mar 27 2014

Django Desencadenado: ¿Es esto lo que se espera de Tarantino?

Quentin Tarantino se resume a sí mismo en esta película. Lo visto en Kill Bill o Malditos Bastardos aparece en Django Desencadenado ordenado de otra forma, revestido de homenaje al spaghetti western y coloreado con una buena cantidad de litros de sangre que parecen llegados de una viñeta de cómic.
¿Es esto lo que se espera del cine de Tarantino? Pues sí aunque le falta ese paso adelante que suele dar en cada trabajo para ofrecérselo a sus seguidores. Los caminos de la violencia tratada con humor, con absoluta irreverencia; no están agotados y, sin embargo, el realizador se queda en lo que ya nos dejó ver antes.
Tarantino es humor, es extravagancia, es una narrativa llena de matices en su estructura que no da respiro a un espectador al que propone un viaje por una trama retorcida en la que puede pasar de todo. También es un cúmulo de buenos diálogos; inteligentes y llenos de ingenio. Pero esta vez, aunque todo esto aparece, lo que sobresale es una dirección actoral brillante. Es cierto que, con un reparto de esta categoría, lo difícil es hacerlo mal. Porque estos actores y actrices ya resuelven los problemas por sí mismos. La verdad es esa. Aunque Tarantino exprime a su reparto hasta la extenuación, saca lo mejor de todo el que se pone delante de la cámara y logra que se diviertan, se gusten y se dejen la piel encarnando a sus personajes.
Lo de Christoph Waltz es cosa de locos. Se desenvuelve con una facilidad poco normal llenando la pantalla en cada escena en la que aparece. Si a esto le añadimos que su papel es divertidísimo tenemos como resultado un trabajo excelente. Se perdona, incluso, que repita papel (el de Malditos Bastardos es muy similar con matices que le colocan al otro lado, pero similar) porque es un placer verle de principio a fin. Leonardo DiCaprio disfruta de lo lindo con la crueldad y un punto de idiotez que tiene su personaje. Creíble a más no poder. Jamie Foxx logra imprimir el carácter más negro a la trama con su Django (no he sabido decirlo de otro modo aunque parezca que he intentado un chiste malo). Y Samuel L. Jackson logra que el giro argumental tan necesario, llegado el momento en el que se incorpora a la acción, se produzca de forma natural, sin empujones. Por cierto, muchos de los rasgos del personaje de DiCaprio no son de él; le llegan desde el de  Samuel L. Jackson. En narrativa a este tipo de personaje se le llama actante. Aparece para iluminar al resto.
Comienza la cinta con unas dosis de violencia difícil de superar. Pero esto lo firma Tarantino y, por supuesto, lo supera con creces. Y comienza la cinta con unas dosis de humor disparatado que no se supera ya que es imposible.
El guión es original y está muy bien armado. Respeta la linealidad de la trama casi por completo y evita las elipsis a toda costa. Las que hay son pocas y completamente justificadas. Es lo que busca el director y lo encuentra; eso sí, tal vez hace que el metraje de la película sea excesivo. Del mismo modo, la tensión narrativa se ve afectada en algún momento. Nada grave aunque el problema está presente.
Django Desencadenado es un enorme homenaje a Sergio Leone y una crítica descomunal al sistema esclavista norteamericano que tanto ha dado que hablar en el mundo entero. No hay dudas morales en la cinta. Los amos son los villanos. Los esclavos son los buenos. Y los malísimos son esos negros que jugaban a ser amos de otro negros desde un lugar de privilegio en la plantación. En Django Desencadenado no se pueden encontrar fisuras al respecto porque es perder el tiempo. La crítica se barniza con dosis de ridiculez, mostrando a los blancos sucios y salvajes, llevando hasta la extravagancia la falta de humanidad de estos. Para que todo quede bien clarito, las escenas de violencia llegan hasta el límite del descontrol. Tarantino, como es habitual, tiende a la exageración más radical y plantea un juego con el espectador que consiste en dar vueltas de tuerca para que cada uno decida si le repugna este cine o lo ama sin reservas.
Los momentos más reposados coinciden con el uso de una banda sonora formidable que hay que disfrutar. Tarantino da tiempo para ello sobre una fotografía impecable. Ni uno solo de los temas rechina o está mal colocado. Ya es habitual.
Django Desencadenado es una película larga. 153 minutos. Quizás alguien pueda pensar que es excesiva en su duración. Pero, la verdad, es que Tarantino se toma su tiempo para que los personajes crezcan, para que los conflictos se dibujen con trazo fino, para crear la tensión narrativa necesaria y que lo que llega después cuadre.
Django Desencadenado es una imitación del cine de Tarantino. Eso tiene algo de cierto. Y eso no es cualquier cosa. Si con la siguiente película lo vuelve a intentar sabremos que el realizador tiene un problema. De momento, lo que ha hecho es entregar un buen trabajo. Seguramente, una película de tránsito. Ya veremos.
© Del Texto: NIrek Sabal


