ene 29 2012

La môme: una interpretación enorme y poco más

Existen muy pocos misterios alrededor de la vida de Edith Piaf. Se ha escrito hasta la saciedad sobre este mito y leyenda de la canción francesa y nada de lo que pueda aparecer será novedad. Es por eso que la película La môme, verdadero título del biopic dirigido por Olivar Dahan, no nos va a aportar absolutamente nada que no sepamos sobre esta leyenda de la música.

Sin embargo, pese a no ser una película que pase a los anales de la historia del cine, son varias cuestiones las que se pueden destacar de esta producción. En primer lugar, la extraordinaria fotografía de Tetsuo Nagata (con direcciones fotográficas en producciones francesas: Paris, Je t’aime, El pabellón de los oficiales, etc.) que no sólo retrata y recrea la atmósfera rotunda y asfixiante del París de la época, sino que consigue que entremos en todos y cada uno de los rincones recorridos por la Piaf; y la espectacular interpretación de Marion Cotillard en el papel proyagonista que, como si de un camaleón se tratara, se transforma hasta el punto que uno tiene la sensación de estar frente a la mismísima Piaf; fajándose con la mujer joven y con la mujer adulta, que no anciana, que finalmente falleció (Edith Piaf pese a la aparente vejez sólo tenía 45 años cuando murió).

Uno de los hándicaps de la película es que su director, Oliver Dahan, da por sentado que todos conocemos la vida de la artista y juega con el desorden de la trama, con flashbacks que, en ocasiones,  parecen colocados con calzador y hacen que el espectador pueda perderse en multitud de detalles y momentos de la vida de la artista que no son menudos. Posiblemente, hubiera sido más adecuado seguir el orden cronológico de la vida de Piaf y la película no hubiera perdido nada en absoluto sino todo lo contrario.

Una película para ver la impresionante construcción del personaje que hace Marion Cotillard, su evolución continua y, sobre todo escuchar, no los diálogos que sostienen los distintos personajes que por ella se suceden, sino para escuchar, de viva voz de Edith Piaf, sus maravillosas canciones. Sin embargo, y pese a ello, pese a la dramática ambientación, pese a la durísima vida de la artista, esta película no va a conseguir arrancarles ni una sóla lágrima, ni tan siquiera va a conseguir emocionarles mínimamente. No sé dónde está el error, o puede que no lo sea, y el director y los guionistas quisieran entregarnos una producción absolutamente aséptica. No lo sé.

Sin embargo, ignoro también el motivo, por el que este paseo por la vida de la diva de la canción francesa, con una vida miserable y desagraciada hasta el final, consiguió tenerme clavada frente a la pantalla durante las más de dos horas de su metraje. ¿Incongruente? Puede que lo sea. ¿Para recomendársela? Pues sí, pero no esperen nada más allá de lo que ahora les digo. Una película para gozar de una interpretación grandiosa y acaramelar nuestros oídos. Poco más.

