dic 9 2012

Macbeth: Burlar una ópera más

Macbeth, la extraordinaria obra de William Shakespeare, no es nada parecida a la realidad. Tal vez la realidad no se parezca a sí misma y, tan sólo, sea un escenario en el que se representan una y otra vez las grandes tragedias que el ser humano está condenado a interpretar. Un escenario en el que todo cabe y creemos sin hacernos demasiadas preguntas. Allí se entra para interpretar y se sale para morir. Allí todo puede suceder si es que el azar o la necesidad, que son la misma cosa, lo necesitan. El bien se confunde con el mal; el amor con el odio; el poder corrompe a cualquiera; la falta de libertad es la falta de vida. Tal vez sea el escenario el que llenándose y vaciándose tantas veces ha dejado de parecerse a sí mismo y lo que vivamos sea la realidad haciendo de actores.
La nueva producción del Teatro Real de Madrid, Macbeth, deja al espectador con un gusto agridulce. Aunque la dirección musical de Teodor Currentzis es excelente, aunque las voces de Dimitris Tiliakos y Violeta Urmana (excelentes del mismo modo) se acompañan de una interpretación teatral sobresaliente (sobre todo en el caso de Tiliakos); la sensación que deja la dirección escénica de Dmitri Tcherniakov es la que queda cuando algo se desaprovecha. Tcherniakov repite tras la producción, no hace mucho, de Eugenio Oneguin. Convierte la obra de William Shakespeare en una relectura que se contamina en exceso de la película de Lars von Trier, Dogville. Esa película que resultaba excesivamente teatral para ser cine se acomoda en el escenario que prepara Tcherniakov para que todo se parezca más a un film que a otra cosa. Ocultar al coro en diferentes fases hace que la sensación sea la de estar en una sala de proyección y termina chirriando cada vez que se repite. Ver cantar al protagonista su aria principal en calzoncillos, ver como dispara sin ton ni son (la peor de las soluciones posibles a esa escena) o ver cómo el escenario es destrozado del mismo modo que The Who acababa con sus instrumentos en un último festival de luz y de color; no es lo que un amante de la ópera espera en una ópera de Verdi. Las brujas no son brujas, las apariciones se diluyen. Nada es lo que debería ser.
Intentar que la lectura e interpretación de la obra esté por encima de la propia obra es algo que comienza por ser un error y termina siendo un desastre (más o menos enorme).
Verdi tuvo cuidado al componer su trabajo. La esencia de la tragedia firmada por Shakespeare quedó casi intacta. Macbeth es una de las grandes óperas de la historia. La versión que se escucha en esta producción es la que preparó como definitiva en 1874. Y Teodor Currentzis, impetuoso cuando es necesario, tranquilo siempre, especialmente cuidadoso con el resultado al fundir la música con las voces (algún problema de tempos con el coro, todo hay que decirlo); logra entender la partitura con solvencia, sin una sola duda. La Orquesta Sinfónica de Madrid suena magnífica. Cada día el listón queda más alto.
Todas las voces quedan a la altura que es necesaria. Sobresalen los protagonistas y la de Ulyanov.
Agridulce. Creo que es esa la palabra. La misma que muchos utilizan, también, para mostrar su opinión sobre la línea de trabajo que ha marcado el señor Gerard Mortier en el Teatro Real; o para definir el tipo de público que asiste a las representaciones de un tiempo a esta parte. Son muchas las preguntas y pocas las respuestas. El espectador actual del Real, ¿consume ópera o la ama? ¿Es obligado convertir cada producción en un alarde de falso talento del director de escena? La falta de talento ¿se traduce en esa transgresión que resulta ridícula casi siempre? ¿Es necesario todo esto para que el público asista a la ópera o es la música de Verdi lo que hace de reclamo seguro? Mientras encontramos respuestas a esto, debemos agarrarnos a la grandeza de las obras, esos espectáculos en los que se llega para interpretar y se sale para morir. Como la vida misma. Si Macbeth dispara a lo loco o canta en calzoncillos no es más que una anécdota. Lo otro -el teatro o la realidad, como prefieran- es lo importante.
© Del Texto: Nirek Sabal