ene 14 2014

El lobo de Wall Street: Las entrañas de lo odioso

Codicia, falta de escrúpulos, sexo, drogas, infidelidades, violencia, dinero, estafa. Todo dentro de la coctelera apropiada (en este caso el recipiente es Jordan Belfort y su mundo) y voilà, tenemos los mimbres necesarios para conseguir algo que merezca la pena. Le entregamos una copia de la novela de Belfort a un maestro, Martin Scorsese, que le dice a otro lo que tiene que hacer y cómo, Leonardo DiCaprio, y, otra vez, voilà. Añadimos un buen reparto, una banda sonora espectacular; fotografiamos todo con gusto y, por si era poco, elegimos un punto de vista (el de Belfort personaje) con toques originales y modernos, haciendo que, incluso, llegue a dialogar con el espectador como si tal cosa. Ahora sí, con todos los ingredientes en su lugar exacto, tenemos una película transgresora, loca, rompedora, muy bien contada y convertida en un ataque directo a las entrañas del mundo financiero de Wall Street. Una excelente película. Un enorme voilà cinematográfico.
Después de ver El lobo de Wall Street, alguien podría llegar a pensar que el trabajo de Scorsese es un homenaje a este tipo de vidas desenfrenadas, disparatadas y ajenas a la realidad. La sensación pudiera ser esa. Aunque la grandeza de la película reside en la elección del narrador y en la apuesta por definir esa figura y su mundo. Lo que vemos es lo que ve el protagonista. Él, su universo. Por ejemplo, no sabemos nada de cómo afecta cada estafa a las víctimas de Belfort y su gente. Tan sólo sabemos que eso es dinero, sexo, drogas y todo tipo de excentricidades para los estafadores. Ese es el mundo del protagonista; eso es lo que el vive, nada hay más allá. Por supuesto, no hay apología alguna. El sarcasmo, el patetismo y la repulsa están en cada fotograma por divertido que sea. Cualquier otra cosa formaría parte de otra película distinta.
La dirección de Martin Scorsese es impetuosa, arriesgada, moderna. Deja que los actores disfruten y saquen lo mejor de sí mismos. Es astuto con el narrador y con el montaje alternando registros que funcionan rompiendo la marcha normal del relato.
Leonardo DiCaprio se convierte en Jordan Belfort desde la primera escena. Del mismo modo que otras veces no logró deshacerse de sus personajes antiguos, de su cara de niño, esta vez, DiCaprio llena la pantalla dejando claro que él y su personaje están en la misma sintonía. Son el uno para el otro. Fantástico el trabajo de este hombre; posiblemente de Óscar. Jonah Hill está muy divertido, loco, desmadrado aunque se contiene lo suficiente como para no ser histriónico. Su personaje termina siendo un contrapunto perfecto para el de DiCaprio. Matthew McConaughey, aunque con un papel corto, defiende lo suyo con gracia y solvencia; entre otras cosas, gracias al maquillaje y a la peluquería puesto que son perfectas.
La trama es un disparate. Pero un disparate que, aunque nos provoca risas y alborozo, nos termina enseñando lo peor de un mundo (tal vez lo único que tiene dentro) odioso, cruel y peligroso. Un mundo que podría ser una invención absurda en la que están instalados muchos profesionales que especulan con el futuro del planeta entero.
La partitura de Howard Shore está en consonancia con todo lo demás (tienen una muestra debajo de este texto). Y el fotógrafo Rodrigo Prieto deja un trabajo de excelente factura.
Para ver la película, conviene dejar los prejuicios en el hall del cine. Y, de paso, el puritanismo si es que alguien lo lleva a cuestas.
Esta película es salvaje, frívola en algunas ocasiones, descarada, electrizante y, también, demoledora. No se les ocurra ver El lobo de Wall Street en versión doblada. Me temo que va a peder la gracia en todos los sentidos.
© Del Texto: Nirek Sabal


