abr 9 2012

Los infieles: Lo cierto desde el humor

Sobre las infidelidades no es que esté todo escrito, es que está fotografiado, pintado, filmado e interpretado, porque la infidelidad existe desde que el hombre es hombre y la mujer es mujer. Desde que el homo sapiens ocupaba la caverna y hasta estos momentos en los que el personal se las apaña para coronar, como puede, con unos cuernos estupendos a través de pantallas de teléfonos, Macs, PCs, Ipads, Iphones y demás martingalas que permitan galantear y darse una buena dosis de autocomplacencia y, si puede ser, de sexo sin compromiso.
Y como las cosas son así y no siempre podemos estar tirándonos de los pelos por la existencia de algo que existe y es consustancial al ser humano, digan lo que digan y se pongan como se pongan los que niegan la mayor, lo mejor es tratarlo con grandes dosis de buen humor, dejarnos arrastrar por tópicos típicos y morirnos de risa ante las situaciones, en ocasiones ridículas, en las que las personas humanas (es un chiste), nos colocamos; todo ello sin perder de vista que, eso que hace que nos desternillemos, en ocasiones pone, a unos y a otros, en dramáticas posiciones.
Una de las mejores muestras de lo que ahora digo es sin duda la película Los infieles, una secuencia de seis cortos, en los que se nos pone delante seis maneras distintas de infidelidad masculina, todas ellas enlazadas a través de pequeños gags humorísticos que tienen como tema central el cómo se la juegan los hombres a las mujeres.
El proyecto nació en la cabeza del Jean Dujardin quien, sin dudarlo, lo planteó a su colega y amigo, Giles Lellouche, y ambos decidieron llevarlo a la gran pantalla, convirtiéndose ellos mismos no sólo en los protagonistas de las historias que contiene película, sino, incluso, dirigiendo uno de los cortos. Para el resto de historias, contaron con la colaboración de cinco directores más: Emmanuella Bercot, Fred Cavayé, Alexcander Courtès, Michel Hazanavicius y Eric Larigua.
Las seis historias, como he dicho, están protagonizadas por Jean Dujardin (Les petits mouchoirs, The Artist) y por Gilles Lellouche (Ma part du Gâteau, Paris, Ma vie ne past une comedie romantique, Les petits mouchoirs) y pasan de los momentos más hilarantes, en los que uno cree que va a explotar de la risa, hasta los momentos en los la tensión en la que les colocan los personajes es tal que creemos que el drama va a explotar entre sus manos.
Las historias están vistas todas desde el punto de vista del varón, y coloca a la mujer en esa tópica postura de hembra sufridora que sobrelleva como puede los cuernos de su marido infiel. Y si bien todas y cada una de las historias son independientes -menos la primera y la última que cerraran el círculo en el que nos van envolviendo a lo largo de toda la película- cada una tiene un punto en común que reside, no sólo en que los actores que las protagonizan son los más que guapos y estupendos Dujardín y Lellouche, sino en la confluencia de todos los infieles personajes en una terapia contra la infidelidad, capitaneada por una psicóloga con bastantes pocas capacidades persuasivas. Las historias van desde el típico congreso profesional en el que el plasta de siempre intenta ligar al precio que sea; la del guapo cuarentón en pleno éxito profesional que liga con una veinteañera por la que pierde la cabeza mientras ella pierde la bragas por el primero que le pasa por delante; los dos amigos (guapos y triunfantes) que desde siempre se cubren las infidelidades para que las esposa no las descubran; la pareja que jugando a decirse la verdad, como si ello no les afectara, acaba viviendo un maremoto en su vida al descubrir que ni uno ni otro era tan fiel como parecía; los amigos que deciden marchar a Las Vegas para dar rienda suelta a sus fantasías sexuales.
Sin duda, es una buenísima opción para perder el tiempo, para sonreírse con los tópicos habituales de que los hombres son infieles por naturaleza y por puro sexo y las mujeres por enamoramientos fatales.
Algunas cosas hay que tratarlas, hay que hablarlas;  y, si puede ser, sacándole la acidez pues mejor que mejor. Una película muy divertida, con algún pasaje que podríamos decir que es un tanto pasado de vueltas pero tan adecuado, amargo y a la vez divertido que no sobra nada en absoluto.
© Del Texto: Anita Noire