© Del Texto: Anita Noire


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may 24 2011

Midnight In Paris: El encanto de algunos tópicos

Y empezamos con el habitual recurso de Woody Allen de la voz en off en boca del protagonista de este bohemio cuento de hadas, Gil (Owen Wilson), evocando nostálgicamente al París de los años 20. Y con la prometida pija poniéndole los pies en la tierra, porque ni loca se mudaría de California a París. Y como colofón a la introducción de la película, una serie de postales de París en su mayor esplendor.
Cuando se empezó a comentar que Midnight In Paris, la nueva de Allen, era la mejor película desde Match Point, apenas esperé dos días para ir al cine a verla, expectante y con muchas ganas de comprobar que el director por fin había superado esa racha de medias tintas que últimamente le venía caracterizando; pero, eso sí, sin saber absolutamente nada del argumento, y de casualidad que había visto el póster en algunas marquesinas.
Con esta expectación e incertidumbre no me pareció que la película comenzara muy bien, pero poco a poco, y porque los tópicos Woodyalienses enganchan, va cogiendo ritmo: Nunca nos aburriremos de ver la historia de la familia adinerada obsesionada por las compras, cenas y demás eventos y actividades de la clase alta, cuya hija está prometida con el antagónico novio, exitoso guionista de Hollywood, pero a la vez bohemio y resignado a vivir en el siglo XXI, que ve París como posible inspiración para su primera novela, cuyo protagonista trabaja, curiosamente, en una tienda de nostalgias. El contraste es obvio, y no huele nada bien; la situación es cómica y se acentúa cuando la pareja se encuentra con un matrimonio amigo de Inez, también californiano, dispuestos a acelerar el ritmo de viaje propio de la alta sociedad, en la que Gil se convierte en el cuarto en discordia. Por eso, la noche en que su prometida Inez y la otra pareja se van a bailar, Gil decide regresar caminando al hotel para reflexionar sobre su libro y acaba perdido en las escaleras de una iglesia en la que las campanas comienzan a tocar la medianoche.
Es entonces cuando comienza el cuento de hadas para Gil, que es invitado a subir a un coche antiguo y transportado hasta sus añorados años 20. En su primera noche, y para su asombro conocerá al mismísimo Scott Fitzgerald y su mujer Zelda, y a Hemmingway entre otros, porque a esa mágica noche le seguirán otras varias donde conocerá a los diversos personajes que convertían en esa época a París en la capital mundial de la cultura. Y por las mañanas despertará en su hotel de cinco estrellas del siglo XXI tan desconcertado y sorprendido como el propio espectador, cuestionándose el presente, el pasado y el futuro, reafirmando su amor por la capital francesa del siglo pasado, deseando que vuelvan a tocar las campanadas. Y es que ésta no es una historia de príncipes y princesas: es una fábula en toda regla, con los enredos propios de cualquier época, en la que el arte y la literatura, el charlestone y las cortinas de humo, no son más que adornos (bien conseguidos) del eterno inconformismo que vive el hombre en el día de hoy, de la melancolía por el pasado, de cuestionarse la identidad de uno mismo en los momentos que le ha tocado vivir.
Esta vez, Allen se mantiene constante en el desarrollo, incluso acelerado, según transcurre la película – como la vida misma – y consigue conectar con el espectador a través de un Owen que inspira ternura y mucha mucha empatía, que se ve atrapado en dos mundos, en cada uno de los cuales una mujer ocupa su corazón. En los años 20, una espléndida Marion Cotillard en el papel de Adriana (amante de pintores y escritores), tampoco se conforma con su época, y tras un par de encuentros con Gil, acaban una noche en la Belle Époque, de donde Adriana decide no regresar. Es entonces cuando nos damos cuenta de que ni siquiera nosotros estamos cómodos sentados en la butaca del cine, sonriendo como si nada ante esta nueva obra de Woody Allen, disfrutándola, pero llenos de insatisfacción cuando el cuento acaba y se encienden las luces.
Bien podría ser este un cursi relato, pero es el reflejo de todos aquellos que sentimos estar en el lugar equivocado en el momento equivocado, de los que nos gustaría que los aires que corrieran fueran diferentes, pero al final no queda más que la resignación y la lucha personal e individual por alcanzar metas, lejos de los llamados sueños, y por encima de todo, de tomar decisiones propias cuyas consecuencias pueden ser determinantes y, quién sabe, si tener un alcance a largo plazo gratificante y sorprendente.
© Del Texto: Coletas


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ago 9 2010

Origen: Muchos flecos sueltos

Durante muchos años fui abonado en la plaza de toros de Las Ventas del espíritu Santo de Madrid. Estaba rodeado de aficionados con grandes conocimientos taurinos. De modo que aprendí mucho durante los primeros meses. Mucho. Poco a poco, entendí la liturgia de una corrida de toros, cómo y donde debía colocarse el matador frente al toro para lidiarle, la importancia de la mano izquierda o si una estocada estaba en su sitio o no. Lo aprendí todo. Y todo dejó de gustarme porque sabiendo cómo debían ser las cosas, reconociendo un animal bravo, bravucón o manso y las ocasiones perdidas, absolutamente todo era un error. No podía gustarme algo imperfecto. Nada tenía sentido si no se llegaba a ese punto en el que las cosas son exactas. Un buen día un hombre mayor se me acercó, me ofreció un cigarro y comenzó a charlar. Me preguntó por mis cosas, por mis novelas, por mi forma de ver los toros. Bueno, dijo, ya has aprendido todo lo necesario. Sólo falta que te sientes dispuesto a disfrutar de lo que ves, de olor, del sol en la cara. Después de aquella conversación fue cuando comencé a disfrutar del espectáculo. Los peros los discutía tomando una cerveza después de ir a la plaza. Todo tomó un nuevo rumbo.