may 17 2013

El gran Gatsby: Otro que no se entera de nada

Interpretar un texto literario es muy difícil. Encontrar la clave de una lectura correcta no está al alcance de cualquiera cuando la novela o el relato es complejo; pero, si además, el lector no se hace preguntas sobre lo que le van diciendo, la cosa se antoja imposible.
No sabemos si el realizador Baz Luhrmann lee mucho, poco, bien o regular. Lo que sí se puede afirmar, sin posible error, es que de la novela de F. Scott Fitzgerald no se ha enterado. De nada. Tal vez se la contó un amigo, tomó nota en una servilleta y escribió un guión o lo que creía él que podría serlo. No se puede estar más alejado del texto original. Con media docena de frases textuales (que no son ni mucho menos las de mayor relevancia), con todo lo superficial del texto; con eso es con lo que ha trabajado el señor Luhrmann. Bueno, y potenciando la figura del narrador (un narrador que no tiene nada que ver con el del relato) aunque todo indica que lo hace sin saber la razón por la que hay que hacerlo. Debe ser que alguien le dijo oye, Baz, el secreto está en el narrador y él lo potenció. No hace falta decir que, con estos mimbres, la propuesta es aburrida, extravagante en todos los sentidos y vacía.
Es verdad que F. Scott Fitzgerald habla de la imposibilidad de recuperar el pasado, eso que pudimos ser y va quedando, poco a poco, en un lugar inalcanzable. Es verdad y a eso se agarra el director y guionista como si fuera lo único que se encuentra en el universo de Gatsby. También es verdad que Fitzgerald dibuja una sociedad frívola y alocada. También se agarra Luhrmann a ello. Pero lo hace para entregar un alarde estúpido, un ejercicio que suspende desde el principio. Porque la esencia de El gran Gatsby es otra bien distinta. La cosa no va de fiestas y sólo de fiestas; no va del pasado como algo inalcanzable y sólo de eso. De ser así, la novela sería un tostón.
Efectivamente, la figura del narrador, de Nick, es fundamental. Pero ¿por qué? ¿Por qué esa fascinación por Gatsby? ¿Por qué Nick escribe una novela para contarnos todo esto? Según Luhrmann porque se lo prescribe un médico. ¡Y se queda tan ancho! No es que este hombre se distancie de la novela para poder hacer cine; es que este hombre desgracia el texto por completo y, además, no hace cine.
La puesta en escena es exagerada, la cámara parece estar en manos de un histérico dando carreras de un lado a otro, la banda sonora no puede estar peor elegida (es uno de los peores experimentos que recuerdo). Todo se desliza hasta el ridículo. Entre bostezo y bostezo, eso sí.
Se libran los actores que muestran cierto empeño por sacar el proyecto adelante. Leonardo DiCaprio defiende el papel principal. El de Jay Gatsby. No pasa de estar correcto aunque, dentro del conjunto, se agradece su decencia. Si intentó salir corriendo del plató no se nota. De todos modos, hay actores que encajarían mejor con el Gatsby de Fitzgerald. No pasa nada, en cualquier caso, el Gatsby de esta película no es el del autor. Tobey Maguire se esfuerza mucho, muchísimo. Su trabajo es notable. Carey Mulligan (muy bien fotografiada por Simon Duggan) sale airosa del empeño. Bien de expresión corporal, bien contenida, bien en todo.
Una decepción enorme. ¿Cuándo alguien leerá bien esta novela y dejará a un lado la idiotez antes de hacer una película?
La única forma de entender esta obra reside en la voz narrativa. Y, concretamente, se percibe en la fiesta a la que asiste Nick junto al marido de Daisy. Allí se encuentra con un fotógrafo. Este tiene en la mejilla restos de espuma de afeitar. Nick que la quita con su pulgar mientras el tipo duerme. En esta película, podría haber metido el dedo en un enchufe y hubiera dado lo mismo. Pero en la novela es el momento en que descubrimos lo que está por debajo del propio texto. Nada más y nada menos que la condición sexual de Nick. Algo que marca, definitivamente, la narración; que nos hace ver a los personajes desde un punto de vista novedoso, interesante, profundo. Pero Baz Luhrmann (y todos los directores anteriores) no ven nada. Así es imposible.
© Del Texto: Nirek Sabal


