ene 23 2013

Muere otro día: Homenaje digital a Bond

Vigésima entrega de la serie Bond. Cuarta y última aparición de Pierce Brosnan interpretando el papel de James Bond. Cine de evasión, de divertimento. 007 enredado en el mundo digital. Una chica Bond de quitar la respiración (aunque si ya te la ha quitado Ursulla Andress el colapso es menor). Unos villanos que, como pasaba en la época de Sean Connery, quieren hacer maldades para poder controlar el mundo entero. Y que son malos de verdad. La momia de Madonna en pantalla. Un palacio de hielo. Un satélite mortífero. Un avión que nunca se cae al suelo. En fin, una película que lleva al extremo todo disparate posible y que, tal vez, funciona por esa misma razón. Si alguien necesita un par de horas de evasión, esta es la película.
Brosnan está mayorcito para el papel. Se le ve elegante y puaperas, pero con unos añitos de más como para andar corriendo esos peligros y ligarse a esas mujeres tan despanpanantes. Interpreta un Bond que roza (a veces) la frivolidad o tontería del Bond de Roger Moore y la oscuridad del Bond de Timothy Dalton en Licencia para matar. En esta película, la venganza mueve al agente secreto aunque, a mitad de la cinta, es la salvación del mundo la motivación principal. Los amantes de la serie pueden quedar algo decepcionados con esta película; quiere ser un homenaje a todos los trabajos anteriores y se convierte en un batiburrillo. Entonces ¿por qué funciona, por qué alguien se la traga sin rechistar? Seguramente, porque el ritmo es frenético, no queda tiempo para pensar ante tanta escena de acción.
Se trataba de hacer que el espectador se quedase pegado al sillón pasando el rato. Y eso lo consigue el director, Lee Tamahori, sin grandes problemas. ¿Es esto suficiente para una película de cine? Claro que no. A decir verdad, este Bond no es el de Ian Fleming, ni el de Connery, ni el actual de Daniel Craig. Y Bond no es un personaje de ciencia ficción (en esta película se roza el género). Tamahori rapta al personaje y lo devuelve hecho unos zorros.
Halle Berry pasa sin pena ni gloria por la pantalla. Salvo esa primera aparición (homenaje al que realizó la señora Andress) no desarrolla un papel que deje poso. Ni se la dan diálogos que hagan crecer al personaje ni la trama se soporta, mínimamente, sobre ella. Más blandita de lo que cabía esperar.
Judi Dench estupenda. John Cleese inadvertido. Toby Stephens cumplidor. El resto aparecen o desaparecen como si nada, Incluida Madonna.
De los guionistas Neal Purvis y Robert Wade hay poco que decir. Toman ideas de otras películas de la saga, las agitan y sueltan lo que se les ocurre en forma de exceso. Eso sí, multiplicado por un millón. Deberían haber explicado a estos chicos que 007 es mortal y que el mundo es el mundo.
La partitura de David Arnold está bien. No es la mejor aunque tampoco es la peor. Acompaña la acción sin estridencias y presenta versiones del tema principal que resultan agradables y muy divertidas.
El cine tiene un componente de espectáculo que nadie puede negar. Muere otro día es espectáculo puro. Aunque se queda en eso y poco más. Ahora bien, si quiere pasar la tarde sentado frente a una pantalla, comiendo palomitas, sin pensar en otra cosa que no sea un agente secreto y sus cositas, Muere otro día es ideal. Nada de guiones magníficos, ni personajes profundos, ni encuadres prodigiosos. Nada más que acción, héroes, villanos y chicas explosivas (Rosamund Pike también está muy guapa).
© Del Texto: Nirek Sabal