Dejé de asistir a la plaza hace mucho tiempo. Ya no me interesa nada de todo aquello. Pero eso es harina de otro costal.

Ayer me senté en la butaca del cine preparado para ver un gran espectáculo. Y, al salir, supe que había asistido a eso, a un gran espectáculo, colosal. Esperaba Origen, la película de Christopher Nolan, con ansia y me dejé llevar. Una idea estupenda. Una trama trepidante que no deja respirar al espectador desde el principio hasta el final. Un grupo de actores, de buenos actores (Michael Caine, Cillian Murphy, Ellen Page, Ken Watanabe, Marion Cotillard, Lukas Haas, Joseph Gordon-Levitt, Tom Berenger), moviéndose entre decorados digitales grandiosos. Me dejé llevar y disfruté de la película sin parar a pensar sobre los defectos. Ni me fijé en ellos. Me tragué hasta la última escena sin pestañear, hasta la última nota musical de la partitura de Hans Zimmer. Es ahora cuando toca dar vueltas a lo que vi.

Debe ser que las ideas de Nolan son tan extraordinarias que no le permiten contar las cosas como intuyo que él quisiera. Demasiados flecos sueltos. Y, para resolver esa carencia, hace que la trama se deslice hacia la duda y hacia una realización fallida.

Una posible lectura de la película sería la de entender que todo lo visto forma parte de un sueño. La película sería algo así como muchos sueños incluidos en otro que no nos enseñan. Para eso, entre otras cosas, utiliza Nolan el personaje de Mal (Marion Cotillard, esposa del personaje principal, Cobb, interpretado por Leonardo DiCaprio). Una pena ese desperdicio al tratarse de una buena actriz que se queda apenas sin papel. El tótem girando en la última escena que no terminamos de ver, esa realidad en la que Cobb se mueve perseguido por medio mundo y una frontera sin delimitar entre lo real y lo onírico, podría llevarnos a esa lectura a la que me refiero. Y eso convierte la película en una propuesta casi insultante. Por otra parte, los diálogos son excesivamente explicativos. No llevan a ninguna parte distinta a la siguiente escena que, sin esa explicación, haría derrumbarse todo. Pero lo peor de todo es que, sin diálogos, nos quedamos sin personajes. Ni conocemos sus motivaciones, ni su pasado, ni podemos intuir su futuro. Son personajes que están para iluminar la grandiosidad de los efectos especiales. Cobb es el único que parece tener un porqué aunque no es suficiente lo que nos enseñan. Al tratarse de una película que se adentra en el subconsciente del individuo, el asunto es grave.
Nolan juega a los sueños sin tener claro lo que es el pensamiento y el inconsciente. O lo que es peor, da por hecho que el espectador no lo sabe o le importa un bledo. Otro pequeño insulto. Los personajes piensan o sueñan y el registro es idéntico. Quizás lo peor de la película. Y Nolan juega a los sueños de mentira. ¿Hay algo más intenso que un sueño, es posible que las emociones se puedan expresar con más rotundidad aunque queden difuminadas por el estado inconsciente? Pues jugar a los sueños, pero de mentira, hace que la emoción naufrague a costa del uso del ordenador y su grandeza visual.

Pero también hay cosas muy buenas. El uso de la cámara lenta para que los tiempos narrativos de cada sueño vayan cuadrando es más que notable. Nolan ha conseguido que DiCaprio parezca un actor con personalidad propia (sobre todo un actor que no parece una caricatura de uno de sus ídolos). La partitura de Zimmer es muy efectiva. Los efectos especiales son, verdaderamente, alucinantes. Y es muy difícil que alguien se aburra aún cuando la propuesta se derrumba sin remedio.

Ha mejorado este director con respecto al trabajo de los actores aunque como realizador no termina de cuajar. Ideas excesivas, inmensas, no son fáciles de hacer realidad.

La pregunta que me hago es la siguiente: ¿No se está produciendo un uso alocado de la técnica al hacer películas de cine? ¿No podría parecer que estamos en condiciones de contar lo que sea gracias a esa técnica cuando es incierto y las limitaciones son enormes aunque los ordenadores sean un disparate?

