mar 22 2012

Trainspotting: Marcas para la eternidad

Hay películas que no dejan la más mínima marca en el que mira. Otras te divierten durante un par de horas y luego las olvidas. Nada de marcas. Las hay que, durante algunos días, consiguen que te plantees aspectos que, definitivamente, no quieres o no puedes modificar. Tampoco dejan nada más allá de pequeños rasguños. Pero también las hay que funcionan como bombas de relojería que explotan cuando te sientas a observar, que vuelven a estallar en cuanto te descuidas, que se quedan instaladas en cualquier lugar innacesible de la consciencia para quedarse por siempre jamás.
Hubo un tiempo en que creí que lo terrible de la vida estaba aislado de la zona más divertida; que la decencia se encontraba a un millón de kilómetros del territorio más sucio de la vida. Todo ocupaba un lugar aislado y exclusivo. Hubo un tiempo (soy hijo de la última etapa franquista y de la transición posterior) en que nos enseñaban un mundo pulcro y azucarado que nos creíamos de cabo a rabo. Pero hubo un tiempo en el que millones de muros se derribaron casi al mismo tiempo. Muros que no dejaban ver el mundo.
Y pasaron los años. Y llegó Trainspotting.
Aunque ya era una evidencia que el mundo era otra cosa; aunque las cosas se habían colocado en su sitio; fue el día que apareció una realidad pensada por muchos, pero que nadie había convertido en real con esa fuerza y con ese descaro. Si no me equivoco fue en 1996 (es igual) cuando Danny Boyle se plantó con su película dejándose de idioteces y pintando las cosas del color justo.
Ya sé que se habían estrenado cientos de películas durante los veinte años anteriores que intentaban hacer lo mismo, que Kubrick había rodado La Naranja Mecánica para desmontar este garito que llamamos mundo y que, cómo él, lo habían intentado muchos. Pero Trainspotting fue otra cosa. Todo era la misma cosa. Incluso las cosas eran lo contrario a lo que uno tenía grabado a fuego en el pensamiento.
Mark Renton (Ewan McGregor) corre camino de su destrucción. Sus amigos le acompañan. Se drogan, roban, no dan un palo al agua, desean que el mundo no pueda con ellos. Se divierten con cada paso que dan hacia el abismo.Vemos casas asquerosas, gente asquerosa, mucha droga (las escenas que enseñan el momento de meterse heroína son escalofriantes), mucha mierda y, de paso, mucho gilipollas. Usted y yo somos los gilipollas. Todo lo que representa la decencia, el trabajo duro, la familia unida y besucona, todo eso, es la parte gilipollas del mundo. Lo divertido es ser como Renton y sus colegas. El mundo es una mierda, así que yo lo pisoteo.

Renton logra desengancharse de la heroína, acceder a un puesto de trabajo y ganar un sueldo. Los amigos le buscan para que él sea su soporte financiero en el trapicheo con caballo. Y Renton, ya disfrazado de persona normal y decente, se la juega a todos. Es decir, logró ser fiel a sí mismo mientras era lo que llamamos un tirado.
Es curioso que ahora esa parte del mundo que el director pintaba como la parte gilipollas esté llena de droga, de capullos, de mala gente y de egoístas traidores. Al final, eran la misma cosa. Qué razón tenía.
La película es sensacional. La trama es trepidante, los actores están muy bien en sus papeles (sin excepción), el ingenio y la ironía (también el sarcasmo) inundan cada secuencia, McGregor destaca en su interpretación (mucho mejor que haciendo de Jedi), la estética es exáctamente la necesaria. En fin, es una maravilla. Se sufre de lo lindo con ella, pero, al mismo tiempo, las risas están garantizadas. Y es que, al final, todo es la misma cosa. Depende de lo que queramos hacer o ver, cambia. Reír, llorar, sufrir. Eso depende de cada cual ante lo mismo. Qué peliculón.
© Del Texto: Nirek Sabal

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sep 19 2010

NEDS: De pronto, en el lado oscuro

NEDS – Peter Mullan – SECCIÓN OFICIAL A CONCURSO



NEDS es una categoría de adolescentes: los fracasados (No Educados) y Delincuentes.
Esta historia arranca con un niño, estudioso e inteligente, a punto de comenzar la secundaria, que vemos abocado al fracaso por la atmósfera que le rodea: sórdida en el hogar, cruel en la escuela y de delincuencia desatada en la calle. Muy marcado por un hermano mayor desviado ya en la marginalidad.
El director, Peter Mullan, ha elegido la Escocia suburbana en los años setenta y los ochenta para hacer un retrato de violencia adolescente, en medio de la que se gesta la creación de un monstruo, y ha conseguido una película densa en donde el drama –tremendo- del protagonista está rodeado muy sabiamente por la comedia cruel e inesperada, la tragedia, el esperpento y algunos momentos verdaderamente surrealistas, todo funciona de manera homogénea. Una composición admirable, bien armada y con mucha fuerza.
Así que estamos todo el tiempo entre la sonrisa y la tensión dramática en un guión imprevisible, inteligente y muy bien dosificado. Ese es el primer acierto. La utilización de la banda sonora para contrastar con el efecto de las imágenes, es bastante desconcertante y no se abusa del recurso, así que funciona; y el arranque, en unos coloristas años setenta con una fotografía que parece imitar la de la época, nos hace partir de un punto de vista que va a empezar a cambiar vertiginosamente hasta adentrarse en un lado oscuro que nunca hubiéramos imaginado.
Todo empieza a cambiar sutilmente siguiendo la historia. Crece nuestro protagonista y le encontramos de nuevo, ya adolescente y en una encrucijada.
John McGuill (Conor McCarron), es un héroe simpático, pero también un antihéroe, un villano y un monstruo temible; cómo se puede haber conseguido esto –y se ha conseguido perfectamente- es la clave del filme.
La composición del protagonista, es sublime, primero con un niño que está muy bien y que da paso a una interpretación de McGill adolescente sencillamente soberbia, conseguida sin duda con mucho trabajo, perspicacia y la ayuda de una buena dirección que ha sido capaz de arrancarle los matices más inesperados y más sutiles. Un trabajo actoral de la mayor categoría. Sería mucho decir que el resto de los actores está a la misma altura, pero casi, recordemos que son casi todos muy jóvenes, algunos auténticos niños y haber conseguido de más de una veintena de teenagers semejante igualdad de interpretación en creación de época, en acento, en movimientos, en agresividad, y en tono interpretativo tiene que haber sido el resultado de un trabajo minucioso. La dirección artística es muy acertada.
Hay en la última parte unos paralelismos místicos que son coherentes con el guión, pero que resultan algo extravagantes y sobra un final metafórico y un tanto absurdo que nos deja bastante desconcertados pero que no ha conseguido que la película pierda un ápice de fuerza.
La utilización de la música, el tema y la composición de algunos planos nos llevan a recordar La Naranja Mecánica.
Por supuesto que es una crítica a la sociedad y al sistema educativo y una explicación del fenómeno de las pandillas y la violencia ciega que vale para cualquier momento y cualquier sociedad.
Mullan, que es también actor, obtuvo el León de Oro en Venecia por The Magdalene Sisters, ha dirigido cortometrajes y actuado en Braveheart y Transpoiting.
Parece que el público del pase de la tarde, con prensa, en el Teatro Principal se ha quedado resentido por el final.
La película me ha interesado mucho y me ha sorprendido.

© Del Texto: Ivor Quelch