dic 28 2010

Ondine: En el nombre del espíritu santo

Ondine trata de la vida de un tipo llamado Syracuse que reside en el suroeste de Irlanda ganándose la vida como puede en el mar, ex-alcohólico, padre divorciado y con una hija con deficiencia renal que va en silla de ruedas pero más lista que todos los adultos que la rodean; un pescador que protege lo que más quiere sin herir a nadie, su hija y su barco; un hombre que vive una vida tranquila y aburrida, una vida gris sin ningún objetivo. Todo eso cambia cuando sale a la mar y pesca en sus redes a una joven y bella mujer a punto de morirse, y como si fuera una especie de milagro, la chica se involucrará en sus vidas hasta tal punto que la monotonía se convertirá en historia.
Para ello, el director Neil Jordan (Entrevista con el vampiro, Michael Collins o El fin del romance) introduce elementos literarios, históricos, mitológicos, o incluso médicos que dan pie al nombre de la película y a la descripción de sus personajes: las ondinas, que en la mitología germánica son ninfas inmortales del agua que si mantienen una relación con un hombre de la superficie perderán su vida eterna y que sirve para expandir la obvia referencia a la obra La sirenita de Hans Christien Andersen en la que se basa el film; Maldición de la Ondina conocida en medicina como una enfermedad de la respiración durante el sueño y que sirve como base para describir a nuestra protagonista femenina en su parte final; o cómo a su vez, de una manera bastante subliminal, hace referencia a la invasión de los atenienses en el siglo V-IV a.c a la ciudad de Siracusa (de ahí el nombre del pescador), cuya guerra no se pudo ganar si no fuera gracias a los soldados de Esparta que acudieron en ayuda de los siracusanos, todo ello enmarcado en la película en los personajes secundarios (como la hija o el cura con el que se confiesa el protagonista) que dan una base al guión para hacer llevar a nuestros protagonistas a conseguir sus objetivos; o cómo enmascara toda la moraleja del asunto y de la aceptación del yo en la más clara de todas las referencias, el cuento de Alicia de Lewis Carroll. Es una película que no ofrece florituras, va directa al grano, al desarrollo de los personajes, alejada de la estética videoclipera típica de un argumento así, técnicamente modesta y humilde, con una fotografía espléndida de unos tonos fríos y una utilización muy acertada de grises y verdes, y unos paisajes de Irlanda muy diferentes a lo visto, muy bien realizada y con unas actuaciones realmente buenas, un soplo de aire fresco entre tanto cine lleno de testosterona, pastiches azucarados e idioteces varias.
El director nos propone con su película un argumento que juega con la fantasía a través de una realidad sucia y decadente, al contrario de lo que nos cuentan cintas como Amélie de Jean Pierre Jeunet que enmascaran la verdad con la fantasía como si se tratase de un tupido velo, llena de artificios y tonterías. Sí, lo admito, no soporto el cine ese que se ha puesto de moda, el llamado realismo mágico, por eso adoro esta cinta de Neil Jordan, porque da una patada en el estómago a todas esas personas que huyen de sí mismas, a esas personas que se agarran a un clavo ardiendo sin entender de qué esta compuesto dicho objeto metálico, esas personas que tienen miedo de la realidad tal y como es, una patada a todo aquello que ensalza el realismo mágico. Y a través de unos personajes como Syracuse y su hija, gente que ha perdido la fe en todas sus expresiones, que tan sólo viven y que ven en la mujer acogida algo más, algo que no se deja ver, ese clavo ardiendo del que no se sabe de dónde viene ni cuál es su pasado pero que atrae por ser la novedad, una simple evasión a sus patéticas vidas. Todos los personajes no admiten lo que son, lo que fueron, ni saben lo que quieren y que como consecuencia de ello vivirán en una fantasía, como si se tratara de un yonki o alcohólico o gente con un síndrome de Peter Pan exacerbado. Se refugian en la creencia de que la chica es una sirena, pero en realidad convivirán con una extraña que simplemente les agradece que la traten como una más de la familia, es decir, vivirán en su realidad, no la realidad. De eso y de más va esta película, de la aceptación de sí mismos. Porque si no nos aceptamos a nosotros mismos, ¿para qué coño vivimos? ¿Para huir? ¿Hacer el idiota? ¿Engañar a los demás? ¿Para qué?
Ustedes mueven ficha. Debo dejar de ser moralista. O no.
© Del Texto Gwynplaine Thor


