abr 15 2013

Fin: Oportunidad perdida

En todo sistema narrativo debe existir una cantidad de información suficiente y una zona expresiva compensada para que el relato se convierta en algo más que una historieta o noticia de periódico. Sin unas cantidades justas, de una cosa y otra, el relato no funcionará. Un exceso de información convierte el relato en la sucesión de escenas que nada dicen y el exceso de expresividad (sin la información necesaria) en un jeroglífico irresoluble.
Fin, primera película del realizador Jorge Torregrossa, arranca con ímpetu, con los elementos técnicos necesarios para hacer buen cine.
Un grupo de amigos se encuentra en una casa de campo; parecen tener guardado un secreto inconfesable; y ocurre algo inesperado que ni ellos ni el espectador reconocen (el paso de un meteorito o algo así por encima de sus cabezas, la desaparición de alguna estrella). Hasta aquí, los personajes habían comenzado a presentarse, todo era creíble, la cámara estaba en su sitio. Hasta aquí, todo bien. Pero después, se produce un derrumbe casi total de la propuesta. Apenas en veinte minutos.
Llega la ciencia ficción sin que tengamos tiempo de conocer a cada personaje (algo que nos dejará sin opciones en cuanto al interés por ellos), lo inexplicable se trata de solventar con una carga expresiva poco sólida, nada se entiende (ni los personajes ni los espectadores aciertan a saber qué ocurre), los animales son agresivos sin una justificación clara, un león aparece en pantalla por las buenas, la lógica de la película se soporta sobre detalles insípidos (el asunto del reloj de uno de los personajes que aparece dentro de su coche es una clara muestra de esto). Si hablamos del final de la película el la cosa es mucho más grave. Todas las dudas que podemos acumular ya se han acumulado. Sobre lo que pasa, sobre los personajes, sobre la justificación narrativa, sobre los escenarios. Todas las dudas que quedan en manos de un doloroso e irritante piense usted lo que quiera o pueda. Poco antes del final, los personajes que quedan sueltos por la pantalla intentan explicar el fondo de la película con un par de frases. Lógicamente, el desbarajuste es absoluto. Puede dar un ataque de risa si se piensa un poco. Eso sí, con la explicación se da por zanjado el asunto. El espectador se queda con cara de pánfilo y hasta la próxima.
Maribél Verdú está bien aunque no se qué pinta metida en un proyecto como este. Carmen Ruiz se esfuerza mucho y logra el personaje más completo (dentro de la falta de dibujos claros que presenta Torregrossa) Andrés Velencoso debería dedicarse a la suyo y no al cine. El resto hace lo que puede.
Muy bien la fotografía de José David Montero.
Torregrossa muy irregular. La película, naturalmente, lo mismo. Hay escenas que son un chiste. Por ejemplo, la persecución de los perros es espantosa. Y el problema no es que la escena esté mal rodada. El verdadero desastre es que se pierden oportunidades magníficas para dar un giro argumental, que a estas alturas de la cinta, es más que necesario.
Todo queda en el territorio de la duda, de la falta de comprensión, de lo ramplón y sin interés alguno. Una oportunidad de oro desaprovechada.
© Del Texto: Nirek Sabal


feb 3 2013

Blancanieves: Atrevimiento cañí

Las críticas excelentes, las nominaciones a premios o el atrevimiento de un director, no hacen que una película sea mejor o peor. Entiendo que la industria cinematográfica española esté falta de un título de relumbrón, entiendo que busquemos soluciones a un panorama algo desalentador, pero no entiendo tanto alboroto cuando esta Blancanieves no aporta casi nada al cine.
La película no tiene un ritmo que la haga, ni siquiera, entretenida. Salta de un lado a otro en la trama sin que exista continuidad entre lo visto y lo que se ha de ver. El director juega a que esta historia se la sabe cualquiera y abusa de ello. Por si era poco los intertítulos están elegidos francamente mal. Donde la expresión del personaje lo dice todo aparece un cartelito. Donde no está clara la cosa no aparece. No se remata bien el guión y el paralelismo con el cuento es, a veces, difícil de encontrar o explicar. Los personajes, dado que no se profundiza en ellos, tienden a quedar planos. Por ejemplo, los enanos toreros son eso, enanos; eso es lo que marca a los personajes. El único que parece destacar por uno de sus rasgos (el que odia a Blancanieves) modifica su actitud sin venir a cuento por lo que ese rasgo se viene abajo y queda al descubierto que no es más que un truco narrativo para intentar dar una continuidad imposible a la trama. La música, a ratos, se hace insoportable. Las zonas en las que las palmas y el flamenco quieren asomar son una tortura para cualquiera. Repetitivas, blandas. La película está rodada en blanco y negro. Muy bien. Pero ¿podría contarse esto mismo en color? Desde luego que sí. La elección del blanco y negro no tiene nada de artístico. Pero, ya que tenía que ser muda, pegaba lo de la falta de color.
La película plantea un drama que se convierte en comedia cuando uno de los personajes crece. El peso dramático cede ante una ironía bastante dudosa, ante un humor casposo (la madrastra posando ante el pintor con su mascota, por ejemplo). Pero es igual puesto que no termina de interesar ni lo dramático ni lo cómico. Si aparecen algunas cosas que resultan graciosas aunque en el guión no están para serlo. Eso de aprender a torear con una sábana y porque el personaje lo lleva en la sangre resulta hasta doloroso.
Si no fuera por el papel de Maribél Verdú, el desastre sería absoluto. Es una madrastra imponente. Macarena García (es la protagonista de la única escena sobresaliente por estética y sentido; la última de la película) está bien aunque no parece que sea la mejor de las elecciones para interpretar el papel. Mi admirada Ángela Molina enseña su parte más descontrolada. Es verdad que en el cine mudo manda la expresión corporal del actor o de la actriz y el matiz musical. Eso es verdad. Pero a la señora Molina se le va la mano y el director, Pablo Bergér, no pone remedio. El resto del elenco no está mal. A secas.
La fotografía es otra cosa. Expresionista y muy cuidada. Francamente bien. Ahora, no es ningún descubrimiento. Esto es algo que parece no tener en cuenta nadie al ver el trabajo de Pablo Bergér. No hay nada nuevo después de Blancanieves. El vestuario notable. El maquillaje, especialmente el de Maribél Verdú, excelente.
Del mismo modo que ocurriera en The Artist, un animal (esta vez un gallo) tiene cierto protagonismo. Ni mucho menos que el del perro de la película de Michel Hazanavicius. En Blancanieves todo es cañí, todo se llena de tópicos que, si bien sirven para intentar una crítica social, se hacen cansinos.
¿Es, en realidad, una película atrevida? Desde luego, se renueva el cuento tradicional, pero no se inventa nada. La única cosa que se hace es trasladar de lugar la acción y ambientarla en un tiempo distinto (otra de las cosas buenas de la película es esa ambientación que logran entre el director y el fotógrafo Kiko de la Rica). Del resto de los elementos técnicos se puede decir lo mismo. Ese atrevimiento del que tanto se habla no aparece por ningún sitio.
Como ven, no se trata de una mala película y como experimento es aceptable. Pero esto significa que el metraje es excesivo porque los experimentos son lo que son. Y por mucho que se envuelva el trabajo en papel de seda será lo que es. Una película más.
© Del Texto: Nirek Sabal