jul 9 2011

Los próximos tres días: El disparate que se veía venir

Cada uno de nosotros sabemos o podemos imaginar dónde están nuestros límites morales, éticos o físicos. Sabemos o imaginamos que están más o menos cerca, más o menos lejos. Podemos llegar a pensar que esos límites están en lugares extraordinarios, pero eso no significa que nos creamos que, realmente, están si otro nos lo dice. Las cosas se convierten en inverosímiles cuando alguien las intenta hacer realidad. Eso es lo que pasa en cine o literatura. Salvo que la historia se encuadre en el género de ciencia ficción (y no tiene porqué parecer creíble) la reglas de lo verosímil son las que son. Tendemos a levantar la ceja cuando nos encontramos ante una historia convencional que traslada las fronteras hasta más allá de lo que cualquiera de nosotros podemos llegar a creer.
Dicho de otra forma, nos creemos lo que nos parece lógico. Y sólo cambiamos esa percepción ante un género determinado o un lenguaje que reconocemos como vehículo útil para traspasar lo convencional.
Paul Haggis parece no saberlo. Agarra una película de Fred Cavayé (Pour elle) rodadá en 2008 y filma un remake sin aportar nada nuevo (nada es nada, salvo tres o cuatro detalles circunstanciales), dejando el disparate servido. A Cavayé ya se le había ido la mano, pero, al menos, utilizaba un código más cercano a lo que podía convertir lo contado en algo medio sensato. Haggis, no. Utiliza el lenguaje convencional para intentar contar un verdadero disparate. ¿Qué tenemos como resultado? Un disparate sin pies ni cabeza. Es verdad que la tensión durante la película es amplia y que la puesta en escena hace llevadera la cosa, pero el espectador va sumando aspectos increíbles con un único objetivo: pasar un rato frente a la pantalla. Nada más. Los diálogos son pésimos. Algunas de las conversaciones que se pueden escuchar llegan a sonrojar. Todo el código gestual y expresivo que Cavayé intentó utilizar para limar aristas narrativas desaparece. De este modo, Haggis opta por mostrar sin dejar nada por debajo de lo que cuenta, arranca de su sitio al espectador sin miramientos. En fin, Haggis dedica su tiempo a contar una historieta que tiene como único interés para el que mira el saber si aquello terminará como cree. Y, efectivamente, así es. Lo previsible en esta película es lo más notable.
Los límites para los personajes parecen no existir. Todo es posible. Incluso lo imposible. John Brennan (Russell Crowe) ve cómo su mujer ingresa en prisión por un asesinato que no cometió (eso dice ella, eso cree él y eso está condenado a saber el espectador desde el principio). Es profesor de literatura, amable, educado y tranquilo. Pero decide sacar a su mujer de la cárcel. Un tal Damon (Liam Nesson) ha escrito un libro sobre fugas y su estancia en distintos centros penitenciarios. Brennan acude a él para enterarse de qué va eso de fugarse y cómo hacerlo. Mientras, Lara Brennan (Elizabeth Banks) espera que todo se aclare sin saber que no hay nada que hacer. A partir de aquí se produce el milagro. No hace falta que les cuente lo que ocurre.
Con un guión lamentable lo que se puede conseguir es una mala película. No negaré que para alguien que quiere pasar dos horas frente a la pantalla para olvidarse de todo, es una buena opción. Pero nada de pensar en lo que se ve. Si lo hace se acabó lo que se daba. Se salva un Russell Crowe empeñado en hacer lo que puede entre tanta tontería. El resto acompaña el desastre con toda la amabilidad que puede. Por cierto, un aviso para los seguidores de Neeson: aparece tres minutos y su papel es más que secundario. La puesta en escena se libra gracias al despliegue de medios que se realiza. Es más cosmética que otra cosa, pero se salva. El resto, normalucho.
No hace falta decir que el asunto que trata Haggis no queda ni perfilado. Casi hay que inventárselo. Profundidad nula.
Si tienen cosas que hacer, mejor las hacen. Y cuando tengan un rato libre intenten ver Los próximos tres días. A ver que pasa. Pero no piensen sobre lo que ven. Sería una pérdida de tiempo y de dinero.
© Del Texto: Nirek Sabal


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ago 5 2010

Gangs of New York: Cuando escribí “me ha gustado”

Lo peor de ver una película más de dos o tres veces es que terminas olvidándolas. Puedes llegar a saber los diálogos de memoria, dónde hay gazapos casi invisibles o el color exacto de la ropa que usa el personaje en cada secuencia, pero olvidas lo esencial, lo que sentiste al ver esto o aquello, lo que evocó una frase determinada al escucharla por primera vez o ese gesto que te pareció único e inimitable.

