oct 15 2010

Días de vino y rosas. Inolvidables (5)

Blacke Edwards y Henry Mancini, una combinación explosiva en el mundo del cine. Han sido muchas las ocasiones en las que el tándem Edwards-Mancini se ha puesto en marcha (La pantera rosa, entre otras) y, sin embargo, procurando no menospreciar ninguna de las obras que ambos genios han realizado, me quedo con Días de vino y rosas. Un clásico entre los clásicos del cine dramático. Premiada hasta la saciedad: Oscar a la mejor Canción, Golden Laurel en la categoría de Drama, mejor actriz y actor dramático, premio Concha de Plata del Festival Internacional de Cine de San Sebastian, entre otros.
Que la vida es pendular, que los seres humanos vamos de un extremo a otro en determinados momentos de nuestra vida, no es ninguna novedad; que perderse en la ínfima línea que separa la felicidad desmedida de los infiernos más profundos arrastrados por la poderosa fuerza del amor enfermizo, es una realidad tan cierta como que la tierra es redonda.
Días de vino y rosas muestra en la pantalla todo eso. Y nos lo muestra desde la apasionada interpretación que Jack Lemmon (Joe Clay) y  Lee Remick (Kristen Arnese) hacen de sus respectivos personajes. Si alguien ha vivido de cerca el horror de las relaciones dependientes, del infierno de la vida mediatizada por el color de la última botella que tomó, del desconocer donde amanecerá al siguiente día de terror a base de resacas insoportables, comprenderá  que esta y no otra es una de las mejores películas que nos muestran estos infiernos personales.
Joe Clay, un representante de vida chisposa y sumida en el alcohol, conoce a la joven y anodina Kristen Anersen. Se enamoran perdidamente. El matrimonio y la convivencia presidida por los apasionados momentos que el amor les proporciona combinados con el horror más espantoso al que el alcohol les arrastra, convertirán su vida en un infierno de infelicidad. Anersen, inicialmente reacia a sucumbir a los paraísos artificiales se verá arrastrada por Clay, perdiéndose definitivamente en un mundo inexistente con olor a ginebra. Nada podrá recuperarla.
He visto pocas interpretaciones tan veraces como las de estos dos actores. ¿Es posible pasar de la alegría desmedida y artificial, a las ganas de morirse y terminar con todo, vivir en el terror más absoluto del qué pasará mañana? Pues lo es, en cine todo es posible, pero estos tránsitos vitales sólo pueden reflejarse en una cinta de cine cuando para contarlos se cuenta con un actor como Jack Lemmon. La interpretación de este genial actor, que es capaz de hacernos desternillar de la risa (Con faldas y a lo loco) a sumirnos en un estado de shock (Días de vino y rosas), creo que difícilmente va a ser superada. Recuerdo una escena brutal de la película en la que Jack Lemmon grita bajo la lluvia completamente enloquecido. Creo que esa escena se me grabó en la cabeza la primera vez que la vi y nunca más la he olvidado. Un amor desgarrado, enfermo, remojado en litros de ginebra.
Días de vino y rosas nos sitúa al borde del abismo, para que nos asomemos con cuidado, nos horroricemos con el infierno de otros y volvamos a nuestra realidad mirando de reojo a nuestro lado.
No se la pierdan, estamos ante una de las películas que podemos calificar de grandiosas.
© Del Texto: Anita Noire

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jul 20 2010

La profecía: Un mal rollo eterno

Si tuviera que elegir diez películas que me dan mal rollo, sin duda, La Profecía estaría entre ellas. No hay grandes efectos especiales (una cabeza volando y poco más), no hay sustos horribles, no hay baratijas, vaya; pero la película está muy bien contada, lo que narra es el verdadero horror (la maldad en estado puro), los actores están más que bien y, sobre todo, el niño (Damian) tiene una cara de mamón que pone los pelos de punta. Qué mirada. Además, la música de Jerry Goldsmith ayuda mucho a crear ese clima del que es imposible escapar durante los ciento nueve minutos de metraje. El verdadero infierno.

La he visto varias veces y aún me sigue dando mal rollo mirar. Esas fotografías que señalan la muerte próxima de los retratados, los sacerdotes enloquecidos por la llegada del demonio, los perros que acompañan y guardan al mal, la intuición de una madre que no puede mirar a su hijo porque sabe lo que hay, un hombre consciente de que su cobardía le ha llevado a todo eso y ve como pierde su vida entera; todo el conjunto es suficiente para que te pegues al asiento y no quieras saber nada de lo que hay más allá de la luz (de la de la habitación, digo). Si a esto le sumamos la cara de mamón del niño que interpreta a Damian, tenemos asegurado un rato inolvidable.

Siempre que la comienzo a ver, me pregunto si la película habrá envejecido bien o la estética y el punto de vista se habrán quedado anticuados. Siempre que acabo de verla, pienso en lo bien que se hacían las cosas cuando el cine era cine de verdad y no tanto ordenador ni tantas dimensiones.

El sexto día del sexto mes y a las seis de la mañana nace un niño. Estamos en Roma. El padre es el embajador norteamericano en esa ciudad. Le comunican la muerte del bebé. Él, desesperado, visita un hospital católico donde le ofrecen un recién nacido a cambio. Así podrá ocultar a su esposa el drama. Todo parece normal hasta que la niñera de Damian (después de ver a un perro de lo más inquietante) se ahorca durante el cumpleaños del niño, en presencia de todos los invitados. A partir de aquí la cosa se complica de lo lindo. Unos versículos del apocalipsis que anuncian la llegada de Lucifer a la tierra se van convirtiendo en realidad a medida que avanza la trama.

Gregory Peck interpreta el papel de padre; Lee Remick el de madre y al niño, a Damian, le da vida un enano con cara de mamón que tira de espaldas. Richard Donner fue el que dirigió el rodaje de esta joya del cine de terror.

La película se estrenó en 1.976 y, supongo, que serán pocos los que no la hayan visto. Si aún queda alguien en el mundo en esas condiciones (imperdonables condiciones) acepten este consejo: apaguen las luces del resto de la casa, tengan a mano algo de beber, si fuman preparen tabaco y mechero, dejen que anochezca, pulsen la tecla play y esperen. El número 666 y la cara de mamón de Damian no se les olvidará jamás. Mal rollo y buen cine es una mezcla inigualable.

© Del Texto: Nirek Sabal


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