sep 10 2013

Sonata de otoño: Lo que sucede en nombre del amor

Hay quien dice que Bergman inventó las películas lentas. Hay quien dice que Bergman era un pedante. Hay quien dice que la teatralidad del cine de Bergman es excesiva y una lacra para su obra. Pues muy bien. Es posible que todos tengan algo de razón. Pero, también, hay quien dice que ver una película de este director es arriesgar tu propio yo, porque el mundo se pones patas arriba durante el tiempo en que miras la pantalla. Uno de estos últimos es el que escribe. Involucrarte en el universo de Ingmar Bergman es descubrir, posiblemente, parte de tu propio mundo. Asistir al desenmascaramiento de sus personajes es vivir el propio. Sufrir con los personajes de Bergman es vivir el propio vacío existencial al que arrastra cualquiera de sus trabajos.
Sonata de otoño es un drama, sencillamente, arrasador. Se plantea la relación de una madre y una hija para ventilar el problema que puede generar la culpa. Ese es el tema principal de la película. La culpa. Además de las difíciles y extrañas sendas que facilitan un escape a la persona.
Los diálogos son excelentes. Bergman deja algunas perlas inolvidables. La hija, durante una noche de insomnio, le explica cómo ha vivido su relación. Todo sucedió en nombre del amor (…) y conoces la entonación y los gestos del amor.(…) Mamá ¿es mi infelicidad tu placer secreto? Más adelante, la madre habla. Todo lo que recuerdo de los partos es que me dolieron. Pero ¿cómo era el dolor? No lo recuerdo. Esta conversación entre madre e hija es de una potencia insólita. No sólo por lo que se dice (la hija acusa a su madre de fingir ser madre, la madre recuerda a su hija que lo único que tiene de ella es un dolor que, ni siquiera, es capaz de recordar); la cámara encuentra los rostros de las protagonistas y se detiene con mimo ante ellas. La veneración del director por sus actrices y por la mujer, en general, queda patente. Y Bergman consigue un efecto impresionante (con ayuda de sus maquilladores que hacen un trabajo increíblemente bueno): la hija, de aspecto aniñado y pusilánime, madura; la madre de aspecto juvenil envejece. Todo ello con una sutileza maravillosa; jugando con la iluminación, buscando primeros planos de cada personaje para ir haciendo aparecer lo que Bergman busca. Incluido una secuencia en la que la hija habla detrás de la madre, muy cerca, como si en ese momento se cruzaran los caminos de sus evoluciones personales. Tremendo todo, de una belleza impagable.
Pero si los diálogos son maravillosos, los silencios lo son aún más. La madre pide a su hija que interprete una pieza de Chopin al piano. La madre es una afamada pianista. La hija hace lo que puede. Eva (la hija) interpreta; Charlotte (la madre escucha con lágrimas en los ojos). Pero al acabar le explica lo que realmente dice la partitura de Chopin, cómo era el compositor. Y es la madre la que interpreta arrasando a su hija, casi ridiculizándola. Eva ha estado mirando a su madre mientras esto sucede. El rostro lo dice todo. El de la madre lo dice todo (las lágrimas de antes se tiñen de mentira). El de Viktor (marido de Eva) lo dice todo. Tremendo. Y ya sabemos lo que nos viene encima, ya no hace falta decir qué tipo de relación hay entre madre e hija. Sin una palabra.
La puesta en escena de Sonata de Otoño es muy sencilla, no hay grandes decorados, ni grandes lujos. Sobriedad absoluta. Pero elegancia total. También. Gracias a ello, la facilidad con la que Bergman atrae la atención sobre lo importante (los personajes) es pasmosa. Todo envuelto en música de Chopin, Bach y Händel.
La dirección actoral es una clase magistral. Ingrid Begman está soberbia. Liv Ullmann impresionante (su aspecto recuerda al de Mia Farrow al comenzar a trabajar con Woody Allen). Lena Nyman, en un papel mucho más corto, convincente a más no poder. Halvar Aminoff correctísimo. A todos se les ve convencidos de lo que hacen, disfrutando.
Por supuesto, la fotografía de Sven Nykvist es de una categoría extraordinaria. Como siempre. Los primeros planos son detallistas y buscan los contrastes de la psicología del personaje y la situación que viven. Quizás sea el aspecto más destacable.
El miedo, lo imposible de aprehender a través de los sentidos, la muerte, el lugar de la mujer, la religión que nos convierte en seres miedosos. No faltan los temas que Bergman trata sin descanso. Aunque, esta vez, dejan paso a la culpa.
Magnífica película. Nadie que ame el cine puede dejar de ver algo así. Aunque otros se duerman, aunque otros crean que la teatralidad es excesiva, aunque otros piensen que este director fue un pedante. No se la pierdan.
© Del texto: Nirek Sabal