He visto muchas veces Gangs of New York de Martin Scorsese. Y, seguramente, he perdido por el camino buena parte de lo esencial. Hasta aquí las malas noticias. Las buenas: En su momento anoté todo aquello  que supuso ver la película en una cuartilla de papel que aún conservo. Me parece mucho más interesante reproducir (tal como están) esas notas que buscar profundidades en lo que puedo ver ahora. Nunca es lo mismo. Es un poco semejante a esos experimentos que se suelen hacer con la música de, por ejemplo, Bach. Intentan interpretar con los instrumentos usados en la época, en una iglesia en la que ya se escuchó al estrenarse sus piezas y bla, bla, bla. Pero ¿Y el oído del publico, ese dónde se podrá alquilar? ¿No puede entenderse que esa forma de escuchar ya no existe, que la devoción por la música sacra es otra muy distinta? Nunca es igual. Ni ordenadores ni programas informáticos, ni historias. Nunca es igual. Así que copio esa nota que existe desde el año 2.002.

Este DiCaprio nunca parecerá mayor. Tendrá problemas de credibilidad cuando toque hacer papeles de adulto. Lo intenta arreglar todo poniendo cara de tipo de duro. Si pelea, si intenta ligar con la chica o si va a cantar a coro con sus amigos. Muy por debajo de Daniel Day-Lewis. Incluso de Liam Nesson que aparece un rato por la pantalla para llenarla del todo.

Daniel Day-Lewis es la película. Entera. No su personaje sino él. Amsterdam (DiCpario) y Bill El Carnicero (Day-Lewis) están a la misma altura en cuanto a importancia narrativa. Pero este actor está muy por delante del resto. Cameron Díaz es muy guapa. No puedo decir mucho más. Esa interpretación podría ser la de doscientas actrices cualquiera y no desmejorarían la de ella. Pero son más feitas.

Estética cercana al cómic. No aporta gran cosa a la película. Con otro registro hubiera conseguido efectos similares. Más que nada porque los personajes son muy de cine aunque sus aventuras pudieran cuadrar en el cómic o su vestuario sea, especialmente, extravagante. Los diálogos son más cercanos a lo literario que a los que se utilizan en la novela gráfica. No casan bien. Está gracioso el intento, pero poco más. Tengo la sensación que Scorsese lo usa más para meter de clavo alguna cosa que con una estética más convencional no colaría. Muy bien el vestuario. No podría haber imaginado mejor (yo) lo horteras que pudieron llegar a ser los norteamericanos de esa época. De algún sitio tendría que venir su aspecto actual.

El origen de la ciudad de Nueva York es (parece) lo que quiere ventilar el director. Centro del mundo civilizado, mezcla de razas y culturas de las que procede el nuevo mundo. Elige para ello el lugar más infecto de la ciudad. Five Points. Lo peor de lo peor para explicar lo mejor de lo mejor. Huele a patriotismo estúpido. Y más cuando resalta que aunque eran violentos, ladrones y analfabetos (los chicos de Five Points) tenían presentes los valores más universales y más puros. No cuela.

Sin embargo, la película me ha gustado mucho. No faltan buenos personajes, un intento por crear un clima exacto, unos diálogos que escapan de la pedantería y no caen en lo soez (con esos personajes era más que difícil), los actores y las actrices hacen lo que tienen que hacer y el que peor está lo hace bien. La propuesta en conjunto es atrevida y divertida.

