no la pierdan. Esta es una de las mejores películas de la historia.
© Del Texto: Nirek Sabal


abr 12 2011

El último tango en París: Yo y mi ego

Unos títulos de crédito iniciales adornados con pinturas de Francis Bacon, y el posterior plano que baja en picado hacia Marlon Brando marcan las pautas de lo que el director, Bernardo Bertolucci, nos retrata en las siguientes dos horas; una historia que va de cómo bajar a los infiernos; la caída de dos seres perdidos en París.
Bertolucci (que firma el guión junto a Franco Arcalli) nos muestra con este relato la falsa ilusión de lo nuevo, lo que llamamos bohemio (un mero estereotipo social, idealizado por muchos, defenestrado por otros), que no es más que la falta de personalidad y de principios; todo ello adquirido por creencias y complejos. Lo que lleva a Jeanne (Maria Schneider), una joven mujer ilusa e inocente a crearse un síndrome de dependencia (tanto fisiológico como psicológico) cuando empieza a conocer a Paul (Marlon Brando), un hombre maduro en sentido físico y aparentemente (en un primer momento) también en lo concerniente al pensamiento; a perderse en una ola de depresión sexual e impersonal. Es decir, un síndrome de dependencia a ese vacío existencial con la fachada del sexo y los fuegos artificiales que produce la figura autoritaria del hombre sobre la mujer.

El director con ello critica cómo el ser humano es completamente manipulable y manipulador según la experiencia del individuo observado desde el punto de vista psicológico y social; de cómo se crean lazos o vínculos con otras personas que son irremediablemente autodestructivos, enmascarado todo ello en un principio con lo que podríamos denominar a modo coloquial buen rollismo. La hipocresía como una forma de vivir y no de pensar.
El hecho de que, tanto Jeanne como Paul, apenas lleguen a conocerse (y no sepan sus nombres hasta el final) retrata una realidad deprimente, frívola, angustiosa, donde impera el placer por el placer, sin tocar el ámbito de los sentimientos ni las causas personales de cada uno; vivir el presente por vivirlo, sin objetivos o metas, y esto es tan aplicable a la sociedad actual como hace treinta años. Bertolucci también nos habla de distintos modos de ver la hipocresía, tanto desde Paul, como del prometido de Jeanne, un joven cineasta francés que vive inmerso en su burbuja fantasiosa, es decir, no importa si se es viejo o joven, la mentira puede estar presente en ambos. El problema es ese cliché social y completamente falso de decirse de que alguien con más edad, es más maduro, responsable y con experiencia. Eso es un error. La mayoría de relaciones que se dan en estos casos acaba como en las películas, uno de los dos personajes cede a la locura del otro, y acaba tornándose en un sin vivir, lo que nos lleva a una sola consecuencia: todo acaba realmente mal. Otro tema importante es cómo se relaciona durante toda la película la sexualidad con la muerte, a medida que transcurre el relato observamos cómo Jeanne va sumiéndose en un pozo sin fondo con cada encuentro sexual debido al autoritarismo de Paul, que la lleva a la sumisión, una imagen nefasta de lo que el machismo puede llegar a hacer, de cómo a través de la psicología (y por qué no, un uso de las ideas y el lenguaje manipulador y satisfactorio) someter a una persona y hacerle creer que no es más que un mero objeto para un fin, o ninguno.
También es de destacar, a modo anecdótico, cómo el director critica el nuevo cine francés que surge entre los 60 y 70, a ese grupo de cineastas vanguardistas llamados Nouvelle Vague, un cine que consideraba vacío y estúpido, y lo hace a través del prometido del personaje de Jeanne.

En lo concerniente al ámbito técnico del film, la fascinante fotografía de Vittorio Storaro entre tonos fríos y cálidos muy contrastados y ese color amarillento que impregna muchos pasajes del relato; así como la música de Gato Barbieri y el buen uso del saxo como un elemento afrodisíaco más hacen de esta, una obra maestra del séptimo arte.
En conclusión, la mantequilla, el altar al falo masculino, el sexo por el sexo y la sodomización quedarán ahí, en la superficie, con los fuegos artificiales (esto es lo que se queda el público mayoritario) de los que hace gala Bertolucci para contarnos una historia que trasciende más allá de todos esos elementos. Y es que el ser humano es bueno por naturaleza, solo se vuelve posesivo y destructivo cuando se convierte en un animal social. Tal y como se dice en un momento dado del film: La libertad es asesinada por el egoísmo.
© Del Texto: Gwynplaine Thor


