abr 25 2012

La noche americana: Homenaje y autohomenaje

Si una película representa el amor total por el cine, esa es La noche americana de François Truffaut.
El cine dentro del cine, la película total, el carácter permanente de la ficción rodada ante lo efímero de la vida, la mezcla de realidad y ficción que no es otra cosa que la propia realidad, la técnica enroscada en el imprescindible valor humano. Y las obsesiones de un autor que nos enseña su mundo desde el territorio del sueño, de la literatura y, por supuesto, desde el propio cine.
La noche americana es el nombre de la película y hace referencia a ese artificio que permite rodar a la luz del día escenas que parecerán rodadas en plena noche. Daybynight es como se llama el recurso técnico. Ya dice mucho ese título; es casi una declaración de intenciones. A través del rodaje de una película (este sería el filtro para apagar la luz) veremos la película. Es un extraordinario trabajo en el que se nos arrastra hasta la cocina del cine, hasta la cocina de la consciencia del propio director y, esto es estupendo, hasta la cocina de la propia película.
Lo que cuenta La noche americana es el rodaje en Niza de Je Vous Présent Pamela. Los inconvenientes del rodaje, los caprichos de los actores y actrices, el ejetreo del día a día, artefactos y artificios utilizados en el rodaje. Pero, también, nos cuenta el amor (bastante singular la visión; un amor muy a la francesa), el cómo lo artificial del cine se sustenta sobre las personas, la forma de construir un grupo humano que se deshace al terminar el trabajo. De paso, Truffaut, deja un sueño en el que siendo niño roba en un cine los fotogramas de la película Ciudadano Kane. Parece que es el robo del siglo, lo que dice mucho del amor que sentía este hombre por el cine. También, su forma de ver a las mujeres, las relaciones múltiples entre adultos y la infidelidad (es decir, sus obsesiones).
Y todo este estruturado en un guión muy bien armado del que el autor es el propio Truffaut junto con Jean-Louis Richard y Suzanne Schiffman. La acción se desarrolla, gracias a una escritura magnífica, con un ritmo pausado y detallista, sin trompicones a pesar de todo lo que se quiere contar. Es, por esta razón, por lo que el metraje es algo más largo de lo habitual. Eran los años 70.
En definitiva, La noche americana, es un homenaje enorme al cine. Si quieren al cine y a los que lo vemos. Un homenaje realizado con gusto y acierto, con una dirección actual sobresaliente (Jacqueline Bisset está estupenda y bellísima; Valentina Cortese creíble, lo que supone una gran y extraña noticia; y el mísmísimo Truffaut se desenvuelve bien; en general, todo el reparto está a la altura de una gran película).
La noche americana fue premiada con un óscar el año 1973. A la mejor película extranjera. Merecido. Tanto como este homenaje que se da y nos entrega Truffaut.
© Del Texto: Nirek Sabal


Imagen de previsualización de YouTube


oct 9 2011

La noche americana: el cine dentro del cine

La noche americana se llama a la técnica fotográfica que permite grabar de día simulando la noche por medio de filtros azulados o rojos dependiendo de la película. Convertir una escena filmada a pleno sol en una noche de luna llena forma parte de la cadena de falsas realidades en que consiste el cine, desde el decorado del que tan solo es real el primer plano en el que se mueven los actores, hasta la falsificación de cicatrices y heridas o el balanceo de la cámara para simular una borrachera o los movimientos de un barco, la utilización de maquetas para escenas de fuego, terremotos o derrumbamientos, etc.
La noche americana es el ensayo de cine de Fraçois Truffaut como lo es ¿Qué es el cine? de André Bazin.
Desde una, totalmente, irónica perspectiva norteamericana, e interpretando él mismo el papel de director, Truffaut se sirve del rodaje de Les presento a Pamela para descubrirnos todo el intrincado cinematográfico: los efectos especiales, los imprevistos y las peripecias para solventarlos, la dificultad del trabajo en equipo, la metamorfosis de una película escrita al día, los dramas personales paralelos al rodaje, etc. que, finalmente, forman un perfecto trabajo artístico y artesanal.
Son inevitables siempre en Truffaut las referencias literarias y cinematográficas que tuvieron alguna influencia en él, y, esta vez, nos deja caer sobre la mesa una maleta abierta con libros de Godard, Bergman, Howard Hawks, Bazin…
También se refiere a Fellini con la actuación de una vieja heroína italiana que comenta, en la propia película, el efectivo sistema de dirección de actores de Federico.
En definitiva, me parece una película que, aún descubriéndonos que el cine se basa en una cadena de falsas realidades que nos dejan embobados a la pantalla como idiotas, nos produce una satisfacción tan placentera, incluso necesaria, que seguimos viendo cine, seguimos necesitando hacer real lo irreal, asomarnos a balcones de mentira, asustarnos de pistolas de mentira, llorar con infelices de mentira y reírnos con chiflados de mentira porque quizá, lo único cierto sea que todas estas emociones nuestras sí son de verdad. Quizá el cine sea necesario sólo por eso, por emocionarnos aunque sea a base de figuraciones y utopías, eso qué más da. Después de todo, el cine es el único sueño que se tiene con lo ojos abiertos (André Bazin).
Un inciso a todos aquellos que estén pensando en buscar una buena escuela de cine, la más acreditada: lean ¿Qué es el cine? de André Bazin y vean La noche americana, una academia muy completa, teórica y práctica, además de muy barata. Bueno, ya está, les presento a Pamela.
© Del Texto: Sonia Hirsch