Cuando escribo “me ha gustado mucho” tiendo a preguntarme el porqué. Todo lo anterior ya sería suficiente, pero hay algo más, algo mucho más importante que todo eso. El guión visto como un todo. La estética se acerca al cómic. El guión no. Roza lo literario y, justo cuando se va a mezclar con ello, el guionista se contiene sabiendo que tiene que hacer cine. Pero arrastra, por ejemplo, un concepto del tiempo narrativo, del tiempo histórico y del tempo más que notable. Con ese tempo acelera la acción o la pausa de modo que el tiempo histórico casa a la perfección con el narrativo. Una cosa que me ha llamado la atención son las dos elipsis que incluye ese guión. La primera que va desde el final de la primera pelea hasta que Amsterdam regresa a Five Points se justifica con la primera secuencia de Dicaprio saliendo del reformatorio. Funciona bien. La última más que chapucera la usa el director para explicar lo que ha estado contado durante la película. Sin embargo, evita, con ambas, cualquier especulación innecesaria del espectador. En ese sentido tenemos enfrente una película honesta. Y me gusta el cine honesto.

© Del Texto: Nirek Sabal


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abr 12 2010

La Lista de Schindler: Ya lo sabíamos, Steven

No me gustó, no me gusta y dudo mucho que llegue a gustarme esta película jamás.
Cuando alguien que quiere contar un mundo se compromete consigo mismo suele ocurrir que consigue cosas grandes (mastodónticas) a base de cheques millonarios (mastodónticos), de repartos extraordinarios (mastodónticos también) y de lágrimas arrancadas con cierta facilidad. Es decir, consigue cosas grandes y sin importancia. El compromiso ha de adquirirse con ese mundo por contar, con los otros. Y, si hablamos de arte, lo grande no tiene porqué ser excelente. Ni siquiera bueno.
Eso es lo que le pasa a Steven Spielberg en La Lista de Schindler. Con la excusa de homenajear a un pueblo entero lo que hace es darse un homenaje a sí mismo. Yo no voy a negar que esas atrocidades que cuenta en su película fueran reales. Es posible que fueran aún peores que las que muestra. Yo no voy a negar que muchos de los miembros de las SS fueran monstruos. Yo no voy a negar que el pueblo judío haya sido perseguido durante siglos. No, no lo haré porque creo que todo eso es verdad. Lo que me parece estéril (a estas alturas) es rodar una película que cuente lo que ya sabemos, que lo cuente con una clara tendencia a la exageración en las formas. Más que nada porque, cuando se trata de narrar y se llevan las cosas al extremo, se corre el riesgo de hacer desaparecer a los personajes, todo se desliza al terreno de fuego de artificio y la pomposidad.
Por ejemplo, no me creo a Liam Nesson haciendo de Schindler porque no me dejan ver al personaje. Ni me creo a ninguno de los actores que interpretan a los presos judíos porque me parecen todos iguales. Alguien puede decir que en esas circunstancias todos eran iguales. Y es verdad. Pero Spielberg no juega a eso, no. Lo que quiere hacer es justo lo contrario sin conseguirlo. Ni me creo a los que interpretan a los militares alemanes por lo mismo. Es el bien contra el mal cuando el director quiere enseñar que el bien es el conjunto de los bondadosos y el mal el conjunto de los asesinos.
El único intento serio de evolución en un personaje que se hace en esta película le toca a Schindler y resulta patético por increíble. Poco a poco va viendo cosas que le hacen modificar su postura (eso es lo que Spielberg quiere colarnos), pero, al mismo tiempo, un espectador atento a lo que ve no entiende casi nada. Demasiada ambigüedad para llegar a un destino tan rotundo. La secuencia en la que Schindler se despide de sus trabajadores (la guerra ha terminado) es una de las más inverosímiles que recuerde.


Ciento ochenta y siete minutos de película. Si eliminamos salvajadas y escenas violentas la cosa se quedaría reducida a la mitad (soy generoso en el cálculo). ¿Tiene esto un sentido narrativo distinto al de acongojar al espectador para que nunca olvide quiénes fueron los buenos y quiénes los malos? Eso ya lo sabemos de sobra. Mucho arroz para tan poco pollo.
Tal y como sucede en literatura lo explícito suele funcionar regular. Si Spielberg intentara dejar más sitio a sus espectadores lograría películas de mayor calidad expresiva. Contar todo es un tostón. Y contar siempre lo mismo durante más de tres horas un horror.
© Del Texto: Nirek Sabal