mar 9 2011

Photomatons: Un enjambre de avispas

Photomatons es una reflexión en blanco y negro y súper 8 sobre los habitantes de la ciudad, la identidad del individuo y la masa despersonalizada y anónima contada mediante tiras fotográficas de fotos de carnet.
El montaje de ritmo violento y agresivo junto al inquietante sonido de enjambre de avispas y los miles de rostros alineados y siniestros transmite una angustia y turbación intencionada de lo más caótica con el único respiro de alguna imagen subliminal del entorno urbano y algún fotograma con las palabras pasaporte, identidad, escolar y 20 de noviembre.
De Photomatons existen varias versiones, una de ellas integrada en el largometraje En la ciudad…, en el que Bonet contó para su realización con 100 artistas de diferentes ámbitos, improvisándose el montaje según el orden de llegada del material de cada uno de ellos. Posteriormente, se realizó otro nuevo montaje dónde se incluían sugerencias de los propios espectadores de esa primera proyección. Entre todas las proyecciones, recalco la genial idea de hacerlo en la misma calle sobre la fachada de un edificio. Hablo de 1.976, claro.
Esta reflexión de Eugeni Bonet muestra la masa humana indiferenciada, caótica y sin arquitectura anatómica alguna de Ortega y Gasset en La rebelión de las masas que divide a la humanidad en dos tipos de hombre: el hombre-masa y el hombre selecto, y declara como falsa cualquier igualdad entre los dos grupos.
Pienso que la falta de identidad y la masificación es tan necesaria para la humanidad como lo es el cine comercial y de masas para que existan las vanguardias cinematográficas. Sin una mayoría ordinaria no existirían minorías selectas y sin cine comercial no habría apartado posible dónde clasificar cine de vanguardia alguno.
Gracias a la existencia de estos dos grupos antagónicos, disfruto yo esta noche de este bonito enjambre de avispas.
© Del Texto: Sonia Hirsch


feb 19 2011

La Soga: La negación del crimen perfecto

Mi reflexión sobre La soga es una mezcla entre la teoría del superhombre de Nietzsche y libros como Crimen y castigo y La rebelión de las masas.
El asesinato de un hombre por el mero hecho de parecerle inferior a otros, el dilema de Dostoievski sobre lo conveniente de la muerte cuando uno, parece, no es de utilidad y provecho para la humanidad y la división que hace Ortega y Gasset entre el hombre-masa, hombre ordinario que proclama la vulgaridad, y el hombre selecto, intelectualmente superior, se asemeja mucho a la premisa de Hitchcock en esta película, cuando una pareja de brillantes universitarios asesinan a un compañero sólo por demostrar su valía intelectual trazando un crimen perfecto. Y como si de un juego de competición se tratase, los dos amigos se la juegan dando una cena a familiares y amigos de la víctima sirviendo la mesa sobre el viejo arcón dónde está escondido el cadáver.
Ésta, que fue la primera película en color de Hitchcock, pero que yo recomiendo ver en blanco y negro, es todo un experimento técnico grabado en tiempo real, en un principio pensada para filmarse en un sólo plano secuencia, pero ante la imposibilidad de las cámaras, que sólo podían grabar 10 minutos seguidos, fue rodada con varios planos secuencias fundidos en las chaquetas de los personajes.
La genialidad para grabar en una sola localización interior, manteniéndonos durante toda la película en el mismo apartamento, como hizo en La ventana indiscreta o en Crimen perfecto es una de las, para mí, especialidades de Hitchcock, dónde nos convierte en vouyeurs y cómplices de todos sus crímenes. El resultado es un film de acción continua de apariencia teatral brillante.
El desenlace final, no sólo demuestra, otra vez, que no existe el crimen perfecto, sino que desarma cualquier teoría basada en la superioridad de un superhombre y la inferioridad de un mediocre. A mí, al menos, siempre me ha convencido más la filosofía del perspectivismo, que es la que se encarga de relativizarlo todo. Y en el caso de aparecer un superhombre en esta película, ese hombre se llama Alfred Hitchcock, sin ninguna duda.
© Del Texto: Sonia Hirsch

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