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jun 12 2011

Pequeñas mentiras sin importancia

Todos para uno y uno para todos
Muchas son las películas que tienen como protagonistas a un grupo de amigos y sus aventuras o circunstancias, o lo que sea que les suceda durante la duración del filme. Y normalmente suelen ser comedias superficiales o vacías, un trozo arrancado de la vida de algunos sin principio o final definido, algunas más fantásticas que otras, que durante noventa minutos te hacen reír mientras zampas unas palomitas, pero en el noventa y uno vuelves a estar como antes de entrar a la sala. Además dicen que las francesas son las peores, que nuestros vecinos del otro lado de los Pirineos no saben hacer comedias buenas y que siempre se quedan a medias. Con excepciones, claro.
Pequeñas mentiras sin importancia es una de ellas. No solo porque es una comedia, sino una comedia dramática, que rompe con este esquema ya descrito. Aunque no deja de ser un trozo de la vida de algunos, encontramos en dos horas y media de película algún trozo de la nuestra. De título original Les petits mouchoirs (pañuelos pequeños según la traducción literal), es un cofre de emociones que hace reír a carcajada limpia o derramar alguna lagrimilla, porque dos horas y media de emociones dan para mucho.
Un grupo de amigos desde la adolescencia decide irse de vacaciones a la playa, como tienen por costumbre todos los años, a pesar de que ese año uno de ellos se queda ingresado en el hospital tras sufrir un accidente. Aún así toman la decisión de hacer el viaje, pero acortarlo unos días para volver antes. Los integrantes de este grupo son todos de su madre y de su padre: algunos ya casados y con hijos, el vive la vida en plenos treinta y cinco, el inseguro que ha perdido a su novia, la chica dura que está para y por todos menos para sí misma, la esposa comprensiva pero dominante, su obsesivo marido, el deportista zen, el viejo lobo marino que a todos tiene algo que enseñar… La construcción de personajes es más sólida sólo en algunos, pero todos y cada uno de ellos representa algo y tiene un mensaje para el espectador, al igual que para ellos mismos.
Y es que 15 años de amistad entre 10 personas no pasan en balde. El tiempo pasa, las personas evolucionamos, y con ello arrastramos pequeños pedazos de nuestra vida que no pueden quedarse atrás por los motivos que sean, pero se hacen más llevaderos cuando sabemos que tenemos a alguien a nuestro lado en quien confiar. Aunque todos tenemos nuestros pequeños secretos, nuestras dos caras, nuestras ganas de fingir en determinados momentos para escapar del dolor porque compartirlo es a veces más doloroso todavía. Sin embargo no es más que una mera contención de sentimientos que, tarde o temprano, tienen que salir a la luz. Para desahogarse, para hacer un lavado de conciencia, para dar las explicaciones que nunca se dieron… llamémoslo X, acaba doliendo igual.
Sin embargo, podemos reírnos de ello y si eso, después lloramos un poquito. Así nos lo enseña Guillaume Canet, conocido más como actor que como director, pues Pequeñas mentiras sin importancia es su tercer largometraje, y con él ha conseguido nada menos que alcanzar los cuatro millones y medio de espectadores en Francia. Una cifra totalmente justificada puesto que esta película es un acercamiento a la vida real de todos aquellos que vivimos la vida sintiéndola en cada paso que damos. Y si la acompañamos de una buena banda sonora es más llevadero. Con temas de músicos como Damien Rice, Ben Harper, David Bowie, Janis Joplin, y la emocionante adaptación de Nina Simone del My way de Frank Sinatra, Pequeñas mentiras sin importancia es una máquina de carcajadas atronadoras y lágrimas con significado, sin pretensiones, sin caer en el tópico, capaz de mantener un ritmo constante de empáticas emociones y de cobrar más fuerza al final, cuando parece que hay una bomba haciendo tic-tac, a punto de estallar. La bomba de la vida.
© Del Texto: Coletas


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