mar 12 2011

The Troll Hunter: Fiordos nórdicos

The Troll Hunter es un mockumentary (o falso documental) mezclado con el género de las monster movies (si, King kong, Godzilla y largo etc son buen ejemplo de ello) grabado en Noruega y dirigido por un desconocido André Øvredal. El argumento nos sitúa en dicho país nórdico, en la actualidad, donde se supone que en las áreas restringidas se están encontrando osos muertos y se cree que hay cazadores furtivos haciendo de las suyas en las inmediaciones, en todo este embrollo surge un equipo de universitarios de medios audiovisuales que intentan cubrir la noticia de la mejor forma posible, lo que les lleva a encontrar a un hombre misterioso, solitario, casi ermitaño, al que creen que es el cazador furtivo. En una de sus incursiones siguiéndole descubren que todo es un complot del gobierno, y que no hay cazadores ilegales. A lo que de verdad se dedica este hombre es a cazar Trolls, esos seres que conocemos de los cuentos, y que el Estado oculta desde siempre, sea como sea. Trolls de todo tipo, incluso gigantes. Y últimamente están dando demasiado trabajo.
Lo que más llama de esta cinta de terror-fantástico es su manera de mezclar lo mejor de la cámara en mano, como en El proyecto de la bruja de Blair, y lo bizarro de una propuesta como Monstruoso, de cuya fuente bebe directamente, pero de forma honesta, y presentando unos seres que no son seres radiactivos, ni extraterrestres ni nada parecido a los de otras películas, sino como un elemento más de la naturaleza. Y ahí es adonde voy; el relato que nos propone el director aboga por una defensa de todo aquello que nos rodea, y es una crítica sutil de cómo el ser humano destruye y absorbe el entorno hasta hacerlo suyo, presentando a los trolls como algo fiero, pero que en un momento dado del film se nos revela que apenas son inteligentes; sin embargo hay que combatirlos y tenerlos controlados porque pueden producir graves problemas en todo aquello que ha sido creado o tocado por el hombre. Lo mejor del conjunto es cómo el espectador poco a poco se ve atrapado en una trama que bien desde un inicio o ya simplemente por leer la sinopsis, sería algo difícil de digerir, gracias a una excelente realización que sabe qué tiene que mostrar en todo momento. Para todo freak que se precie, no falta un guiño a Jurassic Park de Spielberg, los que recuerden a la cabra y el T-.Rex sabrán de lo hablo.  Algo a destacar los efectos especiales y la creación de los monstruos por ordenador, bastante bien integrados en el entorno, y que no cantan demasiado pese al poco presupuesto.

En definitiva, es una cinta bastante humilde, hecha con cuatro duros que está consiguiendo un éxito notable fuera de nuestro país, y de la que Hollywood ya se ha hecho eco, cuyo director ya está en proceso de realización de otra monster movie y junto al magnífico Chris Columbus, y que no pasa nada por echarle un vistazo. El cine de entretenimiento también puede tener su moralina.
© Del texto: Gwynplaine Thor

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mar 14 2010

Mí no entender

El mundo cambia. Y lo hace, cada vez, más velozmente. Nunca antes la humanidad había avanzado tanto en tan poco tiempo; nunca la humanidad había destruido su hábitat con tanta saña y con tanta prisa. Cada descubrimiento supone un avance equivalente a siglos anteriores.
Conocí un mundo muy distinto al de mis padres aunque pude entender buena parte de lo que allí pasó. Mis hijos conocen un mundo que nada tiene que ver con el mío. Y no entienden nada de nada. Ya no se trata de entender. Ahora el objetivo es avanzar, cueste lo que cueste.
Antes, las salas de cine eran enormes. Una puerta, un cine. Nada de multisalas. Al entrar (detrás de una cortina de terciopelo granate y enorme) te recibía una persona vestida con un uniforme completamente anacrónico que sostenía una linterna en la mano. Te colocaba en tu asiento. Lo iluminaba para que pudieras sentarte sin equivocación posible. Porque al cine se podía llegar tarde a cambio de una propinilla. Si se trataba de una sesión doble con más razón. Entrabas y si la película había empezado no pasaba nada. Veías lo que restaba, veías la siguiente, seguías sentado y asistías a la proyección de la parte no vista de la primera de las películas. Entre película y película se visitaba el bar del cine. Aguantar la cola formaba parte del rito. Y, de regreso a la butaca, te encontrabas sobre las piernas el abrigo, la bebida y las palomitas. No había hueco para cada cosa porque donde acababa tu localidad empezaba la siguiente. Bien pegadita.
Durante la proyección podía pasar cualquier cosa. Problemas de sonido, el proyector descacharrado, la película que se quemaba. Y a eso se contestaba con gritos y silbidos. Con grandes escándalos.
En las últimas filas se refugiaban tres tipos de espectadores muy significados. Los novios para aprovechar lo negro de la sala, los fumadores y los gamberros. Aunque el lugar preferido para fumadores y gamberros era el gallinero. Allí las persecuciones de los acomodadores eran duras. Con sus linternas buscaban culpables sin parar. Y los expulsados salían del cine pensando que, al menos, la localidad del gallinero era más barata que la de butaca de patio.
Qué emoción pasar por la puerta del cine de barrio teniendo menos de dieciocho años cuando la película estaba calificada para mayores (en la España puritana y mojigata aquello era una heroicidad para un chico que no era mayor de edad). Qué olor a ozono pino. Aún podría describir el aroma y el asco que me producía si lo acababan de soltar con una de esas máquinas que también se utilizaban para regar las plantas con insecticida.
Pero la gran estrella era la Gran Vía madrileña. Aquello era otra cosa. Un cine de barrio era insignificante si lo comparabas con cualquiera del centro de Madrid. Las colas para asistir a los estrenos eran gigantescas. Incluso hubo reventa de entradas en muchos de ellos. Terremoto, El coloso en llamas, Grease, Fiebre del sábado noche, Rocky, Las guerra de las galaxias; Alien, el octavo pasajero. Aplausos al acabar la película. Emociones nuevas que nos traían mundos imposibles de imaginar hasta ese momento.
Ir al cine era un rito, era importante. No existían el vídeo ni el Dvd. Los ordenadores estaban en la NASA. El cine era único, era el universo prometido. Era igual si King kong tenía pinta de peluche porque el espectador no iba a comprobar cómo evolucionaba la técnica sino a descubrir. Todo era mágico. No estoy seguro de que ahora lo sea tanto. O será que no entiendo la magia moderna. No lo sé.
© Del Texto: Nirek Sabal