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abr 10 2010

El último tango en París: Sin retroceso


Ron Carter – Can�ao do sal

Un ordenador, un envase de mantequilla y unos dedos juguetones. Podría empezar con estas tres cosas para intentar poner al personal en disposición de leer una reseña erótica de “Un tango en París”. Espero no defraudar a nadie, pero para mí “El último tango en París” tiene muchísimas connotaciones además de esa.
Una de ellas, me remite a mi infancia. Sí, mi niñez. No es que fuera una niña de sexualidad precoz, pero cuando se estrenó “El último tango en París”, yo andaba dando tumbos por el mundo. Soy preconstitucional. Mi infancia estuvo marcada por cosas tan peregrinas como ir los domingos a la Plaza Cataluña a dar de comer a las palomas o las listas que mi madre entregaba a una vecina que los fines de semana iba a Andorra y nos proveía de azúcar, chocolate, queso de bola, colonias de lux y galletas danesas; y, la que ahora aquí me ocupa, la de poder señalar en el mapa de Francia donde estaba Perpiñán.
Sí, sabíamos dónde estaba Perpiñán porque hasta allí era donde nuestros padres decían ir a pasar el fin de semana y descansar aunque, en realidad, dar la excursión en cuestión no tenía otra finalidad que ir a ver “El último tango en París”. Se fletaban autobuses con la única finalidad de ir hasta Francia y ver como Marlon Brando sodomizaba a María Schneider a base de mantequilla. Eso y no otra cosa es lo que de boca en boca corría por aquella época.
Siempre me intrigó esta película, así que, cuando pude, me hice con una copia de aquella película que había sido censurada en España y que había provocado autenticas caravanas en la frontera de la Jonquera.
El film nos sitúa en París, a principio de los años 70. Paul (Marlon Brando), un hombre de 45 años que acaba de enviudar y Jeanne, una muchacha de 20 años (María Schneider), actriz amateur, se encuentran casualmente mientras visitan un piso de alquiler en París. Desde ese primer encuentro casual, la atracción entre ellos surge de una manera brutal, de manera que sin cruzar apenas unas palabras, terminan haciendo el amor de una manera casi animal, en un piso totalmente vacío. A partir de ese momento, los encuentros en ese piso, que alquila Paul, se irán prolongando en el tiempo. Entre ellos se establece una relación que traspasa lo carnal para adentrarse en las relaciones violentas y de sumisión de Jeanne a Paul.

“El último tango en París” ha sido una película que además de lo sexual, trata de otras muchísimas otras cuestiones, bastante más sustanciosas, salvo que nos queramos quedar en lo meramente sexual, pero que han pasado totalmente desapercibidas. Retrata la crisis existencial de un hombre que siente la necesidad de romper con todo aquello que le ata al pasado e incluso al futuro. Vivir el sexo por el sexo, completamente desligado de emocionales, sin necesidad de conocer nada del otro, nada de nada. Sin vivir más allá del momento en el que están. Sin embargo, el sufrimiento no desaparece, sino todo lo contrario, pues el condicionante de no entrar en el mundo de uno y de otro, dejando de lado las historias personales de cada uno. Viven un “no hay futuro”, un “no hay esperanza”, sin que la entrega absoluta de uno a otro pueda abstraerse de lo que cada uno son. La válvula de escape de sus vidas, esos encuentros tan poco corriente, alejados de los convencionalismos sociales de la época, se convierte, poco a poco, en el yugo que terminará degradándolos totalmente hasta el punto de desear morir. El posterior intento de acercamiento personal fracasa totalmente.
La estética de la película, absolutamente desnuda de artificios, intentando centrarlo todo en los planos de sus dos protagonistas, en un lugar vacío, vestido a base de diálogos centrados en un presente limitado, colaboran en la creación de una atmosfera que, lejos de ser tranquilizadora, sirve para aumentar la angustia que ya de por si transmiten ambos personajes, sobre todo el de Marlon Brando.
El film de Bertolucci es una obra maestra pues consigue transmitir la imposibilidad de dar marcha atrás a las consecuencias de nuestras propias decisiones, consecuencias, que como en este caso, tienen un final trágico que es absolutamente inevitable.
A destacar una vez más, la banda sonora. El músico Gato Barbieri fue inmediatamente reconocido mundialmente a partir de su intervención en esta película.
Les recomiendo vean “El último tango en Paris” y que escudriñen en al metafísica de sus personajes, no se dejen engañar por la simple mantequilla.
© Del Texto: Anita Noire