nov 6 2011

El exorcismo de Emily Rose: Mal rollo

Se supone que una película de terror debe ser eso, una película de terror. Pues bien, El exorcismo de Emily Rose lo es. Todo lo que está cerca del demonio, de los espíritus y de los curas que se quieren liar a guantazos con Satanás, es miedoso. Y más si lo que cuentan tiene cierta coherencia (en sí misma porque, coherencia lo que se dice coherencia, estas cosas tienen poca). Cuando nos sentamos a ver una película de este género hay que saber a lo que vamos. A pasar miedo a base de historias alucinantes y, casi siempre, sin pies ni cabeza. Aunque este no es el caso o, al menos, eso parece.
La película nos la presentan con la etiqueta de ser una historia basada en hechos reales. ¿Esto qué significa? Pues nada. Pero da credibilidad al asunto. Podría ser que lo único en lo que se parece a la historia original es que una chica murió, o que se llamaba Emily o que el juicio que sirve como sostén de la trama se realizó. No lo sabemos. Pero eso de ser una película de terror basada en hechos reales pone nervioso al espectador cuando piensa que el parecido podría ser mucho. Todo se envuelve en la duda científica que aporta el fiscal acusador, todo se envuelve en la duda que lleva a cuestas la religión. Y no hay nada peor que la duda cuando lo que tenemos enfrente es algo horrible y tenebroso. Ya tenemos ingredientes suficientes como para poner los pelos de punta al más valeroso de los espectadores. Si le añadimos un reparto muy bien elegido que hace su trabajo con voluntad, un maquillaje muy trabajado y muchas escenas en las que la lluvia cae a raudales, la noche se impone y las sombras de lo desconocido campan a sus anchas por la pantalla, tenemos un rato de miedo asegurado.
Quiere el guionista dar un barniz de profundidad a su trabajo con algunos detalles, pero no lo consigue. Tanta duda genera más duda. Tenemos miedo y poco más. El pozo que va cavando se hace tan profundo que ya no se ve nada más que oscuridad. Es una espiral característica de algunas películas de terror. A falta de sentido bueno es el horror.
El exorcismo de Emily Rose se deja ver. Tom Wilkinson, Laura Linney y Jennifer Carpenter defienden sus papeles bastante bien. Uno parece un cura, la otra una abogada y la muchacha una posesa. A veces no se puede pedir más. El objetivo es pasar miedo porque alguien se empeña en ello.
Poco más se puede decir de una película que trata de asustar y lo consigue. Que no trata de aportar nada nuevo y lo consigue. La fe cristiana está, pero no pinta nada. El diablo está, pero se dedica a dar gritos a través de una muchacha. El agnosticismo intenta aparecer, pero se queda a medio camino. La ciencia trata de explicar, pero nadie deja que eso ocurra. Los hechos reales están (supongo), pero matan el cine.
Una película que da muy mal rollo. Y ya.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jul 19 2010

The other man: Benditas palomitas

No hay nada nuevo bajo el sol. Las temáticas en el cine están todas quemadas, todas usadas. Filmadas por activa y por pasiva. Lo novedoso radica, única y exclusivamente, en la manera en que, eso tan manido, se va a contar y en cómo finalmente se cuenta.
Crónica de un engaño no es más que una historia de cuernos. No busquen más, no lo hay. Esta película basada en el relato The other man de Bernhard Schlink (escritor, juez en la Corte Constitucional del Estado Federal de Renania del Norte-Westfalia, es el autor, entre otras de la novela espectacular El lector), se queda en película para pasar un ratito. Sin pena ni gloria. No busquen sumergirse en la psicología de los personajes, en el porqué de una infidelidad escondida durante años, en el porqué de la aparente felicidad. Nada nuevo ¿verdad? Pues eso, nada nuevo. La novela, como suele ocurrir, supera con creces a la película que nació con muchas pretensiones, pero se queda en poquita cosa. Y es que su director Richard Eyre generó muchas expectativas con sus anteriores trabajos (Diario de un escándalo, Iris y Belleza prohibida) pero, entiendo, no siempre se puede estar a la altura y eso es precisamente lo que ocurre con Crónica de una engaño.
En síntesis, el argumento de la película, la antesala de una castaña que prometía y no nos dio nada.
Peter (Liam Neeson), empresario de éxito casado con Lisa (Laura Linney), se entera de que su esposa, le ha sido infiel durante año. Tras perder a su esposa, que es cuando se entera del marrón, empieza a intentar destripar la verdad de la relación de ella con Ralph, un playboy español afincado en Milán (Antonio Banderas). Peter le buscará, lo encontrara y establecerá un poco o nada creíble relación de “amistad” con el amante, todo por conocer esa “verdad”.

La película pretendía estar a medio camino entre el un thriller psicológico y un drama y sinceramente no llega ni a uno ni a otro. Se hace lentísima, inconexa, grandilocuente hasta lo triste. Ni siquiera las escenas de bonitos paisajes (en el Lago Como) y ciudades que van a apareciendo, consiguen que olvidemos que estamos ante una nueva estafa cinematográfica. Los actores se muestran fríos y poco creíbles. Liam Nesson estático hasta el paroxismo. Antonio Banderas sobreactuado. Sólo podríamos salvar de la quema a la esposa (Laura Finney). Sin embargo, los diálogos son previsibles y sin ingenio, la música no viene a cuento de nada y todo parece tan mal hilvanado que da hasta grima. Y es, por todo el conjunto, que Eyre nos deja muy mal enfocados, ante el desolador paisaje, triste y fatalmente retratado, de un matrimonio afincado en la mentira.
En definitiva, una película soporífera. Lo mejor, las palomitas que me comí mientras la veía.

© Del Texto: Anita Noire


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