mar 17 2012

Celebrity: El pesimismo desde la ironía

El mundo del famoseo, para los que son ajenos a él, es tan brutal e inhóspito como fascinante. Todo resplandece en la lejanía, todo atrae de manera que se hace irresistible, pero todo palidece cuando el que se acerca descubre que el revestimiento precioso es, sólo, una fina capa que divide la mugre del sueño de muchos.
Woody Allen sabe todo esto. Lo sabe y lo ha criticado más de una vez. Desde la idiotez absoluta de los que se apoyan en una intelectualidad pomposa y más ficticia que real, hasta el montaje cultural que convierte en mierda todo lo que toca; desde un sitio a otro, Woody Allen ha ido recorriendo un ámbito enorme intentando dejar las cosas en el lugar adecuado. Lógicamente, el resultado se queda en protesta testimonial. Todo sigue siendo lo misma cosa y así seguirá por siempre jamás.
Celebrity es una comedia exquisita en su concepto y en su factura. Salpicada con un reparto de lujo. Algo más extensa en su metraje de lo que acostumbra a presentar este director porque había mucho que contar. Por supuesto, la relación entre adultos  (en pareja) tiene gran protagonismo en el guión. Y los asuntos que obsesionan a Allen terminan apareciendo (Dios, el psicoanálisis, etc.) Aunque, esta vez, el arte, los artistas, la cultura, los intelectuales y todo lo que les rodea pasan a estar en primera línea.
La elección del blanco y negro por parte del director para presentar su propuesta está más que justificada desde un punto de vista artístico. Como el mismo diría, todo lo que vemos apesta a blanco y negro. Esa ciudad, esos decorados, esos personajes, en color serían muy distintos. No se puede pintar un mundo entero de gris. Así que la opción es el blanco y negro. No hace falta decir que la puesta en escena es magnífica. Es uno de los valores indiscutibles del cine de Woddy Allen.
El guión es ágil, chispeante e inteligente. Disparate tras disparate se indaga en zonas profunda que aclaran las ideas al espectador. No las propias (eso es cosa de cada uno y Allen es siempre respetuoso en ese sentido) sino las del autor. No es lo mejor que ha escrito, pero es notable. Ya he dicho más veces que lo peor de este director sería lo mejor de muchos otros.
Las interpretaciones son algo desiguales. Este director suele realizar un trabajo de dirección actoral muy bueno. Trabaja muy bien con el elenco y se nota que es así. Pero, en este caso, son los propios actores los que ponen o quitan mucho. Algunos de ellos estaban sin construir al hacer la película, otros no dan para más y algunos otros son magníficos con director o sin él. Kenneth Branagh más que interpretar su personaje intenta parecer Woddy Allen. Los ademanes, la tartamudez que llega de la rapidez en el pensamiento y de la duda. No es que esté mal aunque se pierde en intentos (que sobran) para parecer ser otro. Judy Davis se presenta espléndida y hace que la evolución del personaje se plasme en la pantalla con gran fuerza. Leonardo DiCaprio hace de famoso joven e imbécil. Borda el papel porque, entre otras cosas, en el momento del rodaje era un famoso joven e imbécil. Charlize Theron se pasea por la pantalla mostrando belleza. Poco más. Joe Mantegna y Melanie Griffith están muy bien. Y Winona Ryder aparece espléndida en un papel que arrasa con casi todo y articula la acción de principio a fin aunque sus apariciones son escasas.
La película comienza con una palabra escrita en la pantalla. Help. Termina del mismo modo. El mensaje, en su conjunto, es desalentador. Aunque las situaciones sean cómicas a más no poder el fondo es pesimista. Escritores perdidos en su propio mundo; actores y actrices frívolos y superficiales; relaciones imposibles del creador con la realidad; robo de ideas; estupidez a espuertas. No hay solución, no hay salida.
Una buena comedia. Una película divertida. Una película que invita a la reflexión. Una película de Woddy Allen que es lo mismo que decir que es una pelicula de buen cine.
© Del Texto: Nirek Sabal


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feb 15 2012

J. Edgar: La mitad de la nada

J. Edgar es una película que quiere contar una larga e imposible historia de amor. Y lo hace apoyándose en una maraña de movimientos políticos intrigantes, de complejos de Edipo, de misterios sin resolver. La mezcla se convierte en un tostón que ni cuenta amores ni indaga en las zonas más oscuras del personaje que interpreta Leonardo DiCaprio (J. Edgar Hoover). El resultado más descorazonador es que no vemos ni esa historia ni, por supuesto, al personaje. Todo queda reducido a un cúmulo de minutos carentes de la más mínima emoción. Sin personaje no hay nada que hacer. Parece mentira que un director de la talla de Clint Eastwood no sepa algo así.
No voy a poner en duda que la vida de este sujeto fuera fascinante, pero en la película no está nada de eso. Más que nada porque es imposible entender lo que le pasa. Falta información, posibles motivaciones para que veamos con claridad cada cosa y poderla colocar en el sitio justo. La película se vacía de sentido por los cuatro costados cuando lo único que le queda al espectador es esperar que una luz (que nunca llega) ilumine las más de dos horas de duración. Una madre omnipresente y omnipotente, un hombre al que ama el protagonista, una secretaria leal hasta el delirio y poco más. Más ensamblado todo. Insisto que lo más emocionante para el espectador puede llegar a ser saber que la película finaliza y puede salir de la sala deprisa y corriendo.
La interpretación de DiCaprio es bastante normalita. Él, que no es precisamente el mejor actor del mundo, defiende como puede un papel sin alma, sin rasgos que sean relevantes (aunque en la vida real del sujeto en cuestión los fueran. Esto es cine y las reglas son otras). Naomi Watts discreta. Armie Hammer más que discreto (parece una figura de cera cuando está sin maquillar. Maquillado lo es). La dirección actoral del señor Eastwood muy floja. Tanto como el movimiento de la cámara y alguno de los encuadres que, aunque correctos en general, se vuelven insoportables en escenas concretas. Donde se acumula la acción más trepidante no se ve con claridad nada; el operador de cámara se debió poner histérico.
La música pasa desapercibida. Esta es otra de las cosas que deja atónito a cualquier persona que siga de cerca la carrera como director de este hombre (la de Eastwood, no la del jefe del FBI). ¿Dónde ha dejado su exquisito gusto musical este señor?
Lo del maquillaje es algo inexplicable. Todo parece ser de gomaespuma. Rostros, labios, arrugas.
Todo se queda a medias. Y todo se convierte en nada. Además, la figura del personaje protagonista, francamente, no parece despertar mucho interés entre el gran público. Sin negar una vida interesante al máximo es como si quedase un poco lejos.
Muy decepcionante.
© Del Texto: Nirek Sabal