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may 8 2012

Melancolía: La serenidad de una tragedia

Casi todas las películas recuerdan a otras. Como pasa en literatura, ya está casi todo rodado, contado, explicado, exprimido y sobado. Es muy difícil que el tema tratado se muestre desde un punto de vista absolutamente original.
Melancolía de Lars Von Trier no es una excepción. Por ejemplo, en el arranque utiliza una técnica narrativa que se aproxima al que ya utilizó Bergman en Persona. Ambos intentan crear un clima que esté presente durante el resto de la película colocando imágenes en un orden desconcertante. Bergman lo consigue. Lars Von Trier no. A pesar de que la belleza de la imagen (acompañada por la obertura de Tristán e Isolda de Richard Wagner) de la cámara lenta y la calidad digital, el espectador olvida eso que vio y cuando quiere recordar ya es tarde. Es decir, el problema no es de plasticidad sino de intención. Fallida, por supuesto.
Además de esto, la película apesta en su conjunto a copia de sí mismo y eso no suele funcionar bien.
Pero estas son las malas noticias. No son pocas ni insignificantes. Ahora bien, las buenas son numerosas y de mucho peso en el conjunto del trabajo de Lars Von Trier.
Es posible que alguno tache el guión de la película de vano, superficial o desestructurado. O todo al mismo tiempo. Pero lo cierto es que este libreto, dividido en dos capítulos que se dedican a cada una de las protagonistas, busca, por una parte, sumergirse en las psicologías personales y, por otra, llenar de acidez un mundo absurdo que está a caballo entre el surrealismo y lo que conocemos como realidad. Con esto, lógicamente, hace que el centro del universo sean dos mujeres (y los que les acompañan) y que la trama pueda ir de la mano de esas psicologías que se presentan como modeladoras del mundo. Es, si quieren, un pequeño truco narrativo que da mucho juego al permitir desarrollar la acción rozando la frontera de lo convencional sin generar grandes conmociones. Las licencias son mayores y el espectador las asume con cierta naturalidad. Del guión, también, llama la atención que no siempre funciona el humor ácido y tremendista aunque el resultado termina siendo suficiente.
Porque, como decía, lo importante es la construcción del personaje. Desde ahí llega la tensión narrativa, la hondura de la película. Todo está al servicio de una misma cosa: el personaje. Y cuando digo personaje digo estado de ánimo.
Kirsten Dunst y Charlotte Gainsbourg interpretan a Justine y Claire. Ambas están estupendas en su papel. A la primera se le ha reconocido su labor en varios festivales incluido el de Cannes. A la otra no tanto. Sin embargo, podría haber sido al contrario y hubiera sido igual de justo. Entre otras cosas porque el guión se desarrolla mejor y con mayor apertura en la parte dedicada a Claire y hace que la interpretación de Charlotte Gainsbourg luzca mucho.
Justine y Claire son distintas. Interpretan el mundo desde diferentes prismas. Justine no puede conformarse porque conoce el destino; sufre por ello; no respeta las normas que otros tienen como pilar. De este modo, cuando sabe lo que representa el planeta Melancolía, rompe todos los moldes para sufrir en libertad, da rienda suelta a una bipolaridad que el director explota hasta el ridículo. Intenta que su hermana y su sobrino acepten que sólo se parecen a lo que son. Con su hermana los intentos son violentos; con el sobrino echa mano de la fantasía. Eso es la vida para Justine: todo lo que está por llegar como forma de magia. Claire es pragmática, acomoda su vida en el bienestar. Pero eso le impide ser feliz. Lo sabe. También sufre por ello aunque no cambia. Sólo, en el último momento, hace un intento por acercarse a una tranquilidad que perdió muchos años atras y recupera al vivir una tragedia.
Es muy interesante el personaje que interpreta Kiefer Sutherland. Es el marido de Claire. No soporta enfrentar lo feo de la vida, cualquier cosa sobre la que no ejerza un gran control. Es inmensamente rico y todo lo arregla con dinero. Pero Melancolía le hará conocer la derrota absoluta, la claudicación. Es un desmoronamiento inmediato, trágico. Por su parte, los padres de Justine y Claire (unos veteranos que llenan la pantalla sin proponérselo; Charlotte Rampling y John Hurt) son los que ponen una nota de humos exquisita desde su ancianidad.
Sería una pena desvelar la trama aunque hubiera sido mucho mejor para entender lo que digo. Sólo apunto una pequeña parte. Melancolía es un planeta que va en busca de la Tierra. Los científicos dicen que no se producirá una colisión, pero hay dudas.
Lo que sí desvelo es que se van a encontrar (los que no hayan visto la película) con una banda sonora estupenda de Mikkel Maltha. La serenidad de la partitura enfrentada a la velocidad de una tragedia de magnitud colosal.
Y lo que sí desvelaré es la emoción que produce la magnífica escena final. Al levantarse, el espectador descubre que todo estaba pensado para ese desenlace (esto es algo que con el tiempo puede terminar enfadando aunque se le perdona al director).
Para los más curiosos un aviso. Supongo que como homenaje a Andrei Tarkoski, Lars Von Trier utiliza elementos que nos llevan hasta el mejor cine del ruso. Esa caída del caballo al comienzo, las láminas de los cuadros que acompañan el estado de ánimo de Justine (llega a cambiar todas las reproducciones de arte abstracto por otras realistas porque el mundo y su magia son, en definitiva, el mundo con su forma).
Una buena película que les hará pasar un buen rato.
© Del Texto: Nirek Sabal

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