oct 30 2010

La última noche de Boris Grushenko. Inolvidables (8)

Eres el mejor amante que he tenido, dice Sonja a Boris. Será porque practico mucho cuando estoy solo, contesta él.
Yo no quiero casarme nunca. Lo único que quiero es divorciarme, exclama Sonja cuando le piden matrimonio.
La última noche de Boris Grushenko (Love and Death) es la primera película que el que escribe pudo ver de Woody Allen. Fue en un cine de barrio; Cine Granada se llamaba. En aquella época, una señora que apareciera en la pantalla con algo de ropa menos de lo normal hacía que la película se clasificase como para mayores de 18 años. Yo no los había cumplido. Tuve que hacer algo para poder pasar en la sala de forma ilegal. No sé si puse cara de circunstancias, me puse de puntillas, encendí un cigarro delante del portero con gesto de hombre duro o me jugué todo a una carta sin hacer ridiculeces y coló la cosa por compasión de aquel tipo a la que le daba lo mismo ocho que ochenta. El caso es que entré en aquella sala. Subí al gallinero y descubrí a Allen. Aún me emociona recordar todo esto. No paré de reír. Quizás es el primer recuerdo que tengo riendo con una película para adultos. La escena en la que Boris (Woody Allen) y Sonja (prima de Boris, esposa de Boris, interpretada por Diane Keaton) se encuentran con un español que quiere visitar a Napoleón en Moscú y se lían a botellazos entre ellos, es una de las cosas más divertidas que he visto en mi vida. Así lo viví y así lo quiero recordar. No he vuelto a ver esa película. Me pasa lo mismo que con algunas novelas. Prefiero dejar así las cosas porque estoy seguro que estropearía el recuerdo por la vejez de la película, por la mía propia, porque temo que me parecería mucho más floja que el poso que dejó. Prefiero recordar a Boris bailando alrededor de la muerte, convertido en proyectil humano, hablando de metafísica cuando la cosa debería ser mundana, siendo un cobarde redomado. Prefiero recordar la película como un disparate divertidisimo en la que Napoleón es una pena de hombre, la muerte un coñazo y la literatura rusa algo de lo que uno puede reírse sin cometer un gran pecado (esa mezcla entre lo profundo y lo más cotidiano que forma en su conjunto un universo completo y perfecto, pero no intocable).

Recuerdo los botellazos, el hombre bala, pero, también, las tierras del padre de Boris (las llevaba encima al ser algo escasas) y las miles de infidelidades de Sonja y las frases que anotaba al comenzar este texto (las apunté al salir del cine y no sé si son textuales o no. Era mi primera libreta en la que apuntaba un mundo nuevo) y la última visión de Boris que le lleva a un desastre en la que la violencia se convierte en carcajada. Prefiero dejar así las cosas. Están bien donde están.
La cosa iba de rusos. Y la música de Serguéi Prokófiev. Era la primera vez que escuchaba esa música. Mucho más tarde terminó siendo un compositor importante en mi gusto musical.
Y no me acuerdo de más. Sí puedo reproducir una última frase de aquellos diálogos que tampoco sé si es exacta: La muerte es el modo más efectivo de ahorrar gastos.
© Del Texto: Nirek Sabal

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oct 21 2010

Cuando menos te lo esperas: Vida y amor más allá de los 60

Uno de los actores más camaleónicos y con más cara de perturbado mental que podemos encontrar en el panorama cinematográfico es Jack Nicholson. Una bestia parda de actor y que no es de mis favoritos. Su participación en películas que pasarán a la historia del cine es indiscutible: Alguien voló sobre el nido del cuco, Chinatown, EL honor de los Prizzi, etc. Lo mismo podemos decir de Diane Keaton. Quien no recuerda su intervención en películas como: El padrino, El dormilón, La última noche de Boris Grushenko, Annie Hall, Manhatan, etc.
Dos actores que trabajaron, en los 70, en los 80, 90, en el 2000 y que hoy en día siguen haciéndolo. Actores que se han mostrado solemnes, insolentes, indolentes, magistrales, pero a los que no se les han caído los anillos por participar en producciones con menos solera y empaque que algunas de las nombradas, como en la película Cuando menos te lo esperas, una comedia de principio del siglo XXI. Unas risas rodadas en el otoño de la vida de dos actores, que interpretan a dos maduritos,  para goce y deleite de todos. Alguien podrá decir que no estamos ante una gran película, es cierto, podrá decir que ambos actores han caído del Olimpo para terminar rodando peliculitas que bien pueden ser calificadas de buñuelo cinematográfico, pero ¿qué más da? A estas alturas de sus carreras, creo que los dos pueden hacer dos importantes cortes de mangas a quien pretenda que todo el día vayan de solemnes y creo se han ganado el derecho a  divertirse haciendo una película. Y es que por lo visto, ambos, los dos, se lo pasaron en grande rodándola. No sé si será cierto o no, prefiero pensar que fue así (cosas mías).
Cuando menos te lo esperas es una comedia de enredo, divertida, ingeniosa en la que sus  actores principales se encuentran en permanente estado de gracia.  Harry Sanborn (Jack Nicholson), el madurito viejo verde, sólo piensa en ligarse a treintañeras que estén de buen ver aunque tengan el cerebro totalmente hueco, tropieza con Erica Barrry (Diane Keaton), la madre de su última conquista. Y digo tropieza porque el motivo del encuentro es un achuchón cardiopático en la patata (corazón), de Sanborn cuando pasa el fin de semana con su última conquista, la treintañera Marin (Amanda Peet), en la casa que la madre de la chica tiene en los Hamptons. La encargada de cuidar al madurito achacoso es la mamá madurita de la conquista. Y como no podía ser de otro modo, cuando menos se lo esperan, se dan cuenta de que se molan. Así, de sencillo. Los maduros, los que ya están de vuelta de muchas cosas, que tiene achaques, también se enamoran y se dan cuenta de que la patata que tiene ahí cerquita del esternón pues aún funciona, no por la joven y esbelta Marin, ni por el guapísimo doctor Harry (Keanu Revees), sino por dos abueletes achacosos.
La gracia de la película, ver el enamoramiento de dos tipos en la madurez de su vida, ver el cómo afronta sus relaciones sexuales y como se ponen el mundo por montera frente a la evidencia del nacimiento de unos sentimientos que creían desaparecidos de la faz de la tierra. Puede que estemos frente a una película menor, sin grandes argumentos, aunque sí con unas interpretaciones buenísimas de sus protagonistas bajo la dirección de Nancy Meyers, directora de auténticos buñuelos, pero que, en este caso, acertó ofreciéndonos una comedia romántica que se sostiene por los dos grandes pilares que son Nicholson y Keaton. En realidad, ellos lo son todo en esta película.
Una película para desconectar, pasar un rato agradable y disfrutar pensando que en nuestra cabeza y en nuestra patata cardiaca habrá vida más allá de los 60 o incluso de los 70 si la cosa se nos pone de cara.
© Del Texto: Anita Noire

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