ene 15 2013

El inocente: Aunque la mona se vista de seda

Lo original de un guión no llega desde un giro argumental brusco que busque cerrar la trama o parte de ella entre fuegos de artificio. Eso es una chapuza. Un guión ya sabido (actualmente el 90% de los guiones son extensiones o copias de lo que ya se ha visto un millón de veces) es eso, un guión sobado, contado, revisado, plagiado y pesado. Un adorno aquí o allá no le convierte en la novedad del siglo. Eso es una trampa y, que yo sepa, las trampas no deben hacerse nunca y mucho menos a la vista de todo el mundo. Esta feo.
Pues bien, El inocente (The Lincoln lawyer) se soporta sobre un argumento de carácter judicial en el que se ve envuelto un abogado (suele defender a los malos) al ser contratado por un tipo que se declara inocente sin serlo, claro. ¿A que no saben cómo acaba la cosa? Exacto. Siempre es así. ¿Lo ven? Con cuatro cosa que he escrito ustedes se saben la película de principio a fin. Es entretenida si una quiere mirar la pantalla como si estuviera mirando al mar o un escaparate de maquetas en movimiento. Si perder el tiempo es lo que hace entretenida a una película esta es de óscar. Además, este guión, ya lleno de tópicos, se sale de madre poco después del comienzo planteando situaciones difíciles de asumir e inverosímiles. Como es un auténtico desastre, lo que hace el guionista (no he querido saber ni el nombre) es ir introduciendo personajes a medida que la trama se complica. ¿Para qué? Para que funcione la cosa, para explicar lo inexplicable. Digo personajes por entendernos porque ni tienen profundidad ni crecen en absoluto pase lo que pase. Lo tiene todo El inocente. Es una joyita.
Brad Furman busca lo espectacular de la situación nadando a ras de superficie. Ni busca alternativa con los encuadres, ni busca planos diferentes, ni con el material narrativo, ni con nada. Y, claro, termina entregando un trabajo vacío; más un intento de encajar piezas que de cuidar si están puestas del derecho o del revés.
Matthew McConanghey y Marisa Tomei interpretan; él como puede, ella con gran desgana; los papeles protagonistas. En varias escenas aparecen borrachos. Me pregunto si bebían de verdad o fingían, si querían ahogar las penas por tener que rodar este bodrio o se limitaban a interpretar.
Del resto nada que decir. Si sigo pensando en esto me voy a desmayar. Casi seguro.
© Del Texto: Nirek Sabal


dic 9 2010

Factotum: Las vidas desperdiciadas

Charles Bukowsky, escritor de la generación beat, el año 1945, escribió su novela Factotum. En el año 2005, Bent Hamer, cineasta de origen noruego, escribió, dirigió y produjo la película basada en la novela de Bukowsky, y le mantuvo el título, FACTOTUM.
Hank Chinaski (Matt Dillon) es escritor, (en realidad es el propio Charles Bukowsky, su alter-ego). Su vida es la literatura, malvive con cualquier trabajo que se le presente y le permita observar el mundo que le proporcione las historias, las imágenes que plasma en sus poemas y relatos. No le importan los trabajos que va consiguiendo para sobrevivir de cualquier manera. Escribe incansablemente y envía todos sus escritos a las distintas revistas literarias que sistemáticamente rechazan sus trabajos. Su vida es una perfecta confusión de alcohol, apuestas y sexo. La relación con las dos mujeres a las que ama Jan (Lily Taylor) y Laura (Marisa Tomei) es tortuosa a más no poder. Para Chinaski la vida no vale nada si uno no está dispuesto a jugárselo todo hasta el final para llegar a lo que quiere. Una vida turbulenta en la que Jan, la mujer a la que ama, acabará abandonándolo por otro hombre. En medio de la crisis, cuando parece que todo se hunde, recibe la llamada de una prestigiosa revista literaria.
Es cierto que la película se parece poco a la novela que escribió Bukowsky, pero desde luego el director ha conseguido transmitir el mismo ambiente sórdido que nos llega con la novela y la filosofía del autor que entendía que el mundo apesta, pero que no queda otra que sobreponerse una y otra vez a la constante adversidad de una sociedad podrida. La propia película consigue transmitir la autentica pasión del escritor por la literatura y su anclaje a aquello en lo que creía, pese a que nadie y nada reconociera su trabajo. Algo nada extraño en este mundo. La transmisión del dolor en forma pura que Bukowsky nos lo transmite con una pluma afilada y Hamer con una acertadísima elección de actores y un guión perfectamente tramado para conseguir mostrarnos quien fue este escritor que, con el tiempo, se ha convertido en un icono.
Una reflexión sobre cómo desperdiciamos nuestra vida con cosas de lo más intrascendentes, en aquello que nada nos importa, relegando al espacio de lo onírico lo que en realidad nos llena. Vivimos como borregos ante las servidumbres de una sociedad que no nos tiene en cuenta, pero que hemos creado con esfuerzo y que alimentamos a base de convertirnos en caricaturas de nosotros mismos.
Una excelente película. La interpretación de Matt Dillon, aquella promesa del cine, despunta como un actor con una actuación brillante en su personaje, al igual que Lily Taylor. Ambos están perfectos. Su elección fue desde luego todo un acierto. La fotografía superior y no se pierdan la banda sonora de Kristin Asbjornsen.
Abandónense a la película, sentirán que el mundo es una mierda, una gran estafa, pero es que en definitiva, eso es lo que es, por mucho que de vez en cuando lo tiñamos de rosa y le pintemos una sonrisa Profident.
© Del Texto: Anita Noire