oct 25 2010

Saraband: Los golpes de nuestros afectos

La última película que dirigió Ingmar Bergman fue Saraband. No es una película cualquiera. Los personajes Johan (Erland Josephson) y Marianne ( Liv Ullmann), no son unos desconocidos para Bergman (ni para aquellos a los que nos acercamos a las películas de este sueco universal). La elección del título (en su original Zarabanda) tampoco es porque sí. La Zarabanda es el movimiento rápido y desordenado de las cosas, ese tipo de movimiento que marea. Nada en Bergman es porque sí. En el año 1973, Ingmar Bergman, parió, con dolor (de eso estoy segura) a esta pareja, Johan y Marianne. En aquella película, Secretos de un matrimonio que nació pensada como una serie para la televisión, retrataba la vida de un  matrimonio que, tras distintos problemas (aborto; incomprensión; infidelidades; desconfianza; miedo a la soledad, al mañana que llega demasiado pronto), terminaba divorciándose. Desconozco el motivo por el que treinta años más tarde, el Maestro recupera  a Johan y a Marianne y les da una nueva y última oportunidad. Sin embargo, hay que reconocer que Bergman jugó bien las cartas. Nuevamente nos muestra la vida de dos personas que, en su momento ,lo fueron todo y en la vejez se reencuentran de nuevo. Un reencuentro inesperado y con el interrogante del por qué. El director, de una manera absolutamente acertada, recurre a los mismos actores que en la inicial Secretos de matrimonio y nos coloca en la secuencia de la vida en la que las preguntas fundamentales siguen siendo las mismas.
Llevo un par de días pensando en qué es lo que  Bergman quería decir con Saraband (siempre he pensado que las películas de este director tienen algo de terapia, no para los demás, sino para con él mismo). Quizá sea un error pensar que sus filmaciones sean parte de su propio proceso de salvaguarda de su permanente conflicto personal, pero yo lo creo así y con Saraband vuelvo a pensarlo. Una vida recorrida (la del director), que está llegando a la última estación natural y la reflexión sobre los miedos, la búsqueda constante de disculpas frente a lo que no podemos controlar, vuelve a mostrarse en estado puro
Marianne (Liv Ullmann); cuando ya ha cumplido los 63 años, está medio retirada de la abogacía y tiene a sus familia más lejos que cerca; decide visitar al que fue su marido, Johan (Erland Josephson), del que apenas sabe nada desde que se divorciaran treinta años atrás. Johan vive ahora retirado en una casa en el bosque que perteneció a sus abuelos. En una casa próxima, vive el hijo de Johan,  Henrik (Borje Ahlstedt) junto Karin (Julia Dufvenius). La presencia de la esposa  de Henrik (Anne), fallecida de cáncer dos años antes de la visita de Marianne está permanentemente presente en las relaciones entre todos ellos. La llegada de  Marianne a la relación enfermiza, de posesión, odios recurrentes entre los tres moradores de los bosques de Faro, harán más evidente la distancia entre todos ellos. La necesidad de controlar el amor que se escapa, atrapar y destruir lo que nos distancia de lo amado, de lo querido, aunque para ello haya que recurrir al dolor, al sometimiento de la voluntad de otro, todo eso es lo que nos muestra Bergman en su última película.
Esta filmación me generó, en su día, una angustia vital tan exagerada que me resistí a volver a verla durante mucho tiempo. Una asignatura pendiente, volver a ella. Y lo hice, pero esta vez mejor, sin prejuicios de ningún tipo y viéndola en una sesión doble, primero Secretos de matrimonio y, seguidamente, Saraband. Recomiendo que se haga de esa  forma ya que el director nos lo ha puesto en bandeja al servirnos estas dos películas. Con ellas nos podremos sumergir en la reflexión de las consecuencias de nuestros afectos, las que padecemos y las que provocamos. Una serie de dos, encadenadas, con necesidad no provocada de una  y de otra. Si por separado eran grandes, en su conjunto se convierten en majestuosas. Las reflexiones sobre los constantes temas de Bergman reaparecen de nuevo.
Como en todo el cine de este director, siéntense pacientes, dejen que les envuelva la propia iconografía de la película, (tampoco nada en ella es porqué sí), el reparto pendular del peso de sus personajes nunca mostrados en un número mayor de dos tiene una trascendencia fundamental (observen y la encontrarán). Gocen de la música de Brahms, de Bach y de los retratos que nos muestran el rostro de la angustia permanente.
Un testamento en forma de película.
© Del Texto: Anita Noire


