mar 25 2012

Decameron: ¿Por qué realizar una obra cuando es mucho más bello soñarla?

Esa misma frase (la que da título a este texto) anoté con urgencia en mi libreta después de ver Decameron frente a la chimenea de una casa de piedra de esas de las que últimamente me hice adicta, y en la que me he ayudado del neorrealismo italiano para dormir poco y soñar mucho, no ejecutar más obras que en mi cabeza y sin el más mínimo deseo de expresarlas por ningún medio que puedan algún día ser descubiertas.
Creo que libros como Decameron, o Las mil y una noches, o Los cuentos de Canterbury no han sido más que el pretexto, la máscara con la que, de algún modo, Pasolini ha camuflado esas películas suyas, íntimas, personales y complejísimas de narrar, que de ninguna otra forma podrían haber sido desveladas.
Todo ese montón de miserias, obsesiones y psicosis no puede uno contarlas más que medio en serio medio en broma, medio somnoliento medio desvelado, para darles toda la importancia simulando quitársela. Tiene uno que reírse de sus deseos y arrebatos una vez que los desvela no sea que resulte al resto del mundo un ataque de misantropía caprichosa, infantil, indecente y muy antipática. Por eso me resulta muy agradable ver las películas tan desagradables de Pasolini. Porque el bestialismo de que se sirve me suena de mucho y porque no es gratuito ni improcedente, sino vital en sus películas.
Anoche, por ejemplo, yo envidiaba a Lisabetta da Messina que pudo conservar su amor para siempre enterrando la cabeza de su amante en el fondo de una bonita maceta. O las siestas clandestinas al sol de Caterina con Ricardo en el techo de la casa, o la reflexión final del discípulo de Giotto, cuando finaliza el fresco de la iglesia y declara que soñar una obra es más dulce que realizarla…
Otra vez escribo sentimentalmente y sin freno. Acabo de saber que el mundo cambió de hora la noche pasada, que regreso a casa antes de lo previsto… De repente mi familia de yorkshires acorrala a otra de mastines entre millones de castaños y yo me acuerdo de la frase de Walter Marchetti que anda escondida tras la librería y pintada con tiza blanca en mi pared azul: Piense en una obra pero no la escriba ni la ejecute jamás. Ahora que cobró todo el sentido, creo que la dejaré así, cubierta de libros y revistas para siempre, secreta e inalcanzable.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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oct 27 2011

Las mil y una noches: Millones de sueños

Los sueños pueden llevar a engaño. La verdad completa no está en un sueño, sino en muchos.
Este mar de moralejas exaltadoras del sexo libre de una belleza casi infantil sin escondite para homosexuales ni prejuicios, censuradoras de hipocresías burguesas y criterios sociales y la fascinación por la muerte que obsesionaban a Pasolini predomina en esta película que, más que erótica yo definiría como onírica y que, mediante la historia principal del joven que busca desesperadamente a su esclava, se entretejen otras, sentenciadoras siempre, dónde la máxima radica en un inevitable destino cayendo siempre sobre los personajes y unas lecciones rotundas y directas hacia el corazón humano.
Lo profundo de lo subterráneo, sea en la orilla del mar bajo el peñón de una isla, en la calma del oasis bajo el polvo del desierto, en palacios dorados bajo piedrecitas brillantes, tiendas y azoteas orientales bajo toldos chill-out o moradas pueblerinas bajo estrellas fugaces, sale a la luz sin posibilidad alguna de salvación ni indulto cumpliendo con su función de alianza con el destino sin más cómplice que el encanto, la belleza y el misterio que Pasolini hace de jóvenes asesinando a otros peor predestinados, ladrones del mismo plato de arroz crucificados en idénticas cruces, monjas violadoras soñando con secuestrar en cestas volantes a impúberes aprendices, desesperados y asqueados de su suerte cruzando a solas un desierto que se arrodillan delante de leones gigantes y les piden un fin, la muerte, el que sea. Leones gigantes selectos en almuerzo que sortean devorarse a unos y cumplir los deseos más vitales de otros.
Los cuentos viejos que escuché de mi padre, también viejo, en su cama gigante y vieja de casi dos metros, y que sigo escuchando ahora en mi cama de 1,35, los sueños viejos que padecí en mi infancia y que sigo padeciendo ahora, toda la fábula vieja que quedó archivada en mi memoria y que yo sigo alimentando como una herencia exquisita e imperdible, significa esta película para mí.
Las mil y una noches, cuando la verdad completa está en muchos sueños.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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