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ago 9 2010

Origen: Muchos flecos sueltos

Durante muchos años fui abonado en la plaza de toros de Las Ventas del espíritu Santo de Madrid. Estaba rodeado de aficionados con grandes conocimientos taurinos. De modo que aprendí mucho durante los primeros meses. Mucho. Poco a poco, entendí la liturgia de una corrida de toros, cómo y donde debía colocarse el matador frente al toro para lidiarle, la importancia de la mano izquierda o si una estocada estaba en su sitio o no. Lo aprendí todo. Y todo dejó de gustarme porque sabiendo cómo debían ser las cosas, reconociendo un animal bravo, bravucón o manso y las ocasiones perdidas, absolutamente todo era un error. No podía gustarme algo imperfecto. Nada tenía sentido si no se llegaba a ese punto en el que las cosas son exactas. Un buen día un hombre mayor se me acercó, me ofreció un cigarro y comenzó a charlar. Me preguntó por mis cosas, por mis novelas, por mi forma de ver los toros. Bueno, dijo, ya has aprendido todo lo necesario. Sólo falta que te sientes dispuesto a disfrutar de lo que ves, de olor, del sol en la cara. Después de aquella conversación fue cuando comencé a disfrutar del espectáculo. Los peros los discutía tomando una cerveza después de ir a la plaza. Todo tomó un nuevo rumbo.

Dejé de asistir a la plaza hace mucho tiempo. Ya no me interesa nada de todo aquello. Pero eso es harina de otro costal.

Ayer me senté en la butaca del cine preparado para ver un gran espectáculo. Y, al salir, supe que había asistido a eso, a un gran espectáculo, colosal. Esperaba Origen, la película de Christopher Nolan, con ansia y me dejé llevar. Una idea estupenda. Una trama trepidante que no deja respirar al espectador desde el principio hasta el final. Un grupo de actores, de buenos actores (Michael Caine, Cillian Murphy, Ellen Page, Ken Watanabe, Marion Cotillard, Lukas Haas, Joseph Gordon-Levitt, Tom Berenger), moviéndose entre decorados digitales grandiosos. Me dejé llevar y disfruté de la película sin parar a pensar sobre los defectos. Ni me fijé en ellos. Me tragué hasta la última escena sin pestañear, hasta la última nota musical de la partitura de Hans Zimmer. Es ahora cuando toca dar vueltas a lo que vi.

Debe ser que las ideas de Nolan son tan extraordinarias que no le permiten contar las cosas como intuyo que él quisiera. Demasiados flecos sueltos. Y, para resolver esa carencia, hace que la trama se deslice hacia la duda y hacia una realización fallida.

Una posible lectura de la película sería la de entender que todo lo visto forma parte de un sueño. La película sería algo así como muchos sueños incluidos en otro que no nos enseñan. Para eso, entre otras cosas, utiliza Nolan el personaje de Mal (Marion Cotillard, esposa del personaje principal, Cobb, interpretado por Leonardo DiCaprio). Una pena ese desperdicio al tratarse de una buena actriz que se queda apenas sin papel. El tótem girando en la última escena que no terminamos de ver, esa realidad en la que Cobb se mueve perseguido por medio mundo y una frontera sin delimitar entre lo real y lo onírico, podría llevarnos a esa lectura a la que me refiero. Y eso convierte la película en una propuesta casi insultante. Por otra parte, los diálogos son excesivamente explicativos. No llevan a ninguna parte distinta a la siguiente escena que, sin esa explicación, haría derrumbarse todo. Pero lo peor de todo es que, sin diálogos, nos quedamos sin personajes. Ni conocemos sus motivaciones, ni su pasado, ni podemos intuir su futuro. Son personajes que están para iluminar la grandiosidad de los efectos especiales. Cobb es el único que parece tener un porqué aunque no es suficiente lo que nos enseñan. Al tratarse de una película que se adentra en el subconsciente del individuo, el asunto es grave.
Nolan juega a los sueños sin tener claro lo que es el pensamiento y el inconsciente. O lo que es peor, da por hecho que el espectador no lo sabe o le importa un bledo. Otro pequeño insulto. Los personajes piensan o sueñan y el registro es idéntico. Quizás lo peor de la película. Y Nolan juega a los sueños de mentira. ¿Hay algo más intenso que un sueño, es posible que las emociones se puedan expresar con más rotundidad aunque queden difuminadas por el estado inconsciente? Pues jugar a los sueños, pero de mentira, hace que la emoción naufrague a costa del uso del ordenador y su grandeza visual.

