nov 17 2013

Eichmann: Cuando el cine se convierte en un panfleto

Adolf Eichmann fue un asesino salvaje, parte de una maquinaria demoledora. Eso nadie lo podrá poner en duda jamás. Sin embargo, si hablamos de cine, incluso teniendo un personaje en nómina de esta calaña, no se puede ser tendencioso al narrar.
Eichmann es una película dirigida por Robert Young que se centra en los interrogatorios previos al juicio contra el nazi que tuvieron lugar en Jerusalén. Pero, aquí llega el problema, realiza varios flashbacks que nos enseñan a Eichmann durante la época en la que desarrolló su trabajo como responsable del transporte de cientos de miles de judíos a los campos de exterminio. Dicho así, no parece que esto sea nada del otro mundo, pero se aprovecha el recurso para mostrar al demonio, al mismísimo demonio. El espectador no dispone de alternativas ante un punto de vista tan sesgado como ese. Si añadimos que las lagunas del guión son enormes (el final es apresurado, el dibujo del personaje es escaso, las subtramas son del todo irrelevantes), tenemos como resultado una película sin interés alguno que intenta arrastrar al espectador a un territorio no elegido, impuesto desde el primer momento. Parece que el único interés del director es resaltar la maldad incalculable del alemán; algo que todos sabemos. No necesitamos de una mala película para reforzar la idea.
La ambientación no está mal y se apoya en una tenue fotografía aunque la zona expositiva en la que aparece uno de los campos de concentración es muy pobre. Las interpretaciones no son malas ( Thomas Kretschmann está contenido; Stephen Fry se defiende bien en un papel muy corto). Pero sin personaje, sin un guión solvente, en cine no hay nada que hacer. Es por ello que la estética de la película se acerca peligrosamente al telefilm de domingo en televisión.
Después de ver la película de Margarethe von Trotta, Hannah Arendt, esta parece una caricatura en todos los sentidos. No se puede ser tendencioso y tratar de maquillar ese movimiento dando importancia en la trama a otros asuntos que no interesan y que intentan equilibrar una clara postura del realizador. No se puede intentar perfilar un personaje con cuatro trazos gruesos y llenos de violencia porque no entendemos nada y, por tanto, no nos interesan lo más mínimo. Convertir una película en una historia de buenos contra malos sin definir lo que es bueno y lo que es malo es un esfuerzo que no lleva a ninguna parte.
Es seguro que muchos se conforman con algo así. A veces, lo que hacen los narradores es decir lo que sus espectadores o lectores quieren escuchar. Y siempre que esto pasa el resultado es una catástrofe artística.
Flojísima película en la que los pocos esfuerzos verdaderos por hacer un buen trabajo se diluyen en la nada.
© Del Texto: Nirek Sabal.


jul 24 2013

Hannah Arendt: Arriesgar todo en una película que a pocos interesa

Hannah Arendt fue una de las pensadoras más importantes del siglo XX. Su obra es sólida y de una profundidad difícil de igualar.
En los tiempos que corren; entre televisión basura, pensamiento de baratillo e inútil, cine descaradamente comercial o literatura escrita por cualquier presentador de programas dedicados a los cotilleos más absurdos e infames; es extraño comprobar que alguien arriesgue su dinero y sus esfuerzos en realizar o producir una película que trata de trazar un mapa del pensamiento de alguien como Hannah Arendt.
La película es extraordinaria e interesa desde la primera escena en la que alguien es subido a un camión a la fuerza. El holocausto judío, la polémica generada por la pensadora al escribir sin complejos sobre el peor crimen cometido contra la humanidad a raíz de su asistencia al juicio contra el Teniente Coronel de las SS Eichmann, la personalidad de una mujer inigualable, su relación con los judíos y gentiles en Nueva York alejados del escenario del juicio y del dolor en su máxima expresión; son los ingredientes que nos llevan a comprender una actitud ante la vida, una comprensión de la realidad atractiva, profunda y rotunda.
Hannah Arendt es presentada como una mujer cariñosa en su vida privada, lejos de los complejos que machacaban a la mujer de su época, vital y entusiasta al defender sus ideas, capaz de moverse hasta el lugar más incómodo para observar el universo aunque necesitada, al mismo tiempo, de su espacio vital para poder reflexionar, para poder seguir adelante. Interpreta el papel una espléndida Barbara Sukowa que es responsable, en gran medida, de un producto de categoría puesto que carga con el peso de todo lo que se ve en la pantalla. Acompaña a Sukowa, entre otros, Janet McTeer que logra un papel estupendo y fundamental aunque corto. Esta vez el tiempo de aparición no supone un recorte en la importancia de la luz que aporta sobre el principal este personaje secundario. Divertidísima y solvente.
La directora Margarethe von Trotta hace un trabajo minucioso tras la cámara y, además, firma el guión junto a Pam Katz. Aquí radica el problema de la película. Problema por ser un reto. Se acumulan ideas, pensamientos en forma de diálogo o monólogo que el espectador debe recibir como si fuera un torrente y que no permite despistes. Mucha información y no precisamente sobre cualquier asunto sin importancia. Es de calidad y profundidad maravillosas.
La película se centra en el juicio contra Eichmann, nazi alemán responsable, en buena medida, de la muerte de cientos de miles de personas. Pero Arendt lo ve desde un lugar muy concreto. Eichmann como burócrata, los líderes judíos durante la guerra como colaboradores obligados que perjudicaron el futuro de sus iguales al no saber encontrar su sitio, la poética del horror, un juicio convertido en estudio del momento histórico y de la condición humana. No niega Arendt su simpatía por la pena de muerte en este caso concreto por considerar atroz lo sucedido aunque no ve al monstruo que otros imaginan o pintan en el acusado. Aparece en su texto lo que ella llama la banalidad del mal.
En un momento concreto de la película, la pensadora se queja de algo que puede resumir la película entera: nadie ha criticado el error en su exposición; ella sabe que existe y nadie se fija en ello y sí en asuntos tangenciales y más superficiales. Son pocos los que entienden, son pocos los que pueden estar a su lado sin problemas.
Técnicamente, la película no presenta problema alguno. Destaca la fotografía de Caroline Champetier. El montaje es muy inteligente y mezcla imágenes reales con las propias de la ficción consiguiendo un equilibrio perfecto. Por supuesto, hay que ver la película en versión original. El acento de la protagonista, los matices cuando habla en su idioma, las entonaciones; todo hace de la película algo grande.
Es posible que Hannah Arendt sea una de las tres o cuatro mejores películas que puedan verse este año. Si van al cine no lo hagan con los prejucios en el bolsillo. Cuando lo profundo de las ideas se presenta con habilidad, con buen gusto, es apasionante entender. Mucho mas gratificante que cualquier historieta vacía que haga sonreír o llorar con trampas y vacíos.
© Del Texto: Nirek Sabal