En fin. Vayan al cine y disfruten de la película. De verdad que merece la pena. Y dejen todo esto para después.

© Del Texto: Nirek Sabal




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ago 8 2010

Inception: Recuerdos encerrados

Por fin tenemos en nuestras salas una de las películas más prometedoras del año, Inception (Origen), prometedora por la expectación que ha creado debido a su director Christopher Nolan, autor de obras como Memento, Insomnia, el renacimiento de Batman o en mi opinión, su obra cumbre, El caballero oscuro; y prometedora porque en ella se han volcado una ingente cantidad de medios técnicos sofisticados a la orden de una historia más que interesante.

Dominic Cobb (Leonardo Di Caprio) es un ladrón de secretos. Para ello utiliza una máquina llamada Origen, la cual transporta a los sujetos que la utilizan al mismo subconsciente de la persona. Cobb actúa para grandes corporaciones en la lucha por el poder, y es un fugitivo en muchos países. Su objetivo es ganarse el derecho a volver a casa, de la que fue exiliado por un grave incidente que le dejó con un fuerte sentimiento de culpabilidad y que marca todos sus trabajos: su mujer fallecida y el abandono de sus hijos. Para ello le ofrecerán un último trabajo, el más difícil de todos, en vez de robar una idea de una mente, introducirla, y en su periplo se rodeará de un equipo de personas a cada cual más variopinto. Cobb y sus chicos crearán un plan para introducir una idea en el hijo de un magnate fallecido, el cual está siguiendo los pasos ambiciosos y arrogantes de su padre, para que cambie su percepción de la realidad y sus sentimientos.

Al contrario de otras películas como Matrix o Nivel 13, donde los personajes iban subiendo poco a poco a la auténtica realidad con la base del mito de la caverna de Platón, aquí nos encontramos con un auténtico descenso al ‘’Infierno de Dante’’ (La Divina Comedia, léanlo si tienen lo que hay que tener), pues los sueños se dividen en capas o niveles y el objetivo será crear un sueño dentro de un sueño de otro sueño, y cuanto más profundidad hay, si se muere, queda el sujeto en un estado de coma o durmiendo literalmente durante décadas hasta encontrar la salida, a dicho nivel se le llama Limbo (‘’Purgatorio’’ para la obra literaria de la que hablo). El ‘’Paraíso’’ vendría a ser la catarsis y redención de Cobb. Porque de eso trata toda la película, es la redención de un personaje atormentado por sus recuerdos, es un film sobre lo que no podemos dejar escapar de nuestra mente, de esa persona que quisimos una vez y se fue pero se quedó atrapada en nuestro pensamiento, y de esta manera se distorsiona en nuestro subconsciente viciándonos, y en este caso, aportándonos simplemente un sentimiento de culpabilidad. Decir que Marion Cotillard está espléndida como ‘’Mal’’, la mujer de Cobb, o Ellen Paige como ‘’Ariadne’’, la persona que hará que Cobb esté lo más posible con la cabeza en la tierra y no sucumba ante sus propios recuerdos. También cabe destacar Gordon Levitt como ‘’Arthur’’, mano derecha de Cobb y una de las revelaciones de la cinta que nos ocupa. Y como ya viene siendo habitual en las últimas producciones, Christopher Nolan se rodea de un actor de lujo como es Michael Caine, y que aunque aquí es un simple secundario, su carisma y su sonrisa llenan la pantalla en los pocos minutos que sale.

Ritmo y acción trepidante que no decae ni un minuto de los 150 que dura el film, con grandes escenas que a más de dos y de tres se le quedará grabada en la retina por la espectacularidad visual y sonora que compone el conjunto, mención especial a la música de Hans Zimmer, que auto-plagiándose ya por inercia, logra que nos metamos en la película de lleno, haciendo una banda sonora bastante notable. También destacar la fotografía y el vestuario, bastante sobrio, con esos tonos grises y fríos, propios de un auténtico descenso a la oscuridad de la mente. La idea en sí de la película es bastante compleja, aunque su guión dialogado no es para echar cohetes, uno de los miedos que tenía un servidor era que fuese una paja mental véase el arquitecto de Matrix Reloaded, y películas del estilo donde no hay quien entienda lo que dicen los personajes. Pero no es así, y aprueba con nota.

