oct 15 2010

Que se mueran los feos: Tipical de aquí

A estas alturas de la vida, uno se plantea de qué sirven algunas cosas. Por ejemplo, ponerse estupendo y solemne para hablar de algunas cosas. Otro ejemplo, tomarse las cosas en serio cuando, en realidad, no hay más de tres o cuatro cosas que lo merezcan. En fin, a estas alturas de la vida lo que uno se plantea es que conviene pasarlo lo mejor que se pueda. Puede parecer un planteamiento cicatero y simplón. Y lo es. Pero es que hay cosas que son como son aunque las pintemos a rayas de colores.
Que se mueran los feos es una película española. Previsible, llena de tópicos, de frases hechas, de situaciones delirantes, de humor tipical de aquí. Es una españolada del siglo XXI. En condiciones normales, me pondría algo más estupendo para repartir cera a diestro y siniestro. Pero es que no puedo. ¡Me lo he pasado tan bien viendo la película! Sí, qué pasa. Me lo he pasado de coña. Ya sé que más de uno estará pensando que he enloquecido. No le falta razón al que lo haga. Pero es que la vida (a estas alturas) es previsible; está llena de tópicos, de frases hechas, de situaciones delirantes y está vacía (v-a-c-í-a) de humor. Como da la casualidad que me resulta de lo más aburrido lo real, me encanta sentarme a ver cine y partirme de risa (eso es lo que me ha pasado mirando esta película).
El guión es divertidísimo. Un enredo colosal. Javier Cámara, Carmen Machi, Hugo Silva, Ingrid Rubio, Lluís Villanueva, Tristán Ulloa, María Pujalte y Juan Diego (¡cómo puede llegar a divertir este actor¡) están la mar de bien, disfrutando de su trabajo y haciendo disfrutar. Y del resto mejor no decir nada. Me da igual la dirección, el sonido, los decorados o el vestuario. Exactamente igual.
Me he divertido mucho. Y, ahora, prometo solemnemente ponerse profundo, estupendo, sesudo y solemne a partir de mañana. Con Polanski, con Tarkovski o con quien haga falta. Pero mañana.
© Del Texto: Nirek Sabal

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mar 15 2010

La vida de los adultos al descubierto. En la ciudad.


¿Quién, siendo niño o adolescente, no se ha encontrado fantaseando con los personajes que aparecen en una película, con las historias que viven? Posiblemente sean muy pocos los que digan que no lo han hecho nunca y a esos, a esos pocos, les compadezco.
Cuando nos hacemos mayores dejamos de fantasear y vemos las películas como puro entretenimiento. Entramos en una sala de cine, nos sentamos y durante una hora y media, dos a los sumo, nos olvidamos de quienes somos, de lo que nos preocupa, y dejamos pasar el tiempo sumergidos en lo que pasa en la pantalla, pero no la traspasamos jamás, nos quedamos como meros espectadores de lo que allí ocurre, pero nunca somos personajes de aquello que estamos viendo.
Esto no ocurre con “En la ciudad”. Quienes me conocen saben que he desarrollado un auténtico gusto por los films de Cesc Gay. Y eso, no ha sido porque sí, sino porque los guiones de este director, son tan cercanos que bien podrían ser extractos, ligeramente modificados, de mi vida. Pero no sólo de la mía, sino de la tuya, de la suya, de la nuestra, de la vuestra.

Esta vez no podía ser menos. En esta película, Gay vuelve a colocarnos en el universo de lo cotidiano, en el centro de nuestras propias vidas. Estamos ante la historia de un grupo de amigos que viven en Barcelona, unos urbanitas prototípicos que mantienen oculta a los demás parte de su vida.
Un grupo de personas, con sus vidas organizadas, cada uno a su manera y como puede, andan buscándose en sus universos personales, porque todos ellos andan terriblemente perdidos en el universo de lo oculto. Y es que, no hay pérdida más grande que sentirse extraviado en el universo particular.
Lo que les ocurre a los personajes de “En la ciudad” es que andan perdidos, lo mismo que nos ocurre, en determinados momentos, a todos nosotros, que nos perdemos, no nos encontramos. Vivir en una gran ciudad, con cantidades ingentes de personas rodeándote no te garantiza el sentirte acompañado. Precisamente, eso es lo que nos trasmite esta película, que el aislamiento y la soledad interior está presente en la vida de los adultos por muy rodeados de personas y de cosas que estemos.
Se nos narran las historias de varios personajes en permanente conflicto interior. El mantenimiento de las apariencias para sentir que se pertenece al grupo y así continuar con una existencia absolutamente patética y triste.
Irene (Mònica López), una lesbiana, casada con un hombre al que no quiere, Manu (Chisco Amado) viviendo un auténtico tormento interior para ocultar a su marido su condición sexual. Sofía, (María Pujalte), la dependiente de una librería, con una desastrosa vida sentimental, que fantasea con las conquistas que va realizando a la espera de encontrar al “hombre de su vida”. Un arquitecto, Mario, (Eduard Fernández), que asiste en silencio a la infidelidad de su mujer, Sara (Vicenta Ndongo), y que sucumbe ante los encantos de una joven camarera, Cristina (Leonor Watling). Un profesor, Tomas (Alex Brendemühl), que inicia una relación con una alumna, menor de edad, Ana (Miranda Makaroff), a la que termina convirtiendo en su amante.
Historias que podemos encontrar en cualquier momento, a nuestro alrededor y que no queremos ver, no queremos conocer, porque nos muestran y nos colocan frente a nuestro propio espejo, porque nosotros mismos somos personajes de nuestra propia película.
Y por último, si no quiere sentirse parte de esta “Ciudad”, si no quiere pararse a pensar sobre qué es lo que está ocurriendo con su vida, no vea esta película, déjela para otro momento. Pero, si finalmente decide sentarse frente al televisor, no dejen de reparar en la banda sonora que, como siempre, con Gay es un gustazo.
© Del Texto: Anita Noire

Jamie Cullum – I Think I Love