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jul 13 2010

Antes que el diablo sepa que has muerto: Que pena de presupuestos

Sidney Lumet escribió el guión de la película Antes que el diablo sepa que has muerto. También la dirigió, claro.

Un título magnífico. La película, aunque con zonas de exposición muy interesantes, no tan magnífica como ese título.

Lumet cuenta algo que ya han contado otros. Un millón de veces, más o menos. Dos hermanos se encuentran en apuros económicos. Finalmente deciden atracar una joyería de Wetchester (Nueva York). Es el establecimiento de sus padres. Un golpe fácil y limpio que se convierte, por supuesto, en un infierno. Todo se va desarrollando dibujándose el peor de los escenarios posibles para los personajes.

El mayor de los hermanos, papel interpretado por Philip Seymour Hoffman, es un ejecutivo de éxito, adicto a la heroína y desastroso en su relación matrimonial. Un personaje que todo lo tiene y todo lo pierde. Es el que trama el plan, es el que se lo propone a su hermano y deja que sea él quien lo lleve a cabo. Se dibuja (como el resto de personajes) a base de retales que terminan siendo un traje mal cortado. Pero traje al fin y al cabo.

El hermano pequeño (Ethan Hawke) es pusilánime, fracasado, desastroso como padre y marido. Este es adicto al sexo. Sobre todo con la mujer de su hermano. Un personaje que nada tiene y nada puede perder aunque tampoco quiere o puede tener. Mete la pata de cabo a rabo destrozando un plan que debería haber sido perfecto.

Albert Finney es el padre de las criaturas. Siente cierto desprecio por su hijo mayor. Y cierta predilección por el pequeño. Se convierte en una fiera a medida que la trama avanza. Un personaje que lo tuvo todo y que le importa un bledo perder hasta los calzoncillos. Su vida deja de tener sentido.

La esposa del hermano mayor y amante del pequeño es Marisa Tomei. Este es un personaje que pudiera parecer que sobra. Nada más lejos de la realidad. Tampoco aparece para iluminar alguna motivación de los principales. No. Es autónomo y bien interpretado por Tomei. Es el personaje que tiene todo prestado, que no es nada por esa razón.

Pues bien, con estos personajes y estos actores, Lumet monta una película que se queda a medio camino. Intenta, avanzando y retrocediendo en el tiempo, ser original. No lo consigue, claro. Y no lo consigue porque eso también está hecho hace un siglo por muchos, pero, sobre todo, porque fragmentar la trama de ese modo no aporta nada a la narración. Hace trocitos la película y los ordena de modo que el espectador va encajando las piezas del puzle para saber lo que pasa. Repite escenas incompletas para lograr cierta coherencia narrativa y facilitar la labor de reconstrucción al espectador. Pero no consigue nada más que eso. No modifica el punto de vista en ningún momento (eso hubiera sido ideal para que los personajes mostraran su forma de ver y crecer tomando forma) sino que modifica la focalización en la narración. Por eso alguien que se pregunte sobre lo que ve no terminará de entender ni de justificar la acción. Dicho de otro modo, quedan muchos cabos por atar, no en desarrollo y final de la trama, sino en su justificación y en la motivación personal de cada uno de los personajes.

Parece mentira que con el presupuesto que manejan algunos y con la experiencia que arrastran cometan errores de esta envergadura. En cualquier caso, la película se deja ver. Incluso el espectador poco exigente puede disfrutar de lo lindo. A mí no me importaría volverla a ver. Si tengo un par de horas libres lo haré.

© Del Texto: Nirek Sabal