Pero también hay cosas muy buenas. El uso de la cámara lenta para que los tiempos narrativos de cada sueño vayan cuadrando es más que notable. Nolan ha conseguido que DiCaprio parezca un actor con personalidad propia (sobre todo un actor que no parece una caricatura de uno de sus ídolos). La partitura de Zimmer es muy efectiva. Los efectos especiales son, verdaderamente, alucinantes. Y es muy difícil que alguien se aburra aún cuando la propuesta se derrumba sin remedio.

Ha mejorado este director con respecto al trabajo de los actores aunque como realizador no termina de cuajar. Ideas excesivas, inmensas, no son fáciles de hacer realidad.

La pregunta que me hago es la siguiente: ¿No se está produciendo un uso alocado de la técnica al hacer películas de cine? ¿No podría parecer que estamos en condiciones de contar lo que sea gracias a esa técnica cuando es incierto y las limitaciones son enormes aunque los ordenadores sean un disparate?

En fin. Vayan al cine y disfruten de la película. De verdad que merece la pena. Y dejen todo esto para después.

© Del Texto: Nirek Sabal




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ago 5 2010

Gangs of New York: Cuando escribí “me ha gustado”

Lo peor de ver una película más de dos o tres veces es que terminas olvidándolas. Puedes llegar a saber los diálogos de memoria, dónde hay gazapos casi invisibles o el color exacto de la ropa que usa el personaje en cada secuencia, pero olvidas lo esencial, lo que sentiste al ver esto o aquello, lo que evocó una frase determinada al escucharla por primera vez o ese gesto que te pareció único e inimitable.

He visto muchas veces Gangs of New York de Martin Scorsese. Y, seguramente, he perdido por el camino buena parte de lo esencial. Hasta aquí las malas noticias. Las buenas: En su momento anoté todo aquello  que supuso ver la película en una cuartilla de papel que aún conservo. Me parece mucho más interesante reproducir (tal como están) esas notas que buscar profundidades en lo que puedo ver ahora. Nunca es lo mismo. Es un poco semejante a esos experimentos que se suelen hacer con la música de, por ejemplo, Bach. Intentan interpretar con los instrumentos usados en la época, en una iglesia en la que ya se escuchó al estrenarse sus piezas y bla, bla, bla. Pero ¿Y el oído del publico, ese dónde se podrá alquilar? ¿No puede entenderse que esa forma de escuchar ya no existe, que la devoción por la música sacra es otra muy distinta? Nunca es igual. Ni ordenadores ni programas informáticos, ni historias. Nunca es igual. Así que copio esa nota que existe desde el año 2.002.

Este DiCaprio nunca parecerá mayor. Tendrá problemas de credibilidad cuando toque hacer papeles de adulto. Lo intenta arreglar todo poniendo cara de tipo de duro. Si pelea, si intenta ligar con la chica o si va a cantar a coro con sus amigos. Muy por debajo de Daniel Day-Lewis. Incluso de Liam Nesson que aparece un rato por la pantalla para llenarla del todo.

Daniel Day-Lewis es la película. Entera. No su personaje sino él. Amsterdam (DiCpario) y Bill El Carnicero (Day-Lewis) están a la misma altura en cuanto a importancia narrativa. Pero este actor está muy por delante del resto. Cameron Díaz es muy guapa. No puedo decir mucho más. Esa interpretación podría ser la de doscientas actrices cualquiera y no desmejorarían la de ella. Pero son más feitas.

Estética cercana al cómic. No aporta gran cosa a la película. Con otro registro hubiera conseguido efectos similares. Más que nada porque los personajes son muy de cine aunque sus aventuras pudieran cuadrar en el cómic o su vestuario sea, especialmente, extravagante. Los diálogos son más cercanos a lo literario que a los que se utilizan en la novela gráfica. No casan bien. Está gracioso el intento, pero poco más. Tengo la sensación que Scorsese lo usa más para meter de clavo alguna cosa que con una estética más convencional no colaría. Muy bien el vestuario. No podría haber imaginado mejor (yo) lo horteras que pudieron llegar a ser los norteamericanos de esa época. De algún sitio tendría que venir su aspecto actual.