oct 24 2010

Un puente lejano. Inolvidables (7)

Cornelius Ryan escribió la novela A Bridge Too Far. William Goldman la adapto para el cine. Y Richard Attenborough dirigió la película homónima de la novela original. Una película bélica que no suele aparecer entre las favoritas de los que dicen entender de cine. Tal vez eso obedezca a a que; a pesar de contar con un reparto de auténtico lujo, un buen guión, medios técnicos más que suficientes, un sonido espectacular y una banda sonora magnífica (compuesta por John Addison); la película narra un hecho histórico pegándose mucho a eso (no intenta narrarlo de forma exacta, ni mucho menos) y no a la búsqueda de universos únicos, al uso de recursos narrativos que aumentan la capacidad expresiva de la imagen (por ejemplo, un silencio en medio de la batalla) o al uso de un discurso de los personajes que, francamente, los convierte más en filósofos de barra de bar que en hombres que van a morir poco después (sólo algunos lo han conseguido sin hacer el ridículo como, por ejemplo, Terrence Malick). Quizás sea por eso. No lo sé. El caso es que la película narra cómo una operación militar puede fracasar por la misma razón por la que un ejército cualquiera triunfa. La disciplina; no rechistar ante las órdenes de un superior; no decir lo que se piensa para no contradecir al de arriba. La misma razón para ganar una guerra que para perderla. ¿Cómo nos cuentan todo esto? Desde la estrategia, desde el despliegue de efectivos, desde los errores, desde las órdenes dictadas detrás de un despacho, desde los heridos. La guerra por dentro. Algo mucho menos amable que desde personajes extraordinarios o, incluso, desde el horror. Otra forma de contar, más selectiva. Me pregunto, siempre después de ver la cinta, qué es la guerra. Y la respuesta es la misma, siempre también. Es la suma de todas esas películas bélicas. Y me parece injusto que, cuando hacer cine es representar una realidad cualquiera desde un punto de vista determinado, se menosprecien algunas de ellas por esa razón (hablo pensando en películas de calidad y no de bazofias que encontramos en cualquier rincón).

Pocas películas muestran con tanta solvencia cómo la artillería apoya el avance de una columna de blindados, cómo el despliegue táctico en un ejército puede ser de una belleza pasmosa, cómo las casualidades son la misma guerra o cómo las creencias personales o la egolatría son factores determinantes en una batalla. Al fin y al cabo, los ejércitos son lo que son y no lo queremos que sean. No quiero decir con esto que Un puente lejano sea una especie de documental. No, no es eso. Porque es una película de cine y de las buenas. Con todo esto me refiero a esa zona del cine que se pega más a una realidad y deja de interesar a muchos.
El caso es que pocas veces podremos ver a un grupo de actores como el que forma el elenco de esta película trabajando juntos: Dirk BogardeJames CaanMichael CaineSean ConneryDenholm ElliottElliott GouldEdward FoxGene HackmanAnthony HopkinsJeremy KempRobert RedfordLiv UllmannMaximilian SchellHardy KrügerLaurence OlivierMichael CaineSean ConneryRyan O’Neal. La interpretación de Edward Fox sobresale sobre el resto aunque todos están muy correctos en sus papeles. Y un aviso importante. Pocas películas pierden tanto con el doblaje como esta. Hay que verla en versión original.
© Del Texto: Nirek Sabal

Imagen de previsualización de YouTube