oct 25 2011

The ring: Lo terrorífico ya contado

A mí lo que me quita el sueño, en realidad, son las caras de los japoneses cuando pasan miedo. Sus películas (las de terror) me hacen pasar menos fatiga porque me suelen parecer obras que se apoyan en disparates absolutos y porque los actores sobreactúan más de la cuenta. Pero esas caras son terribles. Parece imposible torcer tanto el gesto.
The ring es una película que hizo mucho ruido en su momento. Pasó por Sitges en el año 1999 y, de allí, salió con los premios grandes pegados al cartel. Mejor director y mejor película. Casi nada. En Estepona también tuvo premio. Y en Bruselas. Francamente, me pareció mucho ruido para tan poca nuez. Hoy me sigue pareciendo lo mismo aunque hay que sumar un paso del tiempo muy lesivo con la película. Sé que esto que estoy diciendo es suficiente como para que los amantes del género de terror intenten liquidarme en breves momentos. Pero no puedo decir otra cosa.
El guión coquetea desde el primer momento con la leyenda urbana. ¿Cómo se alimenta esa leyenda? Del boca en boca. Cuantas más veces se cuenta la historieta más crece y más verdadera se hace para muchos. Eso ya estaba contado en, por ejemplo, Candyman. Así que de novedosa, en ese sentido, tenía poco The Ring.
El guión se agarra a una niña muerta (asesinada) que pide con bastante mala leche ser vengada desde la tumba. Es el vehículo que arrastra la trama hacia el desenlace. Esto ya estaba contado, por ejemplo, en Al final de la escalera. Novedades pocas.
El guionista introduce en el libreto aspectos que podrían sonar a novedosos. Una cinta de vídeo, la televisión y fotografías con rostros distorsionados. En La profecía ya vimos el asunto de las fotos, por ejemplo, desarrollado casi de la misma forma. Menos novedades todavía.
Y la película hizo mucho ruido, entre otras cosas, por la insólita imaginación que se desplegaba en ella. A mí lo que me daba miedo, pero miedo del grande, era ver al elenco poniendo caras. Y la falta de memoria de los críticos.
La factura de la película no está mal en conjunto. El clima que genera Hideo Nakata es meritorio. Mueve la cámara con cuidado y casi no se nota que hay alguien detrás. Va introduciendo despacio elementos que generan extrañeza en el espectador y cierta tensión. También incredulidad. Esa es la parte peor de la cosa porque no desaparece hasta que los créditos llenan la pantalla. Esos elementos se introducen en pantalla sin alardes ni grandes despliegues muy al estilo oriental. Técnicamente todo es normal y pasa desapercibido. Es una película más de trama que de otra cosa. Pero ya he dicho que esa trama estaba contaba y mejor que en The ring.
Acaba la película y uno no sabe qué pensar. Demasiadas lagunas. Se arreglan las cosas con un tal vez. El caso de la identidad del padre de la niña muerta se soluciona con un quizás, la procedencia de la cinta se arregla con otro mundo maligno (lo sueltan en una frase y se quedan tan anchos), el pasado se esboza con demasiados pocos puntos de referencia. No quiero desvelar nada importante del argumento. Ustedes lo comprobarán al ver la película. Y comprobarán lo feo que puede llegar a ser un oriental asustado.
¿Se pasa miedo con The ring? La carátula de la copia que tengo sobre la mesa dice que si no sientes escalofríos es que ya estás muerto. Debo estar en fase de descomposición avanzada porque en 1999 no me inquietó demasiado y hoy menos.
Como todo hay que decirlo, señalaré que The ring se aproxima al terror intentando una mezcla (esto sí que era novedoso) entre tradición y modernidad, lo que produjo un efecto patente en películas posteriores como The grudge. Y eso es un mérito que no se le puede hurtar a la película del director japonés. Y, también, me parece muy interesante como enfrenta la idea de maternidad. La protagonista parece incapaz de hacerse cargo de su hijo y eso sí genera una angustia importante en el espectador. Aún más cuando esa madre encuentra el cuerpo de la asesinada (que llora mocos verdes por las cuencas vacías de su cráneo) y despliega una actitud maternal muy poderosa. Curiosamente, es las escenas en las que se trabaja ese aspecto nadie pone caras.
Una película convertida en producto de culto que repite lo que otros contaron más que bien. Así son las cosas.
Ahora, les pido un favor. Plántense delante de un espejo. Intenten una mueca horrible. Si consiguen el efecto de un asiático sufriendo les invito a que acudan a todos los castings que conozcan. Tienen trabajo asegurado.
© Del Texto: Federico de Vargas y Expósito


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jul 20 2010

La profecía: Un mal rollo eterno

Si tuviera que elegir diez películas que me dan mal rollo, sin duda, La Profecía estaría entre ellas. No hay grandes efectos especiales (una cabeza volando y poco más), no hay sustos horribles, no hay baratijas, vaya; pero la película está muy bien contada, lo que narra es el verdadero horror (la maldad en estado puro), los actores están más que bien y, sobre todo, el niño (Damian) tiene una cara de mamón que pone los pelos de punta. Qué mirada. Además, la música de Jerry Goldsmith ayuda mucho a crear ese clima del que es imposible escapar durante los ciento nueve minutos de metraje. El verdadero infierno.

La he visto varias veces y aún me sigue dando mal rollo mirar. Esas fotografías que señalan la muerte próxima de los retratados, los sacerdotes enloquecidos por la llegada del demonio, los perros que acompañan y guardan al mal, la intuición de una madre que no puede mirar a su hijo porque sabe lo que hay, un hombre consciente de que su cobardía le ha llevado a todo eso y ve como pierde su vida entera; todo el conjunto es suficiente para que te pegues al asiento y no quieras saber nada de lo que hay más allá de la luz (de la de la habitación, digo). Si a esto le sumamos la cara de mamón del niño que interpreta a Damian, tenemos asegurado un rato inolvidable.

Siempre que la comienzo a ver, me pregunto si la película habrá envejecido bien o la estética y el punto de vista se habrán quedado anticuados. Siempre que acabo de verla, pienso en lo bien que se hacían las cosas cuando el cine era cine de verdad y no tanto ordenador ni tantas dimensiones.

El sexto día del sexto mes y a las seis de la mañana nace un niño. Estamos en Roma. El padre es el embajador norteamericano en esa ciudad. Le comunican la muerte del bebé. Él, desesperado, visita un hospital católico donde le ofrecen un recién nacido a cambio. Así podrá ocultar a su esposa el drama. Todo parece normal hasta que la niñera de Damian (después de ver a un perro de lo más inquietante) se ahorca durante el cumpleaños del niño, en presencia de todos los invitados. A partir de aquí la cosa se complica de lo lindo. Unos versículos del apocalipsis que anuncian la llegada de Lucifer a la tierra se van convirtiendo en realidad a medida que avanza la trama.

Gregory Peck interpreta el papel de padre; Lee Remick el de madre y al niño, a Damian, le da vida un enano con cara de mamón que tira de espaldas. Richard Donner fue el que dirigió el rodaje de esta joya del cine de terror.

La película se estrenó en 1.976 y, supongo, que serán pocos los que no la hayan visto. Si aún queda alguien en el mundo en esas condiciones (imperdonables condiciones) acepten este consejo: apaguen las luces del resto de la casa, tengan a mano algo de beber, si fuman preparen tabaco y mechero, dejen que anochezca, pulsen la tecla play y esperen. El número 666 y la cara de mamón de Damian no se les olvidará jamás. Mal rollo y buen cine es una mezcla inigualable.

© Del Texto: Nirek Sabal


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