En definitiva, estamos ante un film sobresaliente en todos sus apartados, que cumple con su cometido que no es más que entretener y que viene a dar una bocanada de aire a una cartelera que de solo mirarla da grima; con una propuesta inteligente, una película que utiliza el pretexto del subconsciente para hablarnos de los recuerdos reprimidos de cualquiera de nosotros, del pasado que no dejamos escapar, de la herencia de una propia personalidad, de la redención que a veces uno necesita para poder ver con claridad… Nolan construye una de sus películas más redondas. Y no hay más.

5, 2, 8, 4, 9, 1…

© Del Texto: Gwynplaine Thor


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jul 30 2010

Enemigos públicos: El lado humano del criminal

Gansters, metralletas, chicas rubias atolondradas, detectives, policías corruptos, la mano floja del más cobarde con las mujeres, ciudades deprimidas, alcohol, tabaco, juego ilegal. Un héroe y una heroína (esta vez morena y descendencia india). Esos fueron siempre los ingredientes  del cine negro. Y son los que utiliza Michael Mann en Enemigos Públicos. Una película que pasó excesivamente desapercibida por las pantallas de proyección cuando es excelente.

A veces me pregunto por qué un tipo de cine se encuadra en una época concreta y ya no puede hacerse nunca más. Parece ser pecado mortal o una traición horrible con los clásicos. Es como si eso que se contó ya no tuviera matices ni posibles interpretaciones y fuera territorio intocable. El cine negro tuvo su momento de esplendor y no caben (defienden algunos) versiones modernas. No terminan de gustar ni a críticos ni al gran público. Una pena.

En el caso de Enemigos Públicos es una auténtica injusticia que no sea reconocida como una gran película. El vestuario es francamente bueno, los escenarios magníficos y los actores están más que bien (quizás el inexpresivo Christian Bale no encaja del todo con el trabajo del resto). Todos los detalles están cuidados al máximo, con gran cuidado, casi mimo. Y, lo más importante, es que el trabajo del director es impecable. Hace crecer a los personajes con cada gesto. Es verdad que ayuda mucho un guión con diálogos excelentes (alguna que otra intervención del Dallinger roza lo literario aunque se queda en el territorio que corresponde, en el del cine). A todo esto se le suma una trama bien construida, un ritmo trepidante y (todo hay que decirlo) un millón de disparos formando un conjunto que arrastra al espectador con solvencia.

La película cuenta la historia de John Dillinger (Johnny Depp), de cómo se convierte en un héroe nacional (roba bancos durante la gran depresión aunque el dinero de los clientes no lo toca jamás), de cómo una mujer llamada Billie Frechette (Marion Cotillard) es capaz de enamorarle tan sólo con aceptar al villano tal y como es, compartiendo sueños. La película cuenta cómo fueron los primeros intentos del FBI por modernizar sus procesos en la investigación criminal. La película cuenta cómo el progreso en el mundo del crimen acabó con lo tradicional. Robar bancos frente a las apuestas ilegales de las que podían vivir los malos, los polis y los políticos sin arriesgar el pellejo. Pero, sobre todo, la película cuenta cómo la violencia genera violencia, cómo el ser humano se trastorna con un arma en las manos. Porque Michael Mann ataca la historia desde ese lado humano del criminal (casi costumbrista como ocurría en la literatura negra), desde el lado salvaje y atroz, pero sin renunciar a mostrar el contrario. Así es el hombre. De paso aprovecha para investigar el ego de alguien como Dillinger, el ego que acaba con los héroes si no son inmortales. Y este ganster no lo era, claro.

Elliot Goldenthal firma la partitura de Enemigos Públicos. Un lujo. Incluye esta banda sonora un tema interpretado por Diana Krall titulado Bye Bye Blackbird que servirá de eje sonoro en la relación de los protagonistas.

Vi la película el verano pasado en un cine de Santa Cruz de Tenerife. Recuerdo que salí emocionado, algo que no me ocurre con frecuencia. Pasó que pude ver una película de cine negro (de las buenas) sin recurrir al reproductor de DVD. Y es que el buen cine lo es en cualquier momento y en cualquier lugar.

© Del Texto: Nirek Sabal

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