El origen de la ciudad de Nueva York es (parece) lo que quiere ventilar el director. Centro del mundo civilizado, mezcla de razas y culturas de las que procede el nuevo mundo. Elige para ello el lugar más infecto de la ciudad. Five Points. Lo peor de lo peor para explicar lo mejor de lo mejor. Huele a patriotismo estúpido. Y más cuando resalta que aunque eran violentos, ladrones y analfabetos (los chicos de Five Points) tenían presentes los valores más universales y más puros. No cuela.

Sin embargo, la película me ha gustado mucho. No faltan buenos personajes, un intento por crear un clima exacto, unos diálogos que escapan de la pedantería y no caen en lo soez (con esos personajes era más que difícil), los actores y las actrices hacen lo que tienen que hacer y el que peor está lo hace bien. La propuesta en conjunto es atrevida y divertida.

Cuando escribo “me ha gustado mucho” tiendo a preguntarme el porqué. Todo lo anterior ya sería suficiente, pero hay algo más, algo mucho más importante que todo eso. El guión visto como un todo. La estética se acerca al cómic. El guión no. Roza lo literario y, justo cuando se va a mezclar con ello, el guionista se contiene sabiendo que tiene que hacer cine. Pero arrastra, por ejemplo, un concepto del tiempo narrativo, del tiempo histórico y del tempo más que notable. Con ese tempo acelera la acción o la pausa de modo que el tiempo histórico casa a la perfección con el narrativo. Una cosa que me ha llamado la atención son las dos elipsis que incluye ese guión. La primera que va desde el final de la primera pelea hasta que Amsterdam regresa a Five Points se justifica con la primera secuencia de Dicaprio saliendo del reformatorio. Funciona bien. La última más que chapucera la usa el director para explicar lo que ha estado contado durante la película. Sin embargo, evita, con ambas, cualquier especulación innecesaria del espectador. En ese sentido tenemos enfrente una película honesta. Y me gusta el cine honesto.

© Del Texto: Nirek Sabal


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ago 1 2010

Cine en la playa o cerca de ella

En verano tendemos a perder el tiempo. De lo lindo. Una forma de fingir que se pierde sin que sea verdad (así no tendremos que dar explicaciones a los que lo pierden a conciencia y nos pueden tachar de raros) es ver películas con un reproductor portátil que podemos llevar incluso a la playa. En el apartamento por el que nos han cobrado una pasta corremos el riesgo de dormirnos y pasar a engrosar las filas de perdedores de tiempo incontrolados.
Hay muchas películas que ver. Pero yo voy a recomendar unas cuantas que no son especialmente conocidas o están algo olvidadas por si alguien quiere echarles un vistazo durante las vacaciones. Escribiré sobre ellas durante el verano aunque (como ya habrán podido observar) mi opinión no les será de gran ayuda.
Si quieren dejarse llevar por un plató y llegar a intuir como funciona esto del cine, no tienen más remedio que ver la película que Cesc Gay dirigió y tituló V.O.S. Pasarán un rato muy agradable. Muy divertida.
¿Les gusta Woody Allen? Pues busquen una copia de La comedia sexual de una noche de verano. Si ya les gustaba su humor se lo pasarán en grande. Si nunca terminó de convencerles su cine, esta vez, caerán rendidos a sus pies.
Recomendar algo de Billy Wilder es algo que puede hacer cualquiera. Da igual la película que sea. Siempre se acierta. Supongo que ya han visto un millón de veces Con faldas y a lo loco o El apartamento. No estoy tan seguro de que hayan tenido ocasión de disfrutar con una película deliciosa que incluye un tema musical inolvidable (Senza Fine de Gino Paoli). Se titula ¿Qué ocurrió entre mi padre y tu madre? (lamentable traducción del original Avanti). Exquisita y divertida.
En verano nos podemos poner exquisitos como si fuera invierno. Parece que es obligatorio liarse a beber cervezas y comer bocatas olvidando lo que nos gusta. Si tienen tiempo y ganas agarren la copia de Solaris. La que firmó Andrei Tarkovsky. Inolvidable. Una buena alternativa podría ser Sacrifio del mismo autor. Si les pescan viendo esto puede que les tomen por loco. No pega nada con la arena de playa este tipo de cine.
Si quieren probar cosas nuevas y no conocen el cine de Michael Haneke pueden hacerlo con Caché. El concepto que maneja este director no deja indiferente a nadie. Se enamoran de él, le quieren asesinar por estafador o le hacen un monumento que cuando se inaugura es derribado por otros que echan espuma por la boca. Una tarde de calor que no quieran salir a sudar pueden aprovechar. No les confesaré en qué bando estoy hasta que pasen unas horas.
Y una última recomendación. ¿Recuerdan aquella película con estética de cómic en la que trabajaba Leonardo DiCaprio, Cameron Diaz y Daniel Day-Lewis? Sí, esa en la comienzan peleándose y terminan peleándose, esa en la que todo se resuelve a guantazos, esa que nos trataba de enseñar los orígenes de Nueva York. Gangs of New York. No es una mala opción. A mí me pareció fascinante. Ya les contaré el porqué.
Pues con estos títulos tienen suficiente para pasar los primeros días del mes de agosto. Prometo comentar cada una de ellas a lo largo de la semana. Mientras, disfruten de la arena, del mar y del cine. Sean buenos.