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ago 25 2010

La sirenita: Disfrutando como niños

La última película de dibujos animados que vi en una sala de cine fue La sirenita. Lo pasé tan bien que me pareció alucinante. Debo reconocer que no acostumbro a ver películas de animación porque soy una romántica y me gusta conservar la idea original que tengo de las cosas. Tengo una idea preconcebida de los filmes de dibujos que construí viendo la televisión en blanco y negro, por lo general, y en la sesión continua del cine de mi barrio, las tardes de domingo, si había suerte. La edad me apartó de esas películas y la casualidad me llevo a ellas de nuevo.
Por eso, para mi fue toda una sorpresa, encontrarme de frente con La Sirenita, y retroceder mil años con una facilidad increíble, colgarme del brazo de Ariel, pasearme por el fondo del mar y salir del cine con la sonrisa pintada en la cara y que esta quedara así casi tatuada hasta que me acosté muchas horas después.
Esta película es un musical romántico que sirvió para que Disney volviera a colocarse en la cabeza, nuevamente, de las compañías que producen cine de animación. Leí en algún lugar que fue la última película que se coloreó. Lo que los entendidos dicen, a mano, a partir de ese momento, todo pasó a realizarse por ordenador.
Confieso que me gustó tanto que en su día compré la cinta de video alegando que era para regalar y que, tras la desaparición de estos, compré el DVD pretextando lo mismo. Y no sólo reconozco eso, sino que, debo confesar, que también soy la primera en colocarlo en el reproductor cuando entra un niño en esta casa.

No me cansa, me divierte, me pone de buen humor y, sólo por eso, creo que voy a conservarla sin dejar que ninguna visita enana se la lleve.
La historia, es la adaptación del cuento escrito por el danés Hans Christian Andersen en 1836, publicado en la colección Cuentos de hadas contados para niños. En el original, la sirenita había alcanzado la edad suficiente para subir a la superficie del mar. La primera vez que lo hace, rescata de morir ahogado a un príncipe del que quedará irremediablemente enamorada. Por su amado, hará un trato con una bruja, cambiará su aleta por unas piernas que le permitan vivir en tierra a cambio de entregarle su voz, de quedar muda para siempre, pero el príncipe se enamora de otra mujer. Ante esta situación Ariel puede volver al mar, pero para ello debe lastimar a su amado, por lo que finalmente decide no volver. Este sacrificio, que no llevará a que el príncipe se enamore de ella, sí la salvará finalmente de morir en la nada, convirtiéndose en aire.
Como pueden observar, la historia bien podría ser el argumento de una novela para adultos, el amor sacrificado que no lleva a nada, porque un amor no correspondido se convierte en dolor. Pero el mundo infantil tiene precisamente la gracia de transformar algo tan terrorífico como es la historia de La Sirenita en algo encantador y la factoría Disney, en este caso, lo bordó, no sólo lo mostró bonito, sino que dotó de nombre a la Sirenita, llamándola Ariel, cosa que en el cuento original no tenía, azucaró el argumento y lo dotó de un final feliz que, tampoco existe en el cuento de Andersen.
La Sirenita de Disney es almibarada al máximo, pero muy divertida. ¿Quién no recuerda la famosa canción Bajo del mar que cantan y bailan los peces, caballitos de mar, cangrejo incluido? En esta película todo es agradecido, delicioso, previsiblemente feliz, pero para eso están estas películas, para que los mayores volvamos a sentirnos como críos y los niños sigan disfrutando del desconocimiento de lo que un futuro aciago les depara.
No hay que correr. Las cosas llegan cuando tienen que llegar y no tiene nada de malo entregar grandes dosis edulcoradas de cine a los niños. Deben vivir la cara amable; es lo que les toca, las bofetadas y reveses de la vida ya les llegarán.
Hoy tengo un día regulín, creo que voy a volver a verla.
© Del Texto: Anita Noire

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