abr 12 2011

El último tango en París: Yo y mi ego

Unos títulos de crédito iniciales adornados con pinturas de Francis Bacon, y el posterior plano que baja en picado hacia Marlon Brando marcan las pautas de lo que el director, Bernardo Bertolucci, nos retrata en las siguientes dos horas; una historia que va de cómo bajar a los infiernos; la caída de dos seres perdidos en París.
Bertolucci (que firma el guión junto a Franco Arcalli) nos muestra con este relato la falsa ilusión de lo nuevo, lo que llamamos bohemio (un mero estereotipo social, idealizado por muchos, defenestrado por otros), que no es más que la falta de personalidad y de principios; todo ello adquirido por creencias y complejos. Lo que lleva a Jeanne (Maria Schneider), una joven mujer ilusa e inocente a crearse un síndrome de dependencia (tanto fisiológico como psicológico) cuando empieza a conocer a Paul (Marlon Brando), un hombre maduro en sentido físico y aparentemente (en un primer momento) también en lo concerniente al pensamiento; a perderse en una ola de depresión sexual e impersonal. Es decir, un síndrome de dependencia a ese vacío existencial con la fachada del sexo y los fuegos artificiales que produce la figura autoritaria del hombre sobre la mujer.

El director con ello critica cómo el ser humano es completamente manipulable y manipulador según la experiencia del individuo observado desde el punto de vista psicológico y social; de cómo se crean lazos o vínculos con otras personas que son irremediablemente autodestructivos, enmascarado todo ello en un principio con lo que podríamos denominar a modo coloquial buen rollismo. La hipocresía como una forma de vivir y no de pensar.
El hecho de que, tanto Jeanne como Paul, apenas lleguen a conocerse (y no sepan sus nombres hasta el final) retrata una realidad deprimente, frívola, angustiosa, donde impera el placer por el placer, sin tocar el ámbito de los sentimientos ni las causas personales de cada uno; vivir el presente por vivirlo, sin objetivos o metas, y esto es tan aplicable a la sociedad actual como hace treinta años. Bertolucci también nos habla de distintos modos de ver la hipocresía, tanto desde Paul, como del prometido de Jeanne, un joven cineasta francés que vive inmerso en su burbuja fantasiosa, es decir, no importa si se es viejo o joven, la mentira puede estar presente en ambos. El problema es ese cliché social y completamente falso de decirse de que alguien con más edad, es más maduro, responsable y con experiencia. Eso es un error. La mayoría de relaciones que se dan en estos casos acaba como en las películas, uno de los dos personajes cede a la locura del otro, y acaba tornándose en un sin vivir, lo que nos lleva a una sola consecuencia: todo acaba realmente mal. Otro tema importante es cómo se relaciona durante toda la película la sexualidad con la muerte, a medida que transcurre el relato observamos cómo Jeanne va sumiéndose en un pozo sin fondo con cada encuentro sexual debido al autoritarismo de Paul, que la lleva a la sumisión, una imagen nefasta de lo que el machismo puede llegar a hacer, de cómo a través de la psicología (y por qué no, un uso de las ideas y el lenguaje manipulador y satisfactorio) someter a una persona y hacerle creer que no es más que un mero objeto para un fin, o ninguno.
También es de destacar, a modo anecdótico, cómo el director critica el nuevo cine francés que surge entre los 60 y 70, a ese grupo de cineastas vanguardistas llamados Nouvelle Vague, un cine que consideraba vacío y estúpido, y lo hace a través del prometido del personaje de Jeanne.

En lo concerniente al ámbito técnico del film, la fascinante fotografía de Vittorio Storaro entre tonos fríos y cálidos muy contrastados y ese color amarillento que impregna muchos pasajes del relato; así como la música de Gato Barbieri y el buen uso del saxo como un elemento afrodisíaco más hacen de esta, una obra maestra del séptimo arte.
En conclusión, la mantequilla, el altar al falo masculino, el sexo por el sexo y la sodomización quedarán ahí, en la superficie, con los fuegos artificiales (esto es lo que se queda el público mayoritario) de los que hace gala Bertolucci para contarnos una historia que trasciende más allá de todos esos elementos. Y es que el ser humano es bueno por naturaleza, solo se vuelve posesivo y destructivo cuando se convierte en un animal social. Tal y como se dice en un momento dado del film: La libertad es asesinada por el egoísmo.
© Del Texto: Gwynplaine Thor


