feb 13 2011

Lost in translation: Amores en el laberinto

Lost in translation es un estado, la última fase de una etapa de crisis, del tipo que sea, en la que el perjudicado sufre de un miedo, aburrimiento, insomnio y apatía desoladora.
Todo el mundo ha pasado por su etapa Lost in translation alguna vez en su vida. Todos nos hemos perdido, hemos deseado nuevas oportunidades, finiquitar historias, borrarlo todo, volver al principio sin daños ni perjuicios.
Sin embargo, a pesar de la fuerza del deseo, no todos son capaces, en estas circunstancias (ni en ninguna otra), de optar por un nuevo camino más acorde a sus intereses. Muy al contrario, el perjudicado se acobarda por un miedo paralizante que le impide tomar ninguna decisión importante, del tipo que sea, dejando pasar así la ocasión de su vida, la casualidad que nunca más se dará. Nunca.
Lost in translation es la historia del amor platónico entre dos personas perdidas, aburridas e insomnes que se encuentran atravesando una etapa de crisis en un hotel. Hastiados de las imágenes y sonidos de una gran urbe en Japón, de unas parejas adictas al trabajo y de la masa humana estúpida que los rodea.
La historia, contada con muchos más silencios que diálogos (menos mal…), con unas increíbles vistas de Tokio y con una banda sonora extraordinaria, que disfruto en estos momentos, me transmite siempre una misteriosa emoción directa al estómago que me hace escapar a otros tiempos de euforia, otras circunstancias mías, dónde una vez tuve la oportunidad de elegir entre diferentes caminos y decidí jugármela optando por el más arriesgado de todos, el que yo deseaba.
Me alegró infinito dejar de ver a Bill Murray haciendo el payaso y reencontrármelo en este papel encantador, pero, personalmente, le tengo cierta (mucha) manía a los tipos como Bob Harris, apocados e indecisos ante estas circunstancias. Los amores platónicos, los sies pero noes, los llantos y lamentaciones evitables y los finales con susurro ininteligible al oído me gustan en las películas de Sofía Coppola, pero no en la mía. Aunque, seguramente, a ellos les vaya mejor que a mí.
© Del Texto: Sonia Hirsch

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abr 24 2010

Lost in translation: Silencios y miradas



02 coldplay – a message

Podemos construir la vida sobre una montaña de palabras grandilocuentes, gruesas e inmensamente falsas y que esa vida sea absolutamente hueca. Pero podemos construirla partir de silencios cómplices, de miradas que se encuentran en medio de la nada, dando ambos aquello que ninguna otra cosa, por explícita que sea, nos puede entregar.

“Lost in Traslation” es precisamente una de las películas donde los silencios y las miradas son los protagonistas de la historia de dos personas, que no saben nada uno del otro, que son tan absolutamente distintas, que lo único que tienen en común es la brutal soledad que les acompaña y un destino incierto. Perdidos en sus respectivos universos. Sólo cuando se encuentran el uno al otro, en medio de un mundo en el que no entienden anda, son capaces de empezar a volver a retomar sus vidas.

Bob Harrys (Bill Murray), una estrella de cine en franca decadencia, con un matrimonio en punto muerto, conoce en el hotel en el que se hospeda, en Tokio, a una joven mujer, Charlotte (Scarlette Johansson), esposa de un fotógrafo absorbido por su trabajo. Entre ellos se iniciará una relación, que les permitirá no sucumbir a una vida que no les gusta, a un insomnio imposible de redimir y a sus respectivas inestabilidades.

La primera vez que vi esta película atravesaba un momento triste, no entendía nada de lo que ocurría alrededor mío y tenía la sensación de vagar de un sitio a otro sin saber hacía donde iba. Por eso, supongo, me pareció que no se podía reflejar mejor la pérdida de uno mismo. Alucié con Sofia Coppola, porque pensé que sólo alguien que se ha sentido perdido puede plasmar como ella lo hizo, esa sensación de naufragio personal.

Los elementos con los que juega Coppola son brutales. Una ciudad con una vida constante, sobrepoblada y dos personas en medio del caos urbano que no comprenden nada de lo hay a su alrededor, que no encajan con lo que les rodea. Las caras de Bill Murray, sobre todo al inicio de la película, no tienen precio. Permanentemente descolocado, perdido entre un mundo que se mueve ajeno a él. Un convidado de piedra. Scarlette Johansson, la permanente cara de tristeza, en una vida caótica, perdida, es difícil de superar.


Los símbolos, como digo, me parecen fantásticos: unos directores de publicidad que no se entienden con su actor. Un actor que no entiende nada de lo que dice. Una habitación con mecanismos que funcionan solos sin que su morador haga nada. Una habitación de hotel desordenada que nos muestra la provisionalidad de todo. Los protagonistas permanentemente solos salvo los momentos en que están juntos. Y todo lo ajeno, rozando lo ridículo, traductores que traducen lo que quieren, prostitutas de lujo que fingen ser virtuosas damas, cantantes de jazz que no pasan de ser caricaturas de si mismas. Me parece brutal.

Con el tiempo volví a ver la película. Atravesaba un momento más dulce y alguien me ofreció una lectura completamente distinta. Algo así como que en la pérdida está la ganancia, la posibilidad de dar con lo verdaderamente valioso y excepcional.

Andamos perdidos por el mundo, pero los encuentros casuales te pueden dar la vuelta como un calcetín. De repente muchas cosas cobran sentido, entiendes el punto en el que te encuentras y comprendes que debes empezar a caminar hacia algún lugar que, hasta entonces, tal vez ni tan siquiera sabías que existía.
Si alguien es capaz de devolverte la risa, de hacerte creer en ti mismo, de proporcionarte motivos para quererte un poco más, has tenido suerte, la vida se te ha puesto de cara.

Me gustaría quedarme permanente con esta visión, pero el final de “The lost in Traslation” me devuelve a la realidad de lo fugaces que pueden ser las risas, de lo finos que son los caminos que nos llevan de un lugar a otro, y de la necesidad permanente de reencontrarnos con nosotros mismos porque, este nosotros es el único que permanecerá, por siempre más, junto a nosotros, lo demás todo es efímero.

Por último, no se pierdan la fotografía, las vistas de Tokio, la atmosfera que crea Coppola, es una maravilla más de las que se encierran en esta película en la que, puntualmente, seguiré pensando, pues en mi mundo se encierran Bob y Charlotte en un encadenamiento infinito de pérdidas y reencuentros.