© Del Texto: Nirek Sabal


mar 30 2010

Revolutionary Road: Entender un mundo

Igual que los libros, las películas tienen reservado un momento concreto en la vida de cada uno de las personas. Una misma película gusta si te sientes feliz y seguro, o disgusta si la vuelves a ver cuando pasas por malos momentos personales. No es lo mismo ver Los puentes de Madison mientras vives la felicidad de tu matrimonio que verla cuando sabes que tu pareja te ha sido infiel. Algo así.
Andaba yo pasando una mala racha personal (poca cosa, no sabía cómo me llamaba y eso) cuando fui al cine para pasar un rato tranquilo. Y me encontré con Revolutionary Road. Me desagradó enormemente lo que me contaron. Necesitaba otras cosas en ese momento. Tal vez algo de Disney.
Sin embargo, salí de la sala de proyección sabiendo que había visto una película de buen cine. Si alguna vez tuviera la oportunidad de dirigir quisiera que fuera para rodar algo parecido. En fin, una excelente película que cuenta una historia tremenda. Eso pensé.
La he vuelto a ver hace unos días. Esta vez sabiendo cómo me llamo y eso. Fui anotando aquello que más me interesaba (casi todo tuvo que ver con el proceso narrativo, más que nada porque el resto me resulta inaccesible y se lo dejo a los que saben). Terminé de verla y supe de inmediato que algo me dejaba atrás, que no terminaba de mirar bien, que no podía guardar la copia sin más. No era sólo una excelente película que contaba una historia tremenda. Allí se veía algo más.
Eché un vistazo a mis notas. Los personajes masculinos son estereotipos, pero estereotipos inmensos. DiCaprio representa a todos los maridos del mundo, dice y hace lo mismo que el marido que tiene cualquier mujer en la cabeza. Sus amigos son los amigos de cualquier tipo que va a trabajar y se encuentra con ellos cada mañana. El vecino del matrimonio protagonista es tan imbécil como cualquier imbécil que se fija en la vecina estando casado. Los ejecutivos y los jefes de las empresas (todos hombres) causan bochorno con sólo dejarse ver. Todo un gran estereotipo masculino. La historia no deja de ser una historia que se repite día a día. Matrimonio aparentemente feliz, incluso ideal, envidiado por todos, pero que esconde una tonelada de miserias. Un colosal estereotipo. ¿Y ellas? Una vecina coñazo y entrada en años (estereotipo), otra vecina que traga con lo que haga falta para salvar su matrimonio, para que todo parezca normal (estereotipo), la secretaria jovencita que se deja seducir por un guapo e interesante ejecutivo (estereotipo). Y la protagonista (Kate Winslet). Ella es la que no cuadra en todo esto. Afortunadamente. Este no es un personaje ramplón, no, no lo es.

Después de leer las notas que había tomado estaba claro que ver la película por tercera vez era lo suyo. Pero esta vez pegándome mucho a la mirada de ese personaje. Desde ella y sólo desde ella.
Para entender a ese personaje hay que ir más allá de lo que dice. Sobre ella reposa todo el peso narrativo de la película. Y, por tanto, la carga expresiva del lenguaje (el guión es un esfuerzo constante por conseguir ese efecto). Lo que dice ella es lo que mueve el universo de la película. Sus silencios son tan importantes como el lenguaje corporal. Kate Winslet está especialmente bien y logra todo lo que se propone en cada secuencia. El resto de personajes no entiende casi nada (igual que el espectador que no quiera hacer un pequeño esfuerzo) y sólo cuando aparece un loco por allí, ella sabe que lo que dice no es tan difícil de comprender. El loco entiende a la única persona que no juega a la vida fácil y llevadera, a la única persona que quiere construir un mundo distinto en el que poder sobrevivir. Los estereotipos, lo mediocre, no van con ella. Nadie entiende su lenguaje, el fondo de las cosas y decide hacer cosas. Cosas que pueden parecer horribles, pero que son la única alternativa para escapar de ese estereotipo en la que se convierte por momentos.
Por todo esto la película se convierte en algo distinto, magnífico. Porque, igual que en los libros, lo importante no es construir un universo y explicarlo sino saber qué universo se dibuja en la consciencia de los personajes para que lo entendamos. Parece que es lo mismo y no lo es. Ni mucho menos. Por todo esto la película se convierte en algo distinto, magnífico. Y porque ya sé cómo me llamo y eso.

© Del Texto: Nirek Sabal


Chucho Valdés – Embraceable Yoy