abr 16 2012

Recuerda: Los sueños de diseño

Varias veces, desde los 19 hasta los treinta y tantos, me sometí a sesiones de psicoanálisis más por curiosidad y morbo que por pura necesidad, resultándome siempre una experiencia decepcionante que me dejaba en la más absoluta ruina económica y espiritual. En esas investigaciones mías psicoanalíticas, me interesaban más las respuestas del especialista que mis propias cuestiones. Trataba de poner a prueba a un impasible doctor A. sentado en un despacho verde reluciente relatándole una amplia variedad de sueños, deseos y preocupaciones. Hubo un tiempo, recuerdo, en que sufrí una serie de misteriosos sueños con animales  salvajes. Esos sueños me intrigaban muchísimo por la profundidad y la dificultad de interpretación, la impresión tan agradable que me producían al despertar y el fortísimo recuerdo que me dejaban de calma y quietud, que años más tarde todavía conservo. Cuando le relaté al doctor A. mis madrugadas buceando en lagos del norte con osos negros del Canadá, nadando con delfines celestes en el mediterráneo o persiguiendo a un zorro domesticado de una vecina millonaria en una urbanización marbellí, el doctor A., inexpresivo siempre, lo achacó, simplemente, a mi extrema simpatía y apego por los animales, y me felicitó por esas noches tan exóticas y sublimes de fauna silvestre y marina. Aquella fue mi última visita al doctor A., dejándole la consulta pendiente de abonar y un mogollón de cuestiones sin resolver.
Mucho más efectivas me parecieron las sesiones de la doctora Piterson con John Palantine, amnésico y supuesto asesino. El milagro de descubrir un asesinato y un pasado olvidado, era más o menos lo que yo esperaba del psicoanálisis. Una mezcla de Hitchcock y Dalí llena de pistas oníricas y alucinantes dónde el diccionario de sueños resulta una ciencia exacta. Dónde los médicos son realmente los detectives del subconsciente, los investigadores más fiables y matemáticos.
Los síntomas de desmayo ante la visión de una bata de rayas blancas o una colcha de rayas negras, el sueño de unas cortinas con ojos recortadas con unas enormes tijeras, el jugador barbudo de cartas blancas, el siete de copas, la rueda que cae desde el tejado y la persecución por las enormes alas de un ángel resultan las pistas para delatar al verdadero asesino. Por otro lado, la amnesia es remediada en cuanto el enfermo la asocia con el recuerdo que la provocó, en este caso, un fuerte sentimiento de culpabilidad por la muerte del hermano. Toda esta trama la narra Hitchcock mediante sueños diseñados por Dalí y desde sus ideales planos subjetivos dónde la cámara está dentro del vaso de leche blanca, y los zooms alcanzan hasta la línea más delgada de un batín.
A lo mejor la doctora Piterson me hubiese revelado alguna teoría algo más interesante y morbosa de mis sueños. El porqué tenían que ser osos negros de Canadá y no osos pardos ibéricos. A lo mejor, todas las respuestas estaban escondidas en un pequeño microfilm, secreto y misterioso, oculto bajo las aguas del Yukón, entre montañas costeras y  bahías de glaciares.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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jun 28 2010

Alice In Wonderland: Ni pasen ni vean, por favor.

Alice In Wonderland de Tim Burton es una película mala y grotesca. Yo nunca llevaría a unos niños a verla porque tiene un mensaje bastante negativo, porque aparecen en ella muestras de crueldad escatológica e innecesaria que no creo oportuno que presencien a los menores. Como me parece aburrida tampoco la recomendaría a los adultos que no van a encontrar en ella nada de su interés. Quizás algún adolescente desequilibrado sea capaz de aumentar la perturbación de su mente con este despropósito de historia.
Estéticamente es pobre, oscura, casi gótica y aunque nada tengo en contra de los góticos no me parece que sea el tono adecuado para esta historia. Visualmente es más cercana a un videojuego no demasiado innovador que a cualquier otra cosa. Las únicas partes que no son oscuras, las que pertenecen al mundo de la llamada Reina Blanca son cursis hasta la caricatura y ninguno de los guiños con los que guionistas y director pretenden divertirnos funcionan.
No se salva nada. El trabajo de las actrices no merece la pena ni ser comentado y todo es desacertado hasta la exageración. Anne Hathaway está para quemarla en una hoguera (artística y metafórica, que no se me malinterprete. Yo no soy como ellos) y Helena Bonham-Carter ha encontrado definitivamente su registro como cabezudo malvado.
No merece la pena compararla con las obras que se supone que la inspiran. Todo es una burda utilización comercial y hasta los retazos que quedan de aquellas han sido pervertidos y despojados de su naturaleza.
Es rebuscadamente difícil hacer algo tan mal con tan grandes antecedentes y tan ingentes recursos. Resulta inconcebible cuando son tantas las cabezas que piensan y deciden en una producción de ese tipo. ¿Cómo se habrán convencido unos a otros de lo que estaban haciendo? ¿O será más bien que nadie hizo nada confiando en que los equipos de efectos especiales iban a resolver el desaguisado? Pues hasta la postproducción y los efectos digitales requieren un planteamiento previo y serio.

Una película ínfima. No es de extrañar que estuviera yo solo en el cine. Ni siquiera la reinvención de las tres dimensiones (por cierto que no son tres, son cuatro) le aporta nada.
Es previsible, burda, llena de tópicos sacados de los peores filmes de hadas y con un tufo a mundos medievales desquiciados y mal interpretados. Un totum revolutum infame. Es seria candidata a competir, desde mi humilde punto de vista, en los Razzies 2011 como peor película, peor secuela, peor director, peor guión y peores actores y actrices, protagonistas y de reparto.
Cuando descongelen a Walt Disney le va a dar algo.
Lo único que se salva es la interpretación de Madonna en el papel de Mad Hatter…
¡Ah, que no era Madonna!
Me hubiera ido del cine.
© Del Texto: IVOR QUELCH


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