abr 4 2011

Manhattan: Los intelectualoides contra Tracy

Esta es la historia de una ciudad que dejó de ser ciudad para convertirse en la protagonista de una película. Que se llevó todos los premios como decorado perfecto y que vigiló a un grupo de intelectualoides snobs entre sus avenidas blancas y negras bajo el efecto de un eterno Rhapsody in blue.
Entre los intelectualoides, una estudiante atolondrada e inexperta incapaz de llegar al nivel de sus amigos y que es excluida por hablar como el ratón de Tom y Jerry y por no entender muy bien las abstracciones de Jackson Pollock, la profundidad emocional de William Faulkner o la pronunciación exacta de alegórico y didacticismo.
Los amaneceres en el Central Park con un perro salchicha como sustituto del pene, La educación sentimental de Flaubert, la novelización de las cartas de Tolstoi, los besos en el planetario bajo constelaciones y cometas, el segundo movimiento de la Sinfonía Júpiter, los amantes mezclados con los cónyuges, Kierkegaard, las ex mujeres que se vuelven lesbianas de la noche a la mañana y se dedican a publicar los chismes autobiográficos de su pasado hetero, Groucho Marx, Louis Armstrong, las relaciones amorosas con principiantes, las manzanas y peras de Cezanne, Marlon Brandon y Frank Sinatra, las ansias por la superioridad intelectual y por la imitación, y la madurez abandonada de la mano de dios son, yo creo, el carácter de esta raza tan encantadora y tan cargante a la vez que forman los snobs, ese grupo estupendo de eruditos monotemáticos y charlatanes que no tienen bastante con pulverizarse sus propios sesos que nos lo pulverizan a todos con un arsenal de sabiduría del que se jactan a nuestra costa.
Yo esto no lo confundiría con la cultura, no veo paralelismo posible. Creo que todos tenemos un gran almacén de experiencia y conocimiento, y que, incluso, la intuición más imbécil tiene un juicio y razonamiento.
Y así terminó esta bonita película. Dándole toda la razón a Tracy, una inexperta estudiante que resultó ser el único personaje sensato e inteligente de toda esta historia.
Y, ahora, no puedo evitar recordar una aguda cita de Wittgenstein que dice que de lo que no se puede hablar hay que callar y que yo terminaría así: …y de lo que se puede hablar también. Agradezco mucho el silencio.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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sep 27 2010

French Kiss: Un viaje al inicio

Tengo una pequeña debilidad por French Kiss. No sé muy bien lo que es: si el personaje canalla de Kevin Kline, el propio Kevin Kline, la excelente banda sonora que incluye temas como Dream a Little Dream, I love Paris, Someone like you, La Vie en Rose en la versión de Louis Armstrong, los viajes en tren, o quizá sea porque conozco de memoria cada palmo de los lugares en los que se ha filmado, (los conozco o los he soñado, ya no me acuerdo) Paris, la Provenza francesa, la Costa Azul…
En French Kiss, Meg Ryan interpretando a la americana Kate viaja a Francia para recuperar a un novio que ha sucumbido a los encantos de una sofisticada parisina hasta el punto de romper su compromiso por teléfono con la infeliz y provinciana Kate que decide apuntarse a un curso para perder el pánico al avión y cruzar el Atlántico en busca de su chico.
A su llegada, toda una serie de contratiempos la llevan a vagar por París sin un franco, desorientada y sin rumbo. Quien ha vivido en Paris sabe que es la ciudad más extraordinaria del mundo, y que hay que recorrer a pie uno a uno los distritos, las avenidas, las plazas y los rincones, para ir descubriendo la belleza que está por todas partes. Lo único que no hay que buscar en París es esa torre majestuosa que preside la ciudad, la Torre Eiffel. No hace falta buscarla porque es ella quien te encuentra estés donde estés. La magia consiste en extasiarse con cada uno de los ángulos que te ofrece dependiendo del lugar en el que se tope contigo. En French Kiss, un ingenioso juego de espejos, el camión de la basura, vidrieras que se apagan repentinamente, hacen que esa imponente dama no pueda encontrar a Kate en su periplo por la ciudad.
Creo que viajamos para reconocer aquéllos lugares a los que ya hemos viajado a través de postales antiguas, mapas, libros, películas… que viajamos para volver a estar en lugares en los que ya estuvimos en nuestros sueños y en los que ya nos proyectamos a nosotros mismos montando en bicicleta, compartiendo un paraguas entre risas o subiéndonos el cuello del abrigo ante un río. Viajamos para llevar a cabo acciones ya vividas en algún lugar de nuestra imaginación. Es ahí donde se inicia el viaje: en el preciso instante en que decidimos que vamos a ir un lugar. Ahí comienza el viaje: al soñarlo, al proyectarlo… una vez que subimos al tren empieza el camino.
Leí una vez una cita que decía que la lectura es el viaje de los que no pueden tomar el tren. Yo diría que lo fascinante es leer y después viajar para recordar.
© Del Texto: pyyk

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