Imagen de previsualización de YouTube


ago 22 2010

Chinatown: Un refugio para siempre

Un villano, un detective; una mujer sensual, enamoradiza y, a la vez, seductora por la que el detective pierde los papeles; policías, gansters y algún asesinato que otro buscando riqueza fácil, dinero con el que comprar el futuro (eso dice uno de los personajes de Chinatown). Son los elementos que, de forma clásica, han manejado los escritores de novela negra. Cercanos siempre al costumbrismo y armando tramas llenas de misterio y acción. Se han logrado resultados desiguales durante muchos años aunque lo que ha salido bien han sido excepcionales. Buenas de verdad.
Roman Polanski que es un director de cine magnífico (con los actores hace un trabajo más que notable y con los textos también al intentar ceñirse al sentido de lo escrito) filmó a mediados de los años setenta una formidable película. Chinatown. Consiguió el Oscar al mejor guión original y estuvo nominada en otras diez categorías. No hubo suerte. Competir con la segunda parte de El padrino de Francis Ford Coppola o La noche americana de Truffaut es duro. Terremoto, El gran Gatsby o Asesinato en el Orient Express son algunos de los títulos que competían ese mismo año.

En cualquier caso, nominaciones aparte, la película de Polanski es completamente maravillosa. Creo yo que es una de esas películas que los directores que quieren triunfar siempre tienen en la cabeza, una de esas películas que todos quisieran rodar. Un reparto excelente haciendo su trabajo con solvencia, rozando la perfección; la música de Jerry Goldsmith tan efectiva como siempre (suenan algunas canciones además de la partitura original que rematan el trabajo de forma exquisita. Por ejemplo, I Can’t Get Started de Ira gershwin y Vermon Duke); un vestuario bien diseñado y muy cuidado; un guión a la altura de El Halcón Maltés que es como decir próximo a lo máximo que se puede conseguir; en fin, algo perfecto. O casi.

J. J. Gittes (Jack Nicholson) es un detective que trabaja tranquilamente en Los Ángeles. Su vida se complica cuando recibe el encargo de un trabajo que será mucho más complejo de lo que parece inicialmente. Un asunto de cuernos termina siendo un laberinto lleno de peligros, de políticos corruptos, de muerte. Cuando aparecen Evelyn Mulwray (Faye Dunaway) y su padre Noah Cross (John Huston) todo se convierte en un infierno. La trama se desarrolla en un tiempo histórico muy breve y el ritmo es trepidante. Polanski (él mismo interpreta un pequeño papel como ganster) consigue manejar, además, un tempo narrativo que hace casar todo de manera exacta. Las interpretaciones de Nicholson y Dunaway son soberbias.
¿Por qué una película gusta tanto y otras tan poco? Creo yo que la respuesta es mucho más simple de lo que puede parecer. Las que gustan son las que cuentan un mundo que representa una realidad compartida por todos, reconocible, y hacerlo bien. Son las que muestran personajes con alma, que tienen motivaciones y una razón por la que existir, que sienten y hacen sentir cosas similares al espectador, que dicen cosas importantes y no idioteces por bonitas que sean. Resumiendo: las que emocionan. Sólo con la emoción en marcha se puede intervenir en una propuesta narrativa, en este caso, la que vemos en pantalla.
Chinatown es una de esas películas. Vuelvo a ella de vez en cuando, con tanta frecuencia como intento escapar de los cientos de títulos que procuran venderme a base de efectos especiales o rostros bellos.
Me gusta el cine de Polanski. Me gusta el cine negro. Me gusta todo lo que, realmente, es cine. Y me gusta saber que existe un lugar en el que puedo refugiarme cuando el mundo deja de gustarme. Chinatown.
© Del Texto: Nirek Sabal

Imagen de previsualización de YouTube