oct 3 2011

La mujer infiel: lo obligatorio de tener un amante

Claude Chabrol, el mayor especialista en dramas psicológicos dentro de la burguesía francesa, deja otra vez al descubierto la corrupción y la mentira que rigen en dicha clase social, la suya, contándonos la historia de una infidelidad dentro de un matrimonio aparentemente ejemplar que se ocupa de cargarse la protagonista, interpretada magistralmente, por la mayor especialista en burguesas inmorales y fraudulentas de Francia: Stéphane Audran, mi preferida entre las libertinas acomodadas.
El simulacro de matrimonio que forman los protagonistas es representado desde un principio por el juguete de su hijo: un rompecabezas de cartón al que le falta una pieza y que sólo aparece al final de la película, cuando ya es demasiado tarde para correcciones.
El retrato que aquí se hace de un matrimonio burgués no es más que el de una mujer acomodada y ociosa, aburrida de un marido gris y encaprichada de cualquier amante novedoso, posiblemente igual de gris que el marido, con el solo atractivo que produce el anonimato y la aventura de lo desconocido. Y es que los tres personajes, esposa, marido y amante, resultan iguales de soporíferos y glaciales, dando la impresión de que los amantes fuesen un elemento indispensable en la vida conyugal, más por ser un hábito obligado dentro de su estrato social que por placeres sexuales o sentimentales. En definitiva, una atmósfera de retraimiento e incomunicación, sigilo y secretismo que provocan un clima de tensión e intriga psicológica perfecto.
Es evidente que la infidelidad no es el tema principal de la película, sino la herramienta de que se sirve Chabrol para retratarnos de nuevo su premisa preferida: la artificiosidad, la vanidad y los convencionalismos característicos de una burguesía caduca y mentirosa, de igual modo que se sirvió de la codicia y el abuso de poder en Las ciervas, que sirve de guiño en esta película dónde, de forma azarosa, aparece anunciada en la puerta de un cine mientras se pasea en coche el protagonista con un cadáver en el maletero.
Stéphane Audran vuelve a ser perfecta. Sus tocados y recogidos, joyas y complementos, poses y exhalaciones de humo.
Claro que, si tanta es la necesidad de aventura y frenesí, si tan insufrible y doloroso el aburrimiento y la contención, sería más perfecto todavía dejarse de intrigas y embrollos, inhalar y exhalar profundamente, viajar a un país lejano, beberse unos cuantos de litros de Bloody Mary y luego divorciarse, que tampoco es tan caro, y vivir como a uno le de la gana, que tampoco está tan mal visto, antes de que a sus rompecabezas de cartón no haya manera de encajarles la última pieza. Suele pasar.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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may 12 2011

Las Ciervas: Versión del mundo en el 68

Claude Chabrol cuenta la historia de una burguesía sin ética mediante una patológica relación entre Fréderique, una lesbiana rica y caprichosa con muchas ganas de poner a prueba su superioridad y Why, una joven sumisa e inexperta con una notable impresionabilidad y sentimentalismo. Fréderique encuentra a la víctima perfecta cuando tropieza con Why pintando ciervas en las calles, y Why lleva mucho soñando con el billete de 500 francos que Fréderique arroja en el suelo sobre uno de sus dibujos.
La relación entre las dos mujeres en la ostentosa hacienda que Fréderique posee en la costa azul se desarrolla con una fingida normalidad que va tornándose cada vez más mórbida y enfermiza cuando aparece Paul Thomas, un atractivo arquitecto, ligón y sin escrúpulo alguno, que no duda en aprovecharse de las circunstancias, seduciendo primero a Why, a la que deja atolondrada y taciturna, y terminando fugándose con Fréderique a París. El afán de poder de Fréderique sobre Why, a la que utiliza y somete a su antojo, es capaz, finalmente, de obligarla a marcharse con el amante de Why con la única intención de demostrar un dominio y tiranía ilimitada sobre la joven. Por otra parte, el atractivo Paul Thomas demuestra una inmoralidad absoluta, primero tomándose a Why como sonajero, y luego vendiéndose a Fréderique por una modélica vida de lujo y grandiosidad.
Finalmente, una perturbada Why viaja a París presentándose en el apartamento de una victoriosa Fréderique a la que apuñala por la espalda, como suele ocurrir en estos casos.
Esta sería la sinopsis formal de Las ciervas. La que se contaría a la salida de un cine francés allá por el 68. Sin embargo, yo creo que cuando hablamos de una película, deberíamos hablar en el lenguaje de la película más que en nuestro propio lenguaje sobre ella. Así que si alguien me preguntase por Las ciervas a la salida de un cine francés allá por el 68, yo diría que el azul de Saint Tropez resulta un azul perfecto para este tipo de relaciones mórbidas y envenenadas que me encantan; que las perversiones de Fréderique me parecen encantadoras, que adoro la elegancia y astucia de ese tipo de personajes infames sin piedad; que me gustan sus joyas, y sus tocados, y su bañera, y su forma de decir acércate, y sus pijamas, y su chal de hilo negro en la piscina; que las novatadas de una joven Why me producen indiferencia e hipotensión; que aborrezco a Paul Thomas como aborrezco a todos los hombres mentirosos; que una puñalada en la espalda me parece siempre el final perfecto, y que, una vez, alguien me dijo que si yo fuese una palabra sería ajedrez;si fuese un libro sería Fahrenheit 451. Y, esta tarde, escuchando a un lejano Antón García Abril, diría que si yo fuese un personaje de película, no me importaría ser Fréderique, el arma envenenada.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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