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dic 10 2010

Ese oscuro objeto del deseo: Qué difícil es entender a un genio

Son muchas veces las que nos preguntamos sobre la razón por la que a un autor se le considera un genio. Miramos la pantalla, no entendemos nada, levantamos la ceja y pensamos que el mundo está lleno de listillos que llaman obra maestra a cualquier cosa o dicen que es arte una chapuza sin sentido para parecer más inteligentes, cultos y exquisitos. Esto le pasa a cualquiera. Saber apreciar lo verdaderamente bueno requiere de una fase de aprendizaje que nos queremos saltar con frecuencia. Y eso no puede ser.
Por ejemplo, esto puede pasar al tener un primer contacto con el cine de Luis Buñuel. El surrealismo de sus películas, sin ser entendido, puede convertirse en una tortura para el que mira. Sin embargo, mirando con atención, uno descubre que aquello, no sólo deja de inquietar o molestar, sino que el deseo que genera poder repetir la experiencia va creciendo. Cada vez con más fuerza. Lo que antes no entendías del todo (o en absoluto) se convierte en algo fundamental y apetitoso, casi imprescindible. Por supuesto, ocurre cuando, tras esa esa escena que distorsiona el todo, descubres el todo. Buñuel no trata de colocar una realidad en el mismo plano que otra. No intenta que lo surrealista conviva con lo que llamamos realidad. Lo que hace es tratar las cosas con naturalidad, de la misma forma, de modo que el espectador no tenga que ver dos películas de forma simultánea, dos mundos distintos. Todo existe al mismo tiempo sin obligaciones. Y, así, coexisten. Desde la naturalidad del autor al crear y del espectador al poder mirar sin obligaciones artificiales que no permiten un entendimiento de lo que se narra.
Del mismo modo, el cine de Buñuel puede gustar mucho más si se reciben correctamente las ideas que maneja. Corrección que procede de lo que sepa el espectador sobre algunos asuntos. En Ese Oscuro Objeto del Deseo, el mayordomo del personaje protagonista (¡el mayordomo!) suelta una frase de Nietzsche y se queda tan fresco (si vas con mujeres, no olvides el látigo; Así hablaba Zaratustra). Pero también hace referencia a lo dicho por Odón de Cluny, como si estuviera charlando en la barra de un bar con un colega.
La película entera rebosa ideas de Shopenhauer. ¿Recuerdan? El mundo como representación y esencia; la voluntad que trae por la calle de la amargura al hombre porque no la puede saciar nunca; el gran problema que representa la mujer y el sexo.
Pues bien, todo está en la película. No pasa nada si no se conocen estos detalles, pero, desde luego, la cosa puede cambiar enormemente y puede ser la forma de enterarse de lo fundamental. A los genios no se les entiende, a veces, por puro desconocimiento del que mira. Es verdad que se ponen raritos y se les va un poco la cabeza en alguna ocasión, pero menos de lo que puede parecer. Mejor compartir culpas.
Ese Oscuro Objeto del Deseo es la última película que rodó Luis Buñuel. Y, posiblemente, la mejor de su última etapa como director. Se trata de una adaptación de la novela La mujer y el pelele de Pierre Louys. Cuenta la historia de Mathieu (un burgués de cierta edad) y Conchita (su doncella y la mujer que le torturará diciéndole que le ama para, a continuación negarlo durante meses). El hombre se va convirtiendo en una caricatura de sí mismo a causa de la obsesión que crece por conseguir los favores de la muchacha. Se van sucediendo escenas de un patetismo descomunal al evolucionar los personajes hacia el rol de dominador y esclavo. Mentira, adulación, dinero, doble moral o violencia son algunos de los vehículos utilizados por el director para narrar una historia que deja pegado al asiento. Ayuda mucho una interpretación magnífica de Fernando Rey (Mathieu). Aparecen en la cinta todas las obsesiones de Buñuel al hacer cine aunque la violencia descontrolada y universal toma una relevancia muy significativa (eso sí, desde una burla constante y fiera. Así era este hombre).
Una de las cosas que pueden sorprender de forma especial al que se acerca por primera vez a la película es que el personaje de Conchita (principal femenino) es interpretado por dos actrices de forma simultánea. Carole Bouquet (belleza serena, finura, firmeza) y Ángela Molina (belleza salvaje, firmeza y explosión sensual; en esta película se la ve guapa de verdad) son las encargadas de defender el papel de Conchita. Sería muy difícil determinar con exactitud qué zona de la personalidad del personaje encarna cada una de ellas. Yo diría que Bouquet representa lo que tiene que ver con lo espiritual, con lo más doloroso para Mathieu. Molina lo carnal y temporal que, aunque genera más violencia en forma de celos o agresiones, termina siendo más llevadero para el hombre. Ambas están bien en su trabajo aunque no llegan a la altura de Fernando Rey. A propósito de esta dualidad en el papel de Conchita, el propio Buñuel reconoció que la idea fue fruto de un comentario que hizo al director de producción, Serge Silberman, después de intentar el rodaje con María Schneider como actriz principal y fracasando de lo lindo. “Podríamos emplear a dos actrices” dijo Buñuel. A Silberman le encantó la idea. Buñuel avisó al productor de que se trataba de un comentario a la ligera, que lo olvidara. Pero, al final, se convirtió en una realidad. De estas cosas el mundo del arte está lleno. Los críticos y fans se lanzan a alabar este tipo de hechos (sin saber que se trata de anécdotas) como si fueran algo sublime. Cualquier cosa que hace un genio se convierte en un gran avance para el mundo del arte. Cosas que pasan.
Pues eso, excelente película en la que se puede apreciar un modo de entender el mundo desde el surrealismo, desde el cine auténtico, desde la genialidad. Y desde la casualidad reconocida por el que puede hacerlo sin que pase nada.
© Del Texto: Nirek Sabal


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abr 10 2010

El último tango en París: Sin retroceso


Ron Carter – Can�ao do sal

Un ordenador, un envase de mantequilla y unos dedos juguetones. Podría empezar con estas tres cosas para intentar poner al personal en disposición de leer una reseña erótica de “Un tango en París”. Espero no defraudar a nadie, pero para mí “El último tango en París” tiene muchísimas connotaciones además de esa.
Una de ellas, me remite a mi infancia. Sí, mi niñez. No es que fuera una niña de sexualidad precoz, pero cuando se estrenó “El último tango en París”, yo andaba dando tumbos por el mundo. Soy preconstitucional. Mi infancia estuvo marcada por cosas tan peregrinas como ir los domingos a la Plaza Cataluña a dar de comer a las palomas o las listas que mi madre entregaba a una vecina que los fines de semana iba a Andorra y nos proveía de azúcar, chocolate, queso de bola, colonias de lux y galletas danesas; y, la que ahora aquí me ocupa, la de poder señalar en el mapa de Francia donde estaba Perpiñán.
Sí, sabíamos dónde estaba Perpiñán porque hasta allí era donde nuestros padres decían ir a pasar el fin de semana y descansar aunque, en realidad, dar la excursión en cuestión no tenía otra finalidad que ir a ver “El último tango en París”. Se fletaban autobuses con la única finalidad de ir hasta Francia y ver como Marlon Brando sodomizaba a María Schneider a base de mantequilla. Eso y no otra cosa es lo que de boca en boca corría por aquella época.
Siempre me intrigó esta película, así que, cuando pude, me hice con una copia de aquella película que había sido censurada en España y que había provocado autenticas caravanas en la frontera de la Jonquera.
El film nos sitúa en París, a principio de los años 70. Paul (Marlon Brando), un hombre de 45 años que acaba de enviudar y Jeanne, una muchacha de 20 años (María Schneider), actriz amateur, se encuentran casualmente mientras visitan un piso de alquiler en París. Desde ese primer encuentro casual, la atracción entre ellos surge de una manera brutal, de manera que sin cruzar apenas unas palabras, terminan haciendo el amor de una manera casi animal, en un piso totalmente vacío. A partir de ese momento, los encuentros en ese piso, que alquila Paul, se irán prolongando en el tiempo. Entre ellos se establece una relación que traspasa lo carnal para adentrarse en las relaciones violentas y de sumisión de Jeanne a Paul.

“El último tango en París” ha sido una película que además de lo sexual, trata de otras muchísimas otras cuestiones, bastante más sustanciosas, salvo que nos queramos quedar en lo meramente sexual, pero que han pasado totalmente desapercibidas. Retrata la crisis existencial de un hombre que siente la necesidad de romper con todo aquello que le ata al pasado e incluso al futuro. Vivir el sexo por el sexo, completamente desligado de emocionales, sin necesidad de conocer nada del otro, nada de nada. Sin vivir más allá del momento en el que están. Sin embargo, el sufrimiento no desaparece, sino todo lo contrario, pues el condicionante de no entrar en el mundo de uno y de otro, dejando de lado las historias personales de cada uno. Viven un “no hay futuro”, un “no hay esperanza”, sin que la entrega absoluta de uno a otro pueda abstraerse de lo que cada uno son. La válvula de escape de sus vidas, esos encuentros tan poco corriente, alejados de los convencionalismos sociales de la época, se convierte, poco a poco, en el yugo que terminará degradándolos totalmente hasta el punto de desear morir. El posterior intento de acercamiento personal fracasa totalmente.
La estética de la película, absolutamente desnuda de artificios, intentando centrarlo todo en los planos de sus dos protagonistas, en un lugar vacío, vestido a base de diálogos centrados en un presente limitado, colaboran en la creación de una atmosfera que, lejos de ser tranquilizadora, sirve para aumentar la angustia que ya de por si transmiten ambos personajes, sobre todo el de Marlon Brando.
El film de Bertolucci es una obra maestra pues consigue transmitir la imposibilidad de dar marcha atrás a las consecuencias de nuestras propias decisiones, consecuencias, que como en este caso, tienen un final trágico que es absolutamente inevitable.
A destacar una vez más, la banda sonora. El músico Gato Barbieri fue inmediatamente reconocido mundialmente a partir de su intervención en esta película.
Les recomiendo vean “El último tango en Paris” y que escudriñen en al metafísica de sus personajes, no se dejen engañar por la simple mantequilla.
